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Mateo 13: El Sembrador salió a sembrar

Aquel día se marchó Jesús de la casa y Se sentó a la orilla del mar; y vino tanta gente a escucharle que Él se subió a una barca y se sentó, mientras toda la gente se quedaba de pie a la orilla; y Él les dijo muchas cosas por parábolas.

-¡Fijaos! -les dijo-. El sembrador salió a sembrar; y, cuando estaba sembrando, algunas semillas cayeron junto al sendero, y vinieron los pájaros y se las comieron. Algunas semillas cayeron en un terreno pedregoso, que no tenía mucha tierra; y, como no había profundidad de tierra, brotaron en seguida; pero cuando salió el sol, se agostaron y se secaron, porque no tenían bastante raíz. Otras semillas cayeron entre espinos, que crecieron y las ahogaron. Pero otras cayeron en buena tierra, y produjeron fruto, algunas a ciento por uno, otras a sesenta y otras a treinta por uno. El que tenga oídos, que se entere.

»Ahora escuchad el significado. de la Parábola del Sembrador. Cuando uno oye el Mensaje del Reino, pero no lo entiende, viene el maligno y hurta lo que se sembró en el corazón. Esto es lo que representa la semilla que cayó junto al sendero. EL significado de la semilla que se sembró en terreno pedregoso representa al que oye la Palabra, y la recibe en seguida con alegría; pero no tiene raíz en sí, sino que está a merced del momento; así que, cuando se presentan la aflicción y la persecución por causa de la Palabra, tropieza en seguida. La figura de la semilla que se sembró entre espinos representa al que oye la Palabra, pero los cuidados de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y no produce nada. La figura de las semillas que se sembraron en buena tierra representa al que oye la Palabra, y la entiende. Este sí que lleva fruto; y algunos producen a ciento por uno, otros a sesenta y otros a treinta por uno.»

Aquí tenemos un cuadro que cualquiera entendería en Palestina. Aquí vemos claramente a Jesús usando el aquí y ahora para llegar al allí y entonces.

Lo que es probable que estuviera sucediendo es que, cuando Jesús estaba usando la barca como púlpito, en uno de los campos cerca de la orilla había un sembrador sembrando en aquel momento; y Jesús tomó a aquel sembrador, al que todos podían ver, como texto de predicación, y empezó: « ¡Fijaos en ese sembrador que está sembrando la semilla en ese campo!» Jesús empezó por algo que en aquel preciso momento todos podían ver, para abrir sus mentes a la verdad que todavía no habían visto.

En Palestina tenían dos maneras de hacer la siembra. El sembrador podía ir lanzando la semilla mientras andaba arriba y abajo por su campo. Si soplaba el viento, se llevaría parte de la semilla a toda clase de sitios, y a veces hasta fuera del campo. La segunda manera era más perezosa, pero de uso corriente. Consistía en ponerle encima a un burro un saco de semilla, cortarle o abrirle un agujero y hacer que el animal recorriera el campo mientras la semilla iba cayendo. En este caso, también algunas semillas caerían en sitios menos preparados o cerca del sendero cuando se acercara por allí el animal o lo cruzara.

En Palestina los campos eran largos y estrechos, y estaban separados solo por los senderos, por los que podía pasar todo el mundo, lo que quiere decir que estaban endurecidos por el constante paso de gente y animales. Eso era lo que quería decir Jesús al hablar del borde del sendero. La semilla que cayera allí -y era normal que cayera alguna, de cualquier forma que se sembrara- no tenía más posibilidad de penetrar en la tierra que si hubiera caído en la carretera.

Lo que traducimos como el terreno pedregoso no es que estuviera lleno de piedras, sino algo corriente en Palestina: había una capa poco profunda de tierra sobre grandes lanchas de roca caliza. A lo mejor no había más que unos pocos centímetros de tierra encima de la roca. En tal caso, la semilla germinaría más pronto que en terreno más profundo, porque la tierra se calentaría antes cuando saliera el sol; pero cuando las raíces tiraran para abajo buscando nutrientes y humedad, se encontrarían con la roca, y el sol se encargaría de agostar la poca vida que tuviera.

El terreno espinoso engañaba. Cuando se estaba sembrando, parecería bastante limpio. Es fácil hacer que un terreno parezca limpio simplemente labrándolo; pero si siguen por debajo las raíces fibrosas de la grama, de las ortigas y de las zarzas, entre otras plantas parásitas perennes, se apoderarán del terreno disponible a la primera oportunidad. Cualquier labrador sabe que las malas yerbas crecen más deprisa y más fuertes que ninguna planta cultivada. El resultado fue que la buena semilla y las malas que estaban latentes crecieron juntas; pero los hierbajos eran tan fuertes que estrangularon las buenas plantas.

El buen terreno era profundo y suave y limpio; la semilla podía introducirse; podía encontrar alimento; podía crecer sin impedimento; y produjo una cosecha abundante.

LA PALABRA Y EL OYENTE

Esta parábola se dirige realmente a dos clases de personas.

(i) Se dirige a los que oyen la Palabra. Los investigadores dicen con cierta frecuencia que la interpretación de la parábola que encontramos en los versículos 18-23 no es la del mismo Jesús, sino la de los predicadores de la Iglesia Primitiva, y que no es del todo correcta. Se dice que incumple la ley de que una parábola no es una alegoría, y que es demasiado detallada para que la pudieran captar los oyentes a la primera. Si Jesús estaba realmente señalando a un sembrador que estaba haciendo su labor, esa no parece ser una objeción válida; en cualquier caso, la interpretación que identifica las distintas clases de terreno con distintas clases de oyentes ha mantenido siempre su puesto en el pensamiento de la Iglesia, y tiene que proceder de alguna fuente autorizada. Y en tal caso, ¿por qué no de Jesús mismo?

