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Marcos 11: La llegada del Rey

Cuando iban llegando, ya cerca de Jerusalén, a Betfagué y a Betania, Jesús mandó por delante a dos de Sus discípulos diciéndoles:

-Entrad en la aldea que tenéis enfrente, y, en cuanto entréis encontraréis un borriquillo atado en el que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traédmelo. Y si alguien os pregunta por qué estáis haciéndolo, decidle: «El Señor lo necesita; e inmediatamente lo devolverá.»

Ellos se adelantaron, y encontraron el borriquillo atado ala entrada de una casa en plena calle, y lo desataron. Y algunos de los que estaban por allí les dijeron:

-¿Qué estáis haciendo desatando el borriquillo?

Y ellos les dijeron lo que Jesús les había dicho que dijeran, y los dejaron marcharse.

Hemos llegado a la última etapa del viaje de Jesús. La había precedido la retirada alrededor de Cesarea de Filipo en el extremo Norte; luego habían pasado un tiempo en Galilea; habían estado después en las montañas de Judasa y en Transjordania; habían pasado por Jericó, y ahora llegaban a Jerusalén.

Tenemos que fijarnos en algo sin lo cual la historia es casi ininteligible. Cuando leemos los tres primeros evangelios, tenemos la idea de que esta fue la primera visita de Jesús a Jerusalén. Están interesados en contarnos la historia de la obra de Jesús en Galilea. Debemos tener presente siempre que los evangelios son muy cortos; en su corto espacio se apiña la obra de tres años, y los autores no tenían más remedio que seleccionar las cosas en las que querían insistir y de las que tenían un conocimiento especial. Y cuando leemos el cuarto evangelio, encontramos a Jesús frecuentemente en Jerusalén (Joh_2:13 ; Joh_5:1; Joh_7:10 ). De hecho encontramos que Jesús subía regularmente a Jerusalén para las grandes fiestas. No hay ninguna contradicción en este punto. Los tres primeros evangelios están interesados especialmente en el ministerio de Jesús en Galilea; y el cuarto, en el de Judasa. Sin embargo, también los primeros tres contienen indicaciones de que Jesús visitaba Jerusalén con cierta frecuencia. Tenemos Su estrecha amistad con Marta y María y Lázaro, una amistad que supone muchas visitas. Tenemos el hecho de que José de Arimatea era un amigo secreto Suyo. Y, sobre todo, tenemos el dicho de Jesús en Mat_23:37 , de que Jesús había querido a menudo reunir a los habitantes de Jerusalén como la gallina reúne a sus polluelos debajo de las alas, pero ellos Se lo habían impedido. Jesús no podría haber dicho eso si no fuera porque había hecho más de una llamada, que había recibido una fría respuesta. Esto explica el incidente del borriquillo. Jesús no dejaba las cosas para el último momento. Sabía lo que iba a hacer, y tiempo atrás había hecho los preparativos con un amigo. Cuando envió por delante a dos de Sus discípulos, les dio una consigna que había concertado de antemano: « El Señor lo necesita.» Esto no fue una decisión. improvisada y repentina de Jesús. Fue algo hacia lo que se había ido desarrollando toda Su vida.

Betfagué y Betania eran aldeas cercanas a Jerusalén. Probablemente Bet fagué quiere decir casa de higos, es decir, región abundante en higueras y el comercio de los higos; y Bet-ania quiere decir casa de dátiles, por razones parecidas. Deben de haber estado muy cerca de Jerusalén, porque sabemos por la ley judía que Betfagué era una de un círculo de aldeas que marcaban el límite de lo que se podía andar en sábado, es decir, cosa de un kilómetro; mientras que Betania era uno de los lugares dormitorio para los peregrinos de la Pascua cuando Jerusalén estaba llena.

Los profetas de Israel habían tenido a veces una manera característica de presentar su mensaje. Cuando las palabras resultaban insuficientes, recurrían a la acción dramática, como si dijeran: « Si no queréis oír, no tendréis más remedio que ver» (Cp. especialmente 1Ki_11:30-32 ). Estas acciones dramáticas eran lo que podríamos llaMarcosadvertencias o sermones representados. Ese método fue el que Jesús empleó aquí. Su acción fue una presentación dramática deliberada de Sus credenciales como Mesías.

Pero debemos fijarnos bien en lo que estaba haciendo. Había un dicho del profeta Zacarías (Zec_9:9 ): « ¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene a ti, justo y salvador, pero humilde, cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.» Todo el impacto está en que el Rey venía en son de paz. En Palestina, el asno no era una acémila despreciada, sino un animal noble. Cuando un rey iba a la guerra, su montura era un caballo; pero cuando iba en son de paz, cabalgaba en un asno. Ahora el burro es el paradigma del desprecio divertido, pero en los tiempos de Jesús era una montura de reyes. Pero debemos advertir la clase de Rey que Jesús proclamaba ser. Vino manso y humilde, pacíficamente y para traer la paz. Le saludaron como Hijo de David, pero no Le comprendieron.

Fue hacia este tiempo cuando se escribió el poema hebreo Los Salmos de Salomón. Representan la clase de. hijo de David que esperaban los judíos. Aquí tenemos su descripción:

Míralo, Señor, y suscítales un rey, un hijo de David, – en el momento que tú elijas, oh Dios, para que reine en Israel tu siervo.

Rodéale de fuerza, para quebrantar a los príncipes injustos, – para purificar a Jerusalén de los gentiles que la pisotean, destruyéndola,

para expulsar con tu justa sabiduría a los pecadores de tu heredad, – para quebrar el orgullo del pecador como vaso de alfarero, .

para machacar con vara de hierro todo su ser, para aniquilar a las naciones impías con la palabra de su boca,

para que ante su amenaza huyan los gentiles de su presencia – y para dejar convictos a los pecadores con el testimonio de sus corazones. (Salmos de Salomón 17:21-25

EL QUE VIENE

Marcos 11:7-10

Le trajeron el borriquillo a Jesús, y pusieron sus mantos sobre él y montaron a Jesús encima. Muchos de ellos extendieron sus mantos por la carretera, y otros cortaban ramas en los campos y las extendían sobre la carretera. Y unos iban delante y otros detrás sin dejar de gritar:

-¡Salva ahora! ¡Bendito sea el Reino de nuestro padre David que viene! ¡Envía Tu salvación desde las alturas del Cielo!

El asnillo que trajeron no lo había montado nunca nadie. Eso era idóneo, porque una acémila que hubiera de usarse para un propósito sagrado no podía haberse usado antes para un uso corriente. Así se estipulaba, por ejemplo, de la ternera roja cuyas cenizas limpiaban de la contaminación (Num_19:2 ; Deu_21:3 ).

El cuadro que se nos presenta es el de un populacho que no sabía lo que hacía. Nos muestra a una multitud de personas que creían en la realeza en términos de conquista, que era lo que pensaban desde hacía mucho tiempo. Curiosamente recuerda la entrada de Simón Macabeo en Jerusalén 150 años antes, después de aplastar a los enemigos de Israel en batalla: «Y a los veinte y tres días del mes segundo del año ciento y setenta y uno, entró en ella con alabanzas, y con ramos de palma, con arpas, y órganos, y címbalos, e himnos, y Cantares, por cuanto el enemigo grande de Israel había sido quebrantado» (1 Macabeos 13:51,13.0.). Le querían dar a Jesús una bienvenida de conquistador, pero no se hacían idea de la clase de conquistador que Él quería ser.

Los mismos gritos de la multitud demostraban por dónde iban sus pensamientos. Cuando extendían sus mantos por el suelo delante de Él hacía exactamente lo mismo que había hecho la multitud cuando el sanguinario Jehú fue ungido rey (2Ki_9:13 ). Gritaban: «¡Bendito el Que viene en el nombre del Señor!» Era una cita del Psa_118:26 , que debería leerse con una puntuación diferente: «¡Bendito en el nombre del Señor sea el Que viene!»

Hay aquí tres cosas acerca del grito en las que debemos fijarnos.

(i) Era el saludo normal que se dirigía a los peregrinos cuando llegaban al Templo con ocasión de las grandes fiestas.

(ii) «El Que viene» era el Mesías. Cuando los judíos hablaban del Mesías se referían a Él como El Que viene.

(iii) Pero es todo el origen del Salmo del que procedían las palabras lo que las hacía tremendamente sugestivas. En el año 167 a C. había surgido un rey extraordinario en Siria que se llamaba Antíoco. Había concebido la idea de que su deber era ser misionero del helenismo, e introducir la manera griega de vivir, el pensamiento griego y la religión griega hasta donde le fuera posible; hasta, si era necesario, por la fuerza. Trató de hacerlo en Palestina.

Por un tiempo sojuzgó Palestina. El tener un ejemplar de la Ley o el circuncidar a un niño eran crímenes que se castigaban con la muerte. Profanó los atrios del Templo. De hecho, hasta instituyó el culto del dios griego Zeus donde se había adorado a Jehová. Como un insulto deliberado ofreció carne de cerdo en el gran altar de los holocaustos. Convirtió las cámaras que bordeaban los atrios del Templo en burdeles. Hizo, en fin, todo lo que pudo por desarraigar la fe judía.

