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Malaquías 1: Amor de Jehová por Jacob

El recuerdo del amor de Dios en el pasado encuentra su balance en la promesa del amor de Dios en el futuro. Mientras tanto, en el presente, se da un “estira y encoge” en forma de disputa. El profeta quiere mostrar al pueblo que ya en su presente eran objeto del amor de Dios, pero que por su ceguedad y por su conducta equivocada no eran capaces de ver el amor de Dios entre ellos.

Otra manera de analizar estos versículos es ver en ellos la declaración del amor de Dios, la expresión de una duda en cuanto al amor de Dios, y luego una demostración del amor de Dios.

El amor de Dios declarado

Con toda claridad, Jehová declara su amor para con su pueblo. Conviene recordar que los términos vinculados con el amor (ahav) eran considerados básicamente como sinónimos de lealtad en el vocabulario antiguo y que por lo tanto figuraban en los tratados del antiguo Cercano Oriente.

El amor de Dios puesto en duda

El pueblo en su ceguera, creada por los momentos de privaciones y sufrimientos, no puede ver las maneras en las que Dios muestra su amor hacia ellos. De hecho, al pueblo le molesta que Dios le recuerde su amor en el pasado. Si hubiésemos podido estar allá, es probable que escucháramos algo así: “Señor, no queremos que nos traigas recuerdos bonitos del pasado. Queremos acciones concretas y presentes de tu amor. ¡Tienes que respondernos en medio de esta sequía, de la plaga de langostas y de los enemigos que nos rodean!”. Existe un problema básico en el diálogo entre Dios y el pueblo. La respuesta del pueblo a la declaración del amor divino es egocéntrica; vista desde la perspectiva de quien solo quiere ser beneficiario: ¿En qué nos has amado?. El pueblo bien hubiese podido decir: “Sí, Dios nos ha amado; pero ¿cómo lo hemos amado nosotros a él?”. En lugar de aprovechar el momento de crisis como tiempo de retrospección y autoexamen, el pueblo se dedicó a examinar y cuestionar a Dios.

El amor de Dios demostrado

El pueblo en su ceguera no se había podido dar cuenta de que su propia existencia era ya una muestra del amor de Dios. Ofrecían a Israel un cuadro patético; si ellos creían que el exilio los había golpeado duramente, Dios los invitaba a volver la cara y ver lo que había pasado con sus vecinos los edomitas, descendientes de Esaú. Los edomitas habían sido enemigos constantes de Israel. El énfasis de estos versículos está en que Dios ha manifestado su favor, interés y amor por su pueblo, y que la prueba está en el contraste de su trato con Israel y Esaú y de los pueblos que de ellos salieron (quiere decir, los judíos y los edomitas).

Dios reprende a los sacerdotes

Esta sección encuentra su unidad y coherencia con la repetición (ocho veces) de la expresión “mi (o, “tu”) nombre”. En la mentalidad hebrea el nombre no solo denomina a la persona, sino que equivale a ella. Conocer el nombre de Dios es tener la oportunidad de estar cerca de él, y nombrar el nombre de Dios era algo muy serio. Por ello existía más el peligro de profanarlo. Los sacerdotes de Judá creyeron que callando el nombre estaban honrando a Dios. No se daban cuenta de que con sus acciones insultaban la misma persona de Dios. El texto, en cambio, habla de la honra (“temor”) a Dios de parte de las naciones “paganas” y de Leví (personificado aquí por Malaquías).

El argumento de la sección se mueve así:

(1) quienes deshonran a Dios serán objeto de deshonra; y

(2) quienes desprecian a Dios serán despreciados.

El descuido de los sacerdotes

Los sacerdotes, representantes y guías del pueblo, sin darse cuenta demostraban por medio de sus ofrendas y sacrificios la vileza de su vida. En la degradación de sus ofrendas, ellos mostraban qué tan bajo habían llegado. Ellos en realidad eran los “ciegos”, los “cojos” y los “enfermos”. ¡Cómo podían entender lo que estaban haciendo! La estrechez y miopía de su propia manera de ver y juzgar no les permitía mirar las cosas desde la perspectiva de Dios.

La indiferencia y profanación de los sacerdotes

La indiferencia es indicada por la petición de Dios de que algún voluntario cerrara las puertas del templo (para que no se encendiera el altar en vano). El Señor consideraba como “vanos” tales actos. La profanación y actitudes de menosprecio son reflejadas: …vosotros [los sacerdotes] lo profanáis… y habéis dicho: “¡…qué fatigoso!“. Hasta traían al altar, como ofrenda, lo robado y lo defectuoso.

Las demandas divinas no son, como algunos comentaristas han dicho, una puerta hacia el legalismo y el ritualismo. Son, en realidad, una invitación a la fidelidad a todo nivel de la vida humana. En esta sección Malaquías nos enseña que si no somos fieles en lo menos, no podremos serlo en lo más.

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