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1 Tesalonicenses 4: La llamada a la pureza

Así es que, hermanos, para terminar, os pedimos y exhortamos en el Señor Jesús que, como ya habéis recibido instrucciones nuestras acerca de cómo debéis comportaros para agradar a Dios, que las pongáis por obra para ir creciendo de más a más. Porque sabéis muy bien las órdenes que os dimos por medio del Señor Jesús; porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros: que viváis vidas consagradas, es decir, que os guardéis de la promiscuidad sexual, que cada uno de vosotros sepa controlar su cuerpo consagrada y respetuosamente, no dejándolo a merced de deseos incontrolados, como los paganos que no conocen a Dios; que en esa clase de cosas no abuséis de vuestro hermano o tratéis de aprovecharos de él. Porque el Señor es el que hace justicia de todas estas cosas, como ya os hemos dicho y testificado. Porque Dios no nos ha llamado para que vivamos en la impureza, sino en la consagración. Por tanto, el que no haga caso de esta instrucción no está rechazando a nadie más que al Dios Que nos da Su Espíritu Santo. Nos resulta extraño que Pablo se extienda tanto para inculcar la pureza sexual en una congregación cristiana; pero hemos de tener presentes dos cosas. La primera, que hacía poco que los tesalonicenses habían recibido la fe cristiana, y que venían de una sociedad en la que la castidad era una virtud desconocida; y seguían estado en medio de tal sociedad, cuya infección los amenazaba todo el tiempo. Les resultaría sumamente difícil desaprender lo que habían considerado natural toda la vida. La segunda, no ha habido nunca una época histórica en la que los votos matrimoniales se tomaran tan a la ligera y el divorcio fuera tan desastrosamente fácil. La frase .que hemos traducido por « que cada uno de vosotros sepa controlar su cuerpo consagrada y respetuosamente» también se podría traducir por « que cada uno de vosotros tenga su propia esposa consagrada y respetuosamente.» (Véase la nota en la Reina-Valera ‹95).

Entre los judíos, el matrimonio se tenía teóricamente en la más alta estima. Se decía que un judío debiera estar dispuesto a morir antes que cometer asesinato, idolatría o adulterio; pero de hecho el divorcio era trágicamente fácil. La ley del Deuteronomio establecía que uno podía divorciar a su mujer si encontraba « alguna impureza» o «algo vergonzoso» en ella (Deuteronomio 24:1). Lo difícil era saber qué era esa «cosa indecente», como la llama la Reina-Valera. Los rabinos más estrictos lo limitaban exclusivamente al adulterio; pero había una interpretación más laxa que ampliaba su sentido hasta incluir asuntos tales como estropear la comida poniéndole demasiada sal, o salir a la calle con la cabeza descubierta, o hablar irrespetuosamente de su familia política en presencia de su marido, o ser chillona (lo que se definía como hablar en una voz tan alta que se la pudiera oír en la casa de al lado). Como era de esperar, fue la aplicación más laxa la más aceptada.

En Roma, durante los primeros quinientos veinte años de la República, no había habido ni un solo divorcio; pero bajo el Imperio, como se ha dicho, el divorcio era un asunto de capricho. Como decía Séneca: «Las mujeres se casaban para poder divorciarse, y se divorciaban para poder casarse.» En Roma se identificaban los años por los nombres de los cónsules; pero se decía que las señoras de moda identificaban los años por los nombres de sus maridos. Juvenal cita el ejemplo de una mujer que tuvo ocho maridos en cinco años. La moralidad estaba muerta.
En Grecia, la inmoralidad siempre había ido a rienda suelta. Mucho tiempo atrás había dicho Demóstenes: «Mantenemos a las prostitutas para el placer; las concubinas, para las necesidades cotidianas del cuerpo, y las esposas, para tener hijos y para que guarden fielmente nuestros hogares.» Mientras uno mantuviera a su esposa y familia no era indecoroso mantener relaciones extramatrimoniales.

Era a hombres y mujeres que procedían de una sociedad así a los que se dirigía Pablo. Lo que a muchos les parecería un lugar común de la vida cristiana, a aquellos les parecería algo totalmente revolucionario. Una de las cosas que hizo el Cristianismo fue establecer un código totalmente nuevo en la relación entre hombres y mujeres que es el campeón de la pureza y el guardián del hogar. Esto no se puede decir suficientemente claro en nuestro propio tiempo, cuando estamos sufriendo otra revolución en el comportamiento sexual.

