James Bums cita una escena del libro de Leonard Merrick Conrad in quest of his youth -Conrad ala busca de su juventud: «¿Crees tú que las oraciones se contestan alguna vez? -preguntó Conrad-. He mandado para arriba muchas toda mi vida, y siempre he hecho un esfuerzo por convencerme de que alguna oración se me había contestado antes. Pero lo sabía muy bien. Sabía en lo más íntimo que ninguna había sido contestada. Cosas que yo quería me vinieron; pero, lo digo con toda reverencia, demasiado tarde . …» El señor Inquetson se pasó la fina mano por las ceSantiago «Una vez -empezó en tono confidente- iba yo, paseando con un amigo por la calle Grosvenor. Era por el tiempo de primavera, cuando les da a los inquilinos por darle una capa de pintura a sus casas, y llegamos a una escalera que estaba apoyada contra una casa que estaban pintando. Al pasar por el lado de fuera de la escalera, mi amigo se descubrió, y le hizo un gesto de saludo. Conocerás esa superstición. Él era un graduado, hombre de cultura por encima de lo normal. Yo le dije: «¿Pero es que tú crees en esa tontería?» Él dijo: «No, no es que lo crea; pero nunca doy nada por sentado.»» De pronto, el tono del vicario cambió, y se hizo solemne, inquietante y devoto: «Creo, señor, que la mayor parte de la gente aplica al orar el principio de mi amigo: No creen en la oración, pero no descartan la posibilidad de que funcione alguna vez.»
Hay mucha verdad en esto. Para muchas personas la oración es, o un rito piadoso, o una esperanza desesperada. Pero debería ser una cuestión de ardiente expectación. Puede que nuestro problema sea que lo que queremos de Dios sea nuestra respuesta, y no reconocemos Su respuesta cuando llega.
(iii) Debe ser una oración de amor. La oración de un amargado no puede atravesar el muro de su propia amargura. ¿Por qué? Si hemos de hablar con Dios, tiene que haber algún contacto entre nosotros y Él. No puede haber ninguna intimidad entre dos personas que no tienen nada en común. El principio fundamental de Dios es el amor, porque Dios es amor. Si el principio determinante del corazón de una persona es la amargura, levanta una barrera entre sí y Dios. Para que la oración de tal persona sea contestada tendrá que pedirle a Dios que le limpie el corazón de ese espíritu de amargura, y le infunda el espíritu del amor. Entonces podrá hablar con Dios, y Dios podrá contestarle.
PREGUNTA ASTUTA Y RESPUESTA IMPACTANTE
Marcos 11:27-33
Una vez más llegaron a Jerusalén; y, cuando Jesús iba andando por el Templo, los principales sacerdotes y los maestros de la Ley y los ancianos se dirigieron a El y Le preguntaron:
-¿Con qué clase de autoridad haces Tú estas cosas? O ¿quién Te autorizó para hacer estas cosas?
-Yo también os plantearé una cuestión -les contestó Jesús-; y, si me la resolvéis, os diré con qué clase de autoridad hago estas cosas: ¿Era el bautismo de Juan cosa del Cielo o cosa de hombres? ¡Contestadme!
Ellos se pusieron a discutir el asunto entre sí.
-Si decimos: «Del Cielo,» Él dirá: «Entonces, ¿por qué no le creísteis?» Pero, ¿qué si decimos: «De los hombres»? -Porque le tenían miedo a la gente, porque todos creían sinceramente que Juan era un profeta. Así es que Le contestaron a Jesús:
-Pues no lo sabemos.
Y entonces Jesús les dijo también a ellos:
-Pues tampoco Yo os digo con qué clase de autoridad hago estas cosas.
En el recinto del Templo había dos claustros famosos, uno hacia el Este y otro al lado Sur del Atrio de los Gentiles. El del Este se llamaba el Pórtico de Salomón. Era una arcada impresionante hecha de columnas corintias de 10 metros de altura. El del Sur era todavía más espléndido. Se llamaba el Claustro Real. Estaba formado por cuatro hileras de columnas de mármol blanco, cada una de las cuales tenía dos metros de diámetro y ocho metros de altura. Había 162 columnas. Era corriente que los rabinos y los maestros se pasearan por estos atrios enseñando al mismo tiempo. Casi todas las grandes ciudades de los tiempos antiguos tenían estos claustros. Protegían del sol y del viento y la lluvia, y de hecho era en estos lugares donde se enseñaba la mayor parte de las ideas religiosas y filosóficas. Una de las escuelas de pensamiento más famosas de la antigüedad fue la de los estoicos. Recibieron su nombre del hecho de que Zenón, su fundador, enseñaba mientras se paseaba por el Stoá Poikilé, el Pórtico Pintado, de Atenas. La palabra stoá quiere decir pórtico o arcada, y los estoicos eran la escuela del Porche. Fue en estos claustros del Templo donde Jesús estuvo paseando y enseñando.
Se dirigió a Él una diputación de principales sacerdotes y maestros de la Ley, es decir, escribas, rabinos y ancianos. Eran en realidad una delegación del Sanedrín, que estaba formado por estos tres grupos. Le dirigieron a Jesús una pregunta muy natural. El que una persona privada, por su cuenta, limpiara el Atrio de los Gentiles de sus comerciantes oficiales y habituales era algo alucinante. Así es que Le preguntaron a Jesús: «¿Con qué clase de autoridad actúas de esa manera?»
