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Gálatas 3: El don de la gracia

Tercero, en ese caso, se está maldito, porque la misma Escritura dice (Deuteronomio 27:26) que el hombre que no guarde toda la Ley está bajo maldición. Por tanto, la consecuencia inevitable de tratar de llegar a la relación con Dios haciendo de la Ley el principio de la vida es decidirse por una maldición.

Pero hay otro dicho en la Escritura: «Es el hombre que está en la debida relación con Dios mediante la fe el que de veras vivirá» (Habacuc 2:4). La única manera de llegar a estar en la debida relación con Dios, y por tanto la única forma de alcanzar la paz, es el camino de la fe. Pero el principio de la Ley y el principio de la fe son antitéticos; no se puede dirigir la vida por los dos al mismo tiempo; hay que escoger; y la única elección lógica es abandonar el legalismo y aventurarse en la fe de tomarle la Palabra a Dios y confiar en Su amor.

¿Cómo podemos saber que esto funciona? El Garante definitivo de esta verdad es Jesucristo; y para hacer llegar esta verdad hasta nosotros tuvo que morir en la Cruz. Ahora bien: la Escritura dice que todo el que es colgado de un madero está maldito (Deuteronomio 21: 23); así que, para libertarnos de la maldición de la Ley, Jesús mismo tuvo que asumirla.

Aun en su más difícil presentación, que bien puede ser esta, un hecho sencillo pero tremendo no estaba nunca lejos de la mente y el corazón de Pablo: El costo del Evangelio cristiano. Pablo no podía olvidar nunca que la paz, la libertad, la relación filial con Dios que poseemos, costó la vida y muerte de Jesucristo; porque, ¿cómo podríamos haber conocido nunca cómo es Dios a menos que Jesucristo hubiera muerto para mostrarnos Su gran amor?

El pacto que no se puede alterar

Hermanos: No puedo usar nada más que una analogía humana. Aquí tenéis el paralelo. Cuando un pacto está debidamente ratificado, aunque se trate del pacto de una sola persona, nadie lo anula ni le añade cláusulas adicionales.

Ahora bien: las promesas se hicieron a Abraham y a su simiente. No dice: «Ya sus simientes, H como si se tratara de muchos, sino: «Y a su simiente,» como si se tratara de uno, y ese Uno es Cristo. Lo que quiero decir es que la Ley, que entró en acción cuatrocientos treinta años más tarde, no puede anular el pacto ya ratificado por Dios, dejando sin efecto la promesa. Porque, si la herencia dependiera de la Ley, dejaría de depender de la promesa; pero fine por medio de la promesa como Dios confirió Su Gracia a Abraham.

Cuando leemos pasajes como este y el próximo, tenemos qúe recordar que Pablo había estudiado la carrera de rabino, y era un experto en los métodos escolásticos de las academias rabínicas. Sabía hacer uso de sus métodos de razonamiento, que serían perfectamente consecuentes para un judío, por muy difícil que nos resulte a nosotros entenderlos. Su propósito era mostrar la superioridad de la Gracia sobre la Ley. Empieza mostrando que la Gracia es anterior a la Ley. Cuando Abraham emprendió su aventura de la fe, Dios le hizo Su más grande promesa. Es decir: la promesa de Dios fue la consecuencia de un acto de fe; la Ley no empezó a existir hasta el tiempo de Moisés, cuatrocientos treinta años después. Pero -continúa Pablo-, una vez que un pacto o tratado ha sido debidamente ratificado, no se puede alterar ni anular. Por tanto, la Ley posterior no puede alterar la relación anterior de la fe. Fue la fe la que puso a Abraham en relación con Dios; y la fe es todavía el único camino para que una persona se ponga en la debida relación con Dios.

Los rabinos eran muy aficionados a usar razonamientos que dependieran de la interpretación de una palabra aislada; erigían toda una teología sobre una sola palabra. Pablo toma una palabra de la historia de Abraham, y levanta un razonamiento sobre ella. Como la antigua versión Reina-Valera traducía Génesis 17:7-8, Dios le dijo a Abraham: «Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu simiente después de ti,» y dice de Su herencia: «Y te daré a ti, y a tu simiente después de ti.» (Simiente se traduce más claramente por descendiente; las revisiones posteriores de la Reina-Valera ponen descendencia). El razonamiento de Pablo se basa en que simiente se usa en singular y no en plural; y que, por tanto, la promesa de Dios no se refiere a una gran multitud de gente, sino a un único individuo; y -razona Pablo-, la única Persona en Quien el pacto encuentra su consumación es Jesucristo. Por tanto, el camino a la paz con Dios es el de la fe, que fue el que siguió Abraham; y nosotros debemos recorrerlo mirando a Jesucristo por la fe.

Una y otra vez Pablo vuelve a este mismo punto. El problema de la vida humana es llegar a la debida relación con Dios. Mientras Le tengamos miedo, no podemos tener paz. ¿Cómo podemos obtener esta debida relación? ¿Podrá ser por medio de una obediencia meticulosa y casi torturante de la Ley, cumpliendo incontables obras y observando cada norma diminuta que la Ley establece? Si seguimos ese camino, siempre estaremos en deuda, porque la imperfección humana nunca puede satisfacer plenamente la perfección divina; pero, si abandonamos esta lucha desesperada, y nos presentamos con nuestro pecado ante Dios, Su Gracia nos abre Sus brazos, y nos encontramos en paz con un Dios que ya no es Juez, sino Padre. El razonamiento de Pablo es que esto fue precisamente lo que le sucedió a Abraham. Fue sobre esa base como Dios hizo Su pacto con Abraham; y nada que viniera después podía cambiarlo o anularlo, como nada que venga después de un contrato ratificado y sellado puede alterarlo.

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