En su libro titulado Lo que yo creo, un simposio sobre las creencias básicas de hombres y mujeres famosos, Kingsley Martin escribe: « Una vez que las mujeres se emancipan y empiezan a ganarse la vida y son capaces de decidir por sí mismas si van a tener hijos o no, hay que revisar las costumbres matrimoniales por necesidad. «El control de la natalidad -me dijo una vez un conocido economista- es el acontecimiento más importante desde el descubrimiento del fuego.» En principio tenía razón, porque altera fundamentalmente la relación entre los sexos, sobre la que se basa la vida familiar. El resultado en nuestro tiempo es un nuevo código sexual; ha desaparecido la vieja «moralidad» que guiñaba el ojo a la promiscuidad masculina pero fruncía el ceño a la infidelidad femenina, y la castigaba con una deshonra de por vida, y hasta, en algunas culturas puritanas, con una muerte cruel. El nuevo código tiende a hacer aceptable el que hombres y mujeres puedan vivir juntos si quieren, pero exigirles el matrimonio si deciden tener hijos.»

La nueva moralidad no es más que la vieja moralidad puesta al día. Hay una necesidad perentoria en el mundo moderno, como la había en Tesalónica, de ponerles delante a hombres y mujeres las demandas insoslayables de la moralidad cristiana, «porque Dios no nos llamó para que viviéramos en la impureza, sino en la consagración.»

La necesidad Del trabajo cotidiano

Vosotros ya no tenéis necesidad de que os escriba sobre el amor fraternal, porque Dios mismo os ha enseñado a amaros unos a otros, y ya lo hacéis con todos los hermanos que hay por toda Macedonia. Pero os exhortamos, hermanos, a que lo sigáis haciendo cada vez más, y que os hagáis el propósito de manteneros tranquilos y ocuparos de vuestros propios asuntos. Os exhortamos a trabajar con vuestras manos, como ya os instruimos, para que vuestro comportamiento parezca una cosa hermosa a los que están fuera de la iglesia, y así no tengáis necesidad de depender de nadie.

Este pasaje empieza con una alabanza y termina con una advertencia; y con esta llegamos a la situación inmediata detrás de la carta. Pablo animaba a los tesalonicenses a mantenerse tranquilos y a ocuparse de sus propios asuntos y a seguir realizando sus trabajos manuales. La predicación de la Segunda Venida había producido una situación extraña e imprevista en Tesalónica. Muchos de los tesalonicenses habían abandonado sus trabajos habituales y andaban por ahí en grupos emotivos, inquietándose a sí mismos y a otros, esperando que se produjera en cualquier momento la Segunda Venida de Cristo. La vida ordinaria estaba desquiciada; el ganarse la vida se dejaba de lado, así que el consejo de Pablo era preeminentemente práctico.

(i) Les decía, de hecho, que la mejor manera en que Jesucristo podía encontrarlos sería tranquilos, haciendo su labor cotidiana eficiente y diligentemente. El rector Rainy solía decir: «Hoy tengo que dar clase; mañana tengo que asistir a una reunión del comité; el domingo tengo que predicar; algún día me tendré que morir. Pues bien, hagamos cada cosa cuando nos corresponda lo mejor que podamos.» El pensamiento de que Cristo volverá y la vida tal como la conocemos se acabará no es razón para dejar de trabajar, sino para trabajar más intensa y fielmente. No es una espera inútil e histérica, sino una labor tranquila y útil la que nos introducirá en el Reino.

(ii) Les dijo que, pasara lo que pasara, tenían que presentar el Evangelio á los de fuera de la iglesia mediante la diligencia y la belleza de sus propias vidas. El andar vagando por ahí, el permitir que su supuesto cristianismo los convirtiera en ciudadanos inútiles, no era más que desacreditar el Cristianismo. Pablo toca aquí una verdad tremenda. Al árbol se le conoce por sus frutos; y una religión se conoce por la clase de personas que produce. La única manera de demostrar que el Cristianismo es la mejor fe de todas es mostrando que produce las mejores personas. Cuando nosotros los cristianos mostremos que nuestro Cristianismo nos hace mejores trabajadores, amigos más leales, hombres y mujeres más amables, entonces estaremos dando testimonio de veras. El mundo exterior puede que no venga nunca a la iglesia a escuchar un sermón, pero no puede por menos de vernos todos los días fuera de la iglesia; y nuestras vidas son los sermones que han de ganarlos para Cristo.

