Míralo, Señor, y suscítales un rey, un hijo de David, – en el momento que tú elijas, oh Dios, para que reine en Israel tu siervo.
Rodéale de fuerza, para quebrantar a los príncipes injustos, – para purificar a Jerusalén de los gentiles que la pisotean, destruyéndola,
para expulsar con tu justa sabiduría a los pecadores de tu heredad, – para quebrar el orgullo del pecador como vaso de alfarero, .
para machacar con vara de hierro todo su ser, para aniquilar a las naciones impías con la palabra de su boca,
para que ante su amenaza huyan los gentiles de su presencia – y para dejar convictos a los pecadores con el testimonio de sus corazones. (Salmos de Salomón 17:21-25
EL QUE VIENE
Marcos 11:7-10
Le trajeron el borriquillo a Jesús, y pusieron sus mantos sobre él y montaron a Jesús encima. Muchos de ellos extendieron sus mantos por la carretera, y otros cortaban ramas en los campos y las extendían sobre la carretera. Y unos iban delante y otros detrás sin dejar de gritar:
-¡Salva ahora! ¡Bendito sea el Reino de nuestro padre David que viene! ¡Envía Tu salvación desde las alturas del Cielo!
El asnillo que trajeron no lo había montado nunca nadie. Eso era idóneo, porque una acémila que hubiera de usarse para un propósito sagrado no podía haberse usado antes para un uso corriente. Así se estipulaba, por ejemplo, de la ternera roja cuyas cenizas limpiaban de la contaminación (Num_19:2 ; Deu_21:3 ).
El cuadro que se nos presenta es el de un populacho que no sabía lo que hacía. Nos muestra a una multitud de personas que creían en la realeza en términos de conquista, que era lo que pensaban desde hacía mucho tiempo. Curiosamente recuerda la entrada de Simón Macabeo en Jerusalén 150 años antes, después de aplastar a los enemigos de Israel en batalla: «Y a los veinte y tres días del mes segundo del año ciento y setenta y uno, entró en ella con alabanzas, y con ramos de palma, con arpas, y órganos, y címbalos, e himnos, y Cantares, por cuanto el enemigo grande de Israel había sido quebrantado» (1 Macabeos 13:51,13.0.). Le querían dar a Jesús una bienvenida de conquistador, pero no se hacían idea de la clase de conquistador que Él quería ser.
Los mismos gritos de la multitud demostraban por dónde iban sus pensamientos. Cuando extendían sus mantos por el suelo delante de Él hacía exactamente lo mismo que había hecho la multitud cuando el sanguinario Jehú fue ungido rey (2Ki_9:13 ). Gritaban: «¡Bendito el Que viene en el nombre del Señor!» Era una cita del Psa_118:26 , que debería leerse con una puntuación diferente: «¡Bendito en el nombre del Señor sea el Que viene!»
Hay aquí tres cosas acerca del grito en las que debemos fijarnos.
(i) Era el saludo normal que se dirigía a los peregrinos cuando llegaban al Templo con ocasión de las grandes fiestas.
(ii) «El Que viene» era el Mesías. Cuando los judíos hablaban del Mesías se referían a Él como El Que viene.
(iii) Pero es todo el origen del Salmo del que procedían las palabras lo que las hacía tremendamente sugestivas. En el año 167 a C. había surgido un rey extraordinario en Siria que se llamaba Antíoco. Había concebido la idea de que su deber era ser misionero del helenismo, e introducir la manera griega de vivir, el pensamiento griego y la religión griega hasta donde le fuera posible; hasta, si era necesario, por la fuerza. Trató de hacerlo en Palestina.
Por un tiempo sojuzgó Palestina. El tener un ejemplar de la Ley o el circuncidar a un niño eran crímenes que se castigaban con la muerte. Profanó los atrios del Templo. De hecho, hasta instituyó el culto del dios griego Zeus donde se había adorado a Jehová. Como un insulto deliberado ofreció carne de cerdo en el gran altar de los holocaustos. Convirtió las cámaras que bordeaban los atrios del Templo en burdeles. Hizo, en fin, todo lo que pudo por desarraigar la fe judía.
Fue entonces cuando se rebeló Judas Macabeo; y después de una alucinante carrera de victorias, expulso de Palestina a Antíoco y purificó y consagró de nuevo el Templo, un acontecimiento que conmemoraba, y todavía conmemora, la Fiesta de la Dedicación, en hebreo Januká. Y es muy probable que el Salmo 118 se escribiera para conmemorar aquel gran día de purificación, y para celebrar la victoria que había obtenido Judas Macabeo. Es el Salmo de un conquistador.
Una y otra vez vemos la misma tendencia en este incidente. Jesús había proclamado ser el Mesías; pero de tal manera que trataba de mostrar al pueblo que sus ideas acerca del Mesías estaban descaminadas; pero el pueblo no lo veía. Su bienvenida era la que habría correspondido, no al Rey del amor, sino al conquistador que hubiera derrotado a los enemigos políticos del reino de Israel.