Si tomamos esta parábola como una advertencia a los oyentes, quiere decir que hay diferentes maneras de recibir la Palabra de Dios, y que el fruto que produzca dependerá del corazón del que la reciba. La suerte de cualquier palabra hablada depende del oidor. Como se suele decir, «el éxito de un chiste no depende de la lengua del que lo cuenta, sino del oído del que lo oye.» Un chiste será un éxito si se le dice a una persona que tiene sentido del humor y está de humor para escucharlo. Será un fracaso si se le cuenta a una criatura sin humor y que está decidida a no verle la gracia. ¿Quiénes son los oidores a los que se describe y advierte en esta parábola?

(i) Tenemos al oidor de mente cerrada. No tiene la Palabra más posibilidad de introducirse en la mente de algunas personas que la semilla que ha caído en un sendero endurecido por muchos pares de pies de penetrar en la tierra. Hay muchas cosas que pueden cerrar la mente de una persona. Los prejuicios pueden hacer que uno esté ciego a todo lo que no quiera ver. El espíritu que se niega a aprender puede levantar una barrera que no se pueda sobrepasar ni eliminar. Este espíritu puede proceder de dos cosas. Puede ser la consecuencia del orgullo que no quiere reconocer que necesita aprender; o del miedo a toda nueva verdad y el rechazo a aventurarse por el camino del pensamiento. A veces un carácter inmoral y la forma de vida de una persona pueden cerrarle la mente. Puede que haya una verdad que condene las cosas que ama, y que denuncie las cosas que hace; y muchos se niegan a escuchar o a reconocer la verdad que los condena, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver.

(ii) Tenemos al oidor de mente tan superficial como el terreno que apenas cubre la roca. Es la persona que se niega a pensarse las cosas por sí y en serio.

Algunas personas están a merced de las novedades. Recogen lo que sea sin pensárselo un momento, y lo dejan igual. Tienen que estar siempre a la moda. Empiezan cualquier pasatiempo nuevo o a adquirir alguna nueva técnica con entusiasmo, pero en cuanto les presenta la más mínima dificultad o simplemente se enfrían lo abandonan. Las vidas de algunas personas están llenas de restos de cosas que empezaron y que lo terminaron. Se puede ser así con la Palabra. Cuando uno la oye, se entusiasma; pero no se puede vivir de emociones pasajeras. Tenemos una mente, y la obligación moral de usarla y de tener una fe inteligente. El Cristianismo tiene sus exigencias, y hay que mirarlas de frente antes de aceptarlas. El ofrecimiento cristiano no es solo un privilegio, sino también una responsabilidad. Un entusiasmo repentino puede convertirse en cenizas tan rápidamente como un fuego moribundo.

(iii) Tenemos al oidor con tantos intereses en la vida que a menudo no le queda espacio para las cosas más importantes. Es característico de la vida moderna que cada vez se llena más y va más deprisa. Se está demasiado ocupado para orar; tan preocupado con muchas cosas que se olvida de estudiar la Palabra de Dios; se puede estar tan metido en juntas y comités y empresas y planes que no le dejan tiempo a uno para Aquel de Quien proceden el amor y el servicio. Los negocios le pueden tener a uno tan acogotado que está demasiado cansado para pensar en ninguna otra cosa. No son las cosas manifiestamente malas las más peligrosas en este sentido. Muchas veces son cosas buenas, pero «lo bueno es siempre el enemigo de lo mejor.» No es que uno destierre deliberadamente de su vida la oración y el estudio de la Palabra de Dios y la iglesia; puede que piense en estas cosas con frecuencia y trate de tener tiempo para ellas; pero, por lo que sea, nunca dispone de él en su abarrotada vida. Debemos tener cuidado de no desplazar a Cristo del lugar supremo que Le corresponde.

(iv) Tenemos al oidor que es como la buena tierra. Recibe la Palabra en cuatro etapas. Tiene mente abierta. Siempre está dispuesto a aprender. Está listo para oír. No es demasiado orgulloso, ni está demasiado ocupado para escuchar. Muchos se habrían ahorrado muchos quebraderos de cabeza y de corazón si se hubieran detenido a escuchar la voz de un amigo sensato o de Dios. Entiende. Se lo ha pensado y sabe lo que quiere decir para él, y está preparado a aceptarlo. Traduce la audición en acción. Produce la buena cosecha de la buena semilla. El verdadero` oidor es el que escucha, entiende y obedece.

NO HAY QUE DESESPERAR

(b) Dijimos que esta parábola tenía un doble impacto. Ya hemos mirado al impacto que estaba diseñada para hacer en los que oyen la Palabra. Pero también estaba diseñada para hacer un impacto en los que predican la Palabra. No solo se pretendía que les dijera algo a las multitudes que formaban la audiencia; también al círculo más íntimo de los discípulos.

No es difícil ver que a veces debe de haber habido en los corazones de los discípulos un cierto desaliento. Para ellos Jesús lo era todo, el más sabio y el más poderoso. Pero, humanamente hablando, tenía poco éxito. Se Le estaban cerrando las puertas de la sinagoga. Los representantes de la religión oficial eran Sus más severos críticos, y no podía caber duda que estaban organizando Su destrucción. Cierto que las multitudes venían a escucharle; pero había tan pocos realmente cambiados, y tantos que acudían solo a cosechar los beneficios de Su poder sanador y que, cuando lo habían recibido, se marchaban y olvidaban. Había tantos que venían a Jesús solo por lo que pudieran recibir. Los discípulos se encontraban cara a cara con una situación en la que parecía que Jesús no suscitaba más que la hostilidad de los dirigentes de la iglesia, y nada más que una respuesta evanescente en las multitudes. No es nada sorprendente que hubiera a veces una profunda desilusión en los corazones de los discípulos. ¿Qué le dice esta parábola al predicador desanimado?

