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Gálatas 3: El don de la gracia

Encerrado bajo el pecado

Entonces, para qué sirve la Ley? La Ley se añadió a la situación para decidir lo que son las transgresiones, hasta que viniera la Simiente a la Que se Le había hecho la promesa, que todavía seguía vigente. La Ley fue promulgada por ángeles, y vino por medio de un mediador. Ahora bien: el mediador no lo es solo de una parte; y Dios es una parte. ¿Es que la Ley es contraria a las promesas de Dios? ¡No lo quiera Dios! Si se hubiera dado una ley que fuera capaz de dar la vida, entonces no cabría duda que la relación con Dios habría venido por medio de la ley. Pero las palabras de la Escritura lo encierran todo bajo el poder del pecado, para que la promesa se diera mediante la fe en Jesucristo a los que creen.

Este es uno de los pasajes más difíciles que Pablo escribiera jámás, ¡tan difícil que se le han dado casi trescientas interpretaciones! Empecemos por recordar que Pablo todavía está tratando de demostrar la superioridad de la Gracia y la fe sobre la Ley. Hace cuatro observaciones acerca de la Ley.

(i) ¿Por qué introducir la Ley en ningún sentido? Se introdujo, según lo expresa Pablo, por causa de las transgresiones. Lo que quiere decir es que, donde no hay ley, no hay pecado. No se puede condenar a una persona por hacer algo que no estaba prohibido. Por tanto, la función de la Ley es definir el pecado. Pero, aunque la Ley puede definir el pecado y eso es lo que hace, no puede hacer nada en absoluto para remediarlo. Es como un médico que fuera experto en diagnosticar pero incapaz de remediar la enfermedad.

(ii) La Ley no la dio Dios directamente. En el antiguo relato de Éxodo 20, fue dada directamente por Diosa Moisés; pero en los días de Pablo, los rabinos estaban tan impresionados con la santidad y la lejanía de Dios que creían que era totalmente imposible que El tratara directamente con los seres humanos; por tanto introdujeron la idea de que la Ley fue dada primero a los ángeles, y luego, por los ángeles a Moisés (cp. Hechos 7:53; Hebreos 2:2). Aquí Pablo está usando las categorías rabínicas de su tiempo. La Ley está a una doble distancia de Dios: dada primero a los ángeles, y por ellos al mediador, Moisés. Comparada con la promesa, que fue dada directamente por Dios, la Ley es una cosa de segunda mano.

(iii) Ahora llegamos a esa frase extraordinariamente difícil: «Y el mediador no lo es de uno solo; pero Dios es uno» (R-V). ¿Qué estaba pensando Pablo aquí? Un tratado basado en la ley siempre implica dos partes: una persona que lo da, y otra que lo acepta; y depende de que las dos partes lo cumplan. Esa era la posición de los que ponían su confianza en la Ley: Si la Ley se quebrantaba, todo el acuerdo quedaba anulado. Pero una promesa depende de una sola persona. El camino de la Gracia depende totalmente de Dios: es Su promesa. El hombre no puede hacer nada para alterarla. Puede que peque, pero el amor y la Gracia de Dios permanecen inalterables. Para Pablo, la debilidad de la Ley consistía en que dependía de dos personas: el Legislador, y el cumplidor; y el hombre lo había echado todo a perder. La Gracia pertenece totalmente a Dios; el hombre no la puede deshacer; y, sin duda, es mejor depender de la Gracia de un Dios inmutable que de los esfuerzos desesperados de una persona indefensa.

(iv) ¿Es, entonces, la Ley antitética de la Gracia? Pablo contestaría en buena lógica que sí; pero, de hecho, contesta que no. Dice que la Escritura ha encerrado a todos bajo pecado. Está pensando en Deuteronomio 27:26, donde se dice que todo el que no se ajuste a las palabras de la Ley, queda maldito. De hecho, eso quiere decir todo el mundo, porque no ha habido nadie, ni lo habrá, que cumpla perfectamente la Ley. ¿Cuál es entonces la consecuencia de la Ley? Es conducir a todos a la Gracia, porque demuestra la indefensión humana. Este es un pensamiento que Pablo desarrollará en el capítulo siguiente; aquí no hace más que sugerirlo. Que trate alguien de llegar a la debida relación con Dios por medio de la Ley: se dará cuenta de que no puede, y se verá guiado a ver que lo único que puede hacer es aceptar la maravillosa Gracia que Jesucristo vino a revelar a la humanidad.

La llegada de la fe

Antes de que apareciera la fe, estábamos bajo vigilancia, bajo el poder de la Ley, encerrados y aguardando el día en que se revelara la fe. Así que la Ley fue realmente nuestro tutor, para conducirnos a Cristo, para que pudiéramos entrar en la debida relación con Dios mediante la fe. Pero ahora que la fe se ha presentado, ya no estamos bajo un tutor; porque todos vosotros sois hijos de Dios por medio de la fe en Jesucristo. Todos vosotros, los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay ninguna diferencia entre judíos y griegos, esclavos y libres, varones y hembras; porque todos vosotros sois una sola cosa en Cristo Jesús. Y si pertenecéis a Cristo, entonces sois la simiente de Abraham, y herederos de acuerdo con la promesa.

Pablo está pensando todavía en el papel esencial que representó la Ley en el plan de Dios. En el mundo griego había un siervo en la familia llamado el paidagogós. No era el maestro. Era a menudo un esclavo anciano y de confianza que llevaba mucho tiempo con la familia y tenía buen carácter. Estaba a cargo del bienestar moral del niño, y era su deber el comprobar que adquiriera las cualidades esenciales de la verdadera hombría. Tenía una obligación concreta: todos los días tenía que llevar al niño a la escuela, y luego recogerle y llevarle a casa. No intervenía de hecho en la enseñanza del niño; pero su deber era llevarle a salvo a la escuela y dejarle allí bajo la responsabilidad del maestro. Eso -decía Pablo- se parecía a la función de la Ley. Estaba para conducir a la persona a Cristo. No podía llevarle a la presencia de Cristo, pero podía llevarle a una posición desde la que pudiera entrar. Era la función de la Ley el conducir a la persona a Cristo, mostrándole que por sí misma era totalmente incapaz dé guardarla. Pero una vez que una persona había llegado a Cristo, ya no necesitaba la Ley, porque ya no dependía de la Ley sino de la Gracia. «Todos vosotros -decía Pablo- que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo.» Hay aquí dos alegorías.

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