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Jesús purifica el templo

Habiendo entrado Jesús en el templo de Dios, echó fuera de él a todos los que vendían allí y compraban, y derribó las mesas de los banqueros o cambiantes, y las sillas de los que vendían las palomas para los sacrificios. Y no permitía que nadie transportase mueble o cosa alguna por el templo; y los instruía, diciendo: ¿Por ventura no está escrito: Mi casa será llamada por todas las gentes casa de oración; mas vosotros la tenéis hecha una cueva de ladrones. Y enseñaba todos los días en el templo. Al mismo tiempo se acercaron a él en el templo varios ciegos y cojos y los curó. Pero los príncipes de los sacerdotes y los escribas, al ver las maravillas que hacía, y los niños que le aclamaban en el templo, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David!, se indignaron, y andaban trazando el modo de quitarle la vida secretamente; porque le temían, viendo que todo el pueblo estaba maravillado de su doctrina, y le dijeron: ¡Oyes tú lo que dicen éstos? Jesús les respondió: Sí, por cierto; pues ¿no habéis leído jamás la profecía: De la boca de los infantes y niños de pecho es de donde sacaste la más perfecta alabanza? Y no hallaban medio de obrar contra él; porque todo el pueblo estaba con la boca abierta escuchándole. Y dejándolos, salió fuera de la ciudad a Betania, y se quedó allí. Mateo 21: 12-17; Marcos 11: 12-19; Lucas 19: 45-48

