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Romanos 13: El cristiano y el estado

Que cada cual preste la debida obediencia a los que están en puestos de autoridad, porque no hay autoridad a la que Dios no le haya asignado su esfera; porque ha sido Dios Quien ha colocado en su sitio a las autoridades que existen. Esto quiere decir que el que se opone a una autoridad realmente se está oponiendo al orden de cosas que Dios ha establecido. Los que se oponen a la autoridad se acarrean un merecido castigo. Porque, el que vive honradamente no es el que tiene que tenerles miedo a los gobernantes, sino el que hace lo que no debe. ¿Quieres no tener que temer a la autoridad? Pues vive como es debido, y las autoridades no podrán decir de ti nada más que cosas buenas, porque los que están al servicio de Dios están para tu bien. Si haces lo que no debes, entonces sí que debes tener miedo; porque no en vano tiene poder para dictar sentencia de muerte el que está en autoridad, ya que está al servicio de Dios, y su misión es aplicar ira y venganza al que lleva mala vida. Por eso es por lo que debes someterte, no sólo por temor a la ira, sino por causa de la conciencia. Por esta misma razón debes también pagar los impuestos; porque los que están en autoridad son siervos de Dios y esa es su misión. Dale a cada uno lo que le es debido: al que se le deba pagar tributo, págaselo; a los que impuestos, lo mismo; al que se deba tener respeto, trátale con respeto. Al que se le deba mostrar honor, muéstraselo.

La primera impresión que nos hace este pasaje es muy extraña. Parece aconsejar al cristiano una sumisión total al poder civil. Pero, de hecho, este es un mandamiento que aparece en todo el Nuevo Testamento. En 1 Timoteo 2:1 s leemos: «Insisto en que se hagan súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en posiciones de autoridad, para que vivamos tranquilamente y en paz, piadosamente y con respeto en todos los sentidos.»

En Tito 1:3, el consejo al predicador es: «Recuérdales que sean sumisos a los gobernantes y a las autoridades, que sean obedientes, que estén siempre dispuestos a hacer las cosas honradamente.» En 1 Pedro 2:13-17 leemos: «Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al emperador como jefe supremo, o a los gobernantes que aquél envía para castigar a los que obran mal y recompensar a los que bien. Porque la voluntad de Dios es que, viviendo honradamente, hagáis callar la ignorancia de algunos tontos… Tened respeto a todos los hombres. Amad a los hermanos. Temed a Dios. Honrad al emperador.»

Puede que nos dé la tentación de suponer que estos pasajes provienen de un tiempo cuando el gobierno romano no había empezado a perseguir a los cristianos. Sabemos, por ejemplo, que en el Libro de los Hechos, como hizo notar Gibbon, el tribunal de los magistrados paganos fue a menudo el refugio más seguro contra la furia del populacho judío. Una y otra vez vemos a Pablo recibiendo protección de manos de la justicia imperial romana. Pero lo interesante y significativo es que muchos años y hasta siglos después, cuando la persecución había empezado a rugir y se consideraba a los cristianos fuera de la ley, los líderes cristianos seguían diciendo exactamente lo mismo.

Justino Mártir (Apología 1:17) escribe: «En todas partes nosotros estamos más dispuestos que nadie y nos esforzamos por pagar a los funcionarios que asignáis los impuestos ordinarios y extraordinarios, como Jesús nos ha enseñado. No damos culto nada más que a Dios, pero en otros respectos os servimos de buena gana, reconociéndoos como reyes y gobernantes, y orando para que, con vuestro poder real, se os conceda también sano juicio.» Atenágoras, suplicando la paz de los cristianos, escribe (capítulo 37): «Merecemos consideración porque oramos por vuestro gobierno, para que podáis recibir el reino de la manera más justa, el hijo del padre, y que vuestro imperio aumente y se acreciente hasta que toda la humanidad os esté sujeta.» Tertuliano (Apología 30) escribe extensamente: «Ofrecemos oración por la salud de nuestros príncipes a nuestro Dios eterno, verdadero y vivo, cuyo favor ellos deben desear más que ninguna otra cosa… Sin cesar, por todos nuestros emperadores ofrecemos oración. Oramos para que se les prolongue la vida; para que haya seguridad en el imperio; por protección para la casa imperial; por ejércitos valerosos, por un senado fiel, por un pueblo virtuoso, por la paz del mundo -por todo, en fin, lo que el emperador pueda desear, como hombre o como César.» Y sigue diciendo que el cristiano no puede por menos de apreciar al emperador, porque «es llamado por nuestro Señor para ejercer su cargo.» Y concluye diciendo que « el César es más nuestro que vuestro, porque nuestro Dios es el que le ha nombrado.» Arnobio (4:36) declara que en las reuniones de los cristianos «se pide la paz y el perdón para todos los que están en autoridad.»

