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Efesios 1: El propósito de Dios

Los escogidos de Dios

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con todas las bendiciones espirituales que no se pueden encontrar nada más que en el Cielo, de la misma manera que nos eligió en Sí mismo antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprensibles delante de Él.

En griego, el largo pasaje del versículo 3 al 14 es una sola oración. Es tan larga y complicada porque representa, no tanto una exposición razonada, como un poema lírico de alabanza. La mente de Pablo sigue adelante y adelante, no porque esté pensando en períodos lógicos, sino porque pasan delante de sus ojos don tras don y maravilla tras maravilla.

Para entender este pasaje tenemos que descomponerlo y estudiarlo por secciones breves. En esta sección Pablo está pensando en los cristianos como pueblo escogido de Dios, y su mente discurre por tres líneas.

(i) Piensa en el hecho de la elección de Dios. Pablo no pensaba nunca que había sido él el que había escogido hacer la obra de Dios. Siempre pensó que había sido Dios Quien le había escogido a él. Jesús les dijo a Sus discípulos : «No Me elegisteis vosotros a Mí, sino que fui Yo Quien os escogí a vosotros» (Juan 15:16). Aquí es donde está precisamente la maravilla. No sería tan maravilloso si fuera el hombre el que escogiera a Dios; la maravilla es que Dios escoja al hombre.

(ii) Pablo piensa en la generosidad de la elección de Dios. Dios nos escogió para bendecidnos con las bendiciones que no se pueden encontrar nada más que en e1 Cielo. Hay ciertas cosas que una persona puede descubrir por sí misma; pero hay otras que están totalmente fuera de su capacidad. Una persona puede adquirir por sí misma una cierta habilidad; puede llegar a una cierta posición; puede poseer una cierta cantidad de bienes de este mundo; pero, por sí misma, nunca puede alcanzar la bondad y la paz interior. Dios nos escogió para darnos esas cosas que solo Él puede dar.

(iii) Pablo piensa en el propósito de la elección de Dios. Dios nos escogió para que fuéramos santos e irreprensibles. Aquí tenemos dos grandes palabras. Santo es en griego haguios, que siempre conlleva la idea de diferencia y de separación. Un templo es santo porque es diferente de los otros edificios; un sacerdote es santo porque es diferente de las demás personas; una víctima es santa porque es diferente de los otros animales; el sábado es santo por que es diferente de los otros días; Dios es supremamente santo porque es supremamente diferente de todos las criaturas. Así que Dios escogió a los cristianos para que fueran diferentes de las demás personas.

Aquí tenemos un desafío que las iglesias modernas se resisten a arrostrar. En la Iglesia original, los cristianos no tenían nunca la menor duda de que tenían que ser diferentes de la gente, del mundo. De hecho sabían que tenían que ser tan diferentes que lo más probable sería que el mundo los odiara, y hasta quisiera acabar con ellos. Pero la tendencia de las iglesias modernas es difuminar su diferencia con el mundo. De hecho, muchas veces se les dice a los creyentes: «Mientras vivas una vida decente y respetable, está bien que seas miembro de iglesia y que te consideres cristiano. No tienes por qué ser tan diferente de las demás personas.» De hecho, a un cristiano se le debería poder distinguir siempre en el mundo.

Tenemos que recordar siempre que esta diferencia en la que Cristo insiste no es la que saca a una persona del mundo; le hacen diferente dentro de él. Debería ser posible identificar al cristiano en la escuela, la tienda, la fábrica, el hospital, en cualquier sitio. Y la diferencia está en que el cristiano se comporta, no de acuerdo con las normas humanas, sino como le exige la ley de Cristo. Un profesor cristiano trata de cumplir la normativa, no de las autoridades educacionales o del director de su centro, sino de Cristo; y eso representa una actitud muy diferente de la corriente para con los estudiantes que tiene a su cargo.

Un obrero cristiano no se conforma con cumplir las consignas del sindicato, sino las directrices de Jesucristo; y eso le hará ser sin duda una clase muy diferente de obrero, lo que puede muy bien hacer que le echen -pero siempre como persona, como obrero. Un empresario cristiano se preocupará de mucho más que de pagar el salario mínimo, o de crear las condiciones laborales mínimas. Es el simple hecho del asunto que, si los cristianos fuéramos haguios, diferentes, produciríamos la mayor revolución en la sociedad.

Irreprensibles es la palabra griega amómos. Su interés radica en que es una palabra del lenguaje de los sacrificios. Bajo la ley judía, antes de ofrecer un animal en sacrificio había que inspeccionarlo; y, si se le encontraba algún defecto, se rechazaba como impropio para ofrecerlo a Dios. Solamente lo mejor era adecuado para ofrecerse a Dios. Amómos indica que la persona total debe ser una ofrenda a Dios. Considera todos los aspectos de nuestra vida -trabajo, placer, deporte, vida familiar, relaciones personales-, y nos dice que deben ser tales que se los podamos ofrecer a Dios. Esta palabra no quiere decir que los cristianos deben ser respetables; quiere decir mucho más que eso: que deben ser perfectos. Decir que un cristiano tiene que ser ámómos es descartar conformarse con algo menos que lo mejor; quiere decir que el baremo del cristiano no es nada menos que la perfección.

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