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Marcos 12: Rechazo y retribución

Jesús empezó de nuevo a hablarles por parábolas: – Un hombre plantó una viña; la rodeó con una valla; cavó el lagar, y construyó una torre. Luego se la arrendó a unos campesinos, y se marchó al extranjero.

A su debido tiempo les envió a los arrendatarios a un siervo suyo para que le dieran su parte del producto de la viña; pero ellos se apoderaron de él, y le apalearon, y le enviaron de vuelta con las manos vacías. De nuevo les mandó a otro siervo, al que hirieron en la cabeza y trataron vergonzosamente. Todavía les mandó a un tercero, y ellos le mataron. Y así trataron a muchos otros, apaleando a algunos y matando a otros. Aún le quedaba una persona a quien podía mandar: su querido hijo. Por último se les mandó, diciéndose: «Respetarán a mi hijo.» Pero aquellos campesinos se dijeron: «Este es el heredero. ¡Vamos a matarle, y así nos quedaremos con la heredad!» Así es que se apoderaron de él, y le mataron, y le arrojaron fuera de la viña. ¿Qué creéis que hará el dueño de la viña? Vendrá, y destruirá a los labradores, y les confiará a otros la viña. ¿Es que no habéis leído el pasaje de la Escritura que dice: «La piedra que desecharon los edificadores ha llegado a ser la piedra angular. Esto procede de Dios, y es algo maravilloso a nuestros ojos?»

Ellos trataron de encontrar la manera de apoderarse de Jesús, porque le tenían miedo a la multitud porque se daban perfecta cuenta de que Él había dicho esta parábola refiriéndose a ellos. Así es que Le dejaron en paz y se marcharon.

Ya hemos dicho que no se debe entender una parábola como si fuera una alegoría, buscándole el sentido a cada detalle. Originalmente las parábolas de Jesús no eran para ser leídas, sino habladas, y su significado era el que aparecía evidente cuando se oía por primera vez. Pero, hasta cierto punto, esta parábola es una excepción. Es una especie de ejemplar literario híbrido, un cruce entre alegoría y parábola. No todos los detalles contienen un significado, pero sí más de lo corriente en parábolas. Y esto es debido a que Jesús estaba hablando en imágenes que eran parte integrante del pensamiento y de la imaginería de los judíos.

El propietario de la viña es Dios. La viña misma es el pueblo de Israel. Esta era una figura que les resultaba a los judíos perfectamente familiar. En el Antiguo Testamento la vemos claramente empleada en Isa_5:1-7 , un pasaje del que se toman algunos de los detalles y el lenguaje en este pasaje. A esta viña se la equipó con todos los detalles deseables. Tenía una pared que marcaba sus límites, que les impedía el paso a los ladrones y la defendía de los asaltos de los jabalíes. Tenía un lagar. En algunas viñas había lagares en los que se pisaba la uva. Por debajo del lagar estaba la tinaja adonde iba a parar el zumo extraído. Había una torre, en la que se guardaba el vino, los labradores tenían su refugio y se vigilaba desde allí para que no entraran ladrones en el tiempo de la cosecha. Los labradores representan a los gobernantes de Israel a lo largo de toda la historia de la nación. Los siervos a quienes el propietario enviaba representan a los profetas. Siervo o esclavo del Señor era un título muy conocido. Así se llamaba a Moisés (Jos_14:7 ), y a David (2Sa_3:18 ). Este título aparece con frecuencia en los libros de los profetas (Amo_3:7 ; Jer_7:25 ; Zec_1:6 ). EL hijo es Jesús mismo. Aun en aquel momento, la audiencia habría hecho estas identificaciones, porque los pensamientos y las imágenes les eran todos totalmente familiares.

La historia misma era lo que bien podría suceder en Palestina en tiempos de Jesús. El país tenía mucha inquietud laboral, y muchos propietarios estaban ausentes de sus fincas. El propietario de la viña podía ser un judío que hubiera encontrado una tierra más cómoda y segura que Palestina, o un romano que considerara la viña una buena inversión para su dinero. Si el propietario cumplía la Ley, la primera vez que se recolectara la cosecha sería cinco años después de plantar la viña (Lev_19:23-25 ). En tal caso la renta se pagaba en especie. Podía ser un porcentaje concertado de la cosecha, o una cantidad fija independientemente de lo que se recogiera. La historia no es improbable de ninguna manera, sucedía algunas veces.

La parábola está tan llena de verdades que no podemos hacer casi nada más que enumerarlas.

Nos dice ciertas cosas acerca de Dios.

(i) Nos habla de la generosidad de Dios. La viña estaba equipada con todo lo necesario para que el trabajo de los labradores fuera fácil y productivo. Dios es generoso en la vida y en el mundo que da a las personas.

(ii) Nos habla de la confianza de Dios. El propietario se marchó, y dejó que los labradores llevaran la viña a su manera: Dios confía en nosotros lo suficiente como para darnos libertad para que vivamos la vida como queramos. Como ha dicho alguien: «Lo maravilloso de Dios es que Él nos deje hacer tantas cosas por nosotros mismos.»

(iii) Nos habla de la paciencia de Dios. No una vez o dos, sino muchas veces, el dueño les dio a los labradores la oportunidad de pagarle lo que le debían. Los trató con una paciencia que no merecían.

(iv) Nos habla del triunfo definitivo de la justicia de Dios. Las personas puede que se aprovechen de la paciencia de Dios; pero al final habrá de venir el juicio y la justicia. Dios puede que soporte mucho tiempo la desobediencia y la rebeldía, pero acabará por actuar al fin.

Esta parábola nos dice algo acerca de Jesús.

(i) Nos dice que Jesús Se consideraba a Sí mismo, no como un siervo, sino como el Hijo. Intencionadamente Se separa de la sucesión de los profetas, que eran siervos, mientras que Él era el Hijo. En Él había hablado Dios Su última y definitiva Palabra. Esta parábola era un desafío intencionado a las autoridades judías, porque contiene la presentación inconfundible de Jesús como Mesías.

(ii) Nos dice que Jesús sabía que había de morir. La Cruz no se fue para Él ninguna sorpresa. Sabía que el camino que había escogido no podía conducir a otro final. Con supremo coraje, aunque sabía adónde iba, sin embargo prosiguió adelante.

(iii) Nos dice que Jesús estaba seguro de Su triunfo final. Él sabía también que había de ser maltratado y muerto, pero también sabía que aquello no sería el fin, y que después del rechazo vendría la gloria.

Esta parábola nos dice algo acerca del hombre.

(i) No podía haber nada más que una razón para que los labradores pensaran que podían matar al hijo y entrar en posesión de la viña. Deben de haber pensado que el propietario estaba demasiado lejos para intervenir, o que estaba muerto, y por tanto no tenían que tenerle en cuenta. Muchos hay que siguen pensando que pueden actuar contra Dios y salirse con la suya. Pero Dios está totalmente vivo. Muchos tratan de negociar con su propia libertad y con la paciencia de Dios, pero llega el día de rendir cuentas.

(ii) Si uno se desmarca de sus privilegios y responsabilidades, pasarán a otra persona. La parábola contenía en germen lo que iba a suceder: el rechazo de los judíos y la transferencia de sus privilegios y responsabilidades a los gentiles.

La parábola se cierra con una cita del Antiguo Testamento que fue muy querida para la Iglesia Primitiva, acerca de la Piedra que fue rechazada; procede del Psa_118:22 s. La Piedra desechada había llegado a ser la piedra que ensamblaba las esquinas del edificio, la clave del arco, la piedra más importante de todas. Este pasaje fascinaba a los autores cristianos primitivos. Se cita o alude en Act_4:11 ; 1Pe_2:4; 1Pe_2:7 ; Rom_9:32 s; Eph_2:20 . En su origen, aun en el mismo Salmo, se refería al pueblo de Israel. Las grandes naciones que se tenían por los arquitectos de la estructura del mundo habían considerado al pueblo de Israel sin importancia ni honor; pero, como lo vio el salmista, la nación que se había considerado que no tenía ninguna importancia llegaría a ser algún día, en la economía de Dios, la nación más importante del mundo. Los escritores cristianos vieron en el sueño del salmista lo que se cumplió perfectamente en la muerte y la resurrección de Jesús.

EL CÉSAR Y DIOS

Marcos 12:13-17

Seguidamente Le enviaron a Jesús a algunos de los fariseos y de los herodianos para que trataran de atraparle en Sus propias palabras. Se Le acercaron, y Le dijeron:

Maestro: Sabemos que eres genuino, y que no Te dejas influenciar por nadie, porque no haces discriminaciones; y que enseñas el camino de Dios con integridad. ¿Es correcto pagar tributo al César, o no? ¿Tenemos que pagarlo? ¿O no tenemos que pagarlo?

Jesús sabía muy bien que estaban representando un papel; y les dijo:

-¿Por qué estáis intentando ponerme a prueba? Traedme un denario, y dejadme verlo.

Así es que Le trajeron uno. Y ÉL les dijo:

-¿De quién es esta imagen, y la inscripción que hay alrededor?

Del César Le contestaron a Jesús; y Él les dijo:

-Pues dadle al César lo que le corresponde al César, y a Dios lo que Le corresponde a Dios.

Y ellos se quedaron totalmente alucinados.

Hay toda una historia detrás de esta astuta pregunta, y una historia bien amarga. Herodes el Grande había gobernado toda Palestina como un rey dependiente de Roma. Había sido leal a los Romanos, y ellos le habían respetado, y le habían concedido una libertad considerable. Cuando murió en el año 4 a C. había dividido el reino en tres partes. A Herodes Antipas le dio Galilea y Perea; a Herodes Felipe le dio el distrito inhóspito al Nordeste en torno a Traconítide, Iturea y Abilena; a Arquelao le dio el país del Sur, incluyendo Judasa y Samaria.

Antipas y Felipe se acomodaron pronto, y gobernaron normalmente bien; pero Arquelao fue un completo fracaso. El resultado fue que el año 6 d C. los Romanos tuvieron que hacerse cargo directamente del gobierno. La situación era tan insatisfactoria que la parte Sur de Palestina ya no se pudo dejar como un reino tributario semi-independiente; tuvo que pasar a ser una provincia gobernada por un procurador.

Las provincias romanas se dividían en dos clases: las que eran pacíficas y no necesitaban tropas las gobernaba el senado por medio de procónsules; pero las que eran conflictivas y requerían tropas las gobernaba directamente el emperador mediante procuradores. El Sur de Palestina pertenecía naturalmente a la segunda categoría, y el tributo se le pagaba al emperador.

El primer acto del gobernador, Cirenio, fue hacer un censo del país a fin de preparar debidamente el cobro de los impuestos y la administración general. La sección más tranquila de la población lo aceptó como una necesidad inevitable; pero un cierto Judas el Gaulonita levantó oposición violenta. Rugió que « el tributo no era en nada mejor que la esclavitud.» Convocó al pueblo a revelarse, y dijo que Dios los ayudaría solamente si empleaban toda la violencia de que fueran capaces. Tomó como lema que «Para los judíos Dios era el único Rey.» Los Romanos acabaron con Judas con su acostumbrada eficacia; pero su grito de guerra no se silenció nunca del todo: «¡No pagar el tributo a los Romanos!», y se convirtió en el de los patriotas judíos más fanáticos.

Los tributos que se imponían corrientemente eran de tres clases.