La lección está clara: la cosecha es segura. Para los predicadores de la Palabra que estén desanimados la lección está en el clímax de la parábola, en la descripción de la semilla que produjo una cosecha abundante. Algo de la semilla puede que caiga al borde del sendero y se la lleven los pájaros; algo de la semilla puede que caiga en la tierra superficial, y no llegue a madurar; algo de la semilla puede que caiga entre espinos que la ahoguen; pero, a pesar de todo, llega la cosecha. Ningún labrador espera que den fruto todos las semillas que siembra. Sabe muy bien que algunas se las llevará el viento, y otras caerán en lugares donde no podrán crecer; pero eso no hace que deje de sembrar. Ni que desespere de la cosecha. El labrador siembra con la confianza de que, aunque parte de la semilla se malogre, sin embargo es seguro que la cosecha llegará.

Así que esta es una parábola de aliento para los que siembran la semilla del Evangelio.

(i) Cuando alguien siembra la Palabra, no sabe el efecto que está haciendo la semilla. H. L. Gee cuenta lo siguiente. En la iglesia de la que era miembro había un anciano solitario, el viejo Thomas. Había sobrevivido a todos sus amigos, y ya casi nadie le conocía. Cuando murió, Gee tenía la impresión de que no iría nadie al entierro, así que decidió ir él para que hubiera por lo menos uno que acompañara al viejecillo a su última morada en la tierra.

No fue nadie más, y hacía un tiempo frío y desapacible. El funeral llegó al cementerio; y a la puerta había un soldado esperando. Era un oficial, pero no llevaba galones en la bocamanga ni en los hombros. Estuvo cerca de la tumba para la ceremonia; y cuando terminó se acercó hasta el borde y le brindó un saludo militar digno de un rey. H. L. Gee se retiró con el soldado; y, cuando iban andando, el viento abrió el abrigo del militar mostrando las estrellas de general de brigada. El general le contó a Gee: « Usted tal vez estará preguntándose qué estoy yo haciendo aquí. Hace años Thomas era mi profesor de escuela dominical. Yo era un chico difícil, y se lo hacía pasar muy mal. Él no supo nunca lo mucho que había hecho por mi; pero yo le debo todo lo que soy o llegaré a ser al viejo Thomas, y hoy tenía que venir a saludarle al fin.» Thomas no supo nunca el resultado de su siembra. Ningún predicador o maestro lo sabe nunca. Nuestra misión es sembrar la semilla, y dejarle a Dios el resto.

(ii) Cuando uno siembra, no puede esperar resultados rápidos. La, naturaleza no tiene prisa en sus crecimientos. La bellota necesita mucho tiempo para hacerse encina; y la semilla de la Palabra puede que tarde mucho tiempo en germinar en el corazón de una persona. Pero a menudo una palabra que se ha dejado caer en el corazón de un niño sigue latente hasta que un buen día despierta y le salva en alguna gran tentación o a su alma de la muerte. Vivimos en una edad que espera siempre resultados rápidos; pero en la siembra de la semilla debemos tener paciencia y esperanza, y a veces darle años a la cosecha para que grane.

LA VERDAD Y EL OIDOR

Mateo 13:10-17, 34-35

Entonces los discípulos de Jesús se Le acercaron y Le preguntaron:

-¿Por qué les hablas por medio de parábolas?

A vosotros -les contestó Jesús- se os ha concedido conocer los secretos del Reino que solamente un discípulo puede entender; pero a ellos no se les ha concedido; porque se le dará al que ya tiene, para que tenga conocimiento hasta desbordar. Pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso es por lo que les hablo por parábolas; porque, aunque pueden ver, no ven; y aunque pueden oír, ni oyen ni entienden. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías que dice: « Oiréis de seguro, pero no entenderéis; y seguro que miraréis, pero no veréis; porque el corazón de este pueblo se ha entorpecido, de forma que oyen torpemente con sus oídos, y tienen los ojos legañosos, no sea que lleguen a ver con los ojos, y oír con los oídos, y entender con el corazón, y volver, y que Yo los sane. Pero, benditos vuestros ojos, porque veis; y vuestros oídos, porque oís. « Os digo la pura verdad: Muchos profetas y justos anhelaron ver lo que vosotros estáis viendo, y no lo vieron, y oír lo que vosotros estáis oyendo, y no lo oyeron.

Jesús decía todas estas cosas a la gente por medio de parábolas, y no acostumbraba decirles nada sino por parábolas. Lo hacía así para que se cumpliera lo que Dios dijo por medio del profeta: «Hablaré en público por medio de parábolas, proclamaré cosas que han estado ocultas desde la creación del mundo.»

Este es un pasaje que está lleno de dificultades, y tendremos que tomarnos el tiempo necesario para solventarlas. En primer lugar, hay dos cosas generales al principio que, si las entendemos bien, ayudarán a iluminar todo el pasaje.

La palabra griega que se usa en el versículo 11, que he traducido por secretos (como muchas traducciones), es en el original mysteria, misterios, como dice la Reina-Valera. En los tiempos del Nuevo Testamento, la palabra misterio se usaba con un sentido técnico especial. Para nosotros quiere decir sencillamente algo oscuro, difícil o imposible de entender, a veces misterioso. Pero en los tiempos del Nuevo Testamento era el nombre técnico de algo que era ininteligible para el de fuera, pero claro como el agua para el iniciado.