La escena del templo

Si la entrada en Jerusalén había constituido un desafío, aquí tenemos otro desafío que se añadió al anterior. Para contemplar la escena que se desarrolla ante nuestros ojos tenemos que visualizar la forma del templo. En el Nuevo Testamento griego hay dos palabras que se traducen por templo. Y con propiedad. Pero hay una clara diferencia entre ellas. El templo mismo se llama el naós. Era un edificio relativamente pequeño, que contenía el Lugar Santo, y el Lugar Santísimo en el que solamente entraba el sumo sacerdote una vez al año el solemne Día de la Expiación: Pero el naós mismo estaba rodeado de un amplio espacio que ocupaban los atrios de manera sucesiva y ascendente. En primer lugar desde fuera estaba el Atrio de los Gentiles, en el que podía entrar cualquiera, pero más allá del cual no podían pasar los gentiles bajo pena de muerte. A continuación estaba el Atrio de las Mujeres, al que se entraba por .la Puerta Hermosa del templo, en el .que podían entrar todos los israelitas. Después estaba el Atrio de los Israelitas, al que se entraba por la llamada Puerta de Nicanor, una gran puerta de bronce corintio para abrir y cerrar la cual se necesitaban veinte hombres. Era en este atrio donde se reunían los varones para los cultos del templo. Por último estaba el Atrio de los Sacerdotes; al que solo los sacerdotes podían entrar. En él se encontraban el gran altar de los holocaustos, el altar del incienso, el candelabro de los siete brazos, la mesa de los panes de la proposición y el gran estanque de bronce; y en la parte posterior de este atrio se encontraba el naós propiamente dicho. Toda esta área, incluyendo todos los atrios, también se llama en las traducciones de la Biblia templo; la palabra griega es hierón. Sería mejor conservar la diferencia del original, y retener la palabra templo para el templo propiamente dicho, es decir, el naos, y usar la expresión el recinto del templo para toda el área, es decir, el hierón. El escenario de este incidente fue el Atrio de los Gentiles, en el que cualquiera podía entrar. Siempre había gente y actividad en él; pero en la Pascua estaba abarrotado a más no poder de peregrinos de todo el mundo. Habría allí, en cualquier época, muchos gentiles, porque el templo de Jerusalén era famoso en todo el mundo, hasta tal punto que hasta los escritores latinos lo describían como uno de los edificios más maravillosos del mundo. En este Atrio de los Gentiles se llevaban a cabo dos clases de transacciones. Una era el cambio de dinero. Todos los judíos tenían que pagar el impuesto del templo de medio siclo, y ese impuesto se pagaba poco antes de la Pascua. Un mes antes, se instalaban puestos en todos los pueblos y aldeas; donde se podía pagar en dinero; pero después de una cierta fecha solo se podía pagar en el templo mismo; y sería allí donde lo pagaría la inmensa mayoría de los peregrinos judíos de otras tierras: Este impuesto tenía que pagarse en cierta moneda en curso, aunque para-los propósitos generales se usaba en Palestina toda clase de monedas. No se podía pagar en lingotes de plata, sino en moneda en curso; no se podía pagar en monedas de aleaciones inferiores o que estuvieran deformadas, sino solo en monedas de plata pura. Se podía pagar en los siclos: del santuario, en los medios siclos galileos y especialmente en la moneda tiria, que era de calidad reconocida. La función de los cambistas era cambiar la moneda no aceptable por otra aceptable. Esa parecía ser a todas luces una función necesaria; pero el problema era que estos cambistas cargaban el equivalente de 2 pesetas por hacer el cambio; y, si la moneda era de más valor que el medio siclo, cargaban otras dos pesetas por devolver el cambio. Es decir: muchos peregrinos tenían que pagar, no solamente su medio siclo -que sería el equivalente de unas 15 pesetas-, sino otras 4 pesetas de comisión; y esto hay que compararlo con el salario de un trabajador que sería de unas 10 pesetas al día. Esta comisión se llamaba el qolbón. No todo se lo embolsaban los cambistas. Una parte se consideraban ofrendas voluntarias; parte de ello se dedicaba a mantener las carreteras en buen estado; parte se dedicaba a la compra de planchas de oro con las que había la intención de cubrir totalmente la techumbre del templo propiamente dicho, y parte de ello se ingresaba en el tesoro del templo. El asunto no era necesariamente un abuso en su totalidad; pero el problema era que se prestaba al abuso. Se prestaba a la explotación de los peregrinos que habían venido a adorar a Dios, y no cabe duda de que los cambistas obtenían grandes beneficios. La venta de palomas era peor. Para la mayor parte de los visitantes del templo alguna clase de ofrenda era esencial. Las palomas, por ejemplo, se necesitaban cuando una mujer venía a purificarse después de tener un hijo, o cuando un leproso venía a que se le diera el certificado de curación (Levítico 12:8; 14:22; 15:14,29). Era fácil comprar animales para el sacrificio fuera del templo; pero los animales que se ofrecieran tenían que ser sin defecto. Había inspectores oficiales de animales, y era de temer que, por lo que fuera, rechazarían los animales comprados fuera, y dirigirían a la persona a los puestos del templo. Eso no tendría por qué causar un gran perjuicio si los precios hubieran sido iguales dentro y fuera del templo; pero un par de palomas podía costar 8 pesetas fuera del templo, y tanto como 150 dentro. Este era un abuso antiguo. Un cierto rabino, Simón Ben Gamaliel, era recordado con gratitud porque « había hecho que se vendieran palomas por monedas de plata en lugar de oro.» Está claro que había atacado un abuso. Además, estos puestos donde se vendían las víctimas se llamaban los bazares de Anás, porque eran propiedad privada de la familia del sumo sacerdote de ese nombre. Aquí tampoco había por qué cometer abusos. Tiene que haber habido muchos comerciantes honrados y comprensivos. Pero los abusos se introdujeron rápida y fácilmente. Burkitt decía que «el templo se había convertido en el lugar de reunión de los mangantes,» la peor clase de monopolio comercial e intereses económicos. Sir George Adam Smith escribía: « En aquellos días, cada sacerdote tiene que haber sido un comerciante.» Por todas partes acechaban a los pobres y humildes peregrinos toda clase de peligros de explotación desvergonzada y fue esa explotación lo que puso al rojo vivo la indignación de Jesús.

