Las deudas que hay que pagar y la que nunca se puede pagar
No le debáis nada a nadie, a excepción del amor; porque el que ama a los demás ya ha cumplido la Ley. Los mandamientos No adulteres, No mates, No robes, No codicies, y todos los demás- se resumen en éste: «Ama a tu prójimo como a ti mismo. » El amor no le hace mal al prójimo; así que el amor es el perfecto cumplimiento de la Ley.
El pasaje anterior trataba de lo que se podrían llamar las deudas sociales de las personas. El versículo 7 mencionaba dos de esas deudas: lo que Pablo llama tributo, y lo que llama impuestos. Entiende por tributo el que tenían que pagar los ciudadanos de una nación sometida. Las tres clases de contribuciones que imponía el Imperio Romano eran:
(a) Una contribución sobre el suelo, que se pagaba o en dinero o en especie -una décima parte del grano, un quinto del vino y de los productos del campo-.
(b) El impuesto sobre la renta, que era del uno por ciento de los ingresos.
(c) El impuesto de capitación, que pagaban todos los comprendidos entre catorce y sesenta y cinco años. Por impuestos Pablo entendía los locales -de aduanas, importación y exportación; por el uso de ciertas carreteras y puentes; los de entrada en mercados y puertos; por tener derecho a poseer un animal o un carro-. Pablo insistía en que los cristianos deben pagar los tributos e impuestos al estado y a las autoridades locales, aunque sean gravosos.
Y luego pasa a las deudas privadas. Dice: «No le debáis nada a nadie.» Puede parecer que eso no hacía falta decirlo; pero había algunos que tergiversaban la petición del padrenuestro -«Perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores»- como una razón para pedir que se le perdonaran las obligaciones económicas. Pablo tenía que recordarle a su gente que el Cristianismo no es una disculpa para dejar de cumplir las obligaciones que tenemos con nuestros semejantes, sino al contrario: es una razón para cumplirlas a rajatabla.
Luego sigue hablando de la única deuda que el cristiano tiene que pagar todos los días y que, sin embargo, no acaba de saldar nunca: la deuda de amor que tiene con todos los hombres. Orígenes decía: « La deuda del amor sigue con nosotros permanentemente y nunca nos deja; es una deuda que devolvemos todos los días y que debemos siempre.» Pablo mantiene que si una persona trata de cumplir esta deuda de amor honradamente, cumplirá automáticamente todos los mandamientos.
No cometerá adulterio; porque, cuando dos personas se dejan llevar por sus pasiones, no lo hacen porque se quieren demasiado, sino porque se quieren demasiado poco; en el amor verdadero hay respeto y dominio propio que nos libra del pecado. No matará; porque el amor no trata de destruir, sino de edificar; es siempre amable, y tratará de destruir, no al enemigo, sino la enemistad, convirtiéndola en amistad. No robará; porque el amor tiene más interés en dar que en tomar. No codiciará; porque la codicia (epithimía) es un deseo incontrolado de cosas prohibidas, y el amor limpia el corazón desterrando de él el mal deseo.
Hay un dicho famoso: « Ama, y haz lo que quieras.» Si el amor mana abundantemente en el corazón; si toda la vida está dominada por el amor a Dios y al prójimo, uno no necesita más ley.
La advertencia del tiempo
Además hay otra cosa: daos cuenta del tiempo en que vivís, y que ya es hora de que os despertéis del sueño en que vivíais; porque ahora estáis más cerca de la Salvación que cuando os convertisteis. La noche está en las últimas, y se acerca el día; así que dejémonos ya de lo que se hace en la oscuridad y pongámonos la armadura de la luz.
Comportémonos como los que ven lo hermosa que es la vida, es decir, como los que viven de día, y no ya en jaranas ni borracheras, en inmoralidad y desvergüenza, en rivalidades y peleas. En una palabra: Vestíos del Señor Jesucristo, y dejaos ya de vivir como si no tuvierais más propósito que el satisfacer los deseos de la naturaleza humana sin Cristo.