Fue entonces cuando se rebeló Judas Macabeo; y después de una alucinante carrera de victorias, expulso de Palestina a Antíoco y purificó y consagró de nuevo el Templo, un acontecimiento que conmemoraba, y todavía conmemora, la Fiesta de la Dedicación, en hebreo Januká. Y es muy probable que el Salmo 118 se escribiera para conmemorar aquel gran día de purificación, y para celebrar la victoria que había obtenido Judas Macabeo. Es el Salmo de un conquistador.

Una y otra vez vemos la misma tendencia en este incidente. Jesús había proclamado ser el Mesías; pero de tal manera que trataba de mostrar al pueblo que sus ideas acerca del Mesías estaban descaminadas; pero el pueblo no lo veía. Su bienvenida era la que habría correspondido, no al Rey del amor, sino al conquistador que hubiera derrotado a los enemigos políticos del reino de Israel.

En los versículos 9 y 10 aparece la palabra hosanna. Esta palabra se suele entender equivocadamente. Se cita y se usa como si fuera una alabanza; pero es una simple trascripción de la palabra hebrea que quiere decir ¡Salva ahora! Aparece en exactamente la misma forma en 2Sa_14:4 y 2Ki_6:26 , donde expresa el clamor del pueblo que pide ayuda y protección por parte del rey. Cuando el gentío gritaba hosanna, no era un grito de alabanza a Jesús, que es lo que parece cuando lo citamos o usamos, sino un grito que se dirigía a Dios para que irrumpiera y salvara a Su pueblo ahora que el Mesías había venido.

Ningún otro episodio nos muestra tan claramente como este el tremendo coraje de Jesús. En aquellas circunstancias, uno podría haber esperado que Jesús Se introdujera en Jerusalén de incógnito, y Se mantuviera a cubierto de las autoridades, que estaban dispuestas a eliminarle. En vez de eso, entró de tal manera que atrajo la atención de toda la gente. Una de las cosas más peligrosas que una persona puede hacer es dirigirse a un pueblo y decirle que todas sus ideas están equivocadas. Cualquiera que intente desarraigar los sueños nacionalistas de un pueblo se está buscando problemas. Pero eso fue precisamente lo que hizo Jesús. Aquí Le vemos haciendo la última llamada del amor, y haciéndola con un coraje verdaderamente heroico.

LA CALMA ANTES DE LA TEMPESTAD

Marcos 11:11

Y Se adentró en Jerusalén y entró en el Templo. Después de mirarlo todo alrededor, como ya era tarde, Se fue a Betania con los Doce.

Este sencillo versículo nos muestra dos cosas que eran características de Jesús.

(i) Nos muestra a Jesús decidiendo Su táctica. Todo el ambiente de los últimos días era de deliberación. Jesús no Se estaba metiendo inconscientemente en peligros desconocidos. Todo lo hacía con los ojos bien abiertos. Cuando miró todo alrededor era como un general que estudiará la fuerza del enemigo y sus propios recursos para la batalla decisiva.

(ii) Nos muestra cómo recibía Jesús Su fuerza. Volvió a la paz de Betania. Antes de enfrentarse con los hombres buscó la presencia de Dios. El secreto de Su coraje era que tenía un encuentro con Dios cada día antes de salir al encuentro con los hombres.

Este breve pasaje nos muestra también algo acerca de los Doce. Todavía estaban con Él. Por entonces ya se habían dado cuenta perfectamente de que Jesús estaba jugándose la vida. Así les parecía a ellos. Algunas veces los criticamos por su falta de lealtad en los últimos días; pero es una prueba a su favor que, comprendiendo tan poco lo que estaba pasando, todavía se mantuvieron con Él.

LA HIGUERA ESTÉRIL

Marcos 11:12-14, 20-21

Cuando al día siguiente iban saliendo de Betania, Jesús tenía hambre. Vio una higuera frondosa en la distancia; y Se dirigió a ella para ver si tenía algún fruto. Cuando Se acercó, vio que no tenía más que hojas, porque todavía no era el tiempo de los higos. Y Jesús le dijo: –¡Que nadie coma nunca tu fruto! Y Sus discípulos Le oyeron decirlo.

Cuando. iban pasando por la carretera al día siguiente de madrugada vieron que la higuera se había secado, desde sus raíces. Pedro se acordó de lo que Jesús había dicho el día antes y dijo: -¡Maestro! ¡Fíjate! ¡La higuera que maldijiste se ha secado!

Aunque la historia de la higuera se encuentra separada en dos partes en Marcos, la tomamos en conjunto. La primera parte sucedió la mañana del primer día, y la segunda parte la mañana del día siguiente, y cronológicamente la Purificación del Templo sucedió entre ambas partes. Pero, como estamos tratando de descubrir el sentido de la historia, lo mejor será que las consideremos juntas.

No cabe duda que, sin excepción, esta es la historia evangélica más difícil de entender. El tomarla literalmente como un reportaje de algo que sucedió tal como se nos cuenta presenta dificultades que nos parecen insuperables.

(i) La historia no parece cierta. Francamente, todo el incidente no parece digno de Jesús. Parece haber una cierta petulancia en el relato. Es la clase de historias que se cuentan de ciertos milagreros, pero nunca de Jesús. Además, tenemos esta dificultad fundamental: Jesús siempre Se había negado a usar Sus poderes milagrosos en Su propio provecho. No quiso convertir las piedras en pan para saciar Su propia hambre. Se negaba a usar Sus poderes milagrosos para escaparse de Sus enemigos. Él no usó nunca Su poder en Su propio provecho. Y sin embargo aquí parece usar Su poder para destruir un árbol que Le había defraudado cuando tenía hambre.

Peor todavía: toda la acción carece de sentido. Era la época de la Pascua, es decir, al principio de la primavera. La higuera, si se encuentra en un lugar protegido, puede que haya echado hojas para entonces, pero nunca da fruto hasta el final de la primavera o en principio del verano, mayo o junio. Marcos dice que no era tiempo de higos. ¿Por qué destruir un árbol por dejar de hacer lo que no le era posible hacer? Sería, no sólo irracional, sino también injusto. Por eso algunos comentadores, para salir del paso, dicen que Jesús estaba buscando higos verdes, todavía sin madurar, en sus primeras etapas; pero tales higos verdes son desagradables, y no se comen nunca.

Toda esta historia no parece estar de acuerdo con Jesús en absoluto. ¿Qué podemos decir acerca de ella?

Si hemos de toMarcosesto como el relato de algo que sucedió efectivamente, debemos tomarlo como una parábola representada. Debemos, de hecho, tomarla como una de aquellas acciones proféticas, simbólicas, dramáticas. Si la tomamos de esa manera, puede interpretarse como la condenación de dos cosas.

(i) Es la condenación de la promesa sin su cumplimiento. Las hojas del árbol se podían interpretar como una promesa de fruto; pero no había fruto. Es la condenación específica del pueblo de Israel. Toda su historia había sido una preparación para la venida del Escogido de Dios. Toda la promesa de su tradición nacional era que, cuando el Escogido viniera, estarían ansiosos por recibirle. Pero cuando vino de hecho, esa promesa no se cumplió.

Charles Lamb cuenta la historia de un cierto Samuel le Grice. Hubo tres etapas en su vida. Cuando era joven, se decía de él: «Será algo.» Cuando ya fue mayor, y no llegó a nada, dijeron: «Podría ser algo, si quisiera.» Hacia el final, decían de él: «Habría podido ser alguien, si lo hubiera intentado.» Su vida era la historia de una promesa que no se cumplió nunca. En este incidente tenemos una parábola representada que simboliza la condenación de la promesa que no se cumple.

(ii) Es la condenación de la profesión sin la práctica. Podría entenderse que el árbol con sus hojas profesaba ofrecer algo, pero no tenía nada que dar. Todo el clamor del Nuevo Testamento es que una persona sólo se puede conocer por los frutos de su vida. «Por sus frutos los conoceréis» (Mat_7:16 ). «Producid frutos dignos e arrepentimiento» (Luk_3:8 ). No es el que dice piadosamente «Señor, Señor,» el que entrará en el Reino, sino el que hace la voluntad de Dios Mat_7:21 ). A menos que la religión le haga a uno mejor persona y más útil, y más feliz su hogar, y una vida mejor para los que están en contacto con él, no es religión ni nada que se le parezca. Nadie puede pretender ser un seguidor de Jesucristo y seguir siendo tan totalmente distinto del Maestro a Quien profesa aMarcos

Si tomamos este incidente literalmente y es una parábola representada, ese debe de ser su sentido; pero, por muy relevantes que sean estas lecciones, parece difícil extraerlas del incidente, porque era totalmente irracional esperar que la higuera produjera higos cuando todavía faltaban seis semanas.