En el tiempo de Jesús, tanto en Grecia como en Roma, las religiones más intensas y reales eran las que se llamaban religiones misteriosas o misterios. Estas religiones tenían todas un cierto carácter en común. Eran en esencia dramas o autos de pasión en los que se representaba la historia de algún dios o diosa que había vivido y sufrido y muerto y resucitado gloriosamente. Al iniciado se le daba un largo curso de instrucción en el que se le explicaba el sentido íntimo del drama; ese curso de instrucción duraba muchos meses o hasta años. Antes que se le llegara a permitir ver el drama tenía que pasar un período de ayunos y abstinencias. Todo conducía a un estado de emoción y de expectación. Entonces se le llevaba a ver el drama; el ambiente estaba cuidadosamente preparado: iluminación sugestiva, inciensos y perfumes, música sensual y en muchos casos una liturgia exquisita. Entonces se representaba el drama, que se pretendía que produjera en el adorador una identificación total con el dios cuya historia se representaba en el escenario. Se pretendía que el adorador participara en la vida y sufrimientos y muerte y resurrección de la divinidad, y participara así de la inmortalidad. El adorador clamaba al final: «¡yo soy Tú, y Tú eres yo!»

Vamos a poner un ejemplo concreto. Uno de los misterios más famosos era el de Isis. Osiris era un rey sabio y bueno. Set, su malvado hermano, le odiaba, y con setenta y dos conspiradores le indujo a acudir a un banquete. Allí le persuadió a entrar en un ataúd astutamente diseñado que tenía sus mismas medidas. Cuando Osiris estaba en el ataúd, se le cerró la tapa y se arrojó al Nilo. Tras larga y fatigosa búsqueda, Isis, la fiel esposa de Osiris, encontró el ataúd y se lo llevó a su casa con duelo. Pero cuando ella estaba ausente de su casa, el malvado Set volvió y robó el cuerpo de Osiris, lo cortó en catorce piezas y las distribuyó por todo Egipto. De nuevo Isis inició su búsqueda agotadora y dolorida. Después de mucho consiguió todas las piezas; por un poder maravilloso los trozos se ensamblaron entre sí, y Osiris resucitó, y llegó a ser desde entonces y para siempre el rey inmortal de los vivos y los muertos.

Es fácil comprender lo conmovedora que podía hacérsele esta historia a uno que hubiera recibido la larga enseñanza y que entonces la contemplaba en un ambiente cuidadosamente calculado. Estaba la historia del buen rey; el ataque del pecado; la búsqueda ansiosa del amor; el hallazgo triunfante; la resurrección a una vida que había conquistado la muerte. Con todo eso se pretendía que se identificara el adorador, y que surgiera de ello, según una frase famosa de las religiones misteriosas, «nacido de nuevo para la eternidad.»

Eso era un misterio: algo sin sentido para el que estaba fuera, pero supremamente precioso para el iniciado. De hecho, algo así es la Santa Cena. Para el que no la hubiera visto nunca, parecería una compañía de gente que toma un trocito de pan y bebe un sorbito de vino, y puede que hasta le pareciera algo ridículo. Pero para la persona que sabe lo que está haciendo, que ha sido iniciada en su sentido, es el acto de culto más precioso y conmovedor de la Iglesia Cristiana.

Así es que Jesús les dijo a Sus discípulos: « Los que están fuera no pueden entender lo que Yo digo; pero vosotros Me conocéis; sois Mis discípulos; podéis entender.» El Evangelio sólo se puede entender desde dentro. Sólo se puede entender después de un encuentro personal con Jesucristo. Criticarlo desde fuera es criticar en ignorancia. Sólo la persona que está dispuesta a entrar en el discipulado tiene acceso a las cosas más preciosas de la fe cristiana.

Adolfo Araujo, al final de su libro Cristianidad, aplica al Evangelio el romance del encuentro del Conde Amaldos con aquel misterioso Marinero que cantaba una canción tan maravillosa que hacía posarse las aves en el mástil y salir a la superficie a los peces; y que, cuando el Conde le pide que le diga ese cantar, le contesta:

Yo no digo esa canción sino a quien conmigo va.

«Conde Arnaldos, si quieres embelesarte con el cántico sublime, tienes que embarcarte con el Marinero que te viene a buscar, y, dejando la tierra de tu extrañamiento, volver a tu patria. Y así, lector, si quieres sentir lo inefable del cantar cristiano, entra en el barco de la fe. O, puesto de otro modo, encuéntrate dentro, aunque sea sin saber cómo.»

LA DURA LEY DE LA VIDA

La segunda cosa generales el dicho del versículo 12 de que todavía se le dará más al que tenga, y al que no tenga se le quitará aun lo que tenga. A primera vista parece cruel; pero lejos de ser cruel, expresa una indiscutible ley de la vida.

En todas las esferas de la vida se le da más al que tiene, y se le quita lo que tiene al que no tiene. Como decía Calderón:

En fin, que este mundo triste al que está vestido viste, y al desnudo le desnuda.

En el mundo de la investigación, el estudiante que se esfuerza por adquirir conocimientos adquiere más conocimientos. Es a él al que se le ofrecen cursos avanzados, investigación, y las cosas más interesantes; y es así porque con su tenacidad y fidelidad se ha capacitado para recibirlos y usarlos. Por otra parte, el estudiante perezoso que hace lo menos posible pierde hasta los conocimientos que tuviera.