Era la constante y reconocida enseñanza de la Iglesia Cristiana que había que obedecer y orar por el poder civil, aunque estuviera personificado en un Nerón.

¿Qué pensamiento y creencia hay detrás de todo esto?

(i) En el caso de Pablo había una razón inmediata para que hiciera hincapié en la obediencia civil. Los judíos eran notorios como rebeldes. Palestina, y especialmente Galilea, estaba bullendo constantemente de insurrección. Sobre todo, estaban los celotas, que estaban convencidos de que no debía haber más rey para los judíos que Dios, y que no se debía pagar tributo a nadie más que a Dios. Tampoco se conformaban con una resistencia pasiva. Creían que Dios no los ayudaría más que si se embarcaban en acción violenta para ayudarse a sí mismos.

Su intención era hacer cualquier gobierno civil imposible. Se los conocía como los «dagados». Eran nacionalistas fanáticos conjurados para usar métodos terroristas, no sólo contra los romanos, sino hasta el punto de destruir las casas, quemar las cosechas y hasta asesinar a las familias de sus compatriotas judíos que pagaran tributo al Imperio Romano.

Pablo no le encontraba ningún sentido a una actitud así. Esa era la negación más absoluta de la conducta cristiana. Y sin embargo, por lo menos para una parte de la nación judía, eso era lo normal. Puede que Pablo estuviera escribiendo aquí tan claramente porque quería disociar el Cristianismo de cualquier insurreccionismo judío, y dejar totalmente claro que los cristianos eran buenos ciudadanos.

(ii) Pero hay algo más que una situación coyuntural en la relación entre los cristianos y el estado. Puede ser verdad que Pablo tuviera en mente las circunstancias que causaban las insurrecciones judías, pero tenía otras cosas también. Lo primero y principal es que nadie puede ni debe disociarse totalmente de la sociedad en la que vive. Nadie puede, en conciencia, optar por desligarse de la nación. Como parte de ella, disfruta de ciertos beneficios que no podría tener si viviera aislado; pero no puede reclamar los privilegios y evitar las obligaciones. De la misma manera que forma parte del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, también forma parte del cuerpo de la nación; no hay tal cosa en el mundo como individualismo aislacionista. La persona tiene deberes para con el estado, que debe cumplir aunque el que esté en el trono sea Nerón.

(iii) El ciudadano debe al estado la protección. Era una de las ideas platónicas que el estado existe para garantizar la justicia y la seguridad, y para proteger al hombre de las bestias y de «los» bestias, es decir, de la gente salvaje, dentro y fuera del país.

«La gente -se ha dicho- se reunía como un rebaño detrás de un muro para sentirse a salvo.» Un estado es esencialmente un cuerpo de personas que se han aliado para mantener ciertas relaciones mutuas mediante el cumplimiento de ciertas leyes. Sin esas leyes y el consentimiento general de cumplirlas, el malvado fuerte y egoísta se haría con el poder; el más débil estaría indefenso; la vida no tendría más ley que la de la selva. Todas las personas ordinarias deben su seguridad al estado, y tienen por tanto una responsabilidad para con él.

(iv) La gente ordinaria debe al estado una gran gama de servicios que viviendo individualmente no podría disfrutar. Sería imposible que todos tuviéramos agua corriente, alcantarillado, electricidad, transporte y un largo etcétera. Todo esto sólo es posible cuando se está de acuerdo en vivir en sociedad. No estaría bien que uno disfrutara de todo lo que provee el estado sin cumplir sus obligaciones. Esa es una razón que obliga al cristiano a ser un buen ciudadano y cumplir todos sus deberes como tal.

(v) Pero la principal razón que veía Pablo era que el Imperio Romano era el instrumento divinamente ordenado para salvar al mundo del caos. Quitad el imperio, y el mundo se desintegraría en pavesas. Fue en realidad la pax romana lo que hizo posible la expansión misionera del Cristianismo. Idealmente las personas deben estar unidas por el amor cristiano; pero no lo están; y el cemento que las mantiene unidas es el estado.

Pablo vio en el estado un instrumento en las manos de Dios para preservar al mundo del caos. Los administradores del estado estaban cumpliendo un papel importante en una gran tarea. Lo supieran o no, estaban haciendo un trabajo ordenado por Dios, y el deber del cristiano es ayudar y no dificultar.

