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2 de Reyes 18: Judá hasta el exilio en Babilonia

Con alarma, los tres representantes de Ezequías pidieron que el Rabsaces hablara en arameo, el idioma de la diplomacia, porque la gente en la muralla no lo entendía. Pero, con altanería, el Rabsaces continuaba su guerra psicológica contra la intransigencia de Judá. Gritó aún más fuerte en hebreo, dirigiéndose a los trabajadores, amenazándolos con un sufrimiento horrendo que estaba próximo, por culpa del rey. Decía además que su propio rey Ezequías los engañaba pretendiendo protegerlos de Asiria y animándolos a confiar en Jehová para su rescate. En vez de escuchar a su rey, el pueblo debía rendirse y hacer las paces con el rey de Asiria, porque solo así comerían bien y tendrían sus propias fincas, que producirían el alimento necesario, si bien era cierto que estarían en otro país…

Así se manifestó la arrogancia de Senaquerib. Básicamente se presentó como un rival de Jehová que era invencible, porque les ofrecía una tierra prometida fructífera con un hogar seguro y únicamente Dios podría dársela. Argüía que podrían vivir bien en vez de morir, si el pueblo solo cambiaba su lealtad al rey de Asiria. De esta manera reclamaba la lealtad de Judá, la cual debían poner en Jehová. Además, se afirmaba que el poderoso rey de Asiria era el gran arquitecto de la historia, no Jehová. Era un engaño de Ezequías el sugerirles que confiaran en el Señor; si ninguno de los dioses de los samaritanos tuviera éxito, tampoco lo tendría el Señor. Aquí las premisas del argumento se amplían; anteriormente se dijo que era la voluntad de su Dios que perdieran, pero ahora cambia afirmando que su Dios era impotente para salvarlos. De esa manera rebajaban a Dios. Su argumento en contra de los dioses extranjeros era similar al de los profetas en contra de las imágenes de otros dioses, excepto la conclusión que afirmaba que Jehová también era un dios impotente como cualquier otro. Según esto, Dios era solo un observador inútil, incapaz de parar los planes de Asiria. Con esto se llega a la pregunta última del hombre. El Dios de Israel ¿era el único dios de verdad? o ¿se trataba de un dios impotente cualquiera igualito a los demás? Se puede frasear de otra manera: ¿Puede el pueblo de Dios confiar en Dios en momentos de crisis?

La respuesta de los trabajadores fue un silencio dramático. No respondieron al Rabsaces, ya que Ezequías así se los había mandado para evitar una demostración de intranquilidad y temor. Además, ¿qué podrían decir? La pequeña ciudad de Jerusalén estaba confrontando una superioridad abrumadora en el poderoso ejército de una superpotencia que acababa de tragar a Israel, su nación hermana al norte. Una vez más se parecía al gigante Goliat retando al joven pastor David. Lógica y racionalmente era insensato seguir resistiendo. Como consecuencia, los tres oficiales rasgaron su ropa por su profunda preocupación, vergüenza y aflicción al llevar el mensaje a Ezequías.

Cuando el gran reformador escuchó la amenaza de Senaquerib, compuesta de palabras jactanciosas y blasfemas, en humildad y desesperación se rasgó su túnica real y se vistió de cilicio, una señal de arrepentimiento, remordimiento y luto. Ezequías reconoció con profundo dolor que, a pesar de su poder real, no era capaz de resolver la crisis más grande de su vida y de su pueblo.

No obstante unos momentos de incertidumbre, Ezequías tomó dos acciones adicionales que contrastan grandemente con las de otros reyes (Acaz, Sedequías y Joaquín) bajo circunstancias similares. Primera, fue al templo y segunda, envió a Eliaquim, Sebna y los sacerdotes más ancianos a consultar al profeta Isaías, hijo de Amoz; por primera vez este se menciona en Reyes, aunque profetizaba desde el reino de Amasías (Uzías), el bisabuelo de Ezequías. Le llevaron el mensaje amenazante del rey de Asiria que insultaba al Señor, el Dios viviente y que por esas palabras blasfemas debía ser castigado. La primera parte del mensaje de Ezequías a Isaías comunicó un sentido de humillación debido a las victorias de Senaquerib, por eso era día… de reprensión. Al final del mensaje pedía su oración. Para él, la esperanza para Jerusalén y su poderío no dependían del número de soldados y armamentos militares disponibles sino de sus recursos morales y espirituales, y estos eran invisibles. Su arma seguía siendo su Dios, representado por su templo y su profeta, y el poder de Jehová que esperaba ansiosamente la petición de su pueblo y sus líderes.

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