Entonces, ¿qué podemos decir? Lucas no cuenta este episodio, pero tiene la parábola de la higuera estéril (Luk_13:6-9 ). Ahora bien, esa parábola tiene un final indeciso. El amo de la viña quería desarraigarla, pero el jardinero propuso que se le diera otra oportunidad. Al parecer se le dio la última oportunidad; y se quedó de acuerdo que si daba fruto se la dejaría, pero si no se la quitaría de en medio. ¿No podría ser que este incidente fuera una especie de continuación de esa parábola? El pueblo de Israel había tenido su oportunidad. No se había conseguido que diera fruto, y entonces llegó el tiempo de su destrucción. Se ha sugerido -y es perfectamente posible- que en el camino de Betania a Jerusalén hubiera una higuera solitaria seca. Bien puede ser que Jesús dijera a Sus discípulos: «¿Os acordáis de la parábola que os conté acerca de la higuera estéril? Israel sigue siendo estéril, y será destruido como ese árbol.» Bien puede ser que aquel árbol solitario se asociara en la mente de algunos con el dicho de Jesús acerca del destino de la esterilidad, y así surgió la historia.

Que el lector lo tome como mejor le parezca. A nosotros nos parecen insuperables las dificultades para tomarla literalmente. Nos parece ser de alguna manera relacionada con la parábola del árbol estéril. Pero, en cualquier caso, la lección del pasaje es que la inutilidad invita al desastre.

LA IRA DE JESÚS

Marcos 11:15-19

Llegaron a Jerusalén, y cuando Jesús entró en el recinto sagrado, empezó a echar a los que vendían y compraban en el lugar santo, y volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas; y no permitía que nadie llevara ninguna carga por el lugar sagrado. La carga de Su enseñanza y de lo que decía era:

-¿Es que no está escrito: « Mi casa será llamada una casa de oración para todos los pueblos; « pero vosotros la habéis convertido en una guarida de bandoleros?

Los principales sacerdotes y los maestros de la Ley Le oyeron, y se pusieron a buscar la manera de eliminarle; pero tenían miedo de Él, porque toda la concurrencia estaba alucinada con Su enseñanza.

Y cuando llegó la tarde, Él salió de la ciudad.

Nos imaginaremos mejor esta escena si tenemos en mente la configuración del recinto del Templo. Hay dos palabras para templo íntimamente relacionadas en el Nuevo Testamento. La primera es hierón, que quiere decir el recinto sagrado. Esto incluía la totalidad del área del Templo, que cubría la cima del monte Sión y tenía una extensión de unos 30 acres. Estaba rodeada de grandes murallas que variaban, a cada lado, de 400 a 300 metros de longitud. Había un amplio espacio exterior que se llamaba el Atrio de los Gentiles. Allí podía entrar cualquiera, fuera judío o gentil. En el límite interior del Atrio de los Gentiles había una pared baja con carteles que decían que si un gentil pasaba aquel punto tenía la pena de muerte. El siguiente atrio se llamaba el Atrio de las Mujeres. Se llamaba así porque ninguna mujer podía pasar más adelante a menos que viniera a ofrecer sacrificio. El siguiente era el Atrio de los Israelitas. En él se reunía la congregación en las grandes ocasiones, y desde él se entregaban las ofrendas a los sacerdotes. El atrio más interior era el Atrio de los Sacerdotes.

La otra palabra importante es naós, que quiere decir el Templo propiamente dicho, y que estaba en el Atrio de los Sacerdotes. Toda la zona, incluyendo todos los diferentes atrios, era el recinto sagrado (hierón). El edificio especial que estaba dentro del Atrio de los Sacerdotes era el Templo (naós). Este incidente tuvo lugar en el Atrio de los Gentiles. Poco a poco el Atrio de los Gentiles se había ido secularizando totalmente. Se había diseñado para ser un lugar de oración y de preparación; pero tenía en tiempos de Jesús un ambiente comercializado de compra-venta que hacía imposibles la oración y la meditación. Lo que ponía las cosas todavía peor era que el negocio que se practicaba allí era una vergonzosa explotación de los peregrinos.

Cada judío tenía que pagar un impuesto al templo de medio siclo al año. Eso suponía unas 12 pesetas. No parece mucho, pero hay que tener en cuenta que el salario medio diario de un obrero era 7 pesetas. Ese impuesto tenía que pagarse en una clase especial de moneda. Para los propósitos normales, la moneda griega, romana, siria, fenicia, tina eran todas igualmente válidas; pero este impuesto tenía que pagarse en siclos del santuario. Se pagaba hacia el tiempo de la Pascua. Venían judíos de todas las partes del mundo para la Pascua, y con toda clase de monedas. Cuando iban a cambiar su dinero, tenían que pagar un impuesto de 2 pesetas, y tenían que tener la cantidad exacta para el impuesto, porque si había que devolverles algo tenían que pagar otras 2 pesetas para que se les diera el cambio. Casi todos los peregrinos tenían que pagar ese extra de 4 pesetas antes de pagar su impuesto. Debemos recordar que eso suponía la mitad del salario de un día, lo que era una cantidad de dinero considerable para la mayoría.

Las palomas se incluían ampliamente en el sistema sacrificial (Lev_12:8 ; Lev_14:22 ; Lev_15:14 ). Un animal para el sacrificio tenía que ser sin defecto. Las palomas se podían comprar bastante baratas fuera del Templo; pero los inspectores de los sacrificios era seguro que les encontrarían algún defecto; así es que se aconsejaba a los adoradores que las compraran en los puestos del templo. Las palomas costaban fuera 7 pesetas la pareja, y dentro nada menos que 150 pesetas. De nuevo se trataba de un abuso; y lo que lo hacía aún más flagrante era que este negocio de compra-venta pertenecía a la familia de Anás, que había sido sumo sacerdote.

Los mismos judíos eran plenamente conscientes de este abuso. El Talmud nos dice que Rabí Simón ben Gamaliel, al enterarse de que una pareja de palomas costaba dentro del Templo una moneda de oro, insistió en que el precio se redujera a una moneda de plata. Fue el hecho que explotaran a los pobres y humildes peregrinos lo que provocó la ardiente indignación de Jesús. El gran investigador Lagrange, que conocía tan bien el Oriente, nos dice que la misma situación se daba todavía en su tiempo en La Meca. El peregrino que busca la divina presencia se encuentra en medio de un gentío ruidoso donde la única finalidad de los vendedores es cobrar el precio más alto posible, y donde los peregrinos discuten y se defienden con igual fiereza.

Jesús usó una metáfora gráfica para describir el atrio del Templo. La carretera de Jerusalén a Jericó era famosa por sus bandoleros. Era una carretera estrecha y sinuosa que pasaba entre desfiladeros rocosos. Entre las rocas había cuevas en las que los bandidos acechaban, y Jesús dijo: «Hay bandidos peores en los atrios del Templo que los de las cuevas de la carretera de Jericó.»

El versículo 16 contiene la extraña afirmación de que Jesús no permitía que nadie llevara una bolsa por los atrios del Templo. De hecho el atrio del Templo se usaba como un atajo para ir de la parte oriental de la ciudad al monte de los Olivos. La misma Misná establece: «Una persona no puede entrar en el recinto del templo con bastón, o sandalias, o bolsa, ni con polvo en sus pies, ni lo puede usar como un atajo. « Jesús estaba recordándoles a los judíos sus propias leyes. En Su tiempo los judíos respetaban tan poco la santidad de los atrios exteriores del Templo que los usaban como lugar de paso para sus recados y negocios. Fue a las propias leyes de los judíos a las que Jesús quería dirigir la atención de ellos, y fueron sus propios profetas los que les citó (Isa_53:7 y Jeremías 7: I1).

¿Qué suscitó hasta tal punto la ira de Jesús?

(i) Se indignó con la explotación de los peregrinos. Las autoridades del Templo estaban tratándolos, no como adoradores, ni siquiera como seres humanos, sino como objetos que se podían explotar para sus propios fines. La explotación del hombre por el hombre siempre provoca la ira de Dios, y más aún cuando se hace so capa de religiosidad.

(ii) Estaba indignado con la profanación del santuario de Dios. La gente había perdido el sentido de la presencia de Dios en la casa de Dios. Al comercializar lo sagrado estaban profanándolo.

(iii) ¿Es posible que Jesús tuviera un motivo más profundo para Su indignación? Citó Isa_56:7 : «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.» Sin embargo, en el Templo que se consideraba supremamente la misma casa de Dios había una pared que impedía la entrada a los gentiles bajo pena de muerte. Bien puede ser que Jesús fuera movido a indignación por el exclusivismo del culto judío, y que quisiera recordarles a los judíos que Dios no los amaba sólo a ellos, sino a todo el mundo.

LAS LEYES DE LA ORACIÓN

Marcos 11:22-26

Jesús les contestó:

-Tened confianza en Dios. Os digo la verdad: El que le diga a esta montaña: «Levántate y arrójate al mar,» sin albergar ninguna duda en su corazón, sino creyendo que lo que dice sucederá, se le cumplirá. Así que Yo os digo: Dad por recibido todo lo que pidáis en oración, y se os cumplirá. Siempre que os pongáis a orar, si tenéis algo contra alguien, perdonadlo, para que vuestro Padre que está en el Cielo os perdone vuestros fallos.

Ahora volvemos a los dichos de Jesús que Marcos incluye en la historia de la maldición de la higuera. Ya hemos notado más de una vez que algunos dichos de Jesús se quedaron indeleblemente grabados en la memoria de los oyentes, pero se olvidó la ocasión en que los había dicho. Este es uno de ellos. El dicho acerca de la fe que puede mover montañas aparece también en Mateo 17.20 y en Luk_17:6 , y en cada uno de los evangelios aparece en un contexto totalmente diferente. La razón es que Jesús probablemente lo dijo más de una vez, y el contexto original se olvidó a menudo. El dicho acerca de la necesidad de perdonar a nuestros semejantes se encuentra en Mat_6:12 y 14, otra vez en un contexto totalmente diferente. Debemos considerar estos dichos independientemente del incidente particular en que se incluyen, como reglas generales que Jesús estableció repetidamente.