La ira y el amor

Sería difícil encontrar otra historia evangélica en la que tuviéramos que hacer un esfuerzo tan deliberado y consciente para ser honrados con un pasaje. Es fácil usar este como base para una condenación global de todo el culto del templo. Hay que decir dos cosas. Había muchos comerciantes y buhoneros en el atrio del templo, pero también había muchos que buscaban a Dios de corazón. Como había dicho Aristóteles mucho antes, una persona y una institución han de juzgarse por sus mejores, no por sus peores resultados. La otra cosa que debe decirse es sencillamente esta: Que la persona o la iglesia que no tenga pecado arroje la primera piedra. Los vendedores no eran todos explotadores, y hasta los que aprovechaban la oportunidad para obtener un rápido provecho no eran sencillamente buitres de dinero. El gran investigador judío Israel Abrahams hace un comentario sobre la explicación tradicional cristiana más corriente de este pasaje: «Cuando Jesús trastornó las mesas de los cambistas y echó a los vendedores de palomas del templo hizo un gran servicio al judaísmo… Pero, -¿eran los cambistas y los vendedores de palomas las únicas personas que había en el templo? ¿Y eran todos los que compraban o vendían una paloma meros ritualistas? La Semana Santa pasada estuve en Jerusalén, y por toda la fachada de la Iglesia del Santo Sepulcro vi los puestos de los vendedores de reliquias, de cuenquecitas pintadas, de cintas grabadas, de velas de colores, de crucifijos dorados, de botellas de agua del Jordán. Allí, los cristianos pregonaban y discutían y regateaban, una multitud de vendedores y compradores delante de la iglesia consagrada a la memoria de Jesús. ¡Como me habría gustado que Jesús viniera otra vez a trastornar y echar a esos falsos siervos Suyos, de la misma manera que lo hizo a Sus falsos hermanos en Israel hace mucho!» Y en España, entre otros, debemos un juicio parecido a José María Gironella en su El escándalo de la Tierra Santa. Este incidente nos muestra ciertas cosas acerca de Jesús.

(i) Nos muestra la más violenta manifestación de Su ira dirigida contra los que explotaban a sus semejantes, y especialmente contra los que los explotaban en el nombre de la religión. Fue Jeremías el que dijo que hay quienes convierten el templo en una cueva de ladrones (Jeremías 7:11). Jesús no podía soportar el ver cómo se explotaba a la gente sencilla.

La Iglesia ha guardado silencio demasiadas veces en situaciones semejantes; tiene el deber de proteger a los que no se pueden proteger a sí mismos en situaciones económicas altamente competitivas.

(ii) Nos muestra que Su ira se dirigía especialmente contra los que les hacen imposible a las personas sencillas dar culto a Dios en la Casa de Dios. Fue Isaías el que dijo que la Casa de Dios era una casa de oración para todos los pueblos (Isaías 56:7). El Atrio de los Gentiles era de hecho la única parte del templo donde podían entrar los gentiles. No tenemos por qué pensar que los gentiles que fueran allí serian solo turistas. Algunos por lo menos deben de haber ido con un profundo anhelo en sus almas de orar y de adorar a Dios. Pero en medio de ese rugido de comprar y vender y regatear y ofertar, la oración era imposible. Se les impedía entrar a la presencia de Dios a los que la buscaban en la Casa de Dios.

Dios no daré nunca por inocentes a los que les hacen imposible a otros adorarle. Puede suceder todavía. Un espíritu de amargura, de discusión, de rivalidad, se puede introducir en la iglesia haciendo imposible la oración y el culto. Los miembros y los responsables pueden llegar a estar tan preocupados con sus derechos y sus siniestros, con sus dignidades y sus prestigios, con la práctica y el procedimiento, que al final nadie puede adorar a Dios en el ambiente que se ha creado. Hasta los ministros de Dios pueden estar más interesados en imponerle a la congregación sus maneras de hacer las cosas que en predicar el Evangelio, y lo que se produce es un culto con un ambiente que hace imposible la verdadera adoración. El culto de Dios y las discusiones de los hombres no pueden desarrollarse juntos. Tengamos siempre presente la ira, de Jesús contra lo que les bloqueaban a sus semejantes el acceso a Dios.