Muchas personas llegan a saber algo de latín, inglés u otra lengua, pero con el paso del tiempo pierden lo que sabían porque no procuran desarrollarlo y usarlo. Muchas personas tenían habilidad en algún arte o juego y la perdieron porque lo abandonaron; el vago acaba perdiendo hasta lo que tenía. Todos los dones se pueden desarrollar; pero, como nada permanece inmóvil en la vida, lo que no se desarrolla se pierde.

Así sucede también con la bondad. Cada tentación que vencemos nos hace más fácil vencer la siguiente, y cada tentación a la que sucumbimos nos hace menos capaces de vencer la siguiente. Siempre que hacemos una buena obra, un acto de autodisciplina o de servicio, nos capacitamos más para hacer el siguiente; y cada vez que desperdiciamos una oportunidad nos hacemos menos capaces de aprovechar la siguiente que se nos presente.

La vida es un constante proceso en el que se gana más o se pierde más. Jesús estableció la verdad de que cuanto más cerca vivamos de Él más creceremos hacia el ideal de la vida cristiana. Y cuanto más se aleje una persona de Cristo o deje que le alejen las circunstancias, menos capacitada estará para alcanzar la bondad; porque la debilidad, como la fuerza, crece.

CEGUERA HUMANA Y PROPÓSITO DIVINO

Los versículos 13-17 de este pasaje son de los más difíciles de los evangelios. Y el hecho de aparecer en diferente forma en los diferentes evangelios muestra hasta qué punto se reconocía su dificultad en la Iglesia Primitiva. Por ser el primero de los evangelios que se escribió, esperaríamos que Marcos fuera el que más se aproximara a las palabras originales de Jesús. Así nos las presenta (4:11,12, R-V):

A vosotros os es dado saber el misterio del Reino de Dios; pero a los que están fuera, por parábolas todas las cosas, para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; para que no se conviertan y les sean perdonados los pecados.

Si se toman estos versículos por su valor facial sin intentar entender su sentido real, hacen la extraordinaria afirmación de que Jesús hablaba a la gente por parábolas para que no entendieran, y para impedir que se arrepintieran y se les perdonaran los pecados.

Mateo es posterior a Marcos, e introduce un cambio importante:

Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden (13, R-V).

Según Mateo, Jesús hablaba en parábolas porque la gente era demasiado ciega y sorda para entender la verdad de ninguna otra manera.

Hay que notar que este dicho de Jesús da paso a la cita de Isa_6:9-10 . Ese era otro pasaje que provocaba mucha inquietud angustiosa. Veámoslo en la versión Reina-Valera:

Anda, y dile a este pueblo: «Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, pero no comprendáis.» Embota el corazón de este pueblo, endurece sus oídos y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos ni oiga con sus oídos ni su corazón entienda, ni se convierta y haya para él sanidad.

De nuevo parece que Dios hubiera cegado los ojos y ensordecido los oídos y endurecido los corazones del pueblo intencionadamente para que no pudieran entender. La falta de comprensión del pueblo de Israel se atribuye a la acción deliberada de Dios.

Exactamente como Mateo suavizó Marcos, la Septuaginta -la traducción griega del Antiguo Testamento que usaban casi todos los judíos de la Diáspora en los tiempos de Jesús suavizó el original hebreo:

Ve, dile a este pueblo: «De veras oiréis, pero no entenderéis; y viendo veréis y no percibiréis.» Porque el corazón de este pueblo se ha insensibilizado, y oyen torpemente con sus oídos, y han cerrado sus ojos no sea que alguna vez vean con sus ojos, y oigan con sus oídos, y entiendan con sus corazones, y se conviertan, y Yo los sane.

La Septuaginta, por. así decirlo, descarga a Dios de la responsabilidad y se la impone claramente al pueblo.

¿Cómo se puede explicar todo esto? De una cosa podemos estar seguros: sea lo que sea lo que quiera decir este pasaje, no puede querer decir que Jesús comunicó intencionadamente Su mensaje de forma que la gente no pudiera entenderlo. Jesús no vino para ocultarle la verdad al mundo, sino para revelársela. Y sin duda hubo momentos cuando la gente la entendía.

Cuando los dirigentes judíos ortodoxos oyeron la amenaza de la parábola de los Viñadores Malvados, la entendieron muy bien, y recularon aterrados diciendo: «¡No lo quiera Dios!» (Luk_20:16 ). Y en los versículos 34 y 35 de este mismo pasaje, Jesús cita el dicho del salmista:

Presta oído, oh pueblo Mío, a Mi enseñanza; aplica tus oídos a las palabras de Mi boca. Enseñaré públicamente por medio de parábolas, comunicaré antiguos dichos misteriosos, cosas que hemos oído y que sabemos, porque nos las dijeron nuestros padres.

Es una cita del Psa_78:1-3 , en el que el salmista sabe que lo que está diciendo se entenderá, y que está recordándole al pueblo verdades que tanto ellos como sus padres ya conocían.

La verdad es que las palabras de Isaías, y el uso que Jesús hizo de ellas, han de leerse con intuición, y tratando de ponernos en la situación en que se encontraban tanto Isaías como Jesús. Estas palabras nos dicen tres cosas.

(i) Nos hablan de la perplejidad del profeta. El profeta le traía al pueblo un mensaje que estaba para él tan claro como el agua; y le alucinaba el que no lo pudieran entender. Esta es frecuentemente la experiencia del maestro y del predicador. A menudo, cuando predicamos o enseñamos o discutimos cosas con la gente, tratamos de decirles algo que consideramos que tiene sentido y que es pertinente y de un interés absorbente y de una importancia suprema; y nos oyen como el que oye llover, sin el menor interés, o comprensión, o urgencia. Y nos maravilla y alucina el que, lo que quiere decir tanto para nosotros, al parecer no les dice nada a ellos; que lo que nos provoca un incendio en los huesos, como decía Jeremías (20:9), los deja fríos, y que lo que nos entusiasma y conmueve las entrañas les provoca solo una gélida indiferencia. Esa es la experiencia de todo maestro y predicador y evangelista.