Este pasaje nos da tres reglas acerca de la oración.

(i) Debe ser una oración de fe. La frase acerca de trasladar montañas era una frase judía bastante corriente. Se aplicaba especialmente a suprimir, o superar, dificultades. Se usaba especialmente en referencia a los maestros sabios. Un buen maestro que pudiera eliminar las dificultades con que se enfrentaba la mente de sus estudiantes se llamaba un eliminador de montañas. Uno que oyó enseñar a un famoso rabino dijo que « vio a Resh Lajish como si estuviera quitando montañas de en medio.» Así que la frase quiere decir que, si tenemos verdadera fe, la oración es un poder que puede resolver cualquier problema, y capacitarnos para enfrentarnos con cualquier dificultad y vencerla. Eso parece muy sencillo, pero conlleva dos cosas.

La primera, implica que debemos estar dispuestos a llevarle a Dios nuestros problemas y dificultades. Esa es ya en sí una prueba muy real, porque algunas veces nuestros problemas consisten en que queremos obtener algo que no deberíamos ni desear, o que queremos encontrar la manera de hacer algo que no deberíamos ni pensar en hacer, que queremos justificarnos por hacer algo a lo que no deberíamos dedicar nuestro esfuerzo ni pensamiento. Uno de las grandes pruebas de cualquier problema es sencillamente decir: «¿Puedo realmente llevárselo a Dios, y pedirle Su ayuda?» Lo segundo, implica que debemos estar dispuestos a aceptar la dirección de Dios cuando Él nos la ofrezca. Es la cosa más corriente del mundo el pedir consejo cuando todo lo que uno quiere realmente es que se le dé la aprobación a alguna opción que ya está decidido a llevar a cabo. Es inútil ir a Dios para pedir Su dirección a menos que estemos dispuestos a ser lo bastante obedientes como para aceptarla. Pero si Le llevamos a Dios nuestros problemas y somos lo bastante humildes y valientes como para aceptar Su dirección, se nos da el poder que puede conquistar las dificultades de pensamiento y de ejecución.

(ii) Debe ser una oración expectante. Es un hecho universal que cualquier cosa que se emprende en un espíritu de expectación confiada tiene más de doble posibilidades de éxito. El enfermo que va al médico y no tiene ninguna confianza en el tratamiento que le prescriba tiene muchas menos posibilidades de ponerse bien que el que tiene confianza en que el médico le puede curar. Cuando oramos, no debemos hacerlo meramente por rutina. No debe ser nunca nuestra oración un rito sin esperanza.

James Bums cita una escena del libro de Leonard Merrick Conrad in quest of his youth -Conrad ala busca de su juventud: «¿Crees tú que las oraciones se contestan alguna vez? -preguntó Conrad-. He mandado para arriba muchas toda mi vida, y siempre he hecho un esfuerzo por convencerme de que alguna oración se me había contestado antes. Pero lo sabía muy bien. Sabía en lo más íntimo que ninguna había sido contestada. Cosas que yo quería me vinieron; pero, lo digo con toda reverencia, demasiado tarde . …» El señor Inquetson se pasó la fina mano por las ceSantiago «Una vez -empezó en tono confidente- iba yo, paseando con un amigo por la calle Grosvenor. Era por el tiempo de primavera, cuando les da a los inquilinos por darle una capa de pintura a sus casas, y llegamos a una escalera que estaba apoyada contra una casa que estaban pintando. Al pasar por el lado de fuera de la escalera, mi amigo se descubrió, y le hizo un gesto de saludo. Conocerás esa superstición. Él era un graduado, hombre de cultura por encima de lo normal. Yo le dije: «¿Pero es que tú crees en esa tontería?» Él dijo: «No, no es que lo crea; pero nunca doy nada por sentado.»» De pronto, el tono del vicario cambió, y se hizo solemne, inquietante y devoto: «Creo, señor, que la mayor parte de la gente aplica al orar el principio de mi amigo: No creen en la oración, pero no descartan la posibilidad de que funcione alguna vez.»

Hay mucha verdad en esto. Para muchas personas la oración es, o un rito piadoso, o una esperanza desesperada. Pero debería ser una cuestión de ardiente expectación. Puede que nuestro problema sea que lo que queremos de Dios sea nuestra respuesta, y no reconocemos Su respuesta cuando llega.

(iii) Debe ser una oración de amor. La oración de un amargado no puede atravesar el muro de su propia amargura. ¿Por qué? Si hemos de hablar con Dios, tiene que haber algún contacto entre nosotros y Él. No puede haber ninguna intimidad entre dos personas que no tienen nada en común. El principio fundamental de Dios es el amor, porque Dios es amor. Si el principio determinante del corazón de una persona es la amargura, levanta una barrera entre sí y Dios. Para que la oración de tal persona sea contestada tendrá que pedirle a Dios que le limpie el corazón de ese espíritu de amargura, y le infunda el espíritu del amor. Entonces podrá hablar con Dios, y Dios podrá contestarle.

PREGUNTA ASTUTA Y RESPUESTA IMPACTANTE

Marcos 11:27-33

Una vez más llegaron a Jerusalén; y, cuando Jesús iba andando por el Templo, los principales sacerdotes y los maestros de la Ley y los ancianos se dirigieron a El y Le preguntaron:

-¿Con qué clase de autoridad haces Tú estas cosas? O ¿quién Te autorizó para hacer estas cosas?

-Yo también os plantearé una cuestión -les contestó Jesús-; y, si me la resolvéis, os diré con qué clase de autoridad hago estas cosas: ¿Era el bautismo de Juan cosa del Cielo o cosa de hombres? ¡Contestadme!

Ellos se pusieron a discutir el asunto entre sí.

-Si decimos: «Del Cielo,» Él dirá: «Entonces, ¿por qué no le creísteis?» Pero, ¿qué si decimos: «De los hombres»? -Porque le tenían miedo a la gente, porque todos creían sinceramente que Juan era un profeta. Así es que Le contestaron a Jesús:

-Pues no lo sabemos.

Y entonces Jesús les dijo también a ellos:

-Pues tampoco Yo os digo con qué clase de autoridad hago estas cosas.

En el recinto del Templo había dos claustros famosos, uno hacia el Este y otro al lado Sur del Atrio de los Gentiles. El del Este se llamaba el Pórtico de Salomón. Era una arcada impresionante hecha de columnas corintias de 10 metros de altura. El del Sur era todavía más espléndido. Se llamaba el Claustro Real. Estaba formado por cuatro hileras de columnas de mármol blanco, cada una de las cuales tenía dos metros de diámetro y ocho metros de altura. Había 162 columnas. Era corriente que los rabinos y los maestros se pasearan por estos atrios enseñando al mismo tiempo. Casi todas las grandes ciudades de los tiempos antiguos tenían estos claustros. Protegían del sol y del viento y la lluvia, y de hecho era en estos lugares donde se enseñaba la mayor parte de las ideas religiosas y filosóficas. Una de las escuelas de pensamiento más famosas de la antigüedad fue la de los estoicos. Recibieron su nombre del hecho de que Zenón, su fundador, enseñaba mientras se paseaba por el Stoá Poikilé, el Pórtico Pintado, de Atenas. La palabra stoá quiere decir pórtico o arcada, y los estoicos eran la escuela del Porche. Fue en estos claustros del Templo donde Jesús estuvo paseando y enseñando.

Se dirigió a Él una diputación de principales sacerdotes y maestros de la Ley, es decir, escribas, rabinos y ancianos. Eran en realidad una delegación del Sanedrín, que estaba formado por estos tres grupos. Le dirigieron a Jesús una pregunta muy natural. El que una persona privada, por su cuenta, limpiara el Atrio de los Gentiles de sus comerciantes oficiales y habituales era algo alucinante. Así es que Le preguntaron a Jesús: «¿Con qué clase de autoridad actúas de esa manera?»

Esperaban colocar a Jesús en un dilema. Si contestaba que estaba actuando bajo Su propia autoridad podrían muy bien arrestarle por actuar como un megalómano antes de que les pusiera en más aprietos. Si decía que estaba actuando bajo la autoridad de Dios, podrían muy bien arrestarle por un obvio delito de blasfemia sobre la base de que Dios nunca le daría a ninguna persona autoridad para crear un disturbio en los atrios de Su propia Casa. Jesús vio con toda claridad el dilema en que trataban de envolverle, y Su respuesta los colocó a ellos en un dilema que era todavía peor. Dijo que les respondería con la condición de que ellos Le contestaran a una pregunta:

«¿Fue la obra de Juan el Bautista, en vuestra opinión, humana o divina?»

