Pablo pasa a contrastar los dos .Pactos. El Antiguo Pacto nació con gloria. Cuando Moisés bajó del monte con los Diez Mandamientos, que son el código del Antiguo Pacto, le lucía el rostro con tal resplandor que nadie podía mirarle (Éxodo 34:30).
Estaba claro que aquello sería una gloria pasajera. Ni se mantuvo ni se podía mantener. El Nuevo Pacto, la nueva relación que Jesucristo ha hecho posible entre Dios y nosotros, tiene un esplendor mayor que no se desvanecerá jamás, porque produce perdón en lugar de condenación, vida en lugar de muerte.
Aquí hay una advertencia. Los judíos preferían el Antiguo Testamento, la ley; rechazaron el Nuevo, la nueva relación con Dios en Cristo. Ahora bien, el Antiguo Testamento no era nada malo, sino menos bueno, una etapa del camino. Como ha dicho un gran comentarista: « Cuando ya ha salido el Sol, no se necesitan las lámparas.» Y como se ha dicho con verdad: «Lo bueno es enemigo de lo mejor.» Los pueblos siempre tienden a mantener lo antiguo aun cuando se les ofrezca algo mejor. Durante mucho tiempo la gente, por lo que se suelen llamar «razones religiosas,» rechazó el cloroformo. Cuando surgieron Wordsworth y los poetas románticos, la crítica decía: «Esto no durará.» Cuando Wagner empezó a componer, la gente no quería su música.
Las iglesias de todo el mundo se aferran a lo viejo y rechazan lo nuevo. Porque una cosa se ha hecho siempre, es buena; y porque otra cosa no se ha hecho nunca, es mala. Debemos tener cuidado con adorar las etapas en vez de la meta, y con aferrarnos a lo bueno cuando está esperándonos lo mejor. No caigamos en lo que hicieron los judíos: insistir en que lo antiguo está bien, rechazando las glorias nuevas que Dios nos abre en Jesucristo.
El velo que oculta la verdad
El tener esta esperanza es lo que nos permite hablar con tanta libertad. No corremos un velo sobre nada, que fue lo que tuvo que hacer Moisés al cubrirse la cara para que los israelitas no fijaran la mirada en una gloria que se había de desvanecer. Pero, a pesar de eso, se les ofuscó la mente; hasta el día de hoy sigue el mismo velo sin descorrerse cuando se lee el Antiguo Testamento, velo que sólo en Cristo desaparece definitivamente. Sí: hasta el día de hoy, cuando se leen los libros de Moisés, sigue el mismo velo tapándoles el corazón. Pero, cuando se conviertan al Señor, se les descorrerá.
El Señor es el Espíritu: donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Así que todos nosotros, que a cara descubierta contemplamos como en un espejo la gloria del Señor, vamos cambiando esta imagen de gloria en gloria conforme obra en nosotros el Señor, que es el Espíritu.
Todas las imágenes de este pasaje surgen directamente del anterior. Pablo arranca del pensamiento de que, cuando Moisés descendió del monte, la gloria que irradiaba su rostro era tal que no se le podía mirar fijamente.
(i) Está pensando en Éxodo 34:33. Allí leemos que Moisés puso un velo sobre su rostro cuando acabó de hablar con ellos.
Pablo interpreta que Moisés se cubría la cara con un velo para que el pueblo no viera cómo se iba desvaneciendo poco a poco la gloria que había irradiado. Su primera idea es que la gloria del Antiguo Pacto, la antigua relación entre Dios y Su pueblo, era por naturaleza perecedera. Estaba destinada a ser superada, no como lo falso por lo correcto, sino como lo incompleto por lo completo y lo provisional por lo definitivo. La revelación que vino por medio de Moisés era verdadera e importante, pero no era más que parcial; la que nos ha traído Jesucristo es completa y definitiva. Como dijo sabiamente Agustín hace mucho tiempo: «Tratamos injustamente el Antiguo Testamento si negamos que procede del mismo Dios justo y bueno que el Nuevo. Por otra parte, tratamos injustamente el Nuevo Testamento si ponemos el Antiguo a su mismo nivel.» El uno es un paso hacia la gloria; el otro es la cima de la gloria.
(ii) Entonces la mente de Pablo se enfoca en la idea del velo, que él utiliza de diferentes maneras. Dice que, cuando los judíos escuchaban la lectura del Antiguo Testamento todos los sábados en la sinagoga, el velo que tienen delante de los ojos les impide contemplar su verdadero sentido. Debería señalarles a Jesucristo; pero el velo no les deja verlo. También a nosotros puede que se nos escape el verdadero sentido de la Escritura porque tengamos los ojos velados.
(a) Puede que nos los velen nuestros prejuicios. A veces, también nosotros vamos a la Escritura a buscar apoyo para nuestros puntos de vista más que para encontrar la verdad de Dios. .
(b) Puede que nos los velen nuestras ilusiones. Muchas veces encontramos lo que queremos encontrar, y se nos pasa lo que no queremos ver. Por ejemplo: nos encantan todas las referencias al amor y a la misericordia de Dios, pero se nos pasan las que se refieren a Su ira y juicio.
