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Jeremías 37: Consulta de Sedecías y respuesta de Jeremías

Jeremías 37:20  Escucha, pues, te ruego, mi señor, el rey, atiende ahora mi súplica que traigo delante de ti: ¡No me hagas volver a casa del escriba Jonatán, para que no me muera allí!».

Jeremías 37:21  Entonces dio orden el rey Sedequías, y custodiaron a Jeremías en el patio de la cárcel, haciéndole dar una torta de pan al día, de la calle de los Panaderos,[l] hasta que todo el pan de la ciudad se agotara. Y quedó Jeremías en el patio de la cárcel.

Consulta de Sedecías y respuesta de Jeremías.

Los capítulos 37-39 reflejan la vida trágica de Jeremías en el último período del asedio de Jerusalén por los caldeos, bajo el rey Sedecías. Por inspiración divina seguía predicando la sumisión a los babilonios, ya que Yahvé había decidido entregar Jerusalén a Nabucodonosor. Toda resistencia resultaba sin sentido, ya que no haría sino aumentar las proporciones de la catástrofe. Naturalmente, fue reiteradamente considerado como traidor a los intereses de su patria. El rey Sedecías, débil de carácter, dudaba entre seguir los consejos del profeta, que consideraba de inspiración divina, y los oportunismos políticos sugeridos por sus cortesanos. Creía encontrar en la ayuda de Egipto la salvación del peligro babilónico.

Durante el asedio, los ultranacionalistas habían constituido escuadrones autónomos, y, por su parte, administraban justicia con los derechos que se arrogaban en una supuesta guerra santa por su pueblo. Consideraban como el mayor enemigo para sus sueños patrioteros al profeta de Anatot, y constantemente atentaban contra su vida. Sus profecías conminatorias eran consideradas como oráculos de mal agüero, fruto de un pesimismo exagerado del profeta. Por eso, cuando en un momento los caldeos abandonaron el asedio para hacer frente a las tropas egipcias que subían por la costa palestina, creyeron verse libres del peligro babilonio, y cantaron victoria, considerando definitivamente equivocado y fracasado a Jeremías. Este continuó diciendo que volverían los ejércitos de Nabucodonosor y que al fin tomarían la Ciudad Santa. Sus enemigos le encarcelaron. Por fin es liberado gracias a la intervención de un etíope. Es interesante constatar que el profeta, en todos estos dificilísimos trances, no se siente abatido como en otras ocasiones de su vida en tiempo de Joaquim. Estaba ya habituado a la lucha y responde fidelísimamente al llamamiento profetice.

Después del asedio de Jerusalén por los babilonios en el 598, Nabucodonosor puso en el trono de Jerusalén a Sedecías, tío de Jeconías, que fue llevado en cautividad. Para halagar a los pueblos vencidos, solían los conquistadores babilonios poner a un nativo, a ser posible de la familia real, en el trono vacante de algún rey rebelde. Así lo había hecho también Necao II en el 609 al destituir a Joacaz, hijo de Josías, y entronizar a su hermano Joaquim, de más confianza para el faraón. Nabucodonosor, al poner en el trono de Judá al hermano de Joaquim, le cambió su nombre de Matanías en Sedecías en señal de dominio. Antes tuvo que hacer juramento de fidelidad a Babilonia. Esto le ponía en una difícil situación ante la opinión popular, que era reacia al yugo de Nabucodonosor. Aunque fundamentalmente no era hostil a Jeremías como lo había sido su hermano Joaquim, sin embargo, por congraciarse con la opinión cortesana y popular, no se atrevía a seguir los consejos prudenciales del profeta de Anatot, que predicaba la sumisión a Babilonia como mal menor. La expresión pueblo de la tierra (Am ha ‹ares) designaba al pueblo llano, en contraposición a los de clase social elevada. Aquí tanto el pueblo como los cortesanos y el rey son culpables al desoír los consejos de Jeremías. No obstante, el rey sentía gran veneración por el profeta, y por eso le envió una segunda embajada para que intercediera ante Yahvé por los intereses muy comprometidos de su pueblo.

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