(iii) Aún nos queda otra cosa que notar. Nuestro pasaje termina diciéndonos que Jesús sanaba a los ciegos y a los cojos en el atrio del templo. Todavía estaban allí; Jesús no echó del templo a todo el mundo. Solamente los que tenían conciencias culpables huyeron ante Su mirada airada. Los que necesitaban a Jesús, se quedaron.

Jesucristo nunca despide a la necesidad con las manos vacías. La ira de Jesús nunca fue meramente negativa; nunca se quedó en el ataque a lo que estaba mal; siempre pasó a ayudar positivamente a los que estaban en necesidad. En una Persona verdaderamente grande, la ira y el amor pueden ir mano a mano. La ira se enfrentó con los que explotaban a los sencillos y cerraban el paso a los buscadores; pero el amor recibió a los que tenían una gran necesidad. La fuerza destructiva de la ira debe ir de la mano del poder sanador del amor.

El conocimiento de los sencillos de corazón

Cuando los principales sacerdotes y los escribas vieron las obras maravillosas que realizaba Jesús, y a los niños gritando en el templo: «¡Hosanna al Hijo de David, » se pusieron furiosos, y Le dijeron: -¿Es que no oyes lo que están diciendo estos? – ¡Sí! – les contestó Jesús. ¿Y es que vosotros no habéis leído: «De la boca de los bebés y de los lactantes Tú has hecho que proceda la alabanza perfecta?» Y Jesús los dejó, y Se fue de la ciudad a Betania para alojarse allí. Algunos estudiosos han tenido dificultad con este pasaje. Se dice que era improbable que hubiera multitudes de niños en el recinto del templo; y que, si hubiera niños allí, la policía del templo se habría encargado de ellos rápida y eficazmente si hubieran osado gritar como supone este pasaje. Ahora bien, en un momento anterior del relato Lucas tiene un incidente en el que los discípulos aparecen lanzando gritos entusiastas a Jesús, y donde las autoridades se describen, tratando de silenciarlos (Lucas 19:39s). Los discípulos de un rabino se llamaban a menudo sus hijos o niños. Vemos, por ejemplo, la frase hijitos míos que aparece en los escritos de Juan. Así que se sugiere que Lucas y Mateo están realmente contando la misma historia, y que los niños eran realmente los discípulos de Jesús. Pero no hay que recurrir a esa explicación. El uso que hace Mateo de la cita de Salmo 8:2 deja bien claro que tenía en mente niños en sentido literal; y en cualquier caso, estaban sucediendo cosas aquel día en el atrio del templo que no habían sucedido nunca antes. No pasaba todos los días eso de que los comerciantes y los cambistas fueran expulsados del templo; ni tampoco cada día eran sanados los ciegos y los cojos. Puede que normalmente habría sido imposible que hubiera niños gritando en el templo, pero aquel día no era un día ordinario. Si tomamos esta historia como se nos presenta, y escuchamos de nuevo las frescas, cristalinas voces de los niños gritando sus alabanzas, nos encontramos cara a cara con un gran hecho. Hay verdades que solamente los sencillos de corazón pueden ver, y que están ocultas a los sabios y a los entendidos y a los sofisticados. Sucede muchas veces que el Cielo está más cerca de un niño que del más inteligente de los mayores. Thorvaldsen, el gran escultor noruego, hizo una vez una escultura de Jesús. Querían ver si la escultura hacía la debida impresión en los que la vieran. Trajo a verla a un chiquillo, y le preguntó: «¿Quién crees que es?» El chico contestó: « Un gran hombre.» Thorvaldsen se dio cuenta de que no había acertado. Así que deshizo la escultura y empezó de nuevo. Cuando la terminó trajo otra vez al niño y le hizo la misma pregunta: « ¿Quién crees que es?» El niño sonrió y respondió: «Es el Jesús Que dijo: “Dejad a los niños venir a Mí.”» Thorvaldsen se dio cuenta de que esa vez sí había acertado. La escultura había pasado la prueba de los ojos de un niño. Esa no era una mala prueba. George Macdonald dijo una vez que él no le daba mucho valor al supuesto cristianismo de una persona a cuya puerta, o a la puerta dé cuyo jardín, los niños tuvieran miedo de jugar. Si un niño cree que una persona es buena, lo más probable es que lo sea; si un niño se mantiene a distancia, la persona puede que sea grande, pero seguro que no se parece a Cristo. En alguno de sus escritos, Barrie traza el retrato de una madre metiendo a su niño en la cama por la noche cuando está medio dormido con una pregunta muda en sus ojos y en su corazón: «Hijo mío, ¿me he portado bien hoy?» La bondad que puede encontrarse con la clara mirada de un niño y pasar la prueba de la sencillez de un niño es la auténtica. Era sencillamente natural el que los niños reconocieran a Jesús cuando los eruditos estaban ciegos.

