Al morir Joyada, Joás se sintió libre para expresarse, sin tener que depender del tutelaje del sacerdote que le salvó la vida. Su perversidad revela las profundidades hasta donde un hombre decente puede descender. Quizá por recibir la adulación de los jefes de Judá, ahora opta por escuchar el consejo de hombres malos, influenciados por la enseñanza de Atalía y el culto a Baal.
Su idolatría se hizo evidente cuando su corazón se apartó de la casa de Jehová. Como resultado, la ira de Jehová se desató contra Judá y contra Jerusalén. El liderazgo de la nación había vuelto las espaldas a Dios; por lo tanto, fueron ellos los primeros en sufrir las consecuencias del juicio del Señor.
En un último intento de hacerles volver de sus malos caminos, Jehová envió a sus profetas quienes no fueron bienvenidos. Entre los que más destacaron estuvo Zacarías, el hijo del sacerdote Joyada. Entre los profetas a quienes sí escuchaban se hallaban Semaías y Jehú; pero, Zacarías, Micaías y Hanani no tuvieron éxito.
El incidente acerca de la muerte de Zacarías tuvo su impacto en las generaciones futuras. En su denuncia contra los escribas y fariseos, Jesús hace una alusión cronológica afirmando que Israel mató a “profetas, sabios y escribas… desde Abel hasta Zacarías”; es decir, desde el primer libro de la Biblia hasta el último hay un registro de oposición a la voz profética.
En su gracia, y porque Dios no quiere la perdición del pecador, Joás y sus príncipes tuvieron una oportunidad más de arrepentirse; pero la insensibilidad de Joás para con el hijo del que le había salvado la vida es clara señal de su alejamiento de Dios.
El asesinato de Zacarías marca con claridad la ruptura del pacto que Joás y Joyada hicieron, cuando juramentaron vivir de acuerdo a los cánones de Jehová. La oración imprecatoria de Zacarías antes de su muerte no indica señal de perdón para sus enemigos. Dios no tardaría en responder a su siervo moribundo.
Las fuerzas invasoras de Siria subieron contra Joás, al cumplirse un año de su nefasto crimen. El liderazgo cayó a filo de espada y toda la nación fue saqueada. El cronista es bien concreto en su documentación de cómo se dio este ataque: las multitudes que habiendo creído en Jehová decidieron ir tras los ídolos, ahora eran derrotadas por un puñado de enemigos.
Al marcharse el enemigo, al cuadro de devastación se añade el hecho de que Joás fuera gravemente herido. Es probable que Joás, después de la batalla, pagara tributo a Azael. Los moabitas y los amoritas tenían una cuenta pendiente con el rey. Al verlo herido, aprovecharon la oportunidad para matarlo en su casa de Milo, en Jerusalén.
En la mención de los nombres de las esposas de los asesinos de Joás, el cronista parece inferir su oposición a los matrimonios entre judíos y extranjeras.
El resultado de una mala administración Pues los hijos de la malvada Atalía habían arruinado la casa de Dios, y también habían empleado para los Baales todas las cosas sagradas de la casa de Jehová.
El cronista relaciona la desastrosa situación a la que había llegado el país, con el comportamiento de la impía Atalía y sus hijos. Dos pecados cometieron: destruir la casa de Dios y haber consagrado a dioses paganos lo que se había dedicado a Jehová. Inexorablemente entró en acción la ley espiritual de la siembra y la cosecha.
El comportamiento de Atalía y su familia es un fiel reflejo de las situaciones que tienen lugar cuando los creyentes realizan malas inversiones, sea de tiempo, de dinero o de su cuerpo y salud.
El sabio Dios ha diseñado la vida para hacer el bien. Hay que gastarla para construir el reino. Cuando se invierte en el deleite personal, y aun a costa de lo que a Dios pertenece, se subvierten las leyes del reino de Dios, y la ruina llega como resultado natural.
“Nadie está en libertad de usar su propiedad como le venga mejor —ni una parte ni nada de ella— sin comprender que debe dar cuenta de ella al Dios de la creación por cada centavo retenido así como lo gastado”
