Juan 19:38-42
Este pasaje contiene también alusiones que Mateo, Marcos y Lucas omiten del todo.
Notemos primeramente cuántas fueron las profecías que se cumplieron en la crucifixión de nuestro Señor. De tres, tomadas del éxodo, los Salmos y Zacarías, se hace especial mención; y, como sabe todo lector de la Biblia, a esas podrían agregarse otras. Todas a una prueban lo mismo, a saber: que la muerte de nuestro Señor Jesucristo en el Calvario era un acontecimiento que Dios había previsto y preordenado. Es pues cierto, en el sentido más genuino y elevado que «Jesucristo fue muerto conforme a las Escrituras..
Esas realizaciones de las profecías son pruebas muy vigorosas de que la Biblia es de autoridad divina. Los profetas predijeron no solo la muerte de Jesucristo sino todos sus detalles; y es imposible explicar el cumplimiento de sus pronósticos si no se admite que habían sido inspirados por Dios. Decir que aquello fue obra del acaso, de la suerte o de una coincidencia, es incurrir en un absurdo. Sí, los profetas que predijeron los pormenores de la escena del Gólgota fueron inspirados por aquel Ser que ve todo desde el principio; y los libros que fueron escritos bajo su soberana dirección no deben ser leídos como composiciones humanas, sino como una obra divina. En grandes dificultades se sumen los que se esfuerzan por, negar la inspiración de la Biblia. A la verdad, se necesita más fe (y esa una fe ciega) para ser infiel que para ser cristiano.
Debemos fijar, en seguida, la atención en las palabras sobre manera solemnes que pronunció nuestro Señor cuando estaba para morir. San Juan refiere que habiendo tomado el vinagre exclamó: «¡Consumado está!.
El Espíritu Santo no ha tenido a bien revelarnos cual sea el significado preciso de estas palabras. Son ellas tan profundas que el hombre no alcanza a sondearíais; mas, no obstante, tal vez no se nos tachará de irreverentes si procuramos conjeturar cuales eran los pensamientos que ocupaban la mente del Señor cuando las pronunció. A la consumación, de todos los sufrimientos, conocidos y desconocidos, por los cuales tuvo que pasar como sustituto nuestro; a la consumación de la ley ceremonial que él vino a terminar y a cumplir como sacrificio por el pecado; a la consumación de muchas profecías que vino a realizar; a la consumación de la obra de la redención que ya estaba cercana: he aquí a lo que sin duda se refirió nuestro Señor con la expresión: «Consumado está.» Acaso se refirió a algunos hechos más, empero, el comentador debe proceder con cautela cuando se trata do un momento tan crítico y tan misterioso como aquel.
Á todo trance, una idea consoladora surge de esas palabras: nuestras esperanzas estriban en una obra consumada, si confiamos en la de nuestro Señor Jesucristo, no tenemos porqué temer que el pecado, o Satanás, o la ley nos condenen en el último día, pues nuestro Salvador ha ejecutado y cumplido todo lo que era necesario para nuestra salvación. En lugar de sobrecogernos de pavor podemos lanzar el reto del apóstol: «¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió: antes el que también resucitó, el que también está a la diestra de Dios, el que también demanda por nosotros.» Rom_8:34.
Debemos observar, por último, que la muerte da Jesús fue real y verdadera. Cuéntasenos que uno de los soldados le hirió el costado con una lanza, y que luego salieron sangre y agua. Insignificante como a primera vista parece esta circunstancia, ella demuestra que es bien probable que le atravesaran el corazón a nuestro Señor, y que así se cercioraran que su vida se había extinguido, no fue que se desmayó o que se quedó sin sentido meramente, como han pretendido algunos: fue que le dejó de latir el corazón y murió efectivamente. Grande es, a la verdad, la importancia de ese hecho, pues bien se comprende que sin haber ocurrido una muerte real, no podía haber habido verdadero sacrificio ni verdadera resurrección; y que sin verdadero sacrificio ni verdadera resurrección todo el edificio del Cristianismo seria como la casa edificada sobre la arena movediza. Muy poco se imaginó el feroz soldado al introducir su lanza en el costado de nuestro Señor, que ese acto redundaría en provecho de nuestra santa religión.
Mo es de dudarse que la sangre y agua de que se hace mención en este pasaje tengan un significado profundamente místico. San Juan mismo parece aludir a ellas en su primera Epístola cuando dice: «Este es Jesucristo que vino por sangre y agua.» La iglesia en todos tiempos parece haber convenido en que son emblemas de cosas espirituales, más respecto de qué es lo que representan las opiniones han sido muy diversas, y quizá jamás habrá un acuerdo completo hasta que el Señor venga.
Más, cualquiera que sea nuestra opinión en el asunto, esforcémonos para ser lavados y emblanquecidos en la sangre del Cordero. Rev_7:14. Poco importará en el último día que hayamos tenido opiniones elevadas acerca de tales materias, si no nos hubiéremos acercado a Jesucristo por medio de la fe, ni hubiéremos tenido comunión con él. La fe en Jesucristo es lo esencial. «El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene vida.» 1Jo_5:12.
