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La mayoría de la gente no cree en Jesús

El caso es que con haber hecho Jesús delante de ellos tantos milagros, no creían en él. De suerte que vinieron a cumplirse las palabras que dijo el profeta Isaías: ¡Oh Señor! ¿quién ha creído lo que oyó de nosotros? ¿Y de quién ha sido conocido el brazo del Señor? Por eso no podían creer, Isaías dijo también: Cegó sus ojos y endureció su corazón, para que con los ojos no vean, y no perciban en su corazón por temor de convertirse, y de que yo los cure. Esto dijo Isaías cuando vio la gloria del Mesías y habló de él. No obstante, hubo aun de los magnates muchos que creyeron en él; mas por temor de los fariseos no lo confesaban, para que no los echasen de la sinagoga. Y es que amaron más la gloria o estimación de los hombres, que la gloria de Dios. Juan 12.37-43

Ciega incredulidad

Este pasaje ha causado mucha perplejidad a muchas personas. Juan cita dos pasajes de Isaías. El primero está tomado de Isaías 53:1-2. En él, el profeta pregunta si hay alguien que haya creído lo que él ha estado predicando, y si hay alguien que se haya dado cuenta del poder de Dios que se ha revelado. Pero es el segundo pasaje el que más nos inquieta. El original está en Isaías 6:9-10, y dice: «Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad» (R-V). Este pasaje recorre todo el Nuevo Testamento. Se cita o refleja en Mateo 13:14-15; Marcos 4:12; Lucas 8:10; Romanos 11:8; 2 Corintios 3:14; Hechos 28:27. Lo terrible e inquietante es que parece decir que la incredulidad humana se debe a la voluntad de Dios; que Dios ha ordenado que ciertas personas no crean ni puedan creer. De cualquier manera que expliquemos este pasaje, no podemos creer que el Dios que nos ha revelado Jesús hiciera imposible el que sus hijos creyeran.

Aquí hay que decir dos cosas.

(i) Debemos intentar introducirnos en la mente y el corazón de Isaías. Él había proclamado la palabra de Dios con todo lo que tenía y era; y el pueblo se había negado a escuchar. Por último se vio obligado a decir: «Para lo que ha servido, me podría haber ahorrado hablar. En vez de hacer mejor al pueblo, mi mensaje parece que lo ha hecho peor. Mejor sería que no lo hubieran oído, porque siguen sumidos en su letargo, desobediencia e incredulidad. Se diría que lo que Dios quería era que no creyeran.» Las palabras de Isaías brotan de un corazón herido. Son las palabras de un hombre destrozado por el hecho de que su mensaje parecía hacer más daño que bien, hacer al pueblo peor en vez de mejor. Entender estas palabras con un frío literalismo es no entenderlas en absoluto.

(ii) Pero hay otra cosa. Los judíos creían firmemente que Dios estaba detrás de absolutamente todo. Creían que nada podría suceder fuera de la voluntad de Dios. Llevado al extremo, eso hacía a Dios responsable de que el pueblo no aceptara su mensaje, y que su incredulidad estuviera en el plan de Dios. Para decirlo de manera más actual y conforme con nuestra manera de pensar, no diríamos que la incredulidad es el plan de Dios, pero sí que Dios, en su sabia Providencia, puede usar hasta la incredulidad humana para su propósito de amor. Así lo entendió Pablo: vio que Dios había usado la incredulidad de los judíos para que el Evangelio se predicara a los gentiles.

Debemos comprender que este pasaje no dice que Dios predestinó a ciertas personas a la incredulidad, sino que ni siquiera la incredulidad humana puede hacer fracasar el propósito eterno de Dios. Aquellos judíos no creyeron en Jesús; eso no fue culpa de Dios, sino de ellos; pero hasta eso tiene su lugar en el esquema divino. « El mal que Él bendice es nuestro bien,» ha dicho alguien. Dios es tan grande que no hay nada en el mundo, ni siquiera el pecado, que pueda hacer fallar su plan de Salvación.

La fe de los cobardes

No obstante, muchos de los gobernantes creían en Él; pero no confesaban públicamente su fe no fuera que los excomulgaran; porque les importaba más estar a bien con la gente que con Dios.

Jesús no se encontró sólo con oídos sordos; había algunos, incluso entre las autoridades, que creían en lo secreto de su corazón; pero tenían miedo de confesar su fe porque no querían arriesgarse a que los excomulgaran de la sinagoga. Esas personas estaban intentando lo imposible: ser discípulos secretos. El discipulado secreto es una contradicción en términos; porque, «o el secreto acaba con el discipulado, o el discipulado acaba con el secreto.»

Temían que, si se declaraban seguidores de Jesús, saldrían perdiendo. Es curioso hasta qué punto mucha gente tiene una escala de valores errónea. Una y otra vez han dejado de identificarse con una gran causa porque incidía en sus mezquinos intereses. Cuando Juana de Arco se dio cuenta de que la habían abandonado y dejado sola, dijo: « Sí, estoy sola en la Tierra; siempre he estado sola. Mi padre les dijo a mis hermanos que me ahogaran si no quería quedarme a cuidar de sus ovejas mientras Francia de desangraba hasta la muerte. Francia podía desaparecer con tal de que las ovejas estuvieran a salvo.» Para ese granjero francés era más importante que se salvaran sus ovejas que se salvara su país. Y estos gobernantes judíos eran un poco así también. Sabían que Jesús tenía razón; que sus compañeros de, gobierno estaban tratando de destruir a Jesús y todo lo que El quería hacer; pero no estaban dispuestos a correr riesgos decantándose públicamente por Él. Habría supuesto el final de su carrera, su posición, su prestigio. Habrían tenido que sufrir ostracismo, tanto social como religioso. Aquello les parecía un precio excesivo; así que vivieron una mentira por no ser capaces de vivir la verdad.

Con una frase gráfica Juan diagnostica la posición de aquella gente. «Les importaba más estar a bien con la gente que con Dios.» Se creerían, sin duda, sabios y prudentes; pero su sabiduría no llegaba tan lejos como para darse cuenta de que, mientras la opinión de la gente puede durar los pocos años que estemos en este mundo, el juicio de Dios cuenta para toda la eternidad. La verdadera sabiduría y prudencia consiste en valorar más el que Dios tenga una buena opinión de nosotros que el que la tenga la gente. Siempre será mejor estar a bien con la eternidad que por un poco de tiempo.

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