Esto los colocaba literalmente entre la espada y la pared. Si decían que era divina, sabían que Jesús les preguntaría por qué entonces se opusieron a ella. Peor todavía: Si decían que era divina, Jesús les podía contestar que Juan Le había señalado a Él de hecho, y que por tanto Él tenía una acreditación divina, y no necesitaba más autoridad. Si estos miembros del Sanedrín estaban de acuerdo en que la obra de Juan era divina, se verían obligados a aceptar a Jesús como el Mesías. Por el contrario, si decían que la obra de Juan había sido meramente humana, cuando Juan tenía la distinción adicional de ser un mártir, sabían perfectamente que la audiencia provocaría un motín. Así es que se vieron obligados a decir cobarde y débilmente que no lo sabían; y por tanto Jesús Se les evadió de la obligación de darle ninguna respuesta a su pregunta.

Toda la escena es un ejemplo gráfico de lo que les sucede a las personas que se niegan a enfrentarse con la verdad. Tienen que retorcerse y dar vueltas y acabar por enredarse en una situación en la que están tan desesperadamente involucrados que no tienen nada que decir. La persona que encara la verdad puede que pase la humillación de decir que estaba equivocada, o el peligro de mantenerla; pero, por lo menos, tiene un futuro firme y luminoso. El que se niega a enfrentarse con la verdad no tiene más perspectiva que la de involucrarse más y más en una situación que le incapacita e imposibilita.

Marcos 11:1-33

11.1, 2 Esto ocurrió el domingo de la semana cuando crucificaron a Cristo y la gran Fiesta de la Pascua iba a comenzar. Desde todos los rincones del mundo romano, los judíos iban a Jerusalén durante esta larga semana de celebración para recordar la salida de Egipto (véase Exo_12:37-51). Muchos habían oído de Jesús o lo habían visto y esperaban que El fuera al templo (Joh_11:55-57).

Jesús llegó, no como un rey, sino montado en un asno en el que nunca antes nadie había montado. A menudo los reyes acudían a la guerra montados en caballos o en carros, pero Zacarías (Joh_9:9) profetizó que el Mesías vendría en paz sobre un humilde asno, sobre un pollino hijo de asna. Jesús sabía que quienes lo oyeran enseñar en el templo volverían a sus casas en cualquier parte del mundo anunciando la venida del Mesías.

11.9, 10 La gente exclamaba: «¡Hosanna!» (que significa «¡salva ahora!»). Así daban cumplimiento total a la profecía de Zec_9:9. (Véanse Psa_24:7-10; Psa_118:26.) Hablaron del regreso del reino de David basándose en las palabras de Dios al salmista en 2Sa_7:12-14. Veían muy bien en Jesús el cumplimiento de esas profecías, pero no entendían la proyección que tendría el Reino de Cristo. Cuando solo algunos días más tarde llevaron a Jesús al tribunal, esa misma multitud gritó: «¡Crucifícale!»

11.11-21 Hay dos partes en este inusual incidente: La maldición de la higuera y la limpieza del templo. La maldición de la higuera fue una parábola escenificada relacionada con la limpieza del templo. El templo era un lugar de adoración, pero la verdadera adoración había desaparecido. La higuera prometía frutos, pero no producía nada. Jesús manifestó su enojo por las vidas religiosas sin fruto. Si andamos mostrando religiosidad pero no la ponemos en acción en nuestras vidas, seremos como la higuera que se secó y murió. La fe genuina tiene un gran poder. Pídale a Dios que le ayude a producir frutos para su Reino.

11.13-26 La higuera, una fuente económica y popular de alimentación en Israel, demoraba tres años en dar fruto luego de plantarse. Cada árbol produce una gran cantidad de fruto, el cual se cosecha dos veces al año: a finales de la primavera y a comienzos del otoño. Este incidente ocurrió cerca de la primavera, cuando las hojas empezaban a brotar. Los higos casi siempre crecen junto con las hojas, pero este árbol en particular, aunque estaba lleno de hojas, no tenía higos, lo que significa que ese año no daría fruto. El árbol se veía prometedor, pero no tenía fruto. Las palabras duras de Jesús connotaban que la nación de Israel era como esta higuera. Debía dar fruto, pero era espiritualmente estéril.

11.15-17 Jesús se enojó, pero no pecó. Hay lugar para una justa indignación. Los cristianos deberíamos oponernos al pecado y la injusticia tomando una posición activa en su contra. Es lamentable, pero a menudo los creyentes somos pasivos respecto a estos asuntos tan importantes o nos enojamos en lugar de superar cualquier insulto personal u ofensas insignificantes. Asegurémonos que nuestra indignación esté bien dirigida.

11.15-17 Los cambistas de dinero y los comerciantes hacían grandes negocios durante la Fiesta de la Pascua. Los que venían de países extranjeros tenían que cambiar su dinero por la moneda judía, que era la única aceptada en el templo para cuestiones de impuestos y para comprar animales para el sacrificio. A menudo, las especulativas tasas en el cambio enriquecían a los cambistas y los exorbitantes precios de los animales enriquecían a los comerciantes. Instalaban sus puestos en el atrio de los gentiles en el templo, con lo que frustraban las intenciones de los gentiles que iban a adorar a Dios (Isa_56:6-7). Jesús se enojó porque la casa de adoración de Dios llegó a ser un lugar de extorsión y una barrera para que los gentiles ofrecieran su oración.

11.22, 23 El tipo de oración de la que hablaba Jesús es la oración por la fecundidad del Reino de Dios. Orar que una montaña sea echada en el Marcosno tiene nada que ver con la voluntad de Dios, pero Jesús usó esa figura para enseñar que para Dios es posible hacer lo imposible. Dios contesta las oraciones, pero no debido a una actitud mental positiva. Deben reunirse otras condiciones como: (1) ser creyentes; (2) no tener nada en contra de otros; (3) no orar por motivos egoístas; (4) que sea para el bien del Reino de Dios. Para orar con eficacia tenemos que tener fe en Dios, no en el objeto de nuestra petición. Si ponemos nuestra fe en el objeto de nuestra petición, no tendremos nada cuando se nos niegue lo pedido.

11.24 Jesús, nuestro ejemplo en la oración, oró una vez diciendo: «Todas las cosas son posibles para ti[…] mas no lo que yo quiero, sino lo que tú» (Mar_14:36). A menudo oramos motivados por nuestros intereses y deseos. Nos gusta oír que podemos tener cualquier cosa. Pero cuando Jesús oró, lo hizo con los intereses de Dios en mente. Cuando oramos, podemos expresar nuestros deseos, pero que la voluntad de Dios esté sobre la nuestra. Examínese para ver si sus oraciones se centran en sus intereses o en los de Dios.

11.27ss Los líderes religiosos preguntaron a Jesús quién le dio la autoridad para echar a los mercaderes y cambistas. Esta pregunta, sin embargo, escondía una trampa. Si Jesús decía que la autoridad la recibió de Dios, lo acusarían de blasfemia; si decía que lo hizo con su propia autoridad, lo desacreditarían y lo echarían por fanático. Para descubrir sus verdaderos propósitos, Jesús atacó la pregunta con otra acerca de Juan el Bautista. El silencio de los fariseos probó que no les interesaba en lo más mínimo la verdad. Lo que querían simplemente era librarse de Jesús porque les socavaba su autoridad.

11.30 Si desea más información, véase el perfil de Juan el Bautista en Juan 1.

CARACTERISTICAS CLAVE DE CRISTO EN LOS EVANGELIOS

Jesús es el Hijo de Dios: Mat_16:15-16; Mar_1:1; Luk_22:70-71; Joh_8:24

Jesús es Dios hecho Hombre: Joh_1:1-2, Joh_1:14; Joh_20:28

Jesús es el Cristo, el Mesías: Mat_26:63-64; Mar_14:61-62; Luk_9:20; Joh_4:25-26

Jesús vino para ayudar a los pecadores: Luk_5:32; Mat_9:13

Jesús tiene poder para perdonar pecados: Mar_2:9-12; Luk_24:47

Jesús tiene autoridad sobre la muerte: Mar_5:22-24, Mar_5:35-42; Joh_11:1-44; Luk_24:5-6; Mat_28:5-6

Jesús tiene poder para dar vida eterna: Joh_10:28; 17.2

Jesús sanaba a los enfermos: Mat_8:5-13; Mar_1:32-34; Luk_5:12-15; Joh_9:1-7

Jesús enseñaba con autoridad: Mar_1:21-22; Mat_7:29

Jesús fue compasivo: Mar_1:41; Mar_8:2; Mat_9:36

Jesús experimentó tristeza: Mat_26:38; Joh_11:35

Jesús nunca desobedeció a Dios: Mat_3:15; Joh_8:46

Marcos11:1-11

El acontecimiento descrito en estos versículos es una excepción muy notable en la historia del ministerio terrenal de nuestro Señor. Generalmente hablando, vemos a Jesús evitando la publicidad, habitando con frecuencia en los desiertos, y realizando así la profecía que había anunciado, que «no gritaría, ni lucharía, ni dejaría oír su voz en las calles.»En este caso, y solo en este, parece que nuestro Señor abandona su carácter privado, y deliberadamente hace fijar en El la atención pública. Hace una entrada pública en Jerusalén a la cabeza de sus discípulos; entra voluntariamente cabalgando en la ciudad, rodeado de una gran muchedumbre, que grita, Hosanna, como cuando el rey David volvía en triunfo a su palacio. 2 Sam. 19.40. Todo esto también tuvo lugar en una época en que millares de judíos se reunían de todas partes en Jerusalén para celebrar la Pascua. Bien podemos creer que la santa ciudad resonó con las nuevas de la llegada de nuestro Señor. Probable es que no hubo una casa en Jerusalén en que no se supiese la entrada del profeta de Nazaret y en que aquella noche no se hablase de ella.

