Marcos11:27-33
Notemos cuanta ceguedad espiritual puede existir en los corazones de los que ocupan puestos eclesiásticos elevados. Vemos «á los príncipes de los sacerdotes y escribas y ancianos « dirigiéndose a nuestro Señor, y suscitando dificultades y objeciones en su camino.
Sabemos que estos hombres eran maestros acreditados y gobernadores de la iglesia judaica; que eran considerados fuentes y manantiales de los conocimientos religiosos. La mayor parte de ellos habían sido ordenados en regla para ocupar el puesto que tenían, y podían trazar sus órdenes sacerdotales en una descendencia regular desde Aarón. Y, sin embargo, vemos a estos mismos hombres, en el momento en que debían ser maestros de los demás, llenos de preocupaciones contra la verdad, y ser enemigos acérrimos del Mesías.
Estas cosas se han escrito para enseñar a los cristianos que no deben fiarse demasiado de hombres que han sido ordenados. No deben considerar a los ministros como si fueran papas, ni mirarlos como infalibles. Ninguna iglesia puede conferir con las órdenes infalibilidad, ya sea la iglesia episcopal, la presbiteriana, o la independiente. Lo que menos podemos decir respecto a obispos, ministros y diáconos, es que son de carne y hueso, y que pueden errar, tanto en doctrinas como en prácticas, lo mismo que los príncipes de los sacerdotes y que los ancianos de los Judíos. Sus actos y su enseñanza deben comprobarse con la palabra de Dios. Debemos seguirlos en cuanto ellos siguen las Escrituras y no más lejos No hay más que un Sacerdote y Obispo de las almas que nunca se equivoca, y ese es el Señor Jesucristo. En El solo no hay debilidad, ni equivocación, ni asomo de flaqueza. Aprendamos a apoyarnos más por completo en El. «No llamemos ‹Padre› a ningún hombre en la tierra.» Mateo 23.9. Que si así obramos, nunca nos veremos chasqueados.
Observemos, en segundo lugar, como la envidia y la incredulidad impelen a los hombres a desacreditar las comisiones de los que trabajan en la causa de Dios.
Esos príncipes de los sacerdotes y esos ancianos no podían negar la realidad de los milagros misericordiosos de nuestro Señor. No podían decir que su enseñanza era contraria a las Santas Escrituras, ni que su vida era pecadora. ¿Qué hicieron pues? Dijeron que no tenía títulos ningunos a que se le prestara atención, y le preguntaron con que autoridad obraba. «¿Con que autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado esta autoridad? No puede haber duda ninguna, que en términos generales, todos los que se dedican a enseñar, deberían ser nombrados siguiendo ciertas reglas. El mismo S. Pablo declara que nuestro mismo Señor obró de esa manera, en referencia al carácter sacerdotal: «Ni nadie toma para sí mismo esta honra, sino el que es llamado de Dios, como lo fue Aarón.» Heb. 5.18. Y aun ahora, que ya no existe el oficio de sacrificador, las palabras del Artículo veinte y tres de la constitución de la iglesia anglicana son muy sabias y escriturarias. «No es permitido a hombre alguno asumir el cargo de predicador público, ni administrar los sacramentos a la congregación, sin ser antes legítimamente llamado a desempeñarlo, y ser del mismo modo comisionado a ejecutarlo. Y debemos considerar Ilegítimamente llamados y comisionados a aquellos que lo son por los que están revestidos de autoridad pública, que les ha concedido la congregación, para llaMarcosy comisionar ministros que sirvan en la viña del Señor.» Pero una cosa es mantener la legitimidad de un nombramiento especial para administrar las cosas sagradas, y otra muy distinta asegurar que es lo único que se necesita, y que sin ese nombramiento o esa licencia no se puede trabajar en la causa del Señor. En esto erraron evidentemente los judíos de la época del ministerio terrestre de nuestro Señor, y en ese error los han seguido desgraciadamente muchos hasta en el día presente.
Guardémonos de ese espíritu estrecho, principalmente en esta época en que vivimos. Es incuestionable que no debemos menospreciar el orden y la disciplina de la iglesia; tiene en ella tanto valor como en un ejército. Pero no vayamos a imaginarnos que Dios está obligado absolutamente a no valerse sino de hombres que han sido ordenados. No debemos olvidar que puede haber un llamamiento interno del Espíritu Santo sin ningún llamamiento externo de parte del hombre, no menos que a la inversa, llamamiento humano sin ningún llamamiento interno del Espíritu Santo. La primera investigación que debe hacerse es esta: « ¿Está un hombre por Cristo, o contra El? ¿Qué enseña? ¿Cómo vive? ¿Hace bien?» Si estas preguntas pueden responderse satisfactoriamente, demos gracias a Dios, y regocijémonos. Debemos recordar que el médico es inútil, por elevado que sea su grado y por bueno que sea a título, si no cura ; y un soldado es también inútil, por bien vestido y disciplinado que esté, si no le hace frente al enemigo, el día de la batalla. El mejor doctor es el que cura, y el mejor soldado el que sabe batirse.
Observemos, finalmente, a qué deshonestidad y a que errores pueden ser arrastrados los incrédulos por sus preocupaciones contra la verdad. Les príncipes de los sacerdotes y los ancianos no se atrevieron a contestar la pregunta de nuestro Señor respecto al bautismo de Juan. No se atrevieron a decir que era «de los hombres,» porque temían al pueblo; ni a confesar que era «del cielo,» porque comprendieron que nuestro Señor les hubiera dicho, « ¿Porqué no lo creísteis? Daba muy claro testimonio de mí.» ¿Qué hicieron pues? Dijeron una mentira intencional. Dijeron, «No podemos decirlo..
Es un hecho muy triste, que esa falta de honradez no es poco común entre los inconversos. Hay muchísimos que evaden los llamamientos que se dirigen a su conciencia con respuestas que son falsas. Cuando se ven apremiados a ocuparse de sus almas, dicen cosas que saben bien que no son exactas. Aman el mundo y sus propios caminos, y como los enemigos de nuestro Señor están determinados a no ceder, pero como ellos también se avergüenzan de decir la verdad; y así es que responden a las exhortaciones a arrepentirse y a decidirse con falsas excusas. Uno pretende que «no puede entender» las doctrinas del Evangelio; otro asegura que verdaderamente «trata» de servir a Dios, pero que no hace progresos; un tercero declara que desea mucho servir a Cristo, pero que «no tiene tiempo.» Estos no son generalmente sino efugios miserables. Como regla general, son tan infundados como la respuesta del sacerdote, «No podemos contestar..
La verdad pura es que debemos ir con mucho tiento antes de dar crédito a las razones que alegan los inconversos para no servir a Cristo. Podemos estar seguros que cuando dicen, «No podemos,» lo que quieren decir con su corazón, es, «No queremos.» ¡Que bendición tan grande es tener franqueza y usar de verdad en cuestiones religiosas! Que se decida una vez un hombre a vivir según la luz que ha recibido, y a obrar según su conocimiento, y pronto conocerá cual es la doctrina de Cristo, y se apartará del mundo. Juan 7.17. La perdición de muchos consiste simplemente en esto, que se manejan deshonestamente con sus propias almas, y son falsos con ellos mismos. Alegan supuestas dificultades como motivos de no servir a Cristo, mientras que en realidad « aman las tinieblas más que la luz,» y no tienen deseo verdadero de cambiar. Juan 3.19.