(i) El impuesto sobre el terreno, que consistía en una décima parte de todo el grano, y una quinta del vino y de la fruta. Esto se pagaba parcialmente en especie, y parcialmente en dinero.

(ii) El impuesto sobre la renta, que se elevaba al uno por ciento de los ingresos de la persona.

(iii) El impuesto personal o de capitación, que se cobraba a todos los varones de 14 a 65 años y todas las mujeres de 12 a 65. Este impuesto personal era un denarius, aproximadamente 7 pesetas por cabeza. Era el impuesto que todos tenían que pagar simplemente por el privilegio de existir.

El enfoque de los fariseos y los herodianos era muy sutil. Empezaron con adulación. Esa adulación tenía por objeto conseguir dos cosas: disipar las sospechas que pudiera tener Jesús; y comprometerle a dar una respuesta para no perder totalmente Su reputación.

En vista de todas las circunstancias, la cuestión que Le plantearon a Jesús los fariseos y los herodianos era una obra maestra de astucia. Tienen que haber pensado que Le colocarían entre la espada y la pared con un dilema inescapable. Si decía que era legal pagar tributo, habría perdido para siempre Su influencia con el populacho, que Le consideraría un traidor y cobarde. Si decía que no era legal pagar tributo, podían delatarle a los Romanos, que Le detendrían por revolucionario. Tienen que haber estado seguros de que Le estaban tendiendo una trampa a Jesús de la que no Se podría escapar.

Jesús les dijo: «Enseñadme un denarius.» Notamos de pasada que Jesús no tenía ni siquiera una moneda. Les preguntó de quién era la imagen que estaba grabada. Sería la de Tiberio, el emperador reinante. Todos los emperadores se llamaban césares. Alrededor de la imagen aparecería el título que declaraba que esta era su moneda: «De Tiberio César, el divino Augusto, hijo de Augusto.» Y, por el otro lado aparecería el título de «Pontifex Maximus», «Sumo sacerdote de la Nación Romana.»

Si queremos que este incidente nos resulte inteligible debemos comprender la opinión que se tenía en la antigüedad de la moneda. En cuanto a la acuñación de moneda, los pueblos antiguos tenían tres principios consecuentes.

(i) La acuñación de moneda era una señal de poder. Cuando uno conquistaba una nación, o se revelaba con éxito, lo primero que hacía era acuñar su propia moneda. Eso de por sí era la garantía definitiva de soberanía y poder.

(ii) En todos los momentos y lugares en que la moneda estuviera en curso, la autoridad del rey se mantenía firme. Los dominios de un rey se medían por el área en que su moneda era de curso oficial.

(iii) Como una moneda tenía la efigie del rey y su inscripción, se reconocía, por lo menos en algún sentido, que era su propiedad personal. La respuesta de Jesús fue por tanto: « Al usar la moneda de Tiberio, vosotros reconocéis de hecho su poder político en vuestra tierra. Aparte totalmente de eso, la moneda es suya, porque lleva su nombre. Al dársela en el tributo le dais lo que ya era suyo de todas maneras. Dádselo; pero recordad que hay una esfera de la vida que pertenece a Dios y no al César.»

Nunca jamás ha establecido nadie un principio más influyente. Mantenía Jesús al mismo tiempo el poder civil y el poder religioso. Rawlinson nos recuerda lo que el gran historiador Lord Acton dijo acerca de esto: « Esas palabras… daban al poder civil, bajo la protección de la conciencia, un carácter sagrado que no había tenido nunca y cuyos límites no se le habían reconocido nunca, y eran la repudiación del absolutismo y la inauguración de la libertad.» Pero, al mismo tiempo, estas palabras afirmaban los derechos del estado y la libertad de conciencia. Como decía Calderón:

Al rey la hacienda y la vida se ha de dar; pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios.

En general, el Nuevo Testamento establece tres grandes principios en cuanto a la relación del cristiano individual con el Estado.

(i) El Estado ha sido ordenado por Dios. Sin las leyes del Estado, la vida sería un caos. Las personas no pueden vivir juntas a menos que estén de acuerdo en obedecer las leyes de la vida en común. Sin el Estado hay muchos servicios que no se podrían disfrutar. Ninguna persona puede tener su provisión de agua, su propio sistema de alcantarillado y de transporte, su propia organización de seguridad social. El Estado es el origen de muchas de las cosas que hacen vivible la vida.

(ii) Ninguna persona puede aceptar todos los beneficios que le otorga el Estado sin aceptar sus responsabilidades. No cabe duda que el gobierno romano trajo al mundo antiguo una sensación de seguridad que no había tenido nunca antes. En su mayor parte, excepto en ciertas áreas especiales, los mares estaban limpios de piratas, y las carreteras de bandoleros; las guerras civiles habían cedido el paso a la paz, y las tiranías caprichosas a la justicia imparcial romana. Como escribió E. J. Goodspeed: « Fue la gloria del Imperio Romano el traer la paz a un mundo en conflicto. Bajo su autoridad, las regiones de Asia menor y del Oriente gozaron de tranquilidad y seguridad en una medida y por un tiempo desconocidos antes, y probablemente después. Esto era la pax romana. Los provincianos, bajo el gobierno de Roma, se encontraban en posición para llevar a cabo sus negocios, proveer para sus familias, mandar sus cartas y hacer sus viajes con seguridad gracias a la mano poderosa de Roma.» Sigue siendo verdad que ninguno puede recibir honradamente todos los beneficios que confiere el vivir en un Estado y sacudirse todas las responsabilidades de la ciudadanía.

(iii) Pero hay un límite. E. A Abbott tiene un pensamiento sugestivo. La moneda tenía la imagen del César, y por consiguiente pertenecía al César. El ser humano tiene la imagen de Dios -Dios le creó a Su propia imagen (Gen_1:23 s) ; y por tanto pertenece a Dios. La conclusión inevitable es que, si el Estado se mantiene dentro de sus propios límites y hace sus propias demandas, el individuo debe darle su lealtad y servicio; pero en último análisis, tanto el Estado como el individuo pertenecen a Dios y, por tanto, si sus demandas están en conflicto, la lealtad a Dios ocupa el primer lugar. Pero sigue siendo verdad que, en todas las circunstancias normales, el Cristianismo debe hacer a cada uno mejor ciudadano que el que no es cristiano.

IDEA EQUIVOCADA DE LA VIDA FUTURA

Marcos 12:18-27

Después se Le acercaron a Jesús unos saduceos, que es una denominación judía que dice que no hay tal cosa como resurrección de los muertos, y Le presentaron el problema siguiente:

Maestro: Moisés nos escribió la Ley de que, si un hombre se muere dejando mujer pero no hijos, la Ley es que su hermano debe toMarcos a la viuda por mujer y suscitar descendencia a su hermano fallecido. Había una vez siete hermanos. El primero se casó, y murió sin dejar descendencia. El segundo se casó con la viuda, y murió sin dejar tampoco descendencia. El tercero, lo mismo. Y así los siete, ninguno de los cuales tuvo descendencia. Por último, la viuda también murió. En la Resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa? Porque los siete la tuvieron por tal.

-La razón por la que estáis en un error -les contestó Jesús- es que no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios. Cuando las personas resucitan, no se casan ni ellos ni ellas, sino que son como los ángeles del Cielo. En cuanto a los muertos, y que es verdad que resucitan, ¿es que no habéis leído en el Libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, que Dios le dijo: « Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?» Dios no es un dios de muertos, sino el Dios de los vivos. ¡Estáis sumidos en el error!

Esta es la única vez que aparecen los saduceos en el evangelio de Marcos, y su intervención les es totalmente característica. Los saduceos no eran una denominación mayoritaria en el judaísmo. Eran aristócratas, y ricos. Agrupaban a la mayor parte de los sacerdotes; solía ser un saduceo el que ocupaba el puesto de sumo sacerdote. En cuanto ricos y aristócratas, eran naturalmente colaboracionistas, pues quería conservar sus comodidades y privilegios. Fue de entre ellos de donde salían los que estaban dispuestos a colaborar con los Romanos en el gobierno del país. Eran muy diferentes de los fariseos en varios aspectos. Primero, aceptaban sólo las Sagradas Escrituras, y concedían una importancia suprema al Pentateuco, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento. No aceptaban el conjunto de la ley oral y de la tradición, las reglas y normas que les eran tan queridas a los fariseos. No reconocían más autoridad que la Ley de Moisés. Segundo, no creían en la inmortalidad, ni espíritus ni ángeles. Decían que en los primeros libros de la Biblia no había ninguna evidencia de la inmortalidad, y por tanto no la aceptaban.

Así es que los saduceos se acercaron a Jesús con una pregunta clave para ellos, designada para poner en ridículo la fe en la Resurrección individual. La Ley judía incluía la institución de lo que se llamaba el levirato. Sus normas se establecen en Deu_25:5-10 . Si había algunos hermanos que vivían juntos -esa condición la omitieron los saduceos en la cita de la Ley-, y si uno de ellos moría sin dejar descendencia, el siguiente hermano estaba obligado a casarse con la viuda para suscitar descendencia a su hermano. En teoría, esta situación se prolongaría mientras quedaran hermanos y no naciera ningún hijo. Cuando nacía uno, se consideraba que era la descendencia del primer marido.

Está claro que el propósito de esta ley era asegurar dos cosas: primera, la continuación del nombre de la familia; y segunda, que la propiedad siguiera perteneciendo a la familia. De hecho, aunque nos parezca muy extraño, había disposiciones semejantes en la ley griega. Si un padre griego tenía unas propiedades considerables, y no tenía nada más que una hija, ella, como era mujer, no podía heredar directamente; el heredero directo tendría que ser, o su marido o su hijo; pero si la hija estaba soltera, el padre podía dejarle su propiedad y su hija al que él escogiera. Ese, para heredar la propiedad, tenía que casarse con la heredera, aunque tuviera que divorciarse de la mujer que ya tuviera. Y, si en tales circunstancias un padre moría sin hacer testamento, el pariente más próximo podía reclaMarcos a la hija heredera como su mujer. De nuevo nos encontramos con el mismo principio: todo el asunto estaba diseñado para mantener la familia y para retener dentro de ella la propiedad.

La cuestión que presentaron los saduceos, por tanto, era un caso exagerado, con una historia de siete hermanos, pero era un problema legal perfectamente posible entre los judíos.

La pregunta de los saduceos era sencillamente esta: Si, según la ley del levirato, una mujer había estado casada sucesivamente con siete hermanos, si hay tal cosa como la Resurrección, ¿de cuál de ellos sería esposa cuando llegara la Resurrección? Pensaban que haciendo esa pregunta dejaban totalmente en ridículo la idea de la Resurrección.

La respuesta de Jesús tenía dos caras.

La primera trata de lo que podríamos llaMarcos la manera o forma de la Resurrección. Jesús establece que, cuando una persona resucita, ya no está sujeta a las antiguas leyes de la vida física. Los resucitados son como los ángeles; y las cosas naturales de esta vida, como el casarse, no tienen ninguna actualidad en el más allá. Jesús no estaba diciendo nada nuevo. En Henoc, la promesa es: «Tendréis un gran gozo, como los ángeles del Cielo.» En el Apocalipsis de Baruc se dice que los justos llegarán a ser «semejantes a los ángeles.» Y en los mismos escritos rabínicos se decía que en la vida venidera «no existe el comer ni el beber, el engendrar hijos, el regatear, los celos, el odio y las peleas; sino que los justos se sentarán con coronas en las cabezas, y estarán satisfechos con la gloria de Dios.» El punto de vista de Jesús era que la vida venidera no se podía concebir en los términos de esta vida presente.