Marcos: La ira de Jesús

Nos imaginaremos mejor esta escena si tenemos en mente la configuración del recinto del Templo. Hay dos palabras para templo íntimamente relacionadas en el Nuevo Testamento. La primera es hierón, que quiere decir el recinto sagrado. Esto incluía la totalidad del área del Templo, que cubría la cima del monte Sión y tenía una extensión de unos 30 acres. Estaba rodeada de grandes murallas que variaban, a cada lado, de 400 a 300 metros de longitud. Había un amplio espacio exterior que se llamaba el Atrio de los Gentiles. Allí podía entrar cualquiera, fuera judío o gentil. En el límite interior del Atrio de los Gentiles había una pared baja con carteles que decían que si un gentil pasaba aquel punto tenía la pena de muerte. El siguiente atrio se llamaba el Atrio de las Mujeres. Se llamaba así porque ninguna mujer podía pasar más adelante a menos que viniera a ofrecer sacrificio. El siguiente era el Atrio de los Israelitas. En él se reunía la congregación en las grandes ocasiones, y desde él se entregaban las ofrendas a los sacerdotes. El atrio más interior era el Atrio de los Sacerdotes. La otra palabra importante es naós, que quiere decir el Templo propiamente dicho, y que estaba en el Atrio de los Sacerdotes. Toda la zona, incluyendo todos los diferentes atrios, era el recinto sagrado (hierón). El edificio especial que estaba dentro del Atrio de los Sacerdotes era el Templo (naós). Este incidente tuvo lugar en el Atrio de los Gentiles. Poco a poco el Atrio de los Gentiles se había ido secularizando totalmente. Se había diseñado para ser un lugar de oración y de preparación; pero tenía en tiempos de Jesús un ambiente comercializado de compra-venta que hacía imposibles la oración y la meditación. Lo que ponía las cosas todavía peor era que el negocio que se practicaba allí era una vergonzosa explotación de los peregrinos. Cada judío tenía que pagar un impuesto al templo de medio siclo al año. Eso suponía unas 12 pesetas. No parece mucho, pero hay que tener en cuenta que el salario medio diario de un obrero era 7 pesetas. Ese impuesto tenía que pagarse en una clase especial de moneda. Para los propósitos normales, la moneda griega, romana, siria, fenicia, tina eran todas igualmente válidas; pero este impuesto tenía que pagarse en siclos del santuario. Se pagaba hacia el tiempo de la Pascua. Venían judíos de todas las partes del mundo para la Pascua, y con toda clase de monedas. Cuando iban a cambiar su dinero, tenían que pagar un impuesto de 2 pesetas, y tenían que tener la cantidad exacta para el impuesto, porque si había que devolverles algo tenían que pagar otras 2 pesetas para que se les diera el cambio. Casi todos los peregrinos tenían que pagar ese extra de 4 pesetas antes de pagar su impuesto. Debemos recordar que eso suponía la mitad del salario de un día, lo que era una cantidad de dinero considerable para la mayoría. Las palomas se incluían ampliamente en el sistema sacrificial (Levítico 12:8; 14:22; 15:14). Un animal para el sacrificio tenía que ser sin defecto. Las palomas se podían comprar bastante baratas fuera del Templo; pero los inspectores de los sacrificios era seguro que les encontrarían algún defecto; así es que se aconsejaba a los adoradores que las compraran en los puestos