Las deudas que hay que pagar y la que nunca se puede pagar

No le debáis nada a nadie, a excepción del amor; porque el que ama a los demás ya ha cumplido la Ley. Los mandamientos No adulteres, No mates, No robes, No codicies, y todos los demás- se resumen en éste: «Ama a tu prójimo como a ti mismo. » El amor no le hace mal al prójimo; así que el amor es el perfecto cumplimiento de la Ley.

El pasaje anterior trataba de lo que se podrían llamar las deudas sociales de las personas. El versículo 7 mencionaba dos de esas deudas: lo que Pablo llama tributo, y lo que llama impuestos. Entiende por tributo el que tenían que pagar los ciudadanos de una nación sometida. Las tres clases de contribuciones que imponía el Imperio Romano eran:

(a) Una contribución sobre el suelo, que se pagaba o en dinero o en especie -una décima parte del grano, un quinto del vino y de los productos del campo-.

(b) El impuesto sobre la renta, que era del uno por ciento de los ingresos.

(c) El impuesto de capitación, que pagaban todos los comprendidos entre catorce y sesenta y cinco años. Por impuestos Pablo entendía los locales -de aduanas, importación y exportación; por el uso de ciertas carreteras y puentes; los de entrada en mercados y puertos; por tener derecho a poseer un animal o un carro-. Pablo insistía en que los cristianos deben pagar los tributos e impuestos al estado y a las autoridades locales, aunque sean gravosos.

Y luego pasa a las deudas privadas. Dice: «No le debáis nada a nadie.» Puede parecer que eso no hacía falta decirlo; pero había algunos que tergiversaban la petición del padrenuestro -«Perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores»- como una razón para pedir que se le perdonaran las obligaciones económicas. Pablo tenía que recordarle a su gente que el Cristianismo no es una disculpa para dejar de cumplir las obligaciones que tenemos con nuestros semejantes, sino al contrario: es una razón para cumplirlas a rajatabla.

Luego sigue hablando de la única deuda que el cristiano tiene que pagar todos los días y que, sin embargo, no acaba de saldar nunca: la deuda de amor que tiene con todos los hombres. Orígenes decía: « La deuda del amor sigue con nosotros permanentemente y nunca nos deja; es una deuda que devolvemos todos los días y que debemos siempre.» Pablo mantiene que si una persona trata de cumplir esta deuda de amor honradamente, cumplirá automáticamente todos los mandamientos.

No cometerá adulterio; porque, cuando dos personas se dejan llevar por sus pasiones, no lo hacen porque se quieren demasiado, sino porque se quieren demasiado poco; en el amor verdadero hay respeto y dominio propio que nos libra del pecado. No matará; porque el amor no trata de destruir, sino de edificar; es siempre amable, y tratará de destruir, no al enemigo, sino la enemistad, convirtiéndola en amistad. No robará; porque el amor tiene más interés en dar que en tomar. No codiciará; porque la codicia (epithimía) es un deseo incontrolado de cosas prohibidas, y el amor limpia el corazón desterrando de él el mal deseo.

Hay un dicho famoso: « Ama, y haz lo que quieras.» Si el amor mana abundantemente en el corazón; si toda la vida está dominada por el amor a Dios y al prójimo, uno no necesita más ley.

La advertencia del tiempo

Además hay otra cosa: daos cuenta del tiempo en que vivís, y que ya es hora de que os despertéis del sueño en que vivíais; porque ahora estáis más cerca de la Salvación que cuando os convertisteis. La noche está en las últimas, y se acerca el día; así que dejémonos ya de lo que se hace en la oscuridad y pongámonos la armadura de la luz.

Comportémonos como los que ven lo hermosa que es la vida, es decir, como los que viven de día, y no ya en jaranas ni borracheras, en inmoralidad y desvergüenza, en rivalidades y peleas. En una palabra: Vestíos del Señor Jesucristo, y dejaos ya de vivir como si no tuvierais más propósito que el satisfacer los deseos de la naturaleza humana sin Cristo.

Como tantos grandes hombres, Pablo era consciente de la brevedad del tiempo. A Andrew Marvell le parecía estar oyendo siempre: «La carroza alada del tiempo se apresura…» Keats también estaba obsesionado con el temor de dejar de ser antes de que su pluma hubiera espigado los últimos productos de su cerebro.

Pero había más en el pensamiento de Pablo que la indiscutible brevedad del tiempo. Esperaba la Segunda Venida de Cristo.

Era la esperanza inminente de la Iglesia Primitiva, y por tanto no olvidaba la obligación de estar preparada. Esa esperanza se ha ido haciendo más tenue e imprecisa; pero queda un hecho permanente: ninguno sabemos cuándo Dios nos va a llamar para que dejemos el mundo y vayamos con Él. El tiempo se va acortando, porque cada día estamos más cerca de su final. Debemos estar preparados.