(iii) Les dijo que tenían que proponerse ser independientes y no vivir como parásitos de la caridad. El efecto de la conducta de los tesalonicenses era que otros tenían que sostenerlos. Hay una cierta paradoja en el Cristianismo. El cristiano tiene el deber de ayudar a otros, porque muchos, sin que sea suya la culpa, no pueden alcanzar la independencia; pero el cristiano también tiene el deber de ayudarse a sí mismo. El cristiano ha de tener una caridad amable que se deleite en dar, y una orgullosa independencia que desdeñe dejar de suplir sus necesidades con sus propias manos.

En cuanto a los que ya duermen

No queremos que estéis en la ignorancia, hermanos, en cuanto a los que ya duermen; porque no queremos que estéis tristes como los demás, que no tienen ninguna esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, lo mismo podemos estar seguros de que Dios traerá con Él a los que ya han quedado dormidos mediante Jesús. Y esto que os decimos, no depende de nuestra propia autoridad sino de la Palabra del Señor: Que nosotros que estamos vivos, que sobrevivamos hasta la venida del Señor, no les llevaremos ninguna ventaja a los que ya hayan caído dormidos; porque el mismo Señor descenderá del Cielo con una fuerte voz de mando, con la voz de un arcángel y con la trompeta de Dios; y los que estén muertos en Cristo resucitarán primero; y luego nosotros, los que estemos vivos, los supervivientes, seremos asumidos por las nubes juntamente con ellos para salir al encuentro del Señor en el aire. Y a partir de entonces ya estaremos siempre con el Señor. Así es que animaos mutuamente con estas palabras.

La esperanza de la Segunda Venida les había traído otro problema a los de Tesalónica. Esperaban que se produjera inmediatamente; esperaban estar vivos cuando ocurriera, pero estaban preocupados por los cristianos que ya habían muerto. No podían estar seguros de que también participaran de la gloria de ese Día. Pablo les responde que tendrán una misma gloria los que ya hayan muerto y los que estén vivos.

Les dice que no deben tener tristeza como los que no tienen ninguna esperanza. Ante la muerte, el mundo pagano se encontraba sumido en la desesperación. Se enfrentaban con ella con una sombría resignación y una árida desesperanza.

Esquilo escribió: «Una vez que un hombre muere, no hay esperanza de que resucite.» Y Teócrito: «Mientras hay vida hay esperanza, pero no la hay para los muertos.» Y Catulo: «Una vez que se pone nuestra breve lumbrera, no nos queda más que una perpetua noche en la que no podemos hacer más que dormir.» En sus lápidas aparecían lúgubres epitafios: «No era; llegué a ser; ya no soy; no me importa nada.» Una de las cartas en papiro más patéticas que han llegado hasta nosotros es una carta de pésame que dice: « De Irene a Taonofis y Filón: Consolaos. Lo sentí y lloré por el difunto como había llorado por Dídimas. Todo lo que se podía hacer lo hice, como todos los míos. Epafrodito y Termutión y Filión y Apolonio y Plantas. Pero a pesar de todo no se puede hacer nada contra tales cosas. Por tanto, consolaos como podáis.»

Pablo establece un gran principio: La persona que ha vivido y muerto en Cristo sigue estando en Cristo y resucitará en Él. Entre Cristo y la persona que Le ama hay una relación que nada puede romper, que sobrepasa la muerte. Como Cristo murió y resucitó, así la persona que está unida con Cristo resucitará.

El cuadro que traza Pablo del Día de la Segunda Venida de Cristo es pura poesía, un intento de describir lo indescriptible. En la Segunda Venida Cristo descenderá del Cielo a la Tierra; dará una voz de mando, a la cual la voz de un arcángel y la trompeta de Dios despertarán a los muertos; entonces los muertos y los vivos serán asumidos igualmente en las carrozas de las nubes para darle la bienvenida a Cristo; y a partir de entonces ya estarán siempre con el Señor. No se pretende que tomemos lo que es una visión espiritual con un literalismo crudo e insensible. No son los detalles lo importante, sino que tanto en la vida como después de la muerte el cristiano está en Cristo, y esa es una unión que nada puede romper.

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