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1 Pedro 2: Qué dejar y qué anhelar

(iii) Pero, cuando estos ideales elevados se colocaban en el contexto de la Iglesia Primitiva -y la situación no cambia del todo en nuestro tiempo-,surgía una gran pregunta. Supongamos que una persona tiene la actitud cristiana para con los demás y para con el trabajo, y se la trata con injusticia, insulto y afrenta. ¿Qué se debe hacer entonces? La gran respuesta de Pedro es que eso fue lo que Le sucedió a Jesús. Él no era sino el Siervo Doliente. Los versículos 21-25 abundan en ecos y referencias a Isaías 53, el supremo cuadro del Siervo Doliente de Dios que se hizo realidad en la vida de Jesús. Él era sin pecado, y sin embargo Le insultaron y lo sufrió; Él aceptó los insultos y sufrimientos con sereno amor, y los soportó por los pecados de la humanidad.

De esa manera nos dejó un ejemplo para que sigamos Sus pisadas (versículo 21). La palabra que usa Pedro para ejemplo es muy sugestiva: hypogrammós, que procede del lenguaje escolar e indica la manera que se usaba en el mundo antiguo y se sigue usando- para enseñar a los niños a escribir. El hypogrammós podía tener dos formas: una línea modélica que el alumno tenía que ir recorriendo y rellenando, o una escritura a la cabeza de la página que el alumno tenía que copiar en las líneas sucesivas. Jesús nos ha dejado el modelo que debemos seguir. Si tenemos que sufrir insultos .o injusticias o injurias, únicamente tenemos que recorrer lo que Él ya ha pasado. Puede que Pedro tuviera en mente el atisbo de una verdad tremenda. Los sufrimientos de Jesús fueron por causa del pecado humano; sufrió para hacer volver la humanidad a Dios. Y puede que cuando el cristiano sufre con firmeza, sin quejarse y con amor inalterable, insultos o injurias, está mostrando a los otros una vida que los puede hacer volver a Dios.

Dos preciosos nombres de Dios

En el último versículo de este capítulo encontramos dos de los grandes nombres de Dios: Pastor y Obispo de nuestras almas, como dice la versión Reina-Valera.

(i) Dios es el Pastor de las almas. En griego, poimén. Pastor, es una de las descripciones clásicas de Dios. El salmista lo plasmó en su famoso salmo: «El Señor es mi Pastor» (Salmo 23:1). Isaías dice: «Como un pastor apacentará Su rebaño; en Su brazo llevará los corderos, y en Su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas» (Isaías 40:11).

El gran Rey Que Dios iba a mandar a Israel sería el Pastor de Su pueblo. Ezequiel escucha la promesa de Dios: « Y levantaré sobre ellas a un Pastor Que las apacentará; a Mi siervo David, para que las apaciente y les sea por Pastor» (Ezequiel 34:23; 37:24).

Este fue el título que Jesús Se aplicó cuando Se llamó el Buen Pastor y cuando dijo que el Buen Pastor da Su vida por las ovejas (Juan 10:1-18). Para Jesús, las personas que no conocían a Dios y que estaban esperando lo que Él les diera eran como ovejas sin pastor (Marcos 6:34). El gran privilegio que se otorga al siervo y ministro de Cristo es ser pastor del rebaño de Dios (Juan 21:16; Hechos 20:28; 1 Pedro 5:2).

Tal vez nos sea difícil a los que vivimos en zonas urbanas y en una civilización industrial el captar la grandeza de esta imagen; pero en Oriente, y más entonces, sería muy gráfica, especialmente en Judea, en la que había una meseta central estrecha y bordeada de peligros, que era donde se apacentaban las ovejas. La hierba era escasa; no había vallas protectoras, y las ovejas vagaban. El pastor, por tanto, tenía que velar por ellas atenta y constantemente, no fuera que le acechara algún peligro al rebaño.

En su Geografía histórica de la Tierra Santa, George Adam Smith describe al pastor de Judea: «Entre nosotros, en Escocia, las ovejas se dejan a su aire; pero no recuerdo haber visto nunca en Oriente un rebaño de ovejas sin su pastor. En tales parajes como Judea, donde el pasto del día está desperdigado por una franja de tierra sin vallar, llena de senderos engañosos, todavía frecuentada por fieras y bordeada por el desierto, el hombre y su carácter son indispensables. En algún monte escarpado en el que ululan las hienas por la noche, cuando te le encuentras insomne, con la vista en la lejanía, curtido por la intemperie, armado, apoyado en su cayado y vigilando sus ovejas dispersas con cada una de ellas en el corazón, te das cuenta de por qué el pastor de Judea saltó al frente de la historia de su pueblo; por qué le dieron su nombre a sus reyes, y le hicieron un símbolo de la Providencia; por qué Cristo le adoptó como tipo de autosacrificio.»

Esta palabra pastor nos habla gráficamente de la incesante vigilancia y autosacrificio del amor que Dios nos tiene a los que somos Su rebaño. «Pueblo Suyo somos, y ovejas de Su prado» (Salmo 100:3).

Dos preciosos nombres de Dios

(ii) La versión Reina-Valera habla de Dios como el Pastor y Obispo de nuestras almas; pero ahora Obispo corresponde inadecuadamente al original griego epískopos. Epískopos es una palabra que tiene un gran historia. En la Ilíada de Homero, a Héctor, el gran campeón de los troyanos, se le llama epískopos porque durante toda su vida defendió la ciudad de Troya y mantuvo a salvo a las nobles esposas y niños.

Epískopos se aplica a los dioses que son los guardianes de los tratados que hacen los hombres y de los acuerdos a los que llegan, y que son los protectores de las casas y de los hogares. La justicia, por ejemplo, es el epískopos que se encarga de que la persona pague el precio del mal que ha hecho.

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