Los últimos versículos de este pasaje no se olvidarán jamás, porque fueron clave en la conversión de Agustín de Hipona. El mismo nos lo cuenta en sus confesiones: Estaba paseando por un jardín, con el corazón apesadumbrado por su fracaso moral, y no hacía más que exclamar angustiosamente: « ¿Hasta cuándo, hasta cuándo? Mañana y mañana… ¿por qué no ahora? ¿Por qué no ha de ser esta hora el final de mi depravación?» De pronto le pareció oír una voz que decía: « ¡Toma y lee! ¡Toma y lee!»

Parecía la voz de un chiquillo; pero, por más que lo intentó, no pudo recordar ningún juego infantil en el que se dijeran esas palabras. Volvió a toda prisa al lugar en que estaba sentado su amigo Alipio, donde había dejado un volumen de los escritos de Pablo. « Lo tomé con ansia -cuenta Agustín- y leí en silencio el primer pasaje en que se posaron mis ojos: « No andemos en jaranas ni borracheras, en inmoralidad y desvergüenza, en rivalidades y peleas. En una palabra: Vestíos del Señor Jesucristo, y dejaos ya de vivir como si no tuvierais más propósito que el satisfacer los deseos de la naturaleza humana sin Cristo.» Ni quise ni necesité leer más. A1 acabar esa frase, como si la luz de la certeza me hubiera inundado el corazón, todas las sombras de la duda se dispersaron. Puse el dedo en la página, y cerré el libro; me volví hacia Alipio con el rostro tranquilo, y se lo conté.» Dios había hablado a Agustín desde Su Palabra. Fue Coléridge el que dijo que creía que la Biblia estaba inspirada «porque me encuentra a mí.» La Palabra de Dios siempre puede encontrar al corazón humano.

Es interesante fijarse en los seis pecados que selecciona Pablo como, digamos, típicos de la vida sin Cristo.

(i) Está la jarana (kómos). Es una palabra muy interesante. En un principio kómos designaba a la banda de amigos que acompañaban hasta su casa a un vencedor en los juegos, cantando sus alabanzas y celebrando su triunfo. Luego llegó a significar una banda de gamberros que recorrían las calles de la ciudad de noche armando jaleo. Describe la clase de jarana que deshonra a los que participan en ella y molesta a todos los demás.

(ii) Está la borrachera (methé). Los griegos la consideraban de lo más desagradable. Eran un pueblo que bebía vino. Hasta los niños lo bebían. Llamaban al desayuno akratisma, que consistía en una rebanada de pan mojada en vino. Pero, con todo y con eso, la borrachera les parecía algo vergonzoso; porque bebían el vino bastante diluido, y lo bebían porque el agua no siempre era más inofensiva. Este era un vicio que no sólo los cristianos, sino también los paganos respetables despreciaban.

(iii) Estaba la inmoralidad (koité). Koité quiere decir literalmente cama, y suele tener el sentido de una cama prohibida o deshonrosa. Este era un pecado característico del paganismo. La palabra sugiere la actitud del que no da ningún valor a la fidelidad, y que busca el placer donde y cuando quiere.

(iv) Está la desvergüenza (asélgueia). Asélgueia es una de las palabras más feas de la lengua griega. No describe simplemente la inmoralidad, sino al que ha perdido totalmente la vergüenza. La mayor parte de la gente trata de ocultar sus malas acciones; pero no el hombre que se ha vendido a la asélgueia. A ese no le importa que le vean, ni la clase de espectáculo que es, ni lo que la gente piense de él. Asélgueia es la cualidad del que se atreve a hacer públicamente lo que sería vergonzoso para cualquiera de sus semejantes.

(v) Está la rivalidad (eris). Eris es el espíritu que nace de la competencia desembocada y despiadada. Viene del ansia de posición y poder y prestigio, y del odio a que le sobrepasen. Es esencialmente el pecado que coloca el yo por delante, y es por tanto la negación total del amor cristiano.

(vi) Está la envidia (zélos). Zélos no tiene que ser una palabra mala. En español tiene sentidos contrarios según se use en singular -celo- o en plural -celos-. Puede describir la noble emulación del que, cuando se encuentra ante la nobleza de carácter, desea alcanzarla. Pero también puede querer decir la envidia que resiente la nobleza y la preeminencia de otro. Aquí describe el espíritu que no se da por satisfecho con lo que tiene, y que mira con envidia todo lo que obtienen los demás merecidamente.

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