(ii) Nos hablan de la desesperación del profeta. El sentimiento de Isaías era que su predicación parecía hacer más daño que bien, que sería lo mismo si estuviera hablando a un muro de piedra, que no había acceso a las mentes y los corazones de esos sordos y ciegos que, a juzgar por los resultados, parecían ir a peor en vez de a mejor. De nuevo, esta es la experiencia de todo maestro o predicador. Hay veces que los que tratamos de ganar, a pesar de todos nuestros esfuerzos, parece que cada vez están más lejos, en lugar de más cerca, del Evangelio. Nuestras palabras se las lleva silbando el viento; nuestro mensaje choca con una barrera impenetrable de indiferencia; el resultado de todo nuestro trabajo parece menos que nada, porque al final parece que la gente está más lejos de Dios de lo que estaban al principio.

(iii) Pero estas palabras nos dicen más que la perplejidad y la desesperación del profeta; también nos hablan de la fe a ultranza del profeta. Aquí nos encontramos cara a cara con una convicción judía sin la que mucho de lo que decían el profeta, o Jesús, o la Iglesia Primitiva no nos resultaría inteligible.

Para decirlo sencillamente, era uno de los primeros artículos de fe judíos que nada sucede en este mundo fuera de la voluntad de Dios; y cuando decían nada querían decir absolutamente nada. Era tanto la voluntad de Dios cuando la gente prestaba oído como cuando no; cuando se negaban a entender la verdad como cuando la recibían. El judío se arrojaba pronto a la convicción de que todo ocupaba su lugar en el propósito de Dios y que, de alguna manera, Dios tejía juntamente fracasos y éxitos, bien y mal, en la trama de Su diseño.

El propósito final de Dios en todo era siempre bueno. Este es el pensamiento que expresa Pablo en Romanos, capítulos 9 al 11, en los que nos habla de cómo fue que los judíos, el pueblo escogido de Dios, rechazó de hecho la verdad de Dios y crucificó al Hijo de Dios cuando vino a ellos. Parecía absurdo; pero, ¿cuál fue la consecuencia? Que el Evangelio salió al mundo gentil; y el resultado final será que los gentiles introducirán algún día a los judíos. Lo que parecía ser un mal y una tragedia se incorpora en un bien más amplio, porque todo está en el plan de Dios.

Ese era el sentir de Isaías. En un principio estaba perplejo y desesperado; luego, se le hizo la luz y dijo en efecto: «No puedo entender el comportamiento de este pueblo, pero sé que todo este fracaso está incluido de alguna manera en el plan de Dios, y Él lo usará para Su gloria y para el bien final de la humanidad.» Jesús tomó estas palabras de Isaías y las usó para animar a Sus discípulos; y en efecto les dijo: «Sé que esto parece descorazonador; sé cómo os sentís cuando las mentes y los corazones de la gente se niegan a recibir la verdad y cuando sus ojos se cierran a verla; pero también en esto hay un propósito, y algún día lo veréis.»

La actitud que tenían en relación con esta doctrina, la de la predestinación, ha separado a teólogos e iglesias en la historia de la Iglesia; pero lo que a fin de cuentas hace que los cristianos aceptemos con gozo los designios de la voluntad omnímoda de Dios es la Revelación de Su carácter en Jesucristo que los judíos no habían recibido en el Antiguo Testamento. Si Dios es como Le vemos en Su Hijo, y esa es la Revelación suprema del Nuevo Testamento, podemos estar seguros de que a los que Le aman todas las cosas los conducen a bien.

Aquí encontramos nosotros también estímulo y aliento. A veces contemplamos nuestra cosecha, y estamos contentos; pero otras veces no vemos más que terreno estéril, nada más que una falta absoluta de interés, nada más que fracaso. Así puede que parezca a mentes y sentidos humanos; pero detrás de todo y en todo está Dios, incluyendo hasta ese fracaso en el plan divino de Su mente omnisciente y de Su poder omnipotente. No hay fracasos ni cabos sueltos en el propósito eterno de Dios.

«Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano» (1Co_15:58 ).

LA OBRA DEL ENEMIGO

Mateo 13:24-30, 36-43

Jesús les contó otra parábola:

-El Reino del Cielo es como un hombre que sembró su campo de buena semilla; pero mientras dormían sus hombres llegó un enemigo suyo y sembró cizaña entre el trigo y se marchó.

»Cuando el trigo empezó a granar, salió también la cizaña. Los siervos fueron al amo de la finca y le dijeron:

-Señor, ¿es que no sembramos tu campo de buena semilla? ¿Pues de dónde ha salido la cizaña?

-Esto es obra de un enemigo -les contestó.

-¿Quieres que nos pongamos a recoger la cizaña? -le preguntaron. Y él les contestó:

No; porque si recogéis la cizaña hay peligro de que también arranquéis el trigo al mismo tiempo. Dejad que crezcan juntos hasta el tiempo de la siega; y entonces ya les diré yo a los segadores: «Recoged primero no cizaña, y atadla en manojos para quemarla. Pero el trigo lo lleváis a mi granero. «»

Después de despedir a la gente, Jesús se retiró a la casa; y los discípulos se Le acercaron y Le pidieron:

-Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

-El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre -les contestó Jesús-. EL campo es el mundo; la buena semilla representa a los hijos del Reino, y la cizaña son los hijos del maligno. El enemigo que los siembra es el diablo. La cosecha es el fin de esta era, y los segadores son los ángeles. De la manera que se recoge la cizaña para prenderle fuego, así sucederá al fin de esta era: El Hijo del Hombre mandará a Sus ángeles a recoger todos los que causan tropiezo y los que obran injustamente, los sacarán del Reino y los echarán al horno de fuego. Entonces vendrá el lloro y el crujir de dientes. Pero los íntegros resplandecerán como el Sol en el Reino de su Padre. El que tenga entendederas, que se entere.