Segunda, trata del hecho de la Resurrección. Aquí se enfrenta con los saduceos en su propio terreno. Ellos insistían en que en el Pentateuco, que era su única autoridad, no había ninguna prueba de la inmortalidad. Pues del Pentateuco saca Jesús Su prueba. En Exo_3:6 , Dios Se llama «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob.» Si Dios sigue siendo el Dios de estos patriarcas, esto quiere decir que deben de estar vivos, porque el Dios viviente tiene que ser el Dios de personas vivientes, y no de muertos. Y si los patriarcas están vivos, aunque murieron, eso prueba la Resurrección. En su propio terreno, y con un razonamiento al que ellos no podían poner pegas, Jesús derrotó a los saduceos.

Este pasaje puede que nos parezca que trata de un asunto remoto y peregrino. Es un razonamiento en términos que están totalmente fuera de la órbita de nuestra existencia. A pesar de eso, dos verdades eternamente válidas surgen de aquí.

(i) Los saduceos cometían el error de imaginarse el Cielo como es la Tierra. Eso es lo que muchos han hecho siempre. Los amerindios, que eran cazadores por naturaleza, concebían un Cielo que era un extenso y feliz campo de caza. Los vikingos, que eran guerreros por naturaleza, pensaban en una Valhalla donde podrían estar peleando todo el día, donde por la noche resucitarían los muertos, y los heridos se curarían, y pasarían las tardes en banquetes, bebiendo vino de copas hechas con los cráneos de sus enemigos vencidos. Los mahometanos eran gentes del desierto, que vivían en circunstancias en las que los lujos eran desconocidos; concebían el Cielo como un lugar en el que los hombres podrían vivir una vida llena de todos los placeres sensuales y corporales. Los judíos odiaban el mar, y pensaban en el Cielo como un lugar en el que ya no existiría el Marcos Todos los hombres descartaban el sufrimiento y el dolor, y concebían el Cielo como el lugar en el que las lágrimas serían enjugadas de todos los ojos y donde no habría más dolor.

Los hombres siempre han tendido a crear en su pensamiento un Cielo que les fuera bien. Algunas veces esa idea puede ser conmovedoramente hermosa; pero haríamos bien en recordar que Pablo tenía razón (1Co_2:9 ) cuando tomó las palabras del profeta Isa_64:4 ) y las hizo suyas: «Lo que ojo no vio, ni oído oyó, ni concibió el corazón humano, es lo que Dios ha preparado para los que Le aman.» La vida de los lugares celestiales será más plena y maravillosa que ninguna idea que nos podamos forMarcos de ella con las imágenes de la Tierra.

(ii) A fin de cuentas Jesús basaba Su convicción de la Resurrección en el hecho de que la relación entre Dios y un hombre bueno es algo que nada puede romper. Dios era el amigo de Abraham, Isaac y Jacob cuando estaban vivos. Esa amistad no podía acabar con la muerte. «Dios -como decía Loisy- no puede dejar de ser el Dios de los que Le han servido y amado.» Como decía el salmista: «Yo estoy constantemente contigo. Me llevas de la mano derecha. Tú me guías con Tu consejo, y después me recibirás en gloria» Psa_93:23 s). No podía concebir una relación con Dios que se rompiera nunca.

En una palabra: no hay más que una cosa que sea inmortal, y es el amor.

EL AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO

Marcos 12:28-34

Uno de los maestros de la Ley, que había estado escuchando la discusión, y que se dio cuenta de que Jesús les había contestado bien, se Le acercó y Le preguntó:

-¿Cuál es el primer mandamiento de todos?

Jesús le contestó:

-«No hay nada más que un Señor, y es el Señor tu Dios; y debes aMarcos al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas.» Y este es el segundo: « Debes aMarcos a tu prójimo como a ti mismo.» No hay ningún mandamiento que sea más importante que estos.

El maestro de la Ley Le dijo entonces a Jesús:

Maestro, no hay duda que has contestado muy bien, porque Dios no hay más que Uno, y no hay nadie que se Le pueda comparar, y el amarle con todo el corazón, y con todo el entendimiento, y con todas las fuerzas, y aMarcos al prójimo como uno se ama a sí mismo es mejor que todos los holocaustos y sacrificios.

Entonces Jesús, viendo que Le había contestado sabiamente, le dijo:

-Tú no estás lejos del Reino de Dios.

Y a partir de entonces, nadie se atrevía a hacerle más preguntas.

A los maestros de la Ley no se les había perdido nada con los saduceos. La profesión de los escribas consistía en interpretar la Ley en todas sus muchas reglas y normas. A lo que se dedicaban los escribas era a conocer y aplicar la ley oral; mientras que, como ya hemos visto, los saduceos no aceptaban la ley oral en absoluto. El maestro de la Ley se alegraría sin duda de que los saduceos se retiraran con el rabo entre las piernas.

Este escriba vino a Jesús con una pregunta que se debatía a menudo en las escuelas rabínicas. En el judaísmo había una especie de doble tendencia. Estaba la tendencia a extender la Ley ilimitadamente en cientos y miles de reglas y normas; pero también existía la tendencia a tratar de reunir la Ley en una sola frase, una afirmación general que fuera el compendio de todo su mensaje. A Hillel le preguntó una vez un prosélito que le instruyera en toda la Ley mientras él se mantenía sobre un pie. La respuesta de Hillel fue: «Lo que aborreces para ti mismo, no se lo hagas a tu prójimo; esto es toda la Ley, y el resto no es más que comentario. Ve, y aprende.» Aquiba dijo después que Cristo: «Ama a tu prójimo como a- ti mismo»: este es el principio de la Ley más grande y más general.» Simón el Justo también dijo: «El mundo se sostiene sobre tres cosas: la Ley, el culto y las obras de amor.»

Shammay enseñó que Moisés había recibido 613 preceptos en el monte Sinaí, 365 según los días del año solar, más 248, según las generaciones de la humanidad. David redujo los 613 a 11 en Salmo 15:

Señor, ¿quién habitará en Tu tabernáculo?, ¿quién morará en Tu monte santo?

1.- El que anda en integridad

2.- y hace justicia;

3.- el que habla verdad en su corazón;

4.- el que no calumnia con su lengua

5.- ni hace mal a su prójimo

6.- ni admite reproche alguno contra su vecino;

7.- aquel a cuyos ojos el indigno es menospreciado,

8.- pero honra a los que temen al Señor;

9.- el que aun jurando en perjuicio propio, no por eso cambia;

10.- quien su dinero no dio a usura

11.- ni contra el inocente admitió soborno.

Isaías los redujo a 6 (Isa_33:15 ):

1.- El que camina en justicia

2.- y habla lo recto,

3.- el que aborrece la ganancia de violencias,

4.- el que sacude sus manos para no recibir soborno,

5.- el que se tapa los oídos para no oír propuestas sanguinarias,

6.- el que cierra los ojos para no ver nada malo, este será el que habite en las alturas…

Miqueas redujo los 6 a 3 (Mic_6:8 ):

Hombre, Él te ha declarado lo que es bueno, lo que pide el Señor de ti:

1.- Obrar con integridad,

2.- aMarcos la misericordia

3.- y conducirte humildemente con tu Dios.

Y otra vez Isaías redujo los 3 a 2 (Isa_56:1 ):

1.- Guardad el derecho

2.- y poned por obra la justicia.

Y finalmente Amós los redujo todos a uno (Amo_5:4 ):

Buscadme y viviréis.

Aquí se puede ver que el ingenio rabínico trataba de concentrar tanto como de extender la Ley. Había realmente dos escuelas de pensamiento. Algunos creían que había temas más ligeros y más graves en la Ley; que había grandes principios que era de suprema importancia captar. Como Agustín diría unos siglos después: «Ama a Dios, y haz lo que quieras.» Pero había otros que estaban totalmente en contra de esto, y que sostenían que todos los principios pequeños eran tan vinculantes como los grandes, y que tratar de distinguir entre sus relativas importancias era sumamente peligroso. El escriba que Le hizo a Jesús esta pregunta estaba interesado en algo que constituía un tema candente del pensamiento judío.

La respuesta de Jesús tomó dos grandes mandamientos, y los aunó.

(i) «Oye, Israel: no hay más Señor que el Señor nuestro Dios.» Esa sencilla frase es realmente el credo del judaísmo (Deu_6:4 ). Se usaba de tres maneras. Se la llama la Shemá. Shemá es el imperativo del verbo hebreo shama›, oír, y se llama así porque esa es la primera palabra de la frase, y en español Oye Israel.

(a) Era y es la frase inicial del culto de la sinagoga antiguamente y ahora. La shemá entera está tomada de Deu_6:4-9 ; Deu_11:13-21 ; Num_15:37-41 . Es la confesión de que no hay más que un Dios, el fundamento del monoteísmo judío.

(b) Los tres pasajes de la shemá se escribían en las filacterias (Mat_23:5 ), que eran tiras de piel que los devotos judíos se ponían en la frente y en la muñeca cuando hacían oración. Cuando oraban, les recordaba su credo. La razón para usar las f lacterias se encontraba en Deu_6:8 .

(c) La shemá se guardaba en una cajita cilíndrica llamada mezuzá, que se fijaba, y se sigue fijando, a la puerta de todas las casas judías y de todas las habitaciones para recordarles a los judíos a Dios en sus entradas y salidas.

Cuando Jesús citó esta frase como el primer mandamiento, cualquier judío devoto habría estado de acuerdo con Él.

(ii) «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Es una cita de Lev_19:18 . Jesús hizo una cosa insólita con ella. En su contexto original se refiere al correligionario judío. No se pretendía que incluyera a los gentiles, a los que estaba permitido odiar. Pero Jesús citó este mandamiento sin restricciones ni fronteras. Tomó una ley antigua, y la colmó con un nuevo significado.

La cosa nueva que hizo Jesús fue aunar estos dos mandamientos. Ningún rabino lo había hecho nunca. Sólo hubo un intento de relacionarlos anteriormente. Alrededor del año 100 a C. se compuso una serie de tratados Los Testamentos de los Doce Patriarcas, en los que el autor anónimo puso en las bocas de los patriarcas algunas enseñanzas muy preciosas.

En El Testamento de Isacar 5:2 leemos:

Ama al Señor y ama a tu prójimo, ten compasión de los pobres y de los débiles.

Y en el mismo testamento, 7:6, leemos:

Yo amaba al Señor, e igualmente a todos mis semejantes de todo corazón.

Y en El Testamento de Dan_5:3 leemos:

Amad al Señor durante toda vuestra vida, y unos a otros con corazón sincero.

Pero ninguno, hasta Jesús, puso los dos mandamientos juntos y los aunó. La religión para Él era aMarcos a Dios y aMarcos a los hombres. Él habría dicho que la única manera de probar que se ama a Dios es amando a los hombres.

El escriba aceptó esto de buena gana, y añadió que tal amor era mejor que todos los sacrificios. En eso estaba en armonía con el pensamiento más elevado de su pueblo. Hacía mucho, mucho tiempo, Samuel había dicho: «¿Es que se complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en que se obedezcan las palabras del Señor? Mejor es obedecerle que ofrecer sacrificios, y prestarle atención, que el sebo de los carneros» (1Sa_15:22 ). Y Oseas Le oyó decir a Dios: «Lo que Yo quiero es fidelidad, y no sacrificios» (Hos_6:6 ).

