El tercer punto que es de notarse se refiere a la aserción que nuestro Señor hizo respecto de su misión. Dijo así: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, es á, saber, para dar testimonio a la verdad..
Por supuesto que nuestro Señor no quiso decir que este era el único fin de su misión; es de suponerse que el habló con referencia a los pensamientos que él sabia se estaban cruzando en la mente de Pilato. No había venido a ganar un reino con la espada, ni a reunir defensores y partidarios por medio de la fuerza.
La única espada que había empuñado era la «verdad.» Declarar al hombre caído la verdad acerca de Dios, acerca del pecado, acerca de la necesidad de un Redentor, acerca de la naturaleza de la santidad, he aquí un gran fin de su misión. Ni vaciló en decirle al orgulloso gobernador que el mundo necesitaba de esa misión. A esta circunstancia fue precisamente que aludió San Pablo cuando dijo a Timoteo: «Jesucristo testificó una buena profesión delante de Poncio Pilato.» 1Ti_6:13.
Esa noble conducta debe servirnos de ejemplo. a semejanza de nuestro Señor debemos declarar la verdad de Dios, y ser luz en medio de las tinieblas, poniéndonos de pié ante el mundo para protestar sin temor contra su corrupción y sus vicios. Tal proceder nos acarreará acaso muchas molestias, y aun persecuciones; mas nuestro deber es claro. Si anhelamos nuestra salvación, si queremos satisfacer nuestra conciencia, si deseamos que Jesucristo nos reconozca en el último día, es preciso que seamos testigos de la verdad. Escrito está: «El que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adulterina y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará de él, cuando vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles.» Mar_8:38.
El único punto que debemos observar es el que respecta a la pregunta que Poncio Pilato dirigió a nuestro Señor. Se nos dice que cuando Jesús aludió a la verdad el gobernador romano replicó, «¿Qué cosa es verdad?» No se nos dice qué razón especial tuviera para hacer esa pregunta, ni puede inferirse que aguardara la contestación. Lo más probable es que la hiciera con burla y sarcasmo, como si no creyera que hubiese tal cosa como la verdad. Talvez por haber oído desde su más temprana edad las excéntricas especulaciones de los filósofos griegos y romanos, dudaba de mi misma existencia.
Doloroso como es el decirlo, hay gran número de personas de los países cristianos que se encuentran en el mismo estado mental en que estaba Pilato en aquella hora. Centenares hay, especialmente en las clases altas, que excusan su irreligión con el pretexto de que, a semejanza del gobernador romano, no pueden, discernir qué cosa sea la verdad. Citan las interminables controversias entre los romanistas y protestantes, entre los miembros de la iglesia establecida y los disidentes, y quieren hacer creer que no saben quiénes tengan razón y quiénes no la tengan. Bajo el abrigo de esa disculpa pasan la vida sin profesar decididamente ninguna, religión, y muy a menudo mueren en ese estado de desdicha y desconsuelo.
Mas ¿es cierto realmente que es imposible descubrir la verdad? Do ninguna manera. Dios no deja jamás al sincero y diligente investigador sin luz y sin dirección. Uno do los obstáculos que a muchos impide descubrir la verdad es el orgullo: no le piden a Dios hincados do rodillas que los guíe. Otro obstáculo es la desidia: no se empeñan en escudriñar las Escrituras, Por regla general, los imitadores del miserable Pilato no acatan con afanosa atención la voz de la conciencia. Ojalá que reconocieran cuan ciertas son las siguientes palabras do Salomón: «Si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, si como a tesoros la escudriñares: entonces entenderás el temor do Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios.» Pro_2:3-5. Es imposible seguir ese consejo y no atinar con el camino del cielo.
Juan 19:17-27
Estos versículos presentan un cuadro histórico de grande interés para todos los que profesen ser cristianos. Contiene ese cuadro dos figuras y un grupo, pintados al vivo, que bien merecen un examen detenido.
La primera figura es la de nuestro Señor Jesucristo.
Vernos ahí al Salvador del género humano azotado, coronado de espinas, befado, rechazado por los de su misma nación, condenado por un juez que no halla falta en él, y, por último, entregado a la muerte más dolorosa. Y no obstante, era él el Hijo eterno de Dios, el Ser que había sido adorado por una multitud innumerable de ángeles; era el Ser que había venido al mundo para salvar a los pecadores, y que después de haber vivido treinta años sin cometer falta alguna, pasó los últimos tres de su existencia en la tierra en socorrer a los afligidos y menesterosos, y en predicar el Evangelio. ¡Desde el día que apareció por vez primera, jamás resplandeció el sol sobre una escena más maravillosa! No hay amor terrenal que pueda compararse con el amor de Jesucristo, pues es un amor sin igual, un amor que como dice San Pablo, sobrepuja todo entendimiento. Cuando meditemos sobre la triste historia do la pasión, no olvidemos que Jesucristo sufrió por los pecados de nosotros, el Justo por los injustos; que fue llagado por nuestras iniquidades, quebrantado por nuestros pecados, y que con sus cardenales fuimos sanados. Isaías 53.
Imitemos escrupulosamente su paciencia en todos los contratiempos y aflicciones que nos sobrevengan, especialmente en los que nos acaezcan a consecuencia de nuestra religión. Recordemos que cuando le maldecían, no tornaba a maldecir, cuando sufría no amenazó a nadie, mas se encomendó a Aquel que juzga con justicia. Imitemos su ejemplo, y procuremos glorificar su nombre con el bien sufrir, así como también con el bien obrar.