Recordemos siempre estas cosas al leer esta parte de la historia de nuestro Señor. Por algo es que se relata cuatro veces en el Nuevo Testamento esta entrada en Jerusalén. Es evidente que tiene por objeto que los cristianos estudien con especial atención escena de la vida terrestre de Jesús Estudiémosla con ese espíritu, y veamos que lecciones prácticas podemos aprender en este pasaje para bien de nuestras almas.

Observemos, en primer lugar, cuan público hizo intencionalmente nuestro Señor el último acto de su vida. Vino a morir a Jerusalén, y quiso que toda Jerusalén lo supiese. Cuando enseñaba las doctrinas más abstrusas del Espíritu, no hablaba regularmente sino con sus discípulos. Cuando decía sus parábolas, no se dirigía frecuentemente sino a una multitud de galileos pobres é ignorantes. Cuando hacia sus milagros, era generalmente en Capernaúm, o en la tierra de Zabulón y Neftalí. Pero cuando llegó el momento en que debía morir, hizo su entrada pública en Jerusalén. Llamó hacia El la atención de los gobernadores, de los sacerdotes y ancianos, de escribas, griegos y romanos. Sabía que iba a verificarse el acontecimiento más portentoso que había tenido lugar en este mundo.

El Hijo Eterno de Dios iba a sufrir por los hombres pecadores, el gran Cordero Pascual iba a ser sacrificado, la gran expiación iba a realizarse. Por tanto ordenó que su muerte fuese en grado eminente pública. Arregló las cosas de manera que todos los ojos en Jerusalén se fijasen en El, y que cuando muriera, presenciaran su muerte muchos testigos.

He aquí una prueba más de la importancia indecible de la muerte de Cristo. Conservemos como un tesoro sus palabras; tratemos de imitar su santa vida; apreciemos en lo que vale su intercesión; y deseemos con ansia su segunda venida; pero no olvidemos que su muerte en la cruz es el hecho que corona todo lo que de Jesucristo sabemos. De esa muerte dimanan todas nuestras esperanzas; sin ella no podríamos asentar nuestras plantas en nada sólido. Demos, según .vayamos viviendo, más y más valor a esa muerte, y cuando pensemos en Cristo, que nada nos regocije más que el gran hecho que por nosotros murió.

Observemos, en segundo lugar, en este pasaje, la pobreza voluntaria a que se sometió nuestro Señor, cuando estuvo en la tierra. ¿Como entró en Jerusalén cuándo llegó a ella en esta ocasión tan notable? ¿Vino en un carro real, con caballos, soldados, y gran séquito, como los reyes de la tierra? Nada de eso se nos dice. Leemos que pidió prestado un pollino para ese acto, y que montó sirviéndole de silla los vestidos de sus discípulos. Esto estaba en armonía con todo el tenor de su ministerio. Nunca poseyó ninguna de las riquezas de este mundo. Cuando cruzó el Marcosde Galilea lo hizo en un bote prestado; cuando cabalgó para entrar en la santa ciudad, fue en un animal prestado, y cuando fue sepultado, lo enterraron en un sepulcro prestado.

Tenemos en estos hechos tan sencillos una muestra de esa mezcla maravillosa de debilidad y poder, de riqueza y pobreza, de divinidad y humanidad, que descubrimos tan a menudo en la historia de nuestro bendito Salvador. ¿Quién, si lee los Evangelios con cuidado, puede dejar de observar, que Aquel que tuvo poder para alimentar a millares de personas con unos pocos panes, estaba algunas veces hambriento; que Aquel que podía curar a los inválidos y enfermos, se encontraba algunas veces cansado; que Aquel que podía lanzar los demonios con una palabra, se vio también tentado; y que Aquel que podía resucitar a los muertos, iba a someterse a la muerte? Lo mismo descubrimos en el pasaje que meditamos. Vemos el poder de nuestro Señor al dominar las voluntades de una vasta multitud de hombres y hacerles que lo lleven a Jerusalén en triunfo, y al mismo tiempo vemos su pobreza al verse obligado a pedir prestado un pollino para cabalgar en él en su entrada triunfal. Todo esto es maravilloso, pero muy apropiado. Justo es y debido que no olvidemos la unión de la naturaleza humana y de la naturaleza divina en la persona de nuestro Señor. Si contempláramos tan solo sus actos divinos podríamos olvidar que era hombre. Si lo observáramos tan solo en sus momentos de pobreza y debilidad, olvidaríamos que era Dios. Pero se quiere que veamos en Jesús la fuerza divina y la debilidad humana unidas en una persona. No podemos explicar ese misterio, pero podemos consolarnos con la idea de que «es nuestro Salvador, nuestro Cristo; capaz de simpatizar porque es hombre, pero Omnipotente para salvarnos porque es Dios..

Finalmente, veamos en ese hecho tan simple, de haber cabalgado nuestro Señor en un asno, una prueba más de que la pobreza no es pecado. No hay duda que pecaminosas son las causas que producen mucha de la pobreza que vemos en torno nuestro. Borrachera, despilfarro, libertinaje, deshonestidad, pereza, todo esto es malo ante Dios, y produce la mayor parte de las miserias del mundo. Pero nacer pobre, no heredar nada de nuestros padres, trabajar con nuestras manos para ganar nuestro pan, no tener tierras-que nos pertenezcan, eso, sí, que no es pecado ni remotamente. El pobre honrado es tan respetable a los ojos de Dios como el rey más opulento. El Señor Jesucristo era pobre; no tenía plata ni oro; no tenia muchas veces en donde reclinar su cabeza. Aunque era rico, se hizo pobre por amor a nosotros, y estar colocado en sus propias circunstancias, no puede ser malo en sí. Cumplamos con nuestro deber en la condición que Dios nos ha impuesto, y si juzga conveniente mantenernos pobres, no nos avergoncemos de .ello. El Salvador de los pecadores se ocupa de nosotros, como de los demás. El Salvador de los pecadores sabe lo que es ser pobre

Marcos11:12-21

Vemos al principio de este pasaje una de las muchas pruebas de que nuestro Señor Jesucristo era realmente hombre. Leemos que « tenia hambre.» Tenia una naturaleza y una constitución corporal, exactamente iguales a las nuestras en todo excepto el pecado Lloraba, se regocijaba, sufría dolores; se cansaba y necesitaba descanso, tenia sed y necesitaba agua ; tenia hambre y necesitaba alimento.

Expresiones como estas debieran enseñarnos cual era la condescendencia de Cristo. ¡Que -admirable cuando en ella reflexionamos! Aquel que es Dios eterno, que hizo el mundo y lo que encierra, de cuyas manos brotaron los frutos de la tierra, los pescados del mar, los pájaros del aire, las bestias de los campos, se dignó sufrir hambre, cuando vino al mundo a salvar a los pecadores. Este es un gran misterio. Bondad y amor que exceden la humana inteligencia. No es de admirarnos, pues, que S. Pablo hable de las «insondables riquezas de Cristo.» Efes. 3.8.

Expresiones como estas deberían mostrarnos como puede Cristo simpatizar con los fieles que viven sobre la tierra. Sabe por experiencia cuales son sus penas.

Puede conmoverse con el sentimiento de sus miserias. Sabe lo que es tener un cuerpo, con sus necesidades diarias. Ha experimentado los sufrimientos más terribles a que puede someterse el cuerpo humano. Ha probado lo que es debilidad, dolor, cansancio, hambre y sed. Cuando en nuestras oraciones le hablamos de estas cosas, sabe lo que decimos, y no le cogen de nuevo nuestras angustias. Ciertamente que este es el Salvador y Amigo que requiere esta pobre humanidad dolorida y quejosa.

Aprendemos, en segundo lugar, en estos versículos el gran peligro de una religión que consiste en formas y que no produce frutos Es una lección que nuestro Señor nos da de una manera típica. Se nos dice que como se acercara a una higuera en busca de higos, y no encontrara «en ella sino hojas,» pronunció esta solemne sentencia: «Que ningún hombre coma fruto de ti nunca más en adelante.» Y se agrega que al día siguiente se encontró la higuera «seca desde las raíces.» No podemos dudar que este acontecimiento fue un emblema de cosas espirituales. Fue una parábola en acción, tan significativa como cualquiera otra de las parábolas habladas de nuestro Señor.