Pero es siempre más fácil dejar que el ritual ocupe el lugar del amor. Siempre es más fácil dejar que el culto se convierta en un asunto de la iglesia en lugar de algo de toda la vida. El sacerdote y el levita podían pasar de largo al viajero herido porque estaban ansiosos por cumplir con el ritual del templo. Este escriba se había remontado por encima de sus contemporáneos, y por eso se encontró de acuerdo con Jesús.

Tiene que haber habido una mirada de amor en. los ojos de Jesús, y también una mirada de invitación cuando le dijo al escriba: «Hasta aquí has llegado tú. ¿No quieres seguir adelante, y aceptar Mi manera de ver las cosas? Entonces llegarías a ser un verdadero ciudadano del Reino de Dios.»

EL HIJO DE DAVID

Marcos 12:35-37a

Cuando Jesús estaba enseñando en el Templo dijo: -¿Cómo pueden decir los maestros de la Ley que el Ungido de Dios es el Hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dijo: «El Señor Le dijo a mi Señor: «Siéntate a Mi diestra hasta que ponga a Tus enemigos por estrado de Tus pies. «» El mismo David le llama Señor. Entonces, ¿cómo puede ser su hijo?

A nosotros nos resulta difícil entender este pasaje, porque usa pensamientos y razonamientos que nos son extraños; pero no les resultaría nada difícil a los que lo oyeron en el recinto del Templo de Jerusalén, porque estaban acostumbrados a esa manera de razonar y de usar las Escrituras.

Podemos empezar por notar algo que nos aclara el pasaje. La versión Reina Valera traduce el versículo 35: «¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David?» En las partes más antiguas del Nuevo Testamento, Cristo no es un nombre propio, como ha llegado a ser hasta nuestro tiempo. De hecho, tiene el artículo definido delante en este pasaje, el Cristo. Jristós, Mesías, son las palabras griega y hebrea respectivamente que quieren decir el Ungido. La razón para el uso del título es que en los tiempos antiguos se coronaban los reyes ungiéndolos con aceite -y todavía se usa algo así en muchas ceremonias de coronación. Jristós y Mesías quieren decir los dos el Rey Ungido por Dios, el que había de venir de parte de Dios para salvar a Su pueblo. Así es que, cuando Jesús pregunta: «¿Cómo pueden los escribas decir que el Cristo es hijo de David?» Jesús no se está refiriendo explícitamente a Sí mismo. Lo que está diciendo en realidad es: «¿Cómo pueden decir los escribas que el Rey Ungido por Dios Que ha de venir es hijo de David?»

El razonamiento que presenta Jesús es el siguiente. Cita el Psa_110:1 -«El Señor dice a mi Señor: «Siéntate a Mi diestra, hasta que ponga a Tus enemigos por estrado de Tus pies.»» Los judíos de aquel tiempo suponían que todo el Salmo había sido escrito por el rey David. También mantenían que este Salmo se refería al Mesías que había de venir. En este versículo, David se refiere al Mesías venidero como su Señor. ¿Cómo es que, pregunta Jesús, David le aplica el título de Señor, si es su hijo?

¿Qué está tratando de enseñarnos aquí Jesús? De todos los títulos que se le aplicaban al Mesías, el más corriente era Hijo de David. En todas las épocas, los judíos habían esperado al gran Libertador que Dios les suscitaría de la dinastía de David.

(Isa_9:2-7 ; Isa_11:1-9 ; Jer_23:5 ss; 33:14-18; Eze_34:23 ss; 37:24; Psa_89:20 ss). Fue por ese título como se dirigieron a Jesús algunos, y especialmente las multitudes (Mar_10:47 ss; Mat_9:27 ; Mat_12:23 ; Mat_15:22 ; Mat_21:9; Mat_21:15 ). Por todo el Nuevo Testamento aparece la convicción de que Jesús era de hecho el Hijo de David en el sentido de la descendencia natural (Rom_1:3 ; 2 Timoteo_2:8 ; Mat_1:1-17 ; Luk_3:23-38 ). Las genealogías de Jesús que aparecen en los pasajes de Mateo y Lucas que ya hemos citado tienen el propósito de mostrar que Jesús era de hecho del linaje de David. Lo que Jesús está haciendo no es negar que el Mesías fuera hijo de David, ni que Él mismo lo fuera; sino que Él es el Hijo de David -¡y mucho más que eso! No solamente el Hijo de David, sino el Señor de David.

El problema era que el título Hijo de David se había entremezclado inseparablemente con la idea de un Mesías conquistador, con esperanzas y sueños y aspiraciones y ambiciones políticas y nacionalistas. Jesús estaba diciendo que el título Hijo de David, tal como se usaba popularmente, era una descripción totalmente inadecuada de Sí mismo. Él era Señor. La palabra Señor (en griego Kyrios) era la traducción regular del tetragrámaton hebreo (Yavé, Jehová) en la traducción griega de las Sagradas Escrituras hebreas. Su uso hacía pensar a los creyentes judíos en Dios. Lo que Jesús estaba diciendo era que Él había venido, no para fundar un reino terrenal, sino para traer a Dios a los hombres, y a los hombres a Dios.

Jesús está haciendo aquí lo que siempre estaba tratando de hacer. Quitarles a los hombres de la cabeza la idea de un Mesías guerrero y conquistador que hubiera de fundar un imperio terrenal, y poner en su lugar en sus mentes la idea de un Mesías Que sería el Siervo de Dios y traería a los hombres el amor de Dios.

EL DON SUPREMO

Marcos 12:41-44

Cuando Jesús estaba sentado enfrente del lugar de las ofrendas, estaba fijándose en cómo echaba la gente el dinero en las bolsas, y en que muchos ricos echaban grandes sumas. Entonces llegó una viuda pobre que echó dos blancas, el equivalente de dos pesetas. Entonces Jesús llamó a Sus discípulos y les dijo:

-Os digo la pura verdad: Esta viuda pobre ha echado más que todos los demás. Porque todos los otros han echado sus aportaciones de lo que les sobraba, mientras que ella, de lo que le faltaba: ha echado todo lo que tenía para su sustento.

Entre el Atrio de los Gentiles y el Atrio de las Mujeres estaba la Puerta Hermosa. Bien puede ser que Jesús hubiera ido a sentarse allí tranquilamente después de la discusión y tensión del Atrio de los Gentiles y los claustros. En el Atrio de las Mujeres había trece bolsas de la colecta que se llamaban «las Trompetas», porque tenían esa forma. Cada una de ellas era para un fin especial; por ejemplo: para comprar grano o vino o aceite para los sacrificios. Eran para las aportaciones para los sacrificios diarios del templo. Muchas personas echaban contribuciones considerables. Y entonces llegó una viuda, que echó dos blancas. La moneda que se llamaba un leptón, que quiere decir literalmente una fina, era la más pequeña de todas las monedas, y valía 1/128 del denario, que era el jornal de un obrero, que hemos traducido por peseta por ser esta la moneda más pequeña en España actualmente. Y sin embargo Jesús dijo que su minúscula contribución era mayor que la de los otros, porque ellos habían echado de lo que tenían de sobra y podían prescindir con facilidad porque les quedaba suficiente para sus necesidades, y la viuda había echado todo lo que tenía para su sustento.

Aquí tenemos una lección sobre el dar:

(i) El verdadero dar debe ser sacrificial. La cantidad del don no importa nunca tanto como lo que le cuesta al dador; no el tamaño del don, sino el sacrificio. La verdadera generosidad da hasta que duele. Para muchos de nosotros la cuestión es si lo que damos para la obra del Señor llega alguna vez a suponernos algún sacrificio. Pocas personas se pasarán sin sus placeres para dar un poco más para la obra del Señor. Bien puede ser una señal de la decadencia de la iglesia y del fracaso de nuestro cristianismo el que las aportaciones se tienen que obtener fuera de la iglesia, y que a menudo los miembros no darán nada a menos que obtengan algo en compensación en la forma de entretenimiento o artículos. Es de temer que haya pocos entre nosotros que puedan leer esta historia sin llegar a avergonzarse.

(ii) El verdadero dar tiene algo de derroche. La mujer podría haberse guardado una moneda. No habría hecho mucha diferencia, pero habría sido algo. Sin embargo dio todo lo que tenía. Hay aquí una gran verdad simbólica. Lo trágico es que a menudo hay parte de nuestra vida,*y de nuestras actividades, y de nosotros mismos, que no Le entregamos a Cristo. Sea como sea, casi siempre nos las arreglamos para retener algo. Rara vez llegamos al sacrificio total y a la rendición total.

(iii) Lo extraño y precioso es que la persona que el Nuevo Testamento y Jesús transmiten a la Historia como modelo de generosidad fue una persona que dio dos pesetas. Podemos tener el sentimiento de que no disponemos de mucho en materia de dones materiales o personales que ofrecer a Cristo. Pero, si ponemos todo lo que tenemos y somos a Su disposición, Él puede hacer cosas con ello y con nosotros que no nos podemos imaginar.

Marcos 12:1-44

12.1 Las parábolas son historias e ilustraciones que usan algo conocido para ayudarnos a entender algo nuevo. Este método de enseñanza induce al oyente a descubrir la verdad por sí mismo. El mensaje llega solo a quienes están dispuestos a escuchar y aprender.

12.1 Israel, representado por el viñedo, fue el lugar donde Dios cultivó la salvación y la trajo al mundo. Los líderes religiosos no solo frustraron el propósito nacional, sino que también mataban a los que trataban de cumplirlo. Tenían tanto celo, que descuidaron el bienestar de ese pueblo que se suponía tenían que guiar a Dios.

12.1ss En esta parábola, el dueño de la tierra es Dios; la viña es la nación de Israel; los agricultores son los líderes religiosos judíos; los propietarios de la tierra son los profetas y sacerdotes que se mantenían fieles a Dios; el hijo es Jesús; los demás son los gentiles. Al contar esta historia, Jesús mostró a los líderes religiosos que sabía exactamente lo que pensaban y puso al descubierto su plan para darle muerte. Les advirtió que su pecado no quedaría impune.

12.10 Jesús se refirió a sí mismo como la piedra que desecharon los edificadores. Aunque la mayoría de los líderes judíos lo rechazaron, llegó a ser la piedra angular de un nuevo «edificio», la Iglesia (Act_4:11-12). La piedra angular aseguraba que las demás piedras del edificio estuvieran derechas y a nivel. Asimismo, la vida de Jesús y su enseñanza son la base o fundamento de la Iglesia.

12.13 Los fariseos eran ante todo un grupo religioso, en tanto que los herodianos eran un grupo político judío que aprobaba los compromisos de Herodes con Roma. Por lo general, los dos grupos no tenían nada que hacer uno con otro.

Los fariseos no querían a Jesús porque denunció su hipocresía. Los herodianos también veían a Jesús como una amenaza. El sostén de la dinastía de Herodes el Grande, perdió el control político cuando, como resultado de una hipotética rebelión, Roma depuso al hijo de Herodes reemplazándolo con un gobernador romano. Los herodianos temían que Jesús causara más inestabilidad en Judea y que Roma reaccionara no volviendo a permitir que los líderes romanos disminuyeran y los reemplazaran un descendiente de Herodes.

