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2 Corintios 11: El peligro de la seducción

Hay una historia famosa de un grupo de personas que estaban comiendo juntas. Tras la comida, se decidió que cada una recitara algo. Un famoso actor se levantó y, usando todos los registros de su bien entrenada voz y su mejor técnica de arte dramático, recitó el Salmo 23, y recibió tal aplauso que más bien podría llamarse ovación. Le seguía un hombre normal y corriente que era un sencillo creyente, y también él empezó a recitar el Salmo 23, tomándolo algunos a broma al principio. Pero, conforme proseguía, todos escuchaban con atención reverente. Cuando terminó continuó el silencio, que era más elocuente que el mayor aplauso; y entonces el actor se incorporó y dijo: «Amigo, yo conozco el salmo, pero tú conoces al Pastor.»

Los oponentes de Pablo puede que conocieran todos los secretos de la oratoria en los que él era un lego; pero Pablo hablaba de lo que sabía por propia experiencia, porque conocía personalmente al verdadero Cristo.

Disfrazados de cristianos

¿Es que he cometido yo algún pecado por humillarme para que vosotros fuerais encumbrados, o por el hecho de haberos predicado el Evangelio de Dios de balde? He esquilmado otras iglesias y aceptado que me pagaran para serviros a vosotros. Y cuando me encontraba entre vosotros y había llegado a la más total indigencia, no os estrujé a ninguno para que me dierais ayuda. Los hermanos que volvieron de Macedonia suplieron mi necesidad. Siempre tuve cuidado de no seros nunca carga, y pienso seguir igual. Por la verdad de Cristo que hay en mí, por lo que a mí respecta, no se me podrá despojar de esta satisfacción en las regiones de Acaya. ¿Que por qué? ¿Porque no os amo? Dios sabe lo que os amo. Pero sigo y seguiré esta norma para no ofrecerles la oportunidad a los que están deseando demostrar que son lo mismo que nosotros, para presumir. Los tales no son más que falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. ¡Y no es extraño, porque también Satanás se disfraza de ángel de luz! No debe extrañarnos el que sus servidores también se disfracen de siervos de la justicia. Pero acabarán recibiendo lo que se merecen sus obras.

Aquí sale Pablo al paso de otra acusación que se le ha hecho. Esta vez está muy clara. No se les iba de la cabeza el hecho sorprendente de que Pablo se hubiera negado a aceptar la menor ayuda de ellos. Cuando se encontraba sin recursos, fue la iglesia de Filipos la que le proveyó de lo necesario (cp. Filipenses 4:10-18).

Antes de adentrarnos en este pasaje, debemos preguntarnos cómo podía Pablo mantener su actitud de absoluta independencia en cuanto a la iglesia corintia, y sin embargo aceptar donativos de la iglesia filipense. No estaba siendo inconsecuente, y la razón era muy práctica y noble. Por lo que sabemos, Pablo no aceptó nunca nada de los filipenses cuando estaba en Filipos. Sí cuando ya había pasado a otros lugares. La razón es obvia. Mientras estaba en un lugar, tenía que ser absolutamente independiente, sin depender de nadie. Es discutible que se pueda aceptar ayuda de nadie, y predicar la verdad con independencia, aunque sea en contra del supuesto bienhechor. Cuando estaba en medio de la comunidad filipense, Pablo no podía estarle obligado a nadie. Era otra cosa cuando ya estaba en otro lugar. Entonces ya era libre para aceptar lo que el amor de los filipenses le hiciera llegar, porque aquello ya no le podría comprometer con ninguna persona o grupo. Le habría sido imposible a Pablo, cuando estaba en Corinto, recibir sostenimiento y al mismo tiempo mantener la independencia que requería la situación. Eso no era ser inconsecuente, sino ser prudente.

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