del templo. Las palomas costaban fuera 7 pesetas la pareja, y dentro nada menos que 150 pesetas. De nuevo se trataba de un abuso; y lo que lo hacía aún más flagrante era que este negocio de compra-venta pertenecía a la familia de Anás, que había sido sumo sacerdote. Los mismos judíos eran plenamente conscientes de este abuso. El Talmud nos dice que Rabí Simón ben Gamaliel, al enterarse de que una pareja de palomas costaba dentro del Templo una moneda de oro, insistió en que el precio se redujera a una moneda de plata. Fue el hecho que explotaran a los pobres y humildes peregrinos lo que provocó la ardiente indignación de Jesús. El gran investigador Lagrange, que conocía tan bien el Oriente, nos dice que la misma situación se daba todavía en su tiempo en La Meca. El peregrino que busca la divina presencia se encuentra en medio de un gentío ruidoso donde la única finalidad de los vendedores es cobrar el precio más alto posible, y donde los peregrinos discuten y se defienden con igual fiereza. Jesús usó una metáfora gráfica para describir el atrio del Templo. La carretera de Jerusalén a Jericó era famosa por sus bandoleros. Era una carretera estrecha y sinuosa que pasaba entre desfiladeros rocosos. Entre las rocas había cuevas en las que los bandidos acechaban, y Jesús dijo: «Hay bandidos peores en los atrios del Templo que los de las cuevas de la carretera de Jericó.» El versículo 16 contiene la extraña afirmación de que Jesús no permitía que nadie llevara una bolsa por los atrios del Templo. De hecho el atrio del Templo se usaba como un atajo para ir de la parte oriental de la ciudad al monte de los Olivos. La misma Misná establece: «Una persona no puede entrar en el recinto del templo con bastón, o sandalias, o bolsa, ni con polvo en sus pies, ni lo puede usar como un atajo. » Jesús estaba recordándoles a los judíos sus propias leyes. En Su tiempo los judíos respetaban tan poco la santidad de los atrios exteriores del Templo que los usaban como lugar de paso para sus recados y negocios. Fue a las propias leyes de los judíos a las que Jesús quería dirigir la atención de ellos, y fueron sus propios profetas los que les citó (Isaías 53:7 y Jeremías 7: I1). ¿Qué suscitó hasta tal punto la ira de Jesús?

(i) Se indignó con la explotación de los peregrinos. Las autoridades del Templo estaban tratándolos, no como adoradores, ni siquiera como seres humanos, sino como objetos que se podían explotar para sus propios fines. La explotación del hombre por el hombre siempre provoca la ira de Dios, y más aún cuando se hace so capa de religiosidad.

(ii) Estaba indignado con la profanación del santuario de Dios. La gente había perdido el sentido de la presencia de Dios en la casa de Dios. Al comercializar lo sagrado estaban profanándolo.

(iii) ¿Es posible que Jesús tuviera un motivo más profundo para Su indignación? Citó Isaías 56:7: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos. » Sin embargo, en el Templo que se consideraba supremamente la misma casa de Dios había una pared que impedía la entrada a los gentiles bajo pena de muerte. Bien puede ser que Jesús fuera movido a indignación por el exclusivismo del culto judío, y que quisiera recordarles a los judíos que Dios no los amaba sólo a ellos, sino a todo el mundo.