12.14 Cualquiera que evadiera el pago de impuestos se enfrentaba a castigos. Los judíos detestaban pagar impuestos a Roma porque el dinero sostenía a sus opresores y simbolizaba su despotismo. Mucho del dinero de estos impuestos se destinaba también a mantener templos paganos y la vida lujosa de las clases altas de Roma. Los fariseos y los herodianos esperaban atrapar a Jesús con el asunto de los impuestos. Con un sí o con un no, se vería en problemas. Un sí significaría respaldar a Roma, lo que haría que la gente se volviera en su contra. Un no traería acusaciones de traición y rebeldía contra Roma, con sus correspondientes penas civiles.

12.15 Por lo general, un denario era la paga por un día de trabajo.

12.17 Los fariseos y los herodianos creían tener la pregunta perfecta para atrapar a Jesús. Pero la sabia respuesta de Jesús una vez más dejó al descubierto sus malas intenciones. Jesús dijo que la moneda con la imagen del emperador tenía que darse al emperador. Pero la que tenía la imagen de Dios, nuestras vidas, pertenecía a Dios.

¿Da a Dios todo lo que es legítimamente de El? Asegúrese de entregar su vida a Dios: usted lleva su imagen.

12.18-23 Después que los fariseos y los herodianos fallaron en atrapar a Jesús con el asunto de los impuestos, los saduceos volvieron a la carga con otra cuestión que al parecer no podía fallarles. Se trataba de una pregunta que usaron con mucho éxito contra los fariseos, los que no pudieron dar una respuesta. Los saduceos no creían en la vida después de la muerte porque el Pentateuco (Génesis a Deuteronomio) no lo enseña directamente y los escritos de Moisés eran la únicas Escrituras que obedecían. Pero Jesús les dijo que los libros de Moisés sí respaldaban la idea de la vida eterna (12.26).

12.19 De acuerdo a la Ley del Antiguo Testamento, cuando el marido de una mujer moría sin dejar descendencia, el hermano del muerto tenía que casarse con la mujer a fin de asegurar hijos que cuidaran de la viuda y permitieran que la línea familiar no se interrumpiera. El primer hijo de este matrimonio se consideraba hijo del hombre muerto (Deu_25:5-6).

12.24 El cielo va más allá de nuestra capacidad de entender o imaginar (Isa_64:4; 1Co_2:9). Debemos cuidarnos en no formular preguntas acerca del cielo, preguntas que no podamos contestar desde nuestra perspectiva humana. No debemos temer a la vida eterna por lo que no sabemos acerca de él. En lugar de preocuparnos por saber cómo será el Reino venidero de Dios, deberíamos concentrarnos en nuestra relación con Jesús ahora, porque en el nuevo reino estaremos con El, no se atemorice por lo que El nos tiene preparado.

12.25-27 La declaración de Jesús no significa que una persona no va a reconocer a su compañero o compañera en el reino venidero. Significa que el nuevo orden de Dios no será una extensión de la presente vida, ni se aplicarán las reglas naturales y físicas.

El comentario de Jesús en el versículo 25 no intenta ser la palabra final sobre el matrimonio en el cielo. En cambio, con esta respuesta Jesús se niega a contestar la adivinanza de los saduceos y a caer en su trampa. Echando a un lado la pregunta acerca de la mujer que se casó muchas veces, El dio una respuesta definitiva a la pregunta sobre la resurrección.

12.26 La verdadera pregunta de los saduceos no era acerca del matrimonio, sino sobre la doctrina de la resurrección. Como los saduceos creían únicamente en el Pentateuco, Jesús citó Exo_3:6 para probar que hay vida después de la muerte. En sus debates sobre este asunto con los saduceos, los fariseos pasaron por alto este versículo. Años después de la muerte de los patriarcas, Dios se refirió a Abraham, a Isaac y a Jacob como si aún estuvieran vivos. El pacto de Dios con cada persona tiene validez más allá de la muerte.

12.28 En los tiempos de Jesús, los judíos ya habían acumulado cientos de leyes: nada menos que seiscientas trece. Algunos líderes religiosos intentaban distinguir entre las más importantes y las menos importantes. Algunos enseñaban que todas eran igualmente obligatorias y que era muy peligroso hacer cualquiera distinción. Esta pregunta pudo haber causado cierta controversia entre estos grupos, pero la respuesta de Jesús resumió todas las leyes de Dios.

12.29-31 Las leyes de Dios no son onerosas ni en número ni en detalle. Todas pueden reducirse a dos reglas simples para la vida: aMarcos a Dios y aMarcos al prójimo. Estos mandamientos vienen del Antiguo Testamento (Deu_6:5; Lev_19:18). Cuando amamos a Dios por entero y nos interesamos en nuestro prójimo como nos interesamos en nosotros mismos, cumplimos el propósito de los Diez Mandamientos y de las demás leyes del Antiguo Testamento. De acuerdo con Jesús, estas dos reglas resumen toda la Ley de Dios. Dejemos que regulen nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestras acciones. Cuando no estemos seguros sobre qué hacer, preguntémonos cuál curso de acción demuestra mejor el amor a Dios y el amor al prójimo.

12.32-34 Este hombre captó el propósito de la Ley de Dios como a menudo se enfatiza en el Antiguo Testamento: el amor sincero es mejor que el cumplimiento externo y que la verdadera obediencia proviene del amor. Debido a que todo el Antiguo Testamento nos guía a Cristo, el próximo paso fue la fe en Jesús mismo y ese era el más difícil.

12.35-37 Jesús citó el Salmo 110.1 para mostrar que David consideraba que el Mesías sería el Señor, no solo su hijo. Los líderes religiosos no entendían que el Mesías sería mucho más que un ser humano descendiente de David; sería Dios mismo en forma de hombre.

12.38-40 Jesús de nuevo puso al descubierto los motivos impuros de los líderes religiosos. Estos no recibían paga y dependían solamente de la hospitalidad de los judíos devotos. Algunos se valían de esta situación para explotar al pueblo, engañaban a los pobres en todo lo que podían y se aprovechaban de los ricos. Fingían espiritualidad para ganar prestigio, reconocimiento y respeto.

12.38-40 Jesús advirtió contra los maestros religiosos a quienes les encantaba parecer santos y recibir honores cuando en realidad eran falsos. Los verdaderos seguidores de Cristo no se distinguen por sus actos aparatosos. Leer la Biblia, orar en público o cumplir con los rituales de la iglesia puede ser una simulación si la intención es ser visto y honrado por ello. Procure que sus acciones concuerden con sus creencias. Viva para Cristo, aun cuando nadie lo vea.

12.40 El castigo a los líderes religiosos sería grande porque, como maestros y guías, cargaban sobre sus hombros la gran responsabilidad de forMarcos la fe de sus discípulos. Pero abrumaban a la gente con leyes insignificantes mientras olvidaban al Dios que debían adorar, y con su voracidad y motivos impuros llevaban a mucha gente por el mal camino.

12.41 En el templo había varias arcas donde la gente podía echar el dinero. Algunas eran para recoger el impuesto del templo que debían pagar los hombres judíos; las otras eran para ofrendas voluntarias. Quizás estas arcas estaban en el atrio de las mujeres.

12.41-44 A los ojos del Señor, esta pobre viuda dio más que todos los demás juntos, a pesar de que su ofrenda fue por mucho la más pequeña. El valor de una ofrenda no lo determina la cantidad, sino el espíritu con que se da. Una ofrenda que se da a regañadientes o por buscar reconocimiento pierde todo su valor. Cuando usted dé, recuerde: las ofrendas de cualquier cantidad agradan a Dios cuando se dan con gratitud y espíritu de generosidad.

QUE DIJO JESUS ACERCA DEL AMOR

En Mar_12:28 un escriba le preguntó a Jesús cuál de los mandamientos era el más importante. Jesús mencionó dos mandamientos, uno tomado de Deu_6:5 y el otro de Lev_19:18. Ambos se relacionan con el amor. ¿Por qué el amor es tan importante? Jesús dijo que todos los mandamientos tienen dos objetivos simples: ayudarnos a aMarcos a Dios y a nuestros semejantes.

¿Qué más dijo Jesús acerca del amor?

Dios nos ama.: Joh_3:16

Debemos aMarcos a Dios.: Mat_22:37

Porque Dios nos ama, El cuida de nosotros.: Mat_6:25-34

Dios quiere que cada uno de nosotros sepamos cuánto nos ama.: Joh_17:23

Dios ama aun a los que lo odian; debemos hacer lo mismo.: Mat_5:43-47; Luk_6:35

Dios busca aun a los que están más alejados de El.: Lucas 15

Dios debe ser nuestro primer amor.: Mat_6:24; Mat_10:37

Amamos a Dios cuando lo obedecemos.: Joh_14:21; Joh_15:10

Dios ama a Jesús su Hijo.: Joh_5:20; Joh_10:17

Jesús ama a Dios.: Joh_14:31

Los que rechazan a Jesús no tienen el amor de Dios.: Joh_5:41-44

Jesús nos ama de la misma manera que Dios lo ama a El.: Joh_15:9

Jesús nos demostró su amor al morir en la cruz para que viviéramos eternamente con El.: Joh_3:14-15; Joh_15:13, Joh_15:4

El amor entre Dios y Jesús es el ejemplo perfecto de cómo debemos aMarcos a los demás.: Joh_17:21-26

Debemos aMarcos a los demás (Joh_13:34-35) y dar muestras de ese amor.: Mat_5:40-42; Mat_10:42

No debemos aMarcos las alabanzas de los hombres (Joh_12:43), el reconocimiento (Mat_23:6), las posesiones terrenales (Luk_16:19-31), ni cualquiera otra cosa más que a Dios.: Luk_16:13

El amor de Jesús se extiende a cada individuo.: Joh_10:11-15; Mar_10:21

Jesús quiere que le amemos en los tiempos buenos y en los difíciles.: Mat_26:31-35

Jesús quiere que nuestro amor sea genuino.: Joh_21:15-17

Marcos 12:1-12

Los versículos que tenemos delante de nosotros contienen una parábola histórica. La historia de la nación judía, desde la época en que Israel salió de Egipto hasta la destrucción de Jerusalén, se nos presenta aquí como reflejada en un espejo. Bajo la figura de la viña y de los labradores, el Señor nos relata la historia de lo que Dios hizo por su pueblo durante mil y quinientos años. Estudiémosla atentamente, para que podamos aplicárnosla.

Observemos, en primer lugar, la bondad especial de Dios con la iglesia y la nación judía. Les concedió privilegios especiales. Los trató como el hombre hace con un pedazo de terreno que separa y cerca para plantar en él «una viña.» Les dio buenas leyes y ordenanzas. Los estableció en una tierra buena, y por ellos lanzó da ella siete naciones. Desatendió naciones más grandes y poderosas para hacerles favor. No se ocupó ni de Egipto, ni de Siria, ni de Grecia, ni de Roma, y difundió sus misericordias como una lluvia de gracias sobre unos pocos millones de habitantes de Palestina. La viña del Señor era la casa de Israel.

Ninguna familia bajo la bóveda de los cielos recibió privilegios tan señalados y distinguidos como la de Abrahán.

Y nosotros, los que vivimos en un país cristiano, ¿podemos decir que no hemos recibido de Dios misericordias especiales? No lo podemos decir. ¿Porque nuestro país no es pagano, como la China? ¿Porque nuestra tierra no es idólatra, como el Indostán? Esto lo debemos a un favor especial de Dios. No es por nuestra bondad ni por nuestros méritos, sino por la gracia gratuita de Dios, que nuestro país es lo que es entre las naciones. Seamos agradecidos por esas mercedes, y reconozcamos la mano que nos las envía. No seamos altaneros, sino humildes, no sea que provoquemos a Dios y nos retire sus mercedes.