Los detalles de esta parábola le resultarían claros y familiares a la audiencia de Palestina. La cizaña es una de las plagas que el campesino tiene que estar combatiendo constantemente en este clima. «Se cría espontáneamente en los sembrados y la harina de su semilla es venenosa» (D R.A E.). Al principio se parece tanto al trigo que es imposible distinguirlos. Cuando echan espiga se los distingue perfectamente, pero para entonces ya se han enredado las raíces de forma que no se puede arrancar la una sin dañar el otro.

Thomson, en La Tierra y el Libro, nos cuenta que vio la cizaña en el Wady Haman: «El grano está en el momento ideal de su desarrollo para ilustrar la parábola. Cuando el trigo o la cebada ya están granados, la cizaña también, y cualquier niño notaría la diferencia; pero antes, hasta cuando se observan con cuidado se puede uno confundir. Yo no podría distinguirlos con absoluta seguridad. Hasta los campesinos, que escardan los campos regularmente en esta tierra, no intentan separarlos al principio. No solo es que los confundirían; sino que, como las raíces están entremezcladas, sería imposible separarlos sin dañar lo bueno con lo malo. Hay que dejarlos crecer al mismo tiempo hasta el tiempo de la siega.»

La cizaña se parece tanto al trigo que los judíos la llaman trigo bastardo. Se llama en hebreo zúnim, que viene, como cizaña en español, del griego zizánion, plural zizánia. Se dice que zúnim viene de la raíz zaná, que quiere decir fornicar; y cuenta la leyenda que la cizaña se originó en el tiempo de maldad que precedió al Diluvio, porque entonces toda la creación, seres humanos, animales y plantas, se descarriaron y cometieron fornicación y produjeron descendientes contra la naturaleza. En sus primeras etapas, el trigo y la cizaña se parecen tanto que la idea popular era que la cizaña era trigo que se había corrompido.

El trigo y la cizaña no se pueden separar fácilmente cuando están creciendo; pero al final hay que separarlos, porque el grano de la cizaña es ligeramente venenoso. Causa mareos y náuseas, y tiene efectos narcóticos, y hasta en pequeñas cantidades tiene un sabor amargo y desagradable. Por último hay que separarlos a mano. Levison describe el proceso: «Se suelen emplear mujeres para quitar los granos de cizaña del trigo que se va a moler… Por lo general, la separación se hace después de la trilla. Se extiende el grano en grandes bandejas que se ponen delante de las mujeres para que puedan separar la cizaña, que tiene un tamaño y una forma semejante al trigo, pero se distingue por su color pizarra.»

Así que en sus primeras etapas de crecimiento la cizaña no se puede distinguir del trigo, y al final tiene que separarse so pena de graves consecuencias.

La escena de un hombre sembrando cizaña aposta en el campo de otro no es solo figurada. Sucedía a veces. Hasta el día de hoy, una de las amenazas más horrendas que se pueden dirigir a un enemigo en la India es: «¡Te voy a sembrar mala semilla en tu campo!» Y en el derecho romano codificado se prohíbe este crimen y se establece su castigo.

Todas las escenas de esta parábola les eran familiares a las gentes de Galilea que la oyeron por primera vez.

LA HORA DEL JUICIO

Bien se puede decir que, por su enseñanza, esta es una de las parábolas más prácticas que contó Jesús.

(i) Nos enseña que hay siempre un poder hostil en el mundo, buscando y esperando destruir la buena semilla. Sabemos por experiencia que ambas influencias actúan en nuestra vida: la influencia que ayuda a florecer y producir la semilla de la Palabra, y la influencia que trata de destruir la buena semilla antes que pueda llegar a producir fruto. La lección es que debemos estar siempre en guardia.

(ii) Nos enseña lo difícil que es distinguir entre los que están en el Reino y los que no. Una persona puede parecer buena y ser de hecho mala; y otra, parecer mala, y sin embargo ser buena. Nos damos demasiada prisa a clasificar a las personas y ponerles la etiqueta de buena o mala sin conocer todos los Hechos.

(iii) Nos enseña a no precipitarnos en nuestros juicios. Si hubiera sido por los segadores, habrían tratado de arrancar la cizaña arrancando también el trigo. El juicio tenía que esperar a que llegara la siega. Cada persona será juzgada, no por una sola acción o etapa de su vida, sino por toda su vida. El juicio no se puede hacer hasta el final. Puede que una persona cometa una equivocación terrible, y luego se redima a sí misma y, por la gracia de Dios, expiarla viviendo dignamente el resto de su vida. Y una persona puede que viva honorablemente, y al final lo arruine todo con un colapso repentino en el pecado. Nadie que vea sólo una parte de una cosa puede juzgarla en su conjunto; ni nadie que no conozca a una persona nada más que en parte puede juzgarla en su totalidad.

(iv) Nos enseña que el juicio llega al final. No es precipitado, pero llega irremisiblemente. Puede que, humanamente hablando, el pecador parezca escapar las consecuencias en esta vida, pero hay otra vida por venir. Puede que, humanamente hablando, la bondad no parezca recibir nunca su recompensa, pero hay un mundo nuevo en el que se ajustarán los ejercicios del viejo.

