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1 Pedro 2: Qué dejar y qué anhelar

Lo sorprendente de la historia es que, de hecho, los cristianos derrotaron las calumnias de los paganos con sus vidas. En la primera parte del siglo III, Celso hizo el ataque más famoso y sistemático contra los cristianos, en el que los acusaba de ignorancia y estupidez y superstición y toda clase de cosas, pero nunca de inmoralidad. En la primera parte del siglo IV, Eusebio, el gran historiador de la Iglesia, podía escribir: «Pero el esplendor de la Iglesia universal y única verdadera, que es siempre la misma, creció en magnitud y poder, y reflejó su piedad y sencillez y libertad, y la modestia y pureza de su vida y filosofía inspiraban a todas las naciones, tanto de griegos como de bárbaros. Al mismo tiempo, las acusaciones calumniosas que se habían hecho contra toda la Iglesia también se desvanecieron, y no quedó más que nuestra enseñanza, que ha prevalecido en toda la línea, y que se reconoce que es superior a .todas en dignidad y templanza, y en doctrinas teológicas y filosóficas. De tal manera que ninguna de ellas se aventura ya a proferir ninguna baja calumnia contra nuestra fe, o ninguna de las falsas acusaciones que nuestros antiguos enemigos se deleitaban en proferir contra nosotros anteriormente» (Eusebio, Historia Eclesiástica 4. 7. IS). Es verdad que no -se habían terminado todavía los terrores de la persecución, porque los cristianos nunca admitirían que césar era señor; pero la excelencia de sus vidas había silenciado las calumnias contra la Iglesia.

Aquí están nuestro desafío y nuestra inspiración. Es con el encanto de nuestra vida y conducta diaria como debemos -testificar del Evangelio a todos los que no lo creen.

El deber del cristiano

Someteos a todas las instituciones humanas por causa del Señor, ya sea al rey, que ocupa el primer lugar, o a los gobernadores, a los que él envía para castigar a los que obran el mal o recompensar a los que obran el bien; porque la voluntad de Dios es que, haciéndolo así, le pongáis un bozal a la ignorancia de gente estúpida.

1. Como ciudadano

Pedro considera el deber del cristiano en las diferentes esferas de la vida; y empieza por su deber como ciudadano del país en el que está viviendo. Nada más lejos del pensamiento del Nuevo Testamento que cualquier clase de anarquía. Jesús había dicho: « Por tanto, dad al césar lo que le pertenece; y a Dios, lo que Le pertenece» (Mateo 22:21). Pablo estaba seguro de que los que gobernaban la nación eran enviados de Dios; ante Quien eran responsables, y no inspiraban, por tanto, terror a la persona que vivía una vida honorable (Romanos 13:1-7). En las Cartas Pastorales se instruye al cristiano que debe orar por los reyes y por todos los que están en autoridad(] Timoteo 2:2). La enseñanza del Nuevo Testamento es que el cristiano tiene que ser un ciudadano bueno y útil del país en el que desarrolla su vida.

Se ha dicho que fue el miedo el que construyó las ciudades, y que la gente se acurrucaba detrás de las murallas para sentirse segura. Las personas se agrupan y están dispuestas a vivir bajo ciertas leyes para que los buenos puedan vivir en paz y realizar su trabajo y emprender sus negocios, y a los malos se los mantenga a raya y se les impida hacer el mal. Según el Nuevo Testamento, la vida se supone que ha sido ordenada por Dios, y el estado ha sido ordenado por Dios para proveer y mantener ese orden.

El punto de vista del Nuevo Testamento es perfectamente lógico y justo. Mantiene que una persona no puede aceptar los privilegios que proporciona el estado sin aceptar al mismo tiempo las responsabilidades y los deberes que le impone. Por honor y decencia no puede limitarse exclusivamente a nada.

¿Cómo podemos traducir todo esto a nuestra situación moderna? C. E. B. Cranfield ha hecho ver con toda claridad que hay una diferencia fundamental entre el estado en los tiempos del Nuevo Testamento y el estado tal como lo conocemos ahora en Europa y en muchos países del mundo. En los tiempos del Nuevo Testamento el estado era autoritario. El gobernador tenía un poder absoluto; y el único deber del ciudadano era rendir una obediencia absoluta y pagar los impuestos (Romanos 13:6-7). En estas condiciones, la nota clave no podía por menos de ser sumisión al estado. Pero nosotros vivimos en un estado democrático; y en una democracia se hace necesaria mucho más que una actitud de sumisión incuestionable. El gobierno no es solamente el gobierno del pueblo; es también por y para el pueblo. La demanda del Nuevo Testamento es que el cristiano debe cumplir su responsabilidad para con el estado.

En un estado autoritario, eso consistía exclusivamente en sumisión. Pero, ¿cuál es esa obligación en circunstancias totalmente diferentes, como las de una democracia?

En cualquier estado tiene que haber una cierta medida de sumisión. Como C. E. B. Cranfield lo expresa, tiene que haber cuna subordinación voluntaria de la persona a los demás, poniendo el interés y el bienestar de los demás por encima del propio, prefiriendo dar más bien que recibir, servir más bien que ser servido.» Pero en un estado democrático, la nota clave debe ser, no sumisión, sino cooperación, porque el deber del ciudadano no es sólo someterse a que le gobiernen, sino asumir la parte que le corresponde en el gobierno. Así que, si el cristiano ha de cumplir su deber para con el estado, debe asumir su parte en el gobierno. Debe también asumir su responsabilidad en el gobierno local y en la vida del sindicato o de la asociación que incluya su trabajo, profesión o actividad. Es trágico el que tan pocos cristianos realmente cumplan con su deber para con el estado y la sociedad en los que viven.

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