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1 Pedro 2: Qué dejar y qué anhelar

Todavía nos falta por decir que el cristiano tiene una obligación por encima aun de la que tiene para con el estado. Aunque debe darle al césar lo que es del césar, debe también darle a Dios lo que es de Dios. A veces debe dejar bien claro que tiene que guardar fidelidad a Dios más bien que a los hombres (Hechos 4:19; 5:29). Puede que haya ocasiones, por tanto, en las que el cristiano cumplirá su obligación superior para con el estado rehusando obedecerle e insistiendo en obedecer a Dios. Haciéndolo así, por lo menos testificará de la verdad; y, en el mejor de los casos, puede que dirija al estado a tomar el camino de Cristo, y en el peor, que tenga que sufrir por su actitud.

Tenéis que vivir como personas libres, pero no usando vuestra libertad como una tapadera para hacer el mal, sino como esclavos de Dios.

2. En la sociedad

Cualquier gran doctrina cristiana se puede pervertir, convirtiéndola en una excusa para hacer el mal o no hacer el bien. La doctrina de la gracia se puede pervertir convirtiéndola en una excusa para pecar a gusto de cada uno. La doctrina del amor de Dios se puede sentimentalizar hasta el punto de que llegue a ser una excusa para quebrantar Su ley. La doctrina de la vida por venir se puede pervertir convirtiéndola en una excusa para tener en menos la vida de este mundo. Y no hay doctrina tan fácil de pervertir como la de la libertad cristiana.

Hay indicios que nos indican que eso ya pasaba en los tiempos del Nuevo Testamento. Pablo les dice a los gálatas que han sido llamados a la libertad, pero que no deben usar esa libertad como una disculpa para satisfacer los caprichos de la carne (Gálatas 5:13). En Segunda de Pedro leemos que algunos les prometían a los demás la libertad, pero ellos mismos eran esclavos de la corrupción (2 Pedro 2:19). Hasta los grandes pensadores paganos veían claramente que la perfecta libertad es, de hecho, el producto de la perfecta obediencia. Séneca decía: « Nadie es libre si es esclavo de su cuerpo.» Y: «La libertad consiste en obedecer a Dios.» Cicerón decía: «Somos siervos de las leyes para poder ser libres.» Plutarco insistía en que todos los malos son esclavos; y Epicteto declaraba que ningún malo puede ser nunca libre.

Para decirlo todavía más claro: La libertad cristiana siempre está condicionada por la responsabilidad cristiana. La responsabilidad cristiana siempre está condicionada por el amor cristiano. El amor cristiano es el reflejo del amor de Dios. Y por tanto, la libertad cristiana se puede resumir en la memorable frase de Agustín: « Ama a Dios, y haz lo que quieras.»

El cristiano es libre porque es siervo de Dios. La libertad cristiana no quiere decir ser libre para hacer lo que a uno le dé la gana. Quiere decir ser libre para actuar como es debido, para vivir como Dios manda.

En este asunto tenemos que volver a la gran verdad central que ya hemos visto: El Cristianismo es comunidad. El cristiano no es un individuo aislado, sino un miembro de una comunidad dentro de la cual opera su libertad. La libertad cristiana, por tanto, es la libertad para servir. Solamente en Cristo es una persona liberada de sí misma y del pecado de forma que pueda llegar a ser tan buena como debe. La libertad se produce cuando una persona recibe a Cristo como Rey de su corazón y Señor de su vida.

Resumen del deber del cristiano

Respetada todas las personas; amad a los hermanos; temed a Dios; honrad al rey. Aquí tenemos lo que podríamos llamar el resumen de las obligaciones del cristiano para con los demás en cuatro puntos.

(i) Respetad a todas las personas. Nos puede parecer que eso no haría falta decirlo; pero cuando Pedro escribió esta carta era algo completamente nuevo. Había 60,000,000 de esclavos en el imperio romano, que eran considerados por la ley, no como personas, sino como cosas, sin el menor derecho a nada. De hecho, lo que Pedro está diciendo es: «Tened en cuenta los derechos de todas los seres humanos y la-dignidad de todas las personas.» Todavía hay quienes tratan a los demás como cosas. Un empresario puede que considere a sus empleados como otras tantas máquinas humanas capaces de realizar un cierto trabajo. Hasta en el estado del bienestar, cuya finalidad es hacer todo lo posible por el bienestar físico de las personas, se corre peligro de considerar a las personas como números de una lista o como tarjetas de un sistema de informática. John Lawrence, en su libro Hechos duros: cómo ve un cristiano el mundo, dice que una de las mayores necesidades del estado del bienestar es «ver más allá de las listas y los impresos por triplicado a las criaturas de Dios que están al otro extremo de la cadena de organización.» El peligro consiste en dejar de ver a los hombres y a las mujeres como personas. Esto llega hasta los hogares. Cuando vemos al otro como si no existiera más que para contribuir a nuestra comodidad o para hacer que tengan éxito nuestros planes, estamos mirándole, no como una persona, sino como una cosa. El más trágico peligro de todos es que así podemos llegar a considerar a nuestros más próximos e íntimos: como si no existieran nada más que para nuestra conveniencia, lo que equivale a tratarlos como cosas.

(ii)Amada los hermanos. Dentro de la comunidad cristiana, el respeto que debemos tener para con todas las personas se hace más cálido e íntimo: se vuelve amor. La atmósfera dominante de la Iglesia debe ser siempre el amor. Una de las definiciones más acertadas de la Iglesia es que es « la extensión de la familia.» La Iglesia es la familia más amplia de Dios, y el vínculo que la une debe ser el amor. Como dijo el salmista: ¡Fijaos, qué cosa tan estupenda y tan encantadora es el estar conviviendo como hermanos en armonía y unidad! (Salmo 133:1).

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