Pero ¿á quienes son a los que debe dirigirse y hablar esa higuera seca? Fue un sermón que podía aplicarse de tres maneras sermón que debería claMarcosen voz muy alta a la conciencia de todos los que hacen profesión de ser cristianos. Aunque marchito y seca esa higuera habla aún. De ella salía una voz para la iglesia judaica. Rica en hojas que eran las formas de su religión, pero estéril en frutos del Espíritu, esa iglesia estaba en gran peligro, precisamente cuando tuvo lugar ese fenómeno. ¡Que bueno hubiera sido para la iglesia judaica tener ojos para ver su peligro! De ella salía una voz para todas las ramificaciones de la iglesia visible de Cristo en todas épocas y en todas las partes del mundo. Era un apercibimiento contra las profesiones huecas de Cristianismo que no estén acompañadas de doctrina sana y de santidad de vida, y que harían bien en atesorar en su corazón algunas de ellas. Pero especialmente una voz salía de esa higuera seca que se dirige a todos los cristianos carnales, hipócritas y falsos. ¡Que gran bien reportarían todos los que se contentan con vivir en el nombre aunque estén muertos en realidad, al contemplarse en el espejo de este pasaje! Cuidemos cada uno de nosotros individualmente de aprender la lección que encierra esta higuera. Recordemos siempre, que el bautismo, que ser miembros de la iglesia, participar de la cena del Señor y la práctica asidua de las formas externas del Cristianismo, no son suficientes para salvar nuestras almas. Son hojas, hojarasca y nada más, que sin frutos contribuirán a nuestra condenación. Como las hojas de higuera de que se hicieron cubiertas Adán y Eva, no podrán ocultar la desnudez de nuestras almas a loa ojos de un Dios que todo lo ve, ni darnos valor cuando estemos en su presencia el día final. ¡No! tenemos que producir frutos, o nos perdemos para siempre. Debe haber frutos en nuestros corazones, y frutos en los actos de nuestra vida, frutos de arrepentimiento hacia Dios, y de fe en nuestro Señor Jesucristo, y de verdadera santidad en nuestra conducta. Sin frutos de esta clase una profesión estéril de Cristianismo nos hundirá más profundamente en el infierno.

Aprendemos, finalmente, en este pasaje, con que reverencia debemos estar en los lugares dedicados al culto público. Verdad es esa que nos enseña de una manera vivida la conducta de nuestro Señor Jesucristo cuando entró en el templo. Se nos dice «que lanzó a los que vendían y compraban en el templo, y derribó las mesas de los cambistas, y los puestos de los que vendían palomas.» Y eso nos dice además que ratificó estos actos con la autoridad de la Escritura, diciendo : « ¿No está escrito, Mi casa será llamada por todas las naciones casa de oración ? pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones..

No debemos dudar que nuestro Señor en esta ocasión dio a sus actos una profunda significación. Como la maldición de la higuera, toda esta escena fue eminentemente típica. Pero al decir esto, no debemos perder de vista la obvia y sencilla lección que se desprende de la superficie de este pasaje. Esta lección es lo pecaminoso de una conducta descuidada o irreverente en el uso de los edificios dedicados al servicio público de Dios. Nuestro Señor purificaba el templo no tanto como casa de sacrificio, cuanto como «casa de oración.» Su conducta indica claramente que sentimientos debemos abrigar respecto a toda «casa de oración.» Un lugar dedicado al culto cristiano indudablemente que no es en ningún sentido tan sagrado como el tabernáculo, o templo judaico.

Sus arreglos internos no tienen ningún significado típico. No se ha fabricado siguiendo un modelo divino, ni tiene por objeto servir como una muestra de cosas divinas y celestes. Pero porque así sea, no se sigue de ello, que no se debe mostrar más reverencia a un templo cristiano que a una casa privada, a una tienda o una posada. Hay una reverencia decente, que debemos tributar al lugar en que Cristo y su pueblo se reúnen con regularidad y en que se ofrecen plegarias públicas, reverencia que es necio y torpe acusar de supersticiosa y confundir con el papismo. Hay un sentimiento especial que reviste de santidad y de solemnidad todos los lugares en que se predica a Cristo, y en donde las almas vuelven a nacer, sentimiento que no se funda en ninguna consagración hecha por manos de hombre, y, que lejos de ahogarse, debe estimularse. De todas maneras la intención de nuestro Señor Jesús en este pasaje nos parece muy clara.

Se ocupa de la conducta que se observa en los lugares en que se le tributa culto, y a sus ojos toda irreverencia o profanación es una ofensa a Dios.

Recordemos estos versículos siempre que vayamos a la casa de Dios, y procuremos ir con gravedad, no para ofrecer el sacrificio de los necios. Acordémonos en donde estamos, lo que hacemos allí, de qué vamos a ocuparnos, y en la presencia de quien nos encontramos. Guardémonos de tributar a Dios un culto tan solo de formalidades externas, mientras nuestros corazones están llenos del mundo. Dejemos en casa nuestros negocios y el cuidado de nuestro dinero, y no los llevemos a la iglesia. No permitamos que en medio de nuestras asambleas religiosas, se celebren compras y ventas en lo interior de nuestros corazones. El Señor, que arrojó del templo a los traficantes, vive aun, y es mucho su desagrado cuando contempla tal conducta.

Marcos11:22-26

Aprendemos en estas palabras de nuestro Señor Jesucristo la inmensa importancia de la fe.

Es una lección que nuestro Señor nos transmite primero por medio de un dicho proverbial. La fe hace al hombre capaz de dar cima a empresas, y de superar dificultades tan grandes y formidables, como remover una montaña, y arrojarla al mar. Trata después de grabar más profundamente en nosotros esa lección exhortándonos a ejercitar la fe cuando oramos. «Todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá.» Esta promesa debe, por supuesto, aceptarse con ciertas modificaciones razonables. Se supone que un creyente pedirá lo que no es pecaminoso, y solo lo que esté en armonía con la voluntad de Dios. Cuando pide tales cosas, debe creer con confianza quo su plegaria será oída. Digamos usando las palabras de Santiago, «Demande con fe, no dudando nada.» Sant. 1.6.

Debe distinguirse la fe que aquí se recomienda de la que es necesaria para nuestra justificación. En lo absoluto, la verdadera fe no es más que una, y es siempre la misma; pero en los objetos y en las operaciones de la fe, hay diversidades que es útil comprender. La fe justificante es ese acto del alma por medio del cual nos asimilamos a Cristo, y entramos en paz con Dios. Su objeto especial es la expiación del pecado, que Jesús hizo por nosotros en la cruz. La fe de que habla el pasaje que nos ocupa tiene una significación más general: es producto, al mismo tiempo que compañera, de la fe justificante, pero no debe confundirse con esta. Es más bien una confianza completa y absoluta en el poder y en la sabiduría de Dios, y en su buena voluntad para con los que creen; y son objetos especiales suyos, las promesas, la palabra, y el carácter de Dios en Cristo.

Confiar en que Dios socorrerá por su poder y por su voluntad a todo el que crea en Cristo, y tener la convicción de la verdad de todas las palabras que Dios ha hablado, es el gran secreto del buen éxito y de la prosperidad en nuestra religión. Es de hecho la raíz del Cristianismo que salva. «Por ella los ancianos obtuvieron buena fama.» «El que se dirige a Dios debe creer que existe y que es recompensador de los que lo buscan con diligencia.» Para comprender lo que ella vale a los ojos de Dios, deberíamos estudiar con frecuencia el capítulo undécimo de la Epístola a los Hebreos.

¿Deseamos crecer en gracia, y en el conocimiento do nuestro Señor Jesucristo? ¿Queremos hacer progresos en religión, y llegar a ser cristianos robustos, y no permanecer como infantes en las cosas espirituales? Impetremos en nuestras oraciones diarias más fe, y vigilemos nuestra fe llenos de celo. Esta es la piedra angular ce la religión. Un pelo o un punto débil en ella afectará la condición toda de nuestra vida íntima. Según sea nuestra fe así será el grado de nuestra paz, de nuestra esperanza, de nuestra alegría, de nuestra decisión en el servicio de Cristo, nuestro valor para confesar, nuestra resistencia para trabajar, nuestra resignación en las desgracias, nuestro consuelo sensible en la oración. Todo, todo estriba en la proporción de nuestra fe. Felices los que saben reclinar todo su peso en el Dios de la alianza, y marchar por la fe, no por la vista. «El que cree no se precipita.» Isaías 28.16.

Aprendemos, además, en estos versículos, la absoluta necesidad en que estamos de sentirnos siempre dispuestos a perdonar a nuestros prójimos. Esta lección se nos da de una manera muy eficaz. No hay un enlace inmediato entre la importancia de la fe, de que acababa de hablar nuestro Señor, y el perdón de las injurias; pero la plegaria es el anillo que une los dos puntos. Primeramente se nos dice que la fe es esencial para el logro de nuestras plegarias, y después se agrega que las plegarias no serán oídas si no las hacemos con un corazón clemente. «Cuando estuviereis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que nuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestras ofensas..

Todos podemos comprender que el valor de nuestras plegarias depende mucho de la condición en que se encuentra nuestra alma cuando las dirigimos. Pero el punto que nos ocupa ahora no recibe toda la atención que merece. No solo deben ser nuestras plegarias fervorosas, sentidas y sinceras, y en nombre de Cristo; deben contener otro ingrediente: deben brotar de un corazón compasivo y clemente. No tenemos ningún derecho a esperar misericordia, si no estamos dispuestos a manifestárselo a nuestros hermanos. No podemos sentir realmente la gravedad de los pecados por que pedimos perdón, si abrigamos malos sentimientos contra nuestros prójimos. Debemos en la tierra tener hacia ellos un corazón de hermano, si deseamos que Dios sea en el cielo nuestro Padre. No nos lisonjeemos con la idea de poseer el Espíritu de adopción, si no podemos sobrellevar y perdonar.

