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1 Pedro 2: Qué dejar y qué anhelar

(iii) Temed a Dios. El autor de Proverbios decía: «El temor del Señor es el principio del conocimiento» (Proverbios 1:7). Tal vez una traducción mejor sería, no que el temor del Señor es el principio del conocimiento, sino que el temor del Señor es la parte más importante, el verdadero cimiento del conocimiento. Temor no quiere decir terror, sino veneración y reverencia. Es indudable que jamás reverenciaremos a nadie hasta que reverenciemos a Dios. Es sólo cuando Le reconocemos a Dios el lugar que Le pertenece en el centro, cuando todas las cosas se colocan en el lugar que les corresponde.

(iv) Honrad al rey. De las cuatro exhortaciones de este versículo, esta es la más sorprendente; porque, si fue de veras Pedro el que escribió esta carta, el rey en cuestión no era otro que Nerón. La enseñanza del Nuevo Testamento es que el gobernante es enviado por Dios para mantener el orden entre la gente, y que ha de ser respetado, aunque sea Nerón.

El cristiano como siervo

Siervos, someteos a vuestros amos con todo respeto, no sólo a los que son buenos y justos, sino también a los perversos; porque es una señal auténtica de gracia el que una persona soporte el trance de un sufrimiento injusto a causa de su conciencia para con Dios. Es a esta clase de vida a la que habéis sido llamados; porque Cristo también sufrió por nosotros dejándonos la estela de Su ejemplo para que sigamos Sus pisadas. Él no había cometido ningún pecado, ni se había descubierto nunca ninguna falsedad en Sus palabras. Cuando Le insultaban, no respondía con insultos. Cuando sufría no profería amenazas, sino Se encomendaba al único Que juzga con justicia. Él mismo llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, para que nosotros nos apartemos de los pecados y vivamos para la integridad. Gracias a Sus heridas habéis sido sanados; porque vosotros estabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Protector de vuestras almas.

Aquí tenemos un pasaje que sería pertinente para la mayor parte de los primeros lectores de esta carta, porque Pedro escribe a siervos y a esclavos, que eran los que formaban la mayor parte de la Iglesia Primitiva. La palabra que usa Pedro para siervos no es duloi, que es la más corriente para esclavos, sino oiketai, la palabra que designaba a los esclavos domésticos o de la familia. Para entender el sentido real de lo que Pedro está diciendo tenemos que saber algo de la naturaleza de la esclavitud en los tiempos de la Iglesia Primitiva. En el imperio romano había tantos como 60,000,000 de esclavos. La esclavitud empezó con las conquistas romanas, y los esclavos fueron en un principio principalmente prisioneros de guerra. En los tiempos más primitivos de Roma había pocos esclavos, pero para los tiempos del Nuevo Testamentos se contaban por millones.

No eran exclusivamente, ni mucho menos, los trabajos rudos los únicos que realizaban los esclavos. Los médicos, maestros, músicos, actores, secretarios y mayordomos eran esclavos. De hecho, todo el trabajo lo hacían los esclavos en Roma. La actitud romana era que no tenía ningún sentido ser el amo del mundo si uno tenía que hacer su propio trabajo. Que los hicieran los esclavos, para que los ciudadanos pudieran vivir en una ociosidad ininterrumpida e inmolestada. La provisión de esclavos nunca estaba en crisis.

A los esclavos no se les permitía casarse; pero cohabitaban, y los hijos que nacían de tales relaciones eran propiedad del amo, no de los padres, lo mismo que los corderos que parían las ovejas pertenecían al dueño del rebaño y no a las ovejas.

Sería equivocado pensar que la suerte de los esclavos era siempre desgraciada y miserable, y que se los trataba siempre con crueldad. Muchos esclavos eran miembros de la familia romana -más amplia que las nuestras-, a los que se quería y en los que se confiaba; pero había un hecho decisivo e inescapable que dominaba toda la situación: para la ley romana, un esclavo no eran una persona, sino una cosa que no tenía absolutamente ningún derecho legal. Por tal razón, no podía haber nada que se asemejara a la justicia en relación con los esclavos. Aristóteles decía: « No puede haber ni amistad ni justicia con las cosas inanimadas; ni siquiera con un caballo o un toro, ni tampoco con un esclavo en tanto que esclavo. Porque el amo y el esclavo no tienen nada en común; un esclavo es una. herramienta viva, así como una herramienta es un esclavo inanimado.» Varrón divide los instrumentos de la agricultura en tres clases: los articulados, los inarticulados y los mudos; «los articulados incluyen a los esclavos; los inar ticulados, el ganado, y los mudos, las herramientas.» La única diferencia que hay entre un esclavo y una acémila o un arado es que el esclavo puede hablar. Pero Crisólogo resume el asunto de esta manera: «Lo que el amo le hace al esclavo, inmerecidamente, por ira, voluntaria o involuntariamente, por olvido o después de meditarlo, a sabiendas o sin darse cuenta, es juicio, justicia y ley.» En cuanto al esclavo, la voluntad de su amo, o hasta el capricho de este, son la única ley.

El factor determinante de la vida de un esclavo era, por tanto, aun si se le trataba bien, que seguía siendo una cosa. No tenía ninguno de los más elementales derechos de la persona, y para él la justicia ni siquiera existía.

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