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Éxodo 31: Llamamiento de Bezaleel y de Aholiab

Éxo 31:17 Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel; porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó y reposó.

Aunque era necesario construir rápidamente el tabernáculo, esa necesidad no justificaba el abandono de la observancia de los días de reposo

El día de reposo tenía dos propósitos: era un tiempo para descansar y un tiempo para recordar lo que Dios había hecho. Nosotros necesitamos descansar. Sin un momento alejados del bullicio, la vida pierde su significado. En nuestros días, como en los de Moisés, tomar un descanso no era fácil. Pero Dios nos recuerda que sin el día de reposo nos olvidaríamos del propósito de toda nuestra actividad y perderíamos el balance crucial para una vida fiel. Asegúrese de que su día de descanso le proporcione tanto momentos de refrigerio como momentos para recordar a Dios.

El becerro de oro

Éxo 31:18 Y dio a Moisés, cuando acabó de hablar con él en el monte de Sinaí, dos tablas del testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de Dios.

Las dos tablas del testimonio contenían los Diez Mandamientos. Ellas no eran el único código de leyes del mundo antiguo. Otros códigos surgieron en el momento en que una ciudad o una nación decidió que debía haber patrones de juicio, formas para corregir acciones malas específicas. Pero las leyes de Dios para Israel eran únicas en que:

(1) mitigaban los juicios arbitrarios típicos de aquellos días;

(2) eran igualitarias, el pobre y el poderoso recibían el mismo castigo;

(3) además, no separaban la ley religiosa de la social. Toda la Ley descansaba en la autoridad de Dios.

Instrucciones para el tabernáculo y el sacerdocio

En el mundo de Moisés no había ateos. Creían en la existencia de dioses malévolos y benévolos; a estos trataban de aplacarlos o complacerlos por medio de sus cultos y formas de adoración. Para ellos, todo el mundo era sacramental: no había una división entre lo religioso y lo secular, sino que la religión gobernaba la totalidad de la vida. Por más equivocadas que estuvieran, las naciones tenían sus cultos.

Tal como los otros pueblos de la época, antes de Sinaí, Israel adoraba a Dios por medio de un culto antiguo. Muchos años antes de Moisés y la dádiva de la ley, los patriarcas tenían sus prácticas religiosas y, debido a la larga estadía en Egipto, el pueblo recibió una influencia negativa del país de los faraones. Además, dentro de pocos años el pueblo iba a entrar en conflicto con la adoración cananea que tenía algunos aspectos en común con la de Israel (p. ej. ba’al en hebreo significaba «Señor»; se llamaba a Jehová ba’al. En Canaán era un dios de la naturaleza); sin embargo, era un culto radicalmente diferente en la teología y en la ética de la fe de los patriarcas.

Dios ya había librado a Israel de la esclavitud egipcia y había demostrado que era el Señor de la naturaleza y la historia. Apenas había pactado con el pueblo en una alianza solemne, cuando les reveló la naturaleza magnífica de la constitución moral que los gobernaría: era Señor de la vida. El pueblo tenía una libertad nueva, una ley nueva, una nación nueva y ahora se necesitaba una adoración nueva. Era tiempo de recibir otra revelación: Jehová era Señor de la adoración.

Israel no necesitaba un culto nuevo de la misma naturaleza de los de otros pueblos semitas, sino que necesitaba una adoración nueva diferente en forma y calidad. No sería algo evolutivo del pueblo mismo; ¡el culto israelita era el del becerro de oro del estilo de los egipciosx! El culto revelado a Moisés en el monte dio un nuevo significado a ciertas prácticas antiguas e introdujo elementos nuevos con un sentir de moralidad y de enseñanza simbólica profundos. Al bajar del monte Moisés llevó consigo un diseño del Señor y, para mostrar su importancia, se dedicaron trece capítulos del libro para explicarlo. Ciertamente Dios era Señor de la adoración.

El tabernáculo era central en el culto nuevo, pues formaba el núcleo de la vida civil, moral y religiosa del pueblo. La adoración tocaba toda la vida de Israel, y con ella se enseñaban verdades eternas en forma simbólica: Israel era la nación visible que Dios había elegido para ser su representante en el mundo; el tabernáculo era el lugar donde el Dios invisible manifestaba su presencia al pueblo, y la ceremonia de adoración en el tabernáculo estaba formada de lecciones objetivas que enseñaban a Israel lo esencial de la adoración.

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