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1 Tesalonicenses 2: Pablo presenta su defensa

Los pecados de los judíos

Y esto es también algo por lo que damos gracias a Dios: que, cuando recibisteis la Palabra de Dios que oísteis de nosotros, la aceptasteis, no como palabra de hombres, sino -como es en realidad- como la Palabra de Dios, que también obra en vosotros los que creéis. Porque vosotros, hermanos, llegasteis a ser imitadores de las iglesias cristianas de Dios que hay en Judea; porque vosotros también sufristeis por parte de vuestros compatriotas las mismas cosas que ellas de los judíos; porque ellos mataron al Señor Jesús, y a los profetas, y nos persiguieron a nosotros, y no hacen la voluntad de Dios, y están en contra de todos los hombres, y tratan de hacer que dejemos de hablar a los gentiles para que se salven; y siguen haciendo todo esto para completar el catálogo de sus pecados. Pero ha venido sobre ellos la ira a ultranza.

La fe cristiana no había traído tranquilidad a los tesalonicenses, sino problemas. Su recién descubierta lealtad los había sumido en persecuciones. El método que usa Pablo para animarlos es muy interesante. En realidad equivale a decirles: «Hermanos, seguimos -el camino que transitaron los santos.» Su persecución era una garantía de honor que los incluía en los regimientos del ejército de Cristo.

Pero lo más interesante de este pasaje está en que en los versículos 15 y 16 Pablo traza una especie de catálogo de los errores y pecados de los judíos.

(i) Mataron al Señor Jesús y a los profetas. Cuando llegaban a ellos los mensajeros de Dios, los eliminaban. Uno de los hechos lúgubres en el relato evangélico es la intensidad con que los responsables de los judíos trataron de deshacerse de Jesús antes de que pudiera traerles más perjuicios. Pero nunca se ha anulado un mensaje matando al mensajero que lo comunicaba. Se cuenta de un misionero que se dirigió a una tribu primitiva, que tenía que hacer uso de los métodos primitivos para comunicarles su Mensaje; así es que pintó un cartel en el que se representaba el progreso al Cielo de un hombre que había aceptado a Cristo, y el descenso al infierno de otro que Le había rechazado. El mensaje inquietó a la tribu. No querían que fuera verdad, así es que quemaron el cartel y, a partir de entonces, ¡creyeron que ya no tenían problemas! Uno puede negarse a escuchar el Mensaje de Jesucristo, pero no puede eliminarlo de la estructura del universo.

(ii) Persiguieron a los cristianos. Aunque ellos mismos se negaban a aceptar el Mensaje de Cristo, podrían haber dejado que otros lo escucharan y aceptaran si querían. Hay que recordar siempre que hay más de una manera de llegar al Cielo; y que hay que guardarse de la intolerancia.

(iii) No trataban de hacer la voluntad de Dios. El problema de la Iglesia ha sido muchas veces que se ha aferrado a una religión hecha por los hombres en lugar de aceptar la fe que Dios da. Lo que las personas se han preguntado muchas veces es: «¿Qué es lo que creo yo?», en lugar de « ¿Qué es lo que Dios dice?» Lo que importa no es nuestra lógica de hormigas, sino la revelación de Dios.

(iv) Estaban en contra de todos los hombres. En el mundo antiguo se acusaba de hecho a los judíos de ser «enemigos de la raza humana.» Su pecado capital era la arrogancia. Se consideraban el Pueblo Escogido, y sin duda lo eran; pero se consideraban elegidos para un privilegio, y no para un servicio. Su ilusión era que llegaría un día en que el mundo entero estaría a su servicio, no que eran ellos los que debían servir al mundo. Los que no piensan más que en sus derechos y privilegios siempre estarán en contra de todo el mundo y- lo que es todavía más serio- en contra de Dios.

(v) Querían reservarse la invitación del amor de Dios para ellos solos, y no querían que los gentiles tuvieran parte en Su gracia.

Hay algo fundamentalmente erróneo en una religión que le cierra la puerta a los demás. Si amamos de veras a Dios, ese amor debe desbordarse hacia nuestros semejantes. Lejos de querer monopolizar los privilegios, nos consumirá la pasión por compartirlos.

Nuestra gloria y nuestro gozo

Pero en cuanto a nosotros, hermanos, cuando hemos tenido que estar separados por un poco de tiempo de vosotros físicamente, pero no en el corazón- , tanto más ardíamos de deseos de volver a veros. Mucho queríamos volver a visitaros yo, Pablo, lo anhelaba una y otra vez-, pero Satanás nos bloqueó el camino. Porque, ¿dónde tenemos nuestra esperanza o nuestro gozo o nuestra gloria, sino en vosotros, en la presencia de nuestro Señor Jesucristo en Su venida?

¡Vosotros sois nuestra gloria y nuestro gozo!

Alguien ha dicho que 1 Tesalonicenses es «un clásico de la amistad;» y aquí tenemos un pasaje que rezuma el profundo afecto de Pablo hacia sus amigos. A pesar de la distancia, sobre todo en el tiempo, todavía podemos sentir los latidos de amor en estas frases.

Pablo usa dos ilustraciones interesantes en el pasaje que nos ocupa.

(i) Dice que Satanás le bloqueó el camino cuando quería ir a Tesalónica. La palabra que usa (enkóptein) es el término técnico para poner un bloque en medio de la carretera para impedir el paso de una expedición. La labor de Satanás consiste en poner obstáculos en el camino del cristiano -y la nuestra debe ser vencerlos.

(ii) Dice que los tesalonicenses eran su corona. En griego hay dos palabras para corona. Una es diádéma, que se usa casi exclusivamente refiriéndose a la corona real. La otra es stéfanos, que se utiliza casi exclusivamente para designar la corona del vencedor en alguna contienda deportiva. Stéfanos es la palabra que usa aquí Pablo. El único premio que apreciaba realmente en la vida era ver vivir a sus convertidos de acuerdo con el Evangelio.

W. M. Macgregor solía citar el dicho de Juan cuando estaba ‹ pensando en los estudiantes a los que había dado clase: « No puedo yo tener un gozo mayor que el de oír que mis chicos siguen la verdad» (3 Juan 4). Pablo también habría dicho Amén a eso. La gloria de cualquier maestro está en sus alumnos; y si llegara el día en que le dejaran atrás en sabiduría, su gloria sería aún mayor. La mayor gloria de una persona está en las que haya puesto o ayudado en el camino de Cristo.

Samuel Rutherford pensaba, cuando estaba preso en Aberdeen y a las puertas de la muerte, que si uno de los que habían sido miembros en vida de su querida iglesia de Anwoth le saliera a recibir cuando él mismo llegara al más allá, la gloria del Cielo le parecería el doble. Nada que podamos hacer será un mérito ante Dios; pero al final, las estrellas en la corona de un siervo fiel serán los que haya guiado a Jesucristo.

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