Esta es una materia que nos obliga a registrar nuestra conciencia. Horriblemente grande es la cantidad de malevolencia, de amargura, de espíritu de partido que llena el alma de los cristianos. No es de admirar que tantas oraciones sean al parecer descartadas y queden sin respuesta. Asunto es este que interesa mucho a los cristianos. Todos no tienen el mismo don de comprender y expresarse cuando se aproximan a Dios; pero todos pueden perdonar a sus prójimos.

Nuestro Señor Jesucristo se ha tomado un trabajo especial en grabar este principio en nuestras almas. Le ha dado un lugar muy preeminente en ese dechado de la manera de orar, en la oración dominical. Desde nuestro infancia nos familiarizamos con estas palabras: «perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» y ¡Que bueno seria para muchos, si meditasen en lo que esas palabras significan! No dejemos este pasaje sin un severo examen de nosotros mismos. ¿Sabemos lo que es tener una disposición misericordiosa y clemente? ¿Podemos olvidar las injurias que hemos recibido en este mundo tan malo? ¿Podemos desentendernos de las transgresiones contra nosotros y perdonar las ofensas? Si no, ¿cual es nuestro Cristianismo? Si no, ¿porque admirarnos de que no haya paz en nuestras almas? Resolvámonos a enmendar nuestras disposiciones, y determinémonos a perdonar, si esperamos ser perdonados. Así es como más nos podremos acercar al duchado que nos presentó Jesucristo. Este es el carácter que mejor sienta a un hijo de Adán, pobre y pecador. Nuestro privilegio más elevado en este mundo es el perdón gratuito de los pecados por Dios. Nuestro único título a la vida eterna en el mundo venidero es el perdón gratuito de Dios. Perdonemos, pues, y estemos perdonando durante los pocos años que vivamos en la tierra.

Marcos11:27-33

Notemos cuanta ceguedad espiritual puede existir en los corazones de los que ocupan puestos eclesiásticos elevados. Vemos «á los príncipes de los sacerdotes y escribas y ancianos « dirigiéndose a nuestro Señor, y suscitando dificultades y objeciones en su camino.

Sabemos que estos hombres eran maestros acreditados y gobernadores de la iglesia judaica; que eran considerados fuentes y manantiales de los conocimientos religiosos. La mayor parte de ellos habían sido ordenados en regla para ocupar el puesto que tenían, y podían trazar sus órdenes sacerdotales en una descendencia regular desde Aarón. Y, sin embargo, vemos a estos mismos hombres, en el momento en que debían ser maestros de los demás, llenos de preocupaciones contra la verdad, y ser enemigos acérrimos del Mesías.

Estas cosas se han escrito para enseñar a los cristianos que no deben fiarse demasiado de hombres que han sido ordenados. No deben considerar a los ministros como si fueran papas, ni mirarlos como infalibles. Ninguna iglesia puede conferir con las órdenes infalibilidad, ya sea la iglesia episcopal, la presbiteriana, o la independiente. Lo que menos podemos decir respecto a obispos, ministros y diáconos, es que son de carne y hueso, y que pueden errar, tanto en doctrinas como en prácticas, lo mismo que los príncipes de los sacerdotes y que los ancianos de los Judíos. Sus actos y su enseñanza deben comprobarse con la palabra de Dios. Debemos seguirlos en cuanto ellos siguen las Escrituras y no más lejos No hay más que un Sacerdote y Obispo de las almas que nunca se equivoca, y ese es el Señor Jesucristo. En El solo no hay debilidad, ni equivocación, ni asomo de flaqueza. Aprendamos a apoyarnos más por completo en El. «No llamemos ‹Padre› a ningún hombre en la tierra.» Mateo 23.9. Que si así obramos, nunca nos veremos chasqueados.

Observemos, en segundo lugar, como la envidia y la incredulidad impelen a los hombres a desacreditar las comisiones de los que trabajan en la causa de Dios.

Esos príncipes de los sacerdotes y esos ancianos no podían negar la realidad de los milagros misericordiosos de nuestro Señor. No podían decir que su enseñanza era contraria a las Santas Escrituras, ni que su vida era pecadora. ¿Qué hicieron pues? Dijeron que no tenía títulos ningunos a que se le prestara atención, y le preguntaron con que autoridad obraba. «¿Con que autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado esta autoridad? No puede haber duda ninguna, que en términos generales, todos los que se dedican a enseñar, deberían ser nombrados siguiendo ciertas reglas. El mismo S. Pablo declara que nuestro mismo Señor obró de esa manera, en referencia al carácter sacerdotal: «Ni nadie toma para sí mismo esta honra, sino el que es llamado de Dios, como lo fue Aarón.» Heb. 5.18. Y aun ahora, que ya no existe el oficio de sacrificador, las palabras del Artículo veinte y tres de la constitución de la iglesia anglicana son muy sabias y escriturarias. «No es permitido a hombre alguno asumir el cargo de predicador público, ni administrar los sacramentos a la congregación, sin ser antes legítimamente llamado a desempeñarlo, y ser del mismo modo comisionado a ejecutarlo. Y debemos considerar Ilegítimamente llamados y comisionados a aquellos que lo son por los que están revestidos de autoridad pública, que les ha concedido la congregación, para llaMarcosy comisionar ministros que sirvan en la viña del Señor.» Pero una cosa es mantener la legitimidad de un nombramiento especial para administrar las cosas sagradas, y otra muy distinta asegurar que es lo único que se necesita, y que sin ese nombramiento o esa licencia no se puede trabajar en la causa del Señor. En esto erraron evidentemente los judíos de la época del ministerio terrestre de nuestro Señor, y en ese error los han seguido desgraciadamente muchos hasta en el día presente.

Guardémonos de ese espíritu estrecho, principalmente en esta época en que vivimos. Es incuestionable que no debemos menospreciar el orden y la disciplina de la iglesia; tiene en ella tanto valor como en un ejército. Pero no vayamos a imaginarnos que Dios está obligado absolutamente a no valerse sino de hombres que han sido ordenados. No debemos olvidar que puede haber un llamamiento interno del Espíritu Santo sin ningún llamamiento externo de parte del hombre, no menos que a la inversa, llamamiento humano sin ningún llamamiento interno del Espíritu Santo. La primera investigación que debe hacerse es esta: « ¿Está un hombre por Cristo, o contra El? ¿Qué enseña? ¿Cómo vive? ¿Hace bien?» Si estas preguntas pueden responderse satisfactoriamente, demos gracias a Dios, y regocijémonos. Debemos recordar que el médico es inútil, por elevado que sea su grado y por bueno que sea a título, si no cura ; y un soldado es también inútil, por bien vestido y disciplinado que esté, si no le hace frente al enemigo, el día de la batalla. El mejor doctor es el que cura, y el mejor soldado el que sabe batirse.

Observemos, finalmente, a qué deshonestidad y a que errores pueden ser arrastrados los incrédulos por sus preocupaciones contra la verdad. Les príncipes de los sacerdotes y los ancianos no se atrevieron a contestar la pregunta de nuestro Señor respecto al bautismo de Juan. No se atrevieron a decir que era «de los hombres,» porque temían al pueblo; ni a confesar que era «del cielo,» porque comprendieron que nuestro Señor les hubiera dicho, « ¿Porqué no lo creísteis? Daba muy claro testimonio de mí.» ¿Qué hicieron pues? Dijeron una mentira intencional. Dijeron, «No podemos decirlo..

Es un hecho muy triste, que esa falta de honradez no es poco común entre los inconversos. Hay muchísimos que evaden los llamamientos que se dirigen a su conciencia con respuestas que son falsas. Cuando se ven apremiados a ocuparse de sus almas, dicen cosas que saben bien que no son exactas. Aman el mundo y sus propios caminos, y como los enemigos de nuestro Señor están determinados a no ceder, pero como ellos también se avergüenzan de decir la verdad; y así es que responden a las exhortaciones a arrepentirse y a decidirse con falsas excusas. Uno pretende que «no puede entender» las doctrinas del Evangelio; otro asegura que verdaderamente «trata» de servir a Dios, pero que no hace progresos; un tercero declara que desea mucho servir a Cristo, pero que «no tiene tiempo.» Estos no son generalmente sino efugios miserables. Como regla general, son tan infundados como la respuesta del sacerdote, «No podemos contestar..

La verdad pura es que debemos ir con mucho tiento antes de dar crédito a las razones que alegan los inconversos para no servir a Cristo. Podemos estar seguros que cuando dicen, «No podemos,» lo que quieren decir con su corazón, es, «No queremos.» ¡Que bendición tan grande es tener franqueza y usar de verdad en cuestiones religiosas! Que se decida una vez un hombre a vivir según la luz que ha recibido, y a obrar según su conocimiento, y pronto conocerá cual es la doctrina de Cristo, y se apartará del mundo. Juan 7.17. La perdición de muchos consiste simplemente en esto, que se manejan deshonestamente con sus propias almas, y son falsos con ellos mismos. Alegan supuestas dificultades como motivos de no servir a Cristo, mientras que en realidad « aman las tinieblas más que la luz,» y no tienen deseo verdadero de cambiar. Juan 3.19.

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