Lucas: La piedad y la ira de Jesús

En este pasaje hay tres incidentes diferentes:

(i) Está el llanto de Jesús por Jerusalén. Al descender el monte de los Olivos se tiene una magnífica vista panorámica de Jerusalén. Cuando Jesús llegó a un recodo del camino, se detuvo, y lloró por Jerusalén. Sabía lo que le iba a suceder a Él y a la ciudad. Los judíos se estaban embarcando en la carrera de maniobras e intrigas políticas que acabó en la destrucción de Jerusalén el año 70 d.C., cuando la ciudad quedó tan devastada que se pasó un arado de lado a lado. La tragedia consistió en que, si hubieran renunciado a sus sueños de grandeza política y hubieran aceptado el yugo manso y humilde de Cristo, aquella desgracia nacional no había sucedido.

Las lágrimas de Jesús son las de Dios cuando ve el dolor y el sufrimiento innecesario que los hombres se echan encima cuando se rebelan estúpidamente contra su voluntad.

(ii) Está la limpieza del templo. El relato de Lucas está muy resumido; el de Mateo es más extenso (21:12-13). ¿Por qué Jesús, que era la misma encarnación del amor, actuó con tal violencia con los cambistas y los que vendían animales en los atrios del templo?

Primero, vamos a considerar a los cambistas. Todo judío varón tenía que pagar un tributo anual de medio siclo al templo, lo que equivalía al salario de dos días de un obrero. Un mes antes de la Pascua se instalaban puestos en todas las ciudades y aldeas donde se podía pagar; pero la mayor parte la pagaban los peregrinos en Jerusalén cuando venían a la fiesta. En Palestina circulaban varios tipos de moneda -griego, romano, tirio, sirio, egipcio-, y todos eran válidos para los usos ordinarios; pero el tributo del templo se tenía que pagar, o en los medios siclos del santuario, o en los siclos galileos ordinarios. Y ahí es donde entraban los cambistas: para cambiar otras monedas del mismo valor exactamente cobraban una ma’á, digamos que una peseta; pero, si había que dar cambio, se cobraba otra ma’á más. Se ha calculado que estos cambistas sacaban una ganancia de unos dos millones al año, lo que era un robo y un abuso para los pobres fieles, que eran los que siempre salían perdiendo. Segundo, los que vendían animales. Casi todas las visitas al templo se hacían para ofrecer un sacrificio. Las víctimas se podían comprar fuera a precios razonables; pero las autoridades del templo habían puesto inspectores que comprobaran que las víctimas no tenían mancha ni defecto. Por tanto, ¡era más seguro comprar los animales en los puestos oficiales del templo! Pero había veces en que un par de palomas costaba quince veces más que en la calle. Aquí también se abusaba de los pobres peregrinos de una forma que era realmente un robo legal. Además, estos puestos se conocían como «las tiendas de Anás», y eran propiedad de la familia del sumo sacerdote. Por eso, cuando detuvieron a Jesús le llevaron primeramente a Anás (Juan 18:13), que estaría encantado de vengarse del que había desafiado y atentado contra su malvado monopolio. Jesús desplegó aquella violencia porque aquel tráfico se estaba usando para explotar a los pobres indefensos. No es que el comprar y vender manchaba la dignidad y la solemnidad del culto; sino que, además, la casa de Dios se usaba para explotar a los adoradores. Jesús también se inflamaba al contemplar aquellos flagrantes atentados a la justicia social.

(iii) Hay algo increíblemente audaz en la acción de Jesús poniéndose a enseñar en el templo cuando se había puesto precio a su cabeza. Era un desafío abierto. Entonces las autoridades no le podían prender, porque la gente estaba prendida de sus labios.

Pero cada vez que hablaba exponía su vida, y sabía que era cuestión de poco tiempo el que llegara el fin. El valor del cristiano debe parecerse al de su Señor: Él nos ha dejado un ejemplo a seguir para mostrar quiénes somos y a quién servimos.

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