Observemos, en segundo lugar, la paciencia y longanimidad de Dios con la nación judía. ¿Qué es su larga historia que registra el Viejo Testamento, sino una larga serie de repetidas provocaciones, y repetidos perdones? Leemos una y otra vez de profetas que le fueron enviados, de apercibimientos que le fueron dirigidos, y todo casi siempre en vano. Un siervo tras otro aparecieron en la viña de Israel, y demandaron sus frutos; y un siervo y otro fueron «despedidos con las manos vacías « por los labradores judíos, y la nación no produjo fruto ninguno para gloria de Dios. «Se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron las palabras de El, y maltrataron a sus profetas.» 2 Crón. 36.16. Sin embargo, centenares de años transcurrieron antes que «el furor de Dios se despertase contra su pueblo, cuando ya no había remedio.» Nunca hubo un pueblo al que tanta paciencia se mostrara como a Israel.

Y nosotros también, los que vivimos en este país afortunado ¿no tenemos que agradecer a Dios su largo sufrimiento? No hay duda que tememos motivos sobrados para decir que nuestro Señor es paciente. No nos trata cual nuestros pecados merecen, ni nos da el pago según son nuestras iniquidades. Bastantes veces lo hemos provocado a retirar nuestro candelero y a tratarnos como lo hizo con Tiro, Babilonia, y Roma. Sin embargo, aún continúan su longanimidad y su amorosa bondad. No presumamos demasiado de su bondad. Que de sus misericordias salga para nosotros un grito que nos llame a producir frutos, y a esforzarnos en abundar en esa rectitud que solo exalta y eleva a las naciones. Prov. 14.34. Que todas las familias de esta tierra comprendan que son responsables a Dios, y entonces veremos a toda la nación publicando sus alabanzas.

Observemos, en tercer lugar, la dureza y maldad de la humana naturaleza, tal como la muestra la historia del pueblo judío.

Difícil es imaginar una prueba más convincente de esta verdad, que el resumen de la conducta que observó Israel con los mensajeros de Dios, y que nuestro Señor bosqueja en esta parábola. Les envió en vano profeta tras profeta; milagros y milagros tuvieron lugar ante sus ojos sin producir ningún efecto duradero.

El mismo Hijo de Dios, manifiesto en la carne, habitó entre ellos y «se apoderaron de El, y le mataron..

No hay verdad que menos se acepte y se crea que «la completa maldad « del corazón humano. Consideremos esta parábola siempre como una de las pruebas permanentes de dicha verdad. Veamos en ella lo que los hombres pueden hacer, en el completo goce de los privilegios que la religión confiere, rodeados de profecías y milagros, y en la presencia del Hijo mismo de Dios. «El espíritu carnal es enemistad contra Dios.» Rom. 8.7. Nunca los hombres vieron a Dios cara a cara, sino cuando Jesús se hizo hombre, y vivió en la tierra. Lo vieron santo, inocente, puro, haciendo bien por do quiera que iba ; sin embargo, no quisieron recibirlo, se rebelaron contra El, y al fin le dieron muerte. Borremos de nuestra alma la idea de la bondad innata de nuestros corazones, o de nuestra rectitud natural. Abandonemos la opinión tan común que un hombre se hace cristiano tan solo con ver y saber lo que es bueno. Grande es el experimento que se hizo con la nación judía. Nosotros también, como Israel, podríamos presenciar milagros, y tener profetas entre nosotros, y, como para Israel, ser todo eso inútil para nosotros. Solo el Espíritu de Dios puede cambiar los corazones. «Necesario nos es nacer otra vez.» Juan 3.7.

Observemos, por último, que pueden los hombres sentir el aguijón de la conciencia, y continuar, no obstante, en su impenitencia. Los judíos, a quienes nuestro Señor dirigió la solemne parábola histórica de que nos venimos ocupando, vieron claramente que a olios se aplicaba. Comprendieron que ellos y sus progenitores eran los labradores a quienes se había arrendado la viña, y que debían dar cuentas a Dios de sus productos. Comprendieron que ellos y sus antepasados eran los labradores perversos, que habían rehusado pagar al Señor de la viña lo que se le debía, y que habían « maltratado vergonzosamente» a sus siervos, «golpeando a unos, y matando a otros.» Sobre todo bien sabían que estaban tramando el postrer acto que había de coronar sus maldades, y que la parábola describía. Estaban pensando asesinar al Hijo amado, «arrojarlo fuera de la viña.» Todo esto lo sabían perfectamente bien. «Sabían que había dicho esa parábola contra ellos.»Pero aunque lo sabían, no se arrepintieron; aunque por sus conciencias estaban convictos, continuaban endurecidos en sus pecados.

Que este hecho terrible nos haga ver, que la creencia y la convicción no son suficientes para salvar el alma. Posible es que sepamos que hacemos mal, que no podamos negarlo, y que, no obstante, nos apeguemos con obstinación a nuestros pecados, y perezcamos en el infierno. Mudar el corazón y la voluntad es lo que todos necesitamos. Oremos fervorosamente por conseguirlo, y no descansemos hasta lograrlo, pues sin ese cambio no veremos nunca cristianos ni lograremos ir al cielo. Sin él atravesaremos la existencia, sabiendo, como los judíos, que somos malos, pero, como los judíos, perseverando en nuestra conducta, y muriendo en nuestros pecados.

Marcos 12:13-17

Observemos al comenzar este pasaje, como hombres de opiniones religiosas diferentes pueden unirse para hacerle la oposición a Cristo. Leemos, que los «fariseos y herodianos» se unieron para pescar a nuestro Señor alguna palabra,» y embarazarlo con una cuestión difícil. Los fariseos eran supersticiosos y formalistas, que no se cuidaban sino de las ceremonias externas de la religión. Los herodianos eran hombres mundanos, que despreciaban toda religión, y se ocupaban más de agradar a los hombres que a Dios. Sin embargo, cuando se presentó entre ellos un maestro que atacaba las pasiones dominantes de unos y otros, y no perdonaba ni al formalista ni al mundano, los vemos haciendo causa común, y uniéndose en un esfuerzo combinado para cerrarle los labios.

Así ha acontecido desde el principio del mundo, y podemos ver que lo mismo se repite hoy día. Los formalistas y los mundanos simpatizan muy poco, no aceptan sus principios respectivos, y se desprecian mutuamente. Pero hay algo que a ambos desagrada más, y es el Evangelio puro de Cristo. De aquí es que siempre que se presenta una oportunidad de hacerle la oposición al Evangelio, veremos siempre al mundano y al formalista hacer una liga para obrar de acuerdo. De ellos no debemos esperar misericordia; ninguna mostrarán. No debemos contar con sus divisiones, pues compaginarán siempre una alianza para resistir a Cristo.

Observemos, además, en este pasaje, la sutileza exquisita de la cuestión propuesta a nuestro Señor. Sus enemigos le preguntaron: « ¿Es legítimo pagar tributo a César, el emperador romano, o no? ¿Le daremos, o no?» Cuestión era esta, que a primera vista parecía imposible contestar sin peligro. Si nuestro Señor hubiera contestado, «Dad,» los fariseos lo hubieron acusado ante los sacerdotes de que El consideraba la nación judía subyugada a Roma. Si nuestro Señor hubiera replicado, «No deis,» los herodianos lo hubieran acusado ante Pilatos, como un sedicioso que predicaba rebelión contra el gobierno romano. El lazo habla estado bien tendido. Seguramente que en ello vemos la mano astuta y hábil de uno que es más poderoso que el hombre; allí estaba el diablo, la antigua serpiente.

Haríamos bien en recordar que de todas las cuestiones que han dejado perplejos a los cristianos, ninguna ha resultado ser tan intrincada y embarazosa, como lo que los fariseos y herodianos propusieron en este caso. Qué es lo que se debe dar a César, y qué a Dios; cuales son los limitas de los derechos de la iglesia, y en donde comienzan los derechos del estado ; que pretensiones civiles y cuales espirituales son legítimas ; todos estos son problemas profundos y enredados que ha sido difícil para los cristianos desatar, y casi imposible resolver. Oremos a Dios por vernos libres de ellos. Nunca sufre más la causa de Cristo como cuando el diablo logra arrastrar las iglesias a pleitos y cuestiones con el poder civil. En tales luchas se pierde un tiempo precioso, se emplean mal las fuerzas, los ministros se distraen de la obra que es propia de ellos, sufren las almas, y una victoria que la iglesia gane resulta ser poco menos que una derrota. «Señor, danos paz en nuestros días,» es una plegaria de mucha significación, y que debería siempre encontrarse en los labios de los cristianos.

Observemos, en último lugar, la sabiduría maravillosa que mostró nuestro Señor en su respuesta a sus enemigos. Sus lisonjas no lo engañaron: «conocía su hipocresía.» Sus ojos que todo lo veían descubrieron, que tenia en su presencia «vasijas de barro cubiertas do escorias de plata,» Prov. 26.23; así es que no lo engañaron, como a muchos de Su pueblo, con su lenguaje pomposo y sus discursos elocuentes.

Hizo que lo que acostumbraban manejar diariamente sus enemigos le suministrara una respuesta a sus astutas cuestiones. Leí dijo que «Le llevaran un denario,» moneda que tenían el hábito de usar. Pregúntales «de quien era la imagen y la inscripción « que se encontraban grabadas en aquel denario; y se vieron obligados a contestar «de César.» Ellos mismos estaban usando una moneda romana, que había sido acuñada y puesta en circulación por el gobierno romano. Confesaban así ellos mismos que estaban bajo el poder de los romanos, pues, de otra manera, la moneda romana no hubiera tenido curso entre ellos.

Inmediatamente nuestro Señor los reduce al silencio con esas memorables palabras: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.» Les ordena pagar tributo al gobierno romano de las cosas temporales, pues al usar su moneda se confesaban obligados a hacerlo; pero, al mismo tiempo, les manda prestar obediencia a Dios en todo lo que fuera espiritual, y que no fueran a suponer que los deberes que debemos llenar con un soberano terrenal y un soberano celeste son incompatibles. En una palabra, ordena al orgulloso fariseo no rehusar lo que debe a César, y al herodiano mundano no rehusar lo que debe a Dios.

Que esta decisión magistral nos enseñe este gran principio, que el verdadero Cristianismo no tiene que intervenir nunca con la obediencia que se debe tributar a los poderes civiles. Tan lejos está que así sea, que la verdadera religión de Cristo debe forMarcos súbditos pacíficos, leales, y fieles, que consideren a los poderes existentes como «ordenados por Dios,» y someterse a sus reglamentos y ordenanzas mientras la ley está vigente, aunque no los aprueben del todo. Si la ley de la tierra y la ley de Dios estuvieren en oposición, no hay duda que su conducta es obvia: deben obedecer a Dios antes que a los hombres; como los tres mancebos, aunque sirvan a un rey pagano, no deben prosternarse ante un ídolo. Como Daniel, aunque se sometan a un gobierno tiránico, no deben suspender sus oraciones para hacerse agradables a los que mandan.

Pidamos a menudo en nuestras oraciones provisión más abundante de ese espíritu de sabiduría que mora tan profusamente en nuestro bendito Señor. Muchos son los males que a la iglesia de Cristo se le han originado a consecuencia de las ideas torcidas respecto a las posiciones relativas que ocupan el gobierno de Dios y el civil. Muchos son los rompimientos y muchas las divisiones que se han ocasionado por no haberse formado una idea exacta de sus derechos respectivos. Feliz el que recuerda la decisión de nuestro Señor en este pasaje, la entiende bien, y la aplica apropiadamente a las circunstancias de la época en que vive.

Marcos 12:18-27

Estos versículos relatan una conversación entre nuestro Señor Jesucristo y los saduceos. Sabemos que la religión de estos era punto menos que infidelidad; decían «que no había resurrección.» Ellos, como los fariseos, se imaginaron que enredarían a nuestro Señor con cuestiones difíciles y lo dejarían perplejo. La iglesia de Cristo no debe esperar que la traten mojar que a su Maestro. El formalismo por un lado, y la infidelidad por otro, son enemigos contra cuyos ataques debemos siempre estar bien preparados.

Aprendemos en este pasaje cuanta falta de rectitud se descubre a menudo en los argumentos de los incrédulos.

Prueba evidente de ello es la cuestión propuesta por los saduceos. Le cuentan de una mujer que se casó con siete hermanos sucesivamente, que no tuvo hijos, y que sobrevivió a sus siete maridos; y le preguntan de cual de esos siete seria « mujer en la resurrección.»Bien puede sospecharse que el caso no era real sino supuesto, pues a primera vista se descubren razones muy fuertes para tenerlo por improbable. Pero lo que los saduceos querían era suscitarle dificultades, y, si fuera posible, reducir a nuestro Señor al silencio. No tenían el valor necesario para negar francamente la doctrina de la resurrección, y se reducían tan solo a insinuar sus consecuencias posibles.

Tres cosas tenemos que recordar si por nuestra desgracia nos vemos alguna vez obligados a argüir con incrédulos. Tratarán primero de apurarnos con las dificultades y los puntos más abstrusos de la religión, y especialmente con todo lo que se refiere al mundo venidero. Evitemos ese modo de argumentar en cuanto nos sea dable, porque es dejar el campo abierto para combatir en un carrizal. Procuremos que nuestra discusión gire sobre los hechos claros y evidentes del Cristianismo. Recordemos, en segundo lugar, que debemos ponernos en guardia contra la falta de candor, de rectitud y de franqueza en los argumentos que usen. Parecerá que el expresarse de esta manera es duro y poco caritativo, pero la experiencia prueba que es necesario hacerlo así. Millares de personas que profesaban ser incrédulos han confesado en sus últimos días que nunca habían estudiado la Biblia que negaban, y que aunque versados en las obras de los incrédulos y escépticos, nunca se habían detenido a examinar los fundamentos del Cristianismo. Sobre todo recordemos que los incrédulos tienen conciencia; apelemos siempre a ella con confianza. Los mismos que más claman contra la religión y con más desdén la tratan, tienen a menudo la convicción de estar errados en el mismo momento en que están hablando. Los argumentos de que se han burlado y que han ridiculizado, resultarán muchas veces haber sido vanos.

Aprendemos, en segundo lugar, en este pasaje, que el origen de muchos errores religiosos puede encontrarse en la ignorancia de la Biblia. Las primeras palabras de nuestro Señor en su contestación a los saduceos lo dicen con toda claridad. Así se expresa: « ¿No es que erráis, porque no conocéis las Escrituras?.

Lo exacto del principio que aquí se establece, está probado por hechos que han acontecido en todas las épocas de la iglesia. La reforma en los días de Josías estaba íntimamente enlazada con el descubrimiento que se hizo entonces del libro de la ley. Las falsas doctrinas de los judíos en los tiempos de nuestro Señor eran resultado del abandono en que se encontraban las Escrituras. Las edades más tenebrosas del Cristianismo se vieron cuando la Biblia se retiró de manos del pueblo, y las causas que produjeron la reforma protestante fueron principalmente la traducción y la circulación de la Biblia. Las iglesias más florecientes hoy día son las que honran la Biblia, y las naciones en que brilla la moral más pura son aquellas en que mejor se conoce la Biblia. Las parroquias en que hay más verdadera religión son aquellas en que más se estudia la Biblia, y las familias más santas son aquellas que más leen la Biblia. Estos son hechos que nadie puede negar Grabemos profundamente esto en nuestro corazón, para que se vean sus frutos en nuestras vidas. No permanezcamos ignorando la Biblia, no sea que incurramos en errores mortales; antes al contrario leámosla con atención, y sea la regla de nuestra fe y el modelo de nuestra vida. Trabajemos por extender la Biblia en el mundo entero, pues cuanto más conocido sea ese libro, mejor será el mundo. No nos descuidemos por ningún motivo en enseñar a nuestros hijos a estiMarcos la Biblia, que la mejor herencia que podemos dejarles es el conocimiento de las Escrituras.

Aprendamos, por último, en este pasaje, cuan diferente será la condición de todas las cosas después de la resurrección de la condición en que ahora vivimos.

Nuestro Señor nos dice, que «cuando resuciten de los muertos, ni se casarán, ni se darán en matrimonio; sino que serán como los ángeles que están en el cielo..

Seria necio negar que haya muchas dificultades enlazadas con la doctrina de la vida futura; y así tiene que ser. El mundo más allá de la tumba no ha sido contemplado por ningún mortal y es por lo tanto desconocido. Es un misterio para nosotros las condiciones de la existencia allí, y cuanto más se nos hablara de ella, probablemente menos la comprenderíamos. Bástenos saber que los cuerpos de los santos resucitarán, y que aunque glorificados serán semejantes a los cuerpos que tuvieron en la tierra, tan semejantes, que los que antes los conocieron, los reconocerán entonces. Pero aunque resuciten con un cuerpo real y verdadero, los santos resucitados estarán exentos de todo lo que ahora se tiene como una prueba de debilidad y flaqueza; en la existencia futura del cristiano no habrá nada que se parezca al paraíso grosero y sensual de Mahoma. Hambre y sed no se sentirán, ni habrá necesidad de alimentarse Cansancio y agotamiento no se verán allí, no habrá necesidad de sueño. No habiendo ya muerte, inútiles serán los nacimientos para reponer los que perecen. Como gozarán en toda su plenitud de la presencia de Dios y de su Cristo, los hombres y las mujeres no necesitarán casarse por ayudarse mutuamente. Capaces de servir a Dios sin cansarse, de atenderlo sin distraerse, haciendo su voluntad de una manera perfecta, y viendo continuamente su rostro, revestidos de un cuerpo glorioso, serán «como los ángeles que están en el cielo..

¡Que consuelo tan grande para el verdadero cristiano! En el cuerpo que ahora tiene, a menudo « gime por estar sobrecargado,» 2 Cor. 5.4, y por la convicción en que está de su debilidad é imperfección. Muchos cuidados lo ponen a prueba en este mundo– qué comerá, qué beberá, con qué se vestirá, como manejará sus negocios, en donde vivirá, que sociedad frecuentará. En el mundo venidero todo será cambiado; nada faltará para que su felicidad sea completa.

Debemos tan solo tener siempre presente una idea; esforcémonos en resucitar «para la resurrección de vida,» y no «para la resurrección de condenación.» Juan 5.29. Para el creyente en Jesucristo, la resurrección será la más grande de las bendiciones ; para el mundano, para el impío, para el profano, la resurrección será una miseria y una maldición. No descansemos hasta que nosotros moremos en Cristo y Cristo en nosotros, y entonces sí que podemos esperar regocijados la vida venidera.

Marcos 12:28-34

Estos versículos contienen una conversación entre nuestro Señor Jesucristo y « uno de los escribas.» Por tercera vez en un mismo día vemos a nuestro Señor puesto a prueba con una cuestión difícil. Habiendo reducido al silencio a los fariseos y saduceos, le piden que decida un punto en que había mucha divergencia de opiniones entre los judíos: « ¿Cuál es entre los mandamientos el primero de todos?» Razón tenemos de agradecer a Dios que tantas cuestiones difíciles fuesen propuestas a nuestro Señor ; pues sin esa circunstancia quizás nunca se hubieran dicho las palabras llenas de alta sabiduría que sus tres respuestas contienen. En este caso, y en otros muchos, vemos como Dios hace salir el bien del mal. Puede hacer que los asaltos más maliciosos de sus enemigos produzcan el bien de su iglesia, y redunden en Su alabanza. Puede hacer que la enemistad de los fariseos y saduceos se convierta en instrucción de Su pueblo. Que poco se imaginaban los tres que en este capítulo vemos preguntarle el gran beneficio que sus arteras cuestiones iban a conferir a toda la Cristiandad. «Del comedor sale la carne.» Jueces 14.16.

Observemos, en estos versículos, que elevada es la regla que Jesucristo propone de los deberes respecto a Dios y a los hombres.

La cuestión que le propuso el escriba era muy alta. ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? La respuesta que recibió fue muy distinta de la que probablemente se esperaba. De todas maneras, se equivocó completamente si creyó que nuestro Señor iba a recomendarle la práctica de algunas formas externas o ceremonias. Oyó estas palabras solemnes: « Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, y con todas tus fuerzas; este es el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a este, amarás a tu prójimo como a ti mismo..

¡Que impresión produce la manera con que el Señor pinta el entendimiento con que debemos mirar a Dios y a nuestro prójimo No solamente debemos obedecer al uno, y abstenernos de dañar a! otro; en ambos casos debemos dar algo más; tenemos que dar amor, el más fuerte de todos los afectos, y el más comprensivo. Esta regla lo incluye todo; hace innecesarios los detalles. Nada puede faltar intencionalmente donde hay amor.

¡Qué expresivo es también nuestro Señor cuando nos describe la medida con que debemos aMarcos a Dios y a nuestro prójimo! Debemos aMarcos a Dios más que a nosotros mismos, y con todo el poder de las facultades más íntimas de nuestro ser; nunca podremos amarlo bastante ni demasiado bien. Debemos aMarcos a nuestros prójimos como a nosotros mismos y hacerles bajo todos respectos lo que quisiéramos que nos hiciesen a nosotros. Clara y obvia es la profunda sabiduría de la distinción que establece. Podríamos fácilmente errar en nuestros afectos hacia los demás, ya por tenerlos exageradamente en mucho o en poco; por eso la regla es amarlos como a nosotros mismos, ni más ni menos. No podemos errar por exceso en nuestro amor a Dios. Es digno de todo lo que seamos capaces de tributarle, así es que debemos amarlo con todo nuestro corazón.

Tengamos continuamente presentes estas dos reglas tan ensalzadas, y usémoslas diariamente durante el viaje de la vida. Considerémoslas como un compendio de lo que debemos practicar tanto en lo que concierne a nuestras relaciones con Dios, como con los hombres. Juzguemos por ellas todas las dificultades que puedan asaltar nuestra conciencia, respecto a lo que es bueno y a lo que es malo. Feliz el hombre que se empeñe en amoldar su vida siguiendo siempre estas reglas.

Esta breve exposición nos enseña cual es el verdadero tipo de deber, y en que gran necesidad estamos todos por naturaleza de la expiación y mediación de nuestro Señor Jesucristo. ¿En donde están los hombres que puedan asegurar con verdad, que han amado de una manera perfecta a Dios y al hombre? ¿Donde hallar en la tierra una persona que no se confiese «criminal» al ser juzgado por esa ley? No es de admirarse que la Escritura diga: « No hay nadie justo, no, ni uno solo.» «Por las obras de la ley ninguna carne se justificará.» Rom. 3 2Sa_10:20. Una ignorancia grosera de las exigencias de la ley de Dios es tan solo lo que nos hace no darte el alto valor que tiene el Evangelio. Aquel que tiene la percepción más clara de la ley moral, será siempre el que tenga el juicio más elevado del valor de la sangre expiatoria del Cristo.

Observemos, además, en estos versículos, cuan adelantado puede un hombre estar en religión, y no ser, a pesar de eso, verdadero discípulo de Cristo. El escriba, en el pasaje que comentamos, era evidentemente un hombre de más saber que la mayor parte de los de su clase. Veía cosas que muchos escribas y fariseos nunca vieron; prueba evidente son sus mismas palabras. «Hay un Dios; y no hay otro más que El; y amarlo de todo corazón, y con todo el entendimiento, y con toda el alma, y con todas nuestras fuerzas, y aMarcos al prójimo como a sí mismo, vale más que holocaustos y sacrificios.» Estas palabras son muy notables, y tanto más si recordamos quien las dijo y en que época vivía; no nos maravilla, pues, leer después lo que nuestro Señor le dijo, «Tú no estás lejos del reino de Dios..

Pero no debemos cerrar los ojos al hecho, que en ningún lugar se nos dice que este hombre se hiciera discípulo de nuestro Señor; sobre este particular hay silencio profundo. Los pasajes paralelos en S. Mateo no arrojan ninguna luz sobre este caso, y nada nos dicen de él las otras partes del Nuevo Testamento.

Tenemos que deducir la desagradable conclusión, que, como el joven rico no pudo decidirse a abandonarlo todo y seguir a Cristo; o que, como algunos de los príncipes que se mencionan en otro lugar, « amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.» Juan 12.43. Por fin, aunque «no lejos del reino de Dios « probablemente nunca entró en él, y fuera de él murió.

Desgraciadamente, casos como el del escriba son harto comunes. Centenares de personas hay, que como él, ven mucho y .saben mucho de las verdades religiosas, y viven, sin embargo, y mueren indecisos. Pocas cosas hay que pasen tan desapercibidas como la altura a que pueden llegar muchas personas en sus progresos religiosos, y no obstante no convertirse nunca, ni nunca salvarse. Fijémonos bien en el caso de este hombre, y tengamos cuidado.

Guardémonos de fundar nuestra esperanza de salvación en conocimientos meramente intelectuales. Vivimos en una época en que se corre un gran peligro de hacerlo así. Al recibir educación los niños aprenden de la religión muchas cosas que sus padres ignoraban completamente. Pero la educación no hace solo a un hombre cristiano a los ojos de Dios. No debemos solamente conocer las principales doctrinas del Evangelio con nuestra inteligencia, sino recibirlas en nuestros corazones, y ser guiado por ellas en nuestras vidas. No descansemos hasta no haber entrado en el reino de Dios, hasta no habernos arrepentido de corazón, hasta que creamos fuertemente, hasta que no seamos nuevas criaturas en Cristo Jesús. Si nos quedamos satisfechos con «no estar lejos del reino» nos encontraremos al fin excluidos de él para siempre.

Marcos 12:35-44

Hemos visto, en la primera parte de este capítulo, como los enemigos de nuestro Señor procuraron «pescarlo en sus palabras.» Hemos visto como los fariseos, los saduceos, y los escribas le propusieron sucesivamente cuestiones difíciles, cuestiones que, no podemos menos de decirlo, eran más apropiadas para producir disputas y no edificación. El pasaje de que ahora nos ocupamos principia con una cuestión de un carácter muy diferente. Es nuestro Señor quien la propone. Dirige preguntas a sus enemigos sobre Cristo y la significación de las Sagradas Escrituras. Tales preguntas son siempre provechosas. Que gran bien seria para la iglesia que las discusiones teológicas giraran menos sobre fruslerías, y se ocupasen más de materias de peso, y de los puntos necesarios para nuestra salvación.

Aprendamos, en primer lugar, en estos versículos, cuanto se habla de Cristo en las Escrituras del Viejo Testamento. Nuestro Señor desea hacer pública la ignorancia de los maestros judíos respecto a la verdadera naturaleza del Mesías; y lo consigue citando un pasaje del libro de los Salmos, y probando que los escribas no lo entendían bien. Y al hacerlo nos muestra que Cristo era el tema, sobre el cual David fue inspirado por el Espíritu Santo para que escribiera.

Sabemos, por las propias palabras de nuestro Señor en otro lugar, que las Escrituras del Viejo Testamento « dan testimonio de Cristo.»Juan 5.39. El objeto de ellas fue enseñar a los hombres respecto a Cristo, por medio de tipos, de figuras y profecías, hasta que El mismo apareciera en la tierra. Deberíamos tener esto presente al leer el Antiguo Testamento, pero más aun al leer los Salmos. No hay duda que encontramos a Cristo por do quiera en la Ley y en los Profetas, pero en ninguna parte se le encuentra tanto como en el libro de los Salmos. Lo que experimentó y sufrió en su primera venida al mundo, su gloria futura y su segunda venida, son los principales temas de muchos pasajes de esa parte maravillosa de la palabra divina. Es un dicho muy verdadero que al leer los Salmos deberíamos esperar encontrarnos a Cristo tanto como a David.

Guardémonos de rebajar el mérito del Viejo Testamento ni de menospreciarlo. Considerado en el lugar que le corresponde, el Antiguo Testamento es tan valioso como el Nuevo. Probable es que hay en esa parte de la Biblia muchos pasajes muy ricos que aun no han sido explorados por completo. Hay en él pensamientos muy profundos respecto a Jesús, sobre los cuales muchos pasan como sobre minas de oro escondidas, sin saber los tesoros que huellan bajo sus plantas. Reverenciemos toda la Biblia, que toda ella es inspirada, y toda ella es provechosa. Una parte da luz y la otra, y ninguna puede descuidarse sin perjuicio y daño de nuestras almas. Un jactancioso desprecio de las Escrituras del Antiguo Testamento ha resultado siempre ser el primer paso en el camino de la incredulidad.

Aprendamos, en segundo lugar, en estos versículos, que odioso el pecado de la hipocresía en concepto de Cristo. Es una lección que nos da nuestro Señor al apercibirnos contra los escribas. Divulga algunas de sus prácticas mas notorias, la ostentación de sus trajes, su amor de los honores y de las alabanzas de los hombres con preferencia a la aprobación de Dios, su amor del dinero disfrazado bajo la capa de interés por las viudas, sus prolongadas devociones en público para hacer creer a los hombres que eran piadosos en grado eminente. Y termina esa solemne manifestación con estas palabras, «estos sufrirán mayor condenación..

De todos los pecados que el hombre puede cometer, ninguno parece más grave que las protestas falsas y la hipocresía; de todos modos, ninguno ha arrancado de los labios de nuestro Señor un lenguaje más duro, ni tan severas acusaciones. Muy malo es verse arrastrar cautivo de un pecado conocido, y ser esclavo de concupiscencias y placeres diversos; pero es peor aun hacer alarde de tener una religión, cuando en realidad se es esclavo del mundo. No incurramos en pecado tan abominable. Sea nuestra religión cual fuere, no nos cubramos con ningún manto. Seamos francos, honrados, verídicos en nuestro Cristianismo; que no podemos engañar a un Dios que todo lo ve. Quizás conseguiremos engañar a los hombres de corta vista y de pocos alcances, con nuestra conversación y nuestras protestas, con frases llenas de gazmoñería, y con nuestra devoción afectada: pero de Dios nadie se burla. Descubre y discierne los pensamientos é intentos del corazón. Tendremos el día del juicio cuando menos lo pensemos. La «alegría del hipócrita dura un momento.» Job 20.5. Su fin será la vergüenza y el desprecio eterno.

No debemos, sin embargo, olvidar nunca una circunstancia al hacer estas reflexiones sobre la hipocresía. No nos lisonjeemos con la idea, de que algunos no necesitan hacer ninguna profesión de religión, porque muchos la hacen falsa; es una ilusión muy general y de que debemos guardarnos cuidadosamente.

Porque algunos desconceptúen el Cristianismo haciendo profesión de lo que realmente no creen ni sienten, no debe decirse que nos lancemos al otro extremo, y que la expongamos al mismo menosprecie callándola cobardemente, y escondiendo nuestra religión de la vista de todos. Seamos especialmente cuidadosos en exornar nuestra doctrina con nuestras vidas. Probemos nuestra sinceridad siendo consecuentes en nuestra conducta. Probemos al mundo que si hay monedas falsas, también las hay buenas, y que la iglesia visible encierra en su seno cristianos que pueden hacer una buena confesión de fe, así como también escribas y fariseos. Confesemos a nuestro Maestro con modestia y humildad, pero con firmeza y decisión, y mostremos al mundo, que si algunos hombres son hipócritas, hay otros que son honrados y verídicos.

Aprendamos, por último, en estos versículos, cuan agradable es a Cristo el sacrificio que se hace al dar con liberalidad. Esta lección nos la da de una manera muy efectiva el Señor al recomendar la acción de una pobre viuda. Se nos dice que «miraba como el pueblo echaba» las contribuciones voluntarias que hacia para el servicio de Dios en el arca de la ofrenda.»Vio» a muchos que eran ricos echar mucho.»Al fin vio a esa pobre viuda echar todo lo que tenia para su sustento diario. Y entonces le oímos pronunciar estas solemnes palabras: «Esta pobre mujer ha echado más que todos:» más en concepto de Aquel que no considera tan solo la suma que se da, sino los recursos del donante; no solamente la cantidad con que se contribuye, sino los motivos y el corazón del contribuyente.

De las palabras de nuestro Salvador estas son las que más se pasan por alto. Hay millares de personas que recuerdan todos sus discursos doctrinales, y olvidan, sin embargo, este pequeño incidente de su ministerio terrestre. Pruebas de ello tenemos en las mezquinas y pobres contribuciones que se hace anualmente a la iglesia de Cristo y que han de aplicarse al bien del mundo. Pruebas tenemos de ello en las miserables y cortas entradas de todas las sociedades misioneras, en proporción de la riqueza de las iglesias. Pruebas de ello tenemos en las largas listas anuales de suscritores complacidos que se inscriben con cinco pesos, cuando podrían dar miles. La parcimonia de los que hacen profesión de cristianos, en todo lo que se refiere a Dios y a la religión, es uno de los pecados más escandalosos de la época, y uno de los peores signos de los tiempos. Los donantes a la causa de Cristo forman una pequeña fracción de la iglesia visible.

Probablemente uno de cada veinte bautizados sabe lo que es ser «rico para con Dios.» Lucas 12.21. La mayoría gasta pesos cuando de ellos se trata, y no da ni un centavo a Cristo.

Lamentemos este estado de cosas, y reguemos a Dios que lo enmiende. Supliquémosle que abra los ojos de los hombres, que despierte sus corazones, y que suscite en ellos un espíritu de liberalidad. Sobre todo, hagamos cada uno de nosotros nuestro deber, y demos liberal y alegremente para toda empresa cristiana mientras podamos; que no podremos dar cuando nos muramos. Demos recordando que Cristo tiene sus ojos fijos en nosotros. Aun ve exactamente lo que cada cual da, y sabe exactamente cuanto se reserva. Sobre todo, demos como los discípulos de un Salvador crucificado, que se dio a Sí mismo por nosotros en la cruz… Libremente hemos recibido, libremente demos.

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