En estos versículos se nos da a conocer, en segundo lugar, citan grande importancia dio Jesús a la virtud del amor fraternal. Casi tan pronto como el falso apóstol se hubo separado do sus fieles compañeros, pronunció él este precepto: «Amaos los unos a los otros.» Inmediatamente después de haber hecho el triste anuncio de que pronto partiría de su lado dijo: « Amaos los unos a los otros.» Lo llamó un nuevo mandamiento, no porque no lo hubiera dado antes, sino porque iba a ser más dignamente acabado, iba a ocupar un lugar más prominente y a ser confirmado con un ejemplo más noble que antes. Aun más, iba a ser la enseña y divisa del cristiano en todo el mundo. «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos hacia los otros..
Cuidemos de que esta virtud cristiana tan bien conocida no exista solo como una mera teoría en nuestra mente, más practiquémosla en nuestras vidas. De todos los preceptos dados por el Salvador no ha quizá uno que se repita tanto y se practique tan poco como el de que nos ocupamos. Empero, si nuestras protestas de amor y caridad para con todos los hombres son sinceras, debiéramos manifestarlo así en nuestra índole y nuestras palabras, en nuestro comportamiento y nuestra conducta, en casa y fuera de ella, y, en fin, en todas las situaciones de la vida. Especialmente, debiéramos manifestarlo así en nuestras relaciones con los demás cristianos, a quienes hemos de mirar como hermanos, procurando hacer todo aquello que pueda contribuir a su felicidad y evitando como horrible pecado la envidia, el odio y la malevolencia hacia ellos.
La causa de Cristo haría más rápidos progresos sobre la tierra es esta sencilla ley fuera más generalmente acatada. No hay nada que el mundo reconozca con más facilidad y tenga en mayor estima que la caridad. Hombres que no pueden entender las doctrinas del Cristianismo ni la teología, pueden formar una apreciación debida de los actos de caridad. Si no existieran otras razones, por el bien solo de los que no pertenecen al gremio de la iglesia debiéramos practicar esa virtud.
En estos versículos se nos enseña, finalmente, cuan ignorante de sí mismo es a veces el creyente. Simón Pedro manifestó que estaba pronto a morir por su Maestro, pero el Señor le contestó que esa noche misma le negaría tres veces. Todos sabemos lo que sucedió después. El Maestro tenía razón: Pedro estaba equivocado.
Todos somos más débiles de lo que pensamos, y es difícil predecir cuan profundamente nos sumergiríamos en el mal si nos viéramos expuestos a fuertes tentaciones. Nos imaginamos a veces, como Pedro, que hay actos atroces que nos seria imposible ejecutar. Miramos con cierta desdeñosa compasión a los que se extravían, y nos lisonjeamos con la idea de que nosotros, a lo menos, no nos habríamos conducido así. Esa suposición es hija de la ignorancia. Aun después de que hemos sido trasformados por el Espíritu de Dios, todavía queda en nuestros corazones la semilla del pecado, y si nosotros nos descuidamos o si Dios nos priva por algún tiempo de su gracia, esa semilla germina y la planta crece con asombrosa rapidez. Bien podemos imaginarnos como Pedro que podemos hacer maravillas por la causa, de Cristo, pero a semejanza de él tendremos que convencernos, después de una dolorosa experiencia, que nos falta la fuerza de acción. «El que se piensa hallar firme, mire no caiga.» 1Co_10:12.
