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Hechos 21: Sin vuelta atrás

Cuando Pablo llegó a Jerusalén, le planteó un problema a la iglesia. Los responsables le recibieron bien, y reconocieron que Dios había obrado por medio de él; pero habían circulado rumores de que Pablo animaba a los judíos del extranjero a abjurar de su fe tradicional, cosa que él no había hecho. Era verdad que enseñaba que la Ley de Israel no se les podía aplicar a los gentiles; pero nunca había hecho nada para apartar a los judíos de las costumbres de sus antepasados.

A los responsables se les ocurrió algo para que Pablo demostrara públicamente su ortodoxia. Cuatro hombres estaban a la mitad de cumplir un voto de nazareos, que se hacía para dar gracias a Dios por algún favor especial. Suponía no comer carne ni beber vino ni cortarse el pelo en treinta días. Parece que, por lo menos en algunos casos, había que pasar los últimos siete días en el recinto del Templo, y al final había que hacer ciertas ofrendas: un cordero de un año como ofrenda por el pecado, un carnero como ofrenda de paz, una cesta de panes sin levadura, tortas de harina con aceite y una ofrenda de carne y de bebida. Por último tenían que afeitarse el pelo y quemarlo en el altar con el sacrificio. Está claro que era un voto caro: tenían que dejar de trabajar y comprar todos los elementos del sacrificio. Estaba por encima de las posibilidades de muchos que querrían hacerlo, y por eso era una obra meritoria el costear los gastos de otra persona. Eso es lo que le pidieron a Pablo que hiciera con aquellos cuatro, y él estuvo dispuesto. De esta manera demostraría ante todo el mundo que era un fiel cumplidor de la Ley.

No nos cabe duda de que aquello le resultaría desagradable. Pero ahí está su grandeza: en subordinar sus propios deseos y puntos de vista al bien de los demás. Hay casos en los que llegar a un compromiso no es señal de debilidad, sino de fuerza.

Una denuncia maliciosa

Cuando estaba para cumplirse la semana que requería la purificación, unos judíos de Asia vieron a Pablo en el Templo y alborotaron a toda la gente que estaba allí y le echaron mano a Pablo mientras gritaban: – ¡A mí los israelitas! ¡Este tipo es el que anda enseñando por todas partes cosas en contra del pueblo de Dios y de la Ley y del Templo! ¡Y además ha metido a paganos en el lugar santo para profanarlo!

Le acusaron de eso porque le habían visto por la ciudad en compañía del efesio Trófimo, y supusieron que Pablo le había introducido en el Templo. En consecuencia, toda la ciudad se alteró, y hubo una gran aglomeración de gente.

Agarraron a Pablo y le sacaron a rastras del Templo, cerrando tras sí las puertas. Estaban a punto de lincharle cuando informaron al oficial al frente de la compañía de guardia que se había levantado toda la ciudad de Jerusalén. Inmediatamente formó a unos soldados y centuriones y se lanzaron calle abajo al lugar del conflicto. Cuando los vio la multitud dejaron de apalear a Pablo. El oficial se le acercó, le detuvo y mandó que le aseguraran con dos cadenas, mientras preguntaba: -¿Quién es, y qué es lo que ha hecho?

Entre la gente, unos gritaban una cosa y otros otra; y como no podía saber de qué se trataba a causa del jaleo, mandó que llevaran a Pablo al cuartel. Al llegar a la escalinata, la gente había dejado a Pablo en tal estado que los soldados tuvieron que llevarle a cuestas, mientras la multitud los seguía gritando: – ¡Muera!

El que Pablo accediera a la sugerencia de los responsables de la Iglesia de Jerusalén acabó en un desastre. Era el tiempo de Pentecostés, y había una gran aglomeración de judíos de todas partes; entre ellos, unos de Asia, que sin duda sabían lo eficaz que había sido allí el trabajo de Pablo, le habían visto por la ciudad con Trófimo, a quien probablemente conocían. Otros enemigos de Pablo sin duda tuvieron también tiempo para preparar su ataque, ya que la cuestión del voto había hecho que Pablo estuviera con frecuencia en el Templo. La falsa acusación de que Pablo había introducido a un pagano en el Templo nos da la impresión de no haber sido improvisada en el momento, sino urdida con cuidado y premeditación.

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