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1 Pedro 2: Qué dejar y qué anhelar

El peligro de una nueva situación

A esta situación llegó el Cristianismo con su mensaje de que toda persona es preciosa a los ojos de Dios. El resultado fue que dentro de la Iglesia las barreras sociales desaparecieron. Calisto, uno de los primeros obispos de Roma, era un esclavo; Perpetua, la aristócrata, y Felícitas, la muchacha esclava, fueron juntas al martirio. La gran mayoría de los cristianos originales eran gente humilde, y muchos de ellos esclavos. Era perfectamente posible en los primeros tiempos de la Iglesia que un esclavo fuera el presidente de la congregación, y su amo, sencillamente un miembro. Esta era una situación nueva y revolucionaria. Tenía su gloria, pero también tenía sus peligros. En este pasaje, Pedro exhorta al esclavo a que sea un buen esclavo y un fiel obrero; porque veía dos peligros.

(i) Supongamos que el amo y el esclavo se hacían cristianos; surgiría el peligro de que el esclavo presumiera de la nueva relación, y la convirtiera en una disculpa para escurrir el bulto en el trabajo, asumiendo que, como tanto su amo como él eran cristianos, siempre podía salirse con la suya. Esa situación no sería el fin de los problemas. Todavía hay personas que comercian con la buena voluntad de un jefe cristiano. y creen que el hecho de que tanto ellos como sus jefes sean cristianos les da derecho a evitar la disciplina y el castigo. Pero Pedro lo pone bien claro. La relación entre cristiano y cristiano no elimina la relación entre hombre y hombre. El cristiano debe, por supuesto, ser mejor trabajador que nadie. Su cristianismo no es una razón para reclamar la exención de la disciplina; por el contrario, le obliga a una mayor autodisciplina y le hace más concienzudo que los demás.

(ii) Había el peligro de que la nueva dignidad que el Cristianismo le confería hiciera que el esclavo fuera rebelde y buscara abolir totalmente la esclavitud. Algunos estudiantes se sorprenden de que ningún autor del Nuevo Testamento defendiera nunca la abolición de la esclavitud, o ni siquiera dijera claramente que era un mal. La razón era muy sencilla.

El haber animado a los esclavos a levantarse contra sus amos habría conducido rápidamente al desastre. Había habido tales levantamientos antes, que siempre habían sido aplastados rápida y salvajemente. En cualquier caso, tal enseñanza le habría reportado al Cristianismo la reputación de ser una religión subversiva. Hay cosas que no pueden suceder de la noche a la mañana; hay situaciones en las que la levadura tiene que obrar, y la prisa sólo demoraría el resultado deseado.

La levadura del Cristianismo tenía que obrar en el mundo durante muchas generaciones antes que la abolición de la esclavitud llegara a ser una posibilidad práctica. Pedro tenía interés en que los esclavos cristianos le demostraran al mundo que el Evangelio no los hacía rebeldes o insumisos, sino más bien obreros que habían encontrado una nueva inspiración para realizar su trabajo diario honradamente. Todavía sucederá a menudo que, cuando no se puede cambiar inmediatamente una situación, el deber del cristiano sea ser cristiano en esa situación y aceptar lo que no se puede cambiar hasta que haya obrado la levadura.

La nueva actitud ante el trabajo

Pero el Cristianismo no se limitó a aplazar este asunto. Introdujo tres grandes principios nuevos en la actitud del hombre como siervo y como trabajador.

(i) El Cristianismo introdujo una nueva relación entre el amo y el esclavo. Cuando Pablo le devolvió a Filemón a su esclavo fugitivo Onésimo, no le sugirió siquiera que le dejara en libertad. No insinuó que Filemón debería dejar de ser el amo, y Onésimo el esclavo. Lo que sí dijo fue que Filemón tenía que recibir a Onésimo, no ya como siervo, sino como hermano querido (Filemón 16). El Cristianismo no abolió las diferencias sociales; pero introdujo una relación nueva de fraternidad en la que esas diferencias quedaban superadas y transformadas. Donde hay verdadera fraternidad no importa que se llame a uno amo y a otro esclavo. Hay entre ellos un vínculo que transforma las diferencias que imponen las circunstancias de la vida. La solución de los problemas del mundo se encuentra en la nueva relación entre las personas que hace posible el Evangelio del amor de Dios manifestado en Jesucristo.

(ii) El Cristianismo introdujo una nueva actitud ante el trabajo. El Nuevo Testamento expresa la convicción de que todo trabajo se ha de hacer como para Jesucristo. Y Pablo escribe: «Cualquiera que sea vuestra actividad, ya sea de palabra o de obra, hacedla en el nombre del Señor Jesús» (Colosenses 3:17). « Si coméis o bebéis o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31). En el ideal cristiano, el trabajo no se hace para un amo terrenal o para obtener prestigio o para hacer dinero; se hace para Dios. Es verdad, por supuesto, que hay que trabajar para ganar un sueldo, y que se debe cumplir con el que le emplea a uno; pero, por encima de eso, el cristiano tiene la convicción de que tiene que hacer su trabajo bien para que no le dé vergüenza presentárselo a Dios.

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