En cualquier manera, el pasaje habla de un tiempo de preparación para el matrimonio. La estrategia de preparación tiene que ver con el carácter de ella. La muralla sugiere la firmeza de su carácter, que será fortificado mediante torreones de plata. Así, si ella es solicitada por los jóvenes, su familia la animará y estimulará a mantener su posición virtuosa. Por el contrario, si ella es puerta, es decir, está abierta a ser seducida o es accesible a ello, su familia proveerá de paneles de cedro para protegerla. En realidad, estas dos cláusulas no están contrastadas sino que están en aposición, es decir, ambas imágenes enfatizan la necesidad de preparar a la jovencita proveyéndole fortaleza y seguridad. De este modo, estímulo y disciplina se combinan en un balance admirable, para desarrollar a la muchacha y prepararla para una vida de mayor felicidad sexual, en el contexto del matrimonio.
(4) La amada. Quien habla ahora es una mujer madura y sexualmente realizada. En clara referencia a las imágenes usadas por el cortejo en los dos versículos anteriores, la amada proclama su madurez y disposición para el amor y el matrimonio, que ya está experimentando. Ya no es la jovencita que necesitaba protección y disciplina; ahora es una mujer plenamente desarrollada. Desde su pubertad frágil y su sexualidad inmadura, esta mujer ha llegado a ser, con el correr de los años, una persona sexualmente admirable para su esposo (a sus ojos). En la relación con su amado, ella es una fuente permanente de “paz,” es decir, de plenitud, armonía y realización total. No es extraño que su nombre sea Sulamita: “la pacífica”, “la plena” o “la completa”.
(5) El amado. Las palabras iniciales de este verso recuerdan la parábola de la viña de Isaias 5:1-7, que es también una canción de amor. En el caso de Isaías se trata de una alegoría, pero aquí no, si bien la interpretación tradicional identifica la viña con el harén de Salomón. Pero no debe identificarse necesariamente al amado con el rey Salomón. El contraste que estos versículos plantean es entre los derechos del rey a administrar sus propias posesiones y el derecho de la amada sobre su propia persona. Algunos ven aquí un contraste entre las grandes propiedades de Salomón (su harén con numerosas esposas y concubinas) y la persona de la amada, sobre la cual sólo ella tiene plenos derechos. Ella no es una propiedad de la que él pueda disponer y entregar al cuidado de otros, como pudiera ser el caso de otras mujeres de su harén.