(v) Nos enseña que el único que tiene derecho a juzgar es Dios. Dios es el único que puede discernir entre el mal y el bien, el único que ve la totalidad de la persona y su vida. Dios es el único que puede juzgar.

Así que, esta parábola contiene dos advertencias: una es que no debemos juzgar a nadie, y la otra es que, al final, vendrá el juicio de Dios.

EL COMIENZO MODESTO

Mateo 13:31-32

 

Jesús les propuso otra parábola:

 

-EL Reino del Cielo es como un granito de mostaza, que va uno y lo siembra en su campo. Es verdad que es la más pequeña de las semillas; pero cuando se desarrolla es la mayor de las hortalizas, hasta tal punto de que se hace un árbol, y los pájaros vienen a anidar en sus ramas.

La planta de la mostaza que se da en Palestina es muy diferente de la de otros países, pero igual que la de la Península Ibérica. Estrictamente hablando, no es la más pequeña de las semillas, porque aún es más pequeña la del ciprés, por ejemplo; pero era proverbial por su pequeñez en el Oriente, como sucede con el comino en español. Por ejemplo: los judíos hablaban de una gota de sangre tan pequeña como un granito de mostaza; o, refiriéndose a un punto minúsculo de la ley ceremonial dirían que era una trasgresión tan pequeña como un grano de mostaza; y el mismo Jesús usó esta expresión refiriéndose a la más mínima expresión de la fe (Mat_17:20 ).

En Palestina, la planta de la mostaza llegaba a ser casi como un árbol. Thomson dice en La Tierra y el Libro: «He visto esta planta tan alta como un caballo con su jinete en la fértil llanura de Akkar.» Y también: «Con la ayuda de mi guía arranqué una planta de mostaza auténtica que tenía más de tres metros de altura.» No se exagera en esta parábola.

Además, era corriente ver una grey de pájaros revoloteando en torno a un arbusto de mostaza, porque les encantan los granitos negros que produce, y se posan en sus ramas para comerlos.

Jesús dijo que Su Reino era como un granito de mostaza, que se hace como un árbol cuando crece. La lección estaba más clara que el agua. El Reino del Cielo parte del comienzo más humilde, pero nadie sabe dónde terminará. En el lenguaje oriental, y también en el del Antiguo Testamento, una de las figuras más corrientes de un gran imperio es la de un árbol frondoso, y las naciones vasallas se representan como los pajarillos que encuentran cobijo y descanso entre sus ramas Eze_31:6 ). Esta parábola nos enseña que el Reino del Cielo empieza muy pequeñito, pero llegará el momento cuando reúna en su seno muchas naciones.

La Historia nos confronta con el hecho de que las cosas más grandes siempre tienen que empezar por los principios más humildes.

(ii) Una idea que puede cambiar una civilización empieza en una persona. En el Imperio Británico fue William Wilberforce el que inició el proceso de la liberación de los esclavos. Le vino la idea leyendo una exposición del comercio de esclavos de Thomas Clarkson. Era amigo de Pitt, que era entonces primer ministro; y un día estaba charlando con él y con George Grenville en el jardín de Pitt en Holwood. Tenían una vista muy hermosa, con el valle de Keston enfrente; pero los pensamientos de Wilberforce discurrían por un paisaje muy desagradable. De pronto Pitt se volvió hacia él y le dijo: « Wilberforce, ¿por qué no haces una propuesta sobre el tráfico de esclavos?» Se sembró una idea en la mente de un hombre, y esa idea cambió la vida de centenares de miles de personas. Una idea tiene que encontrar una persona dispuesta a dejarse poseer por ella; y, cuando la encuentra, empieza a avanzar una marea incontenible.

(ii) Un testimonio tiene que empezar por una persona. Cecil Northcott cuenta en uno de sus libros que hubo una reunión de jóvenes de muchos países paró estudiar cómo se podía extender el Evangelio. Hablaron de propaganda, de literatura… en fin: de todos los medios al uso en el siglo XX. Entonces habló una chica de África: «Cuando queremos llevar la fe cristiana a una de nuestras aldeas, no les mandamos libros. Escogemos una familia cristiana, y la enviamos allí, y hacen que sea una aldea cristiana viviendo en ella.» En un grupo, o en una sociedad, o escuela, o fábrica, o tienda, u oficina, una y otra vez es el testimonio de una persona lo que lleva el Cristianismo. Es esa persona que brilla con el fuego de Cristo la que inflama a todas las demás.

(iii) Una reforma empieza por una persona. Una de las grandes historias de la Iglesia Cristiana es la de Telémaco. Era un ermitaño en el desierto, pero algo le dijo -la llamada de Dios- que tenía que ir a Roma. Y fue. Roma ya era nominalmente cristiana; pero hasta en la cristiana Roma seguía habiendo luchas de gladiadores a muerte, y multitudes que rugían de sed de sangre. Telémaco se dirigió a los juegos: ochenta mil personas los estaban contemplando. Se horrorizó. ¿No eran hijos de Dios esos que se mataban? Saltó de su asiento a la arena, y se colocó entre los gladiadores. Le apartaron de un empellón. Volvió. La multitud se enfureció: se pusieron a apedrearle. Él siguió luchando por colocarse entre los gladiadores. El prefecto dio la orden. Una espada resplandeció al sol. Telémaco cayó muerto. Inmediatamente la multitud dejó de gritar. Se dio cuenta de pronto de lo que había sucedido: un hombre santo yacía muerto. Algo sucedió aquel día en Roma, porque ya no volvió a haber peleas de gladiadores. Con su muerte, un solo hombre había puesto en movimiento algo que iba a limpiar el Imperio Romano de una de sus