Trófimo era un gentil, y el que entrara un gentil en el Templo era una cosa terrible. Los gentiles podían entrar en el Atrio de los Gentiles; pero entre ese y el Atrio de las Mujeres había una barrera con carteles que anunciaban: «Ningún extranjero puede pasar la balaustrada o la reja que rodea el Templo bajo pena de muerte.» Hasta los romanos tomaban esto tan en serio que este era el único crimen por el que consentían que los judíos dictaran y aplicaran la sentencia de muerte.
Los judíos de Asia, y probablemente otros, pasaron a acusar a Pablo de violar la Ley, insultar al pueblo escogido y profanar el Templo, y provocaron su linchamiento. En el extremo noroccidental del área del Templo estaba la Torre Antonia, que había construido Herodes el Grande. En las grandes fiestas, cuando la atmósfera estaba más inflamable, había una guardia de una cohorte de mil soldados. Roma consideraba cualquier alteración del orden público un pecado imperdonable, tanto para el populacho que lo protagonizaba como para el comandante que lo consentía. El comandante se enteró de que algo estaba pasando, y se lanzó con sus tropas al lugar del conflicto. Para seguridad de Pablo le arrestó y le encadenó por los brazos a dos soldados. En aquel jaleo el comandante no pudo sacar una idea clara de la chusma exaltada, y los soldados tuvieron que llevar a Pablo al cuartel en volandas por la actitud amenazadora de la multitud, o tal vez por el estado en que Pablo se encontraba después de aquella tremenda paliza. De las muchas veces que Pablo había estado en peligro de muerte, aquella fue en la que se encontró más cerca del fin, y fue la intervención de la imparcial justicia romana la que le salvó la vida.
Arrastrando la furia del populacho
Cuando estaban a punto de meter a Pablo en el cuartel, le dijo al comandante: -¿Me dejas que te diga una cosa? -¡Pero sabes hablar griego! -contestó el comandante- . ¿Es que no eres tú el egipcio que empezó una revuelta hace algún tiempo y que se llevó al desierto a cuatro mil terroristas? -Yo soy judío, natural de la distinguida ciudad de Tarso, en Cilicia -le contestó-. ¿Me dejas que le hable a la gente? El comandante le dio permiso, y Pablo salió a las gradas e hizo un gesto con la mano para que le escucharan. Cuando se callaron, Pablo se dirigió a ellos en hebreo. La Torre Antonia se comunicaba con los atrios exteriores del Templo por dos escalinatas en los lados del Norte y del Oeste. Cuando ya estaban a punto de entrar en la torre, Pablo hizo una extraña petición: le pidió al comandante que le dejara hablar al populacho enfurecido. De nuevo vemos a Pablo siguiendo su táctica de mirar a la chusma a la cara. El comandante se sorprendió de oír hablar en griego culto al que iba a linchar la multitud.
Allá por el año 54 d.C., un egipcio había guiado a un grupo de desesperados al monte de los Olivos con la promesa de que iba a hacer caer ante sí los muros de la ciudad. Los romanos se habían encargado eficaz y rápidamente de los seguidores, pero el egipcio se les había escapado; y el comandante pensó que Pablo era el revolucionario egipcio, que había vuelto. Sus seguidores habían sido sicarios -es decir, portadores de dagas-, violentos nacionalistas que practicaban el asesinato. Llevaban las dagas escondidas bajo la ropa, se mezclaban entre la multitud y atacaban cuando podían. Pero cuando Pablo se identificó, el comandante comprendió que, fuera quien fuera, Pablo no era un vulgar revolucionario; así es que le dejó hablar.
Cuando Pablo se dispuso a dirigirse a la multitud, hizo un gesto para pedir silencio y, como por arte de magia, la rugiente multitud guardó silencio. No hay nada en el Nuevo Testamento que nos presente la fuerza de la personalidad de Pablo más realmente que este silencio que impuso a la chusma que había estado a punto de lincharle. En aquel momento, toda su persona irradiaba el poder de Dios.

4 comentarios
Frankie Gandarilla
Muy bonito y verídico
Valentin Calderon Lionel
Gracias
Yariam Martinez
Gracias amigo,que tengas un bonito día y sea placentero junto a tu familia.
Valentin Calderon Lionel
Lo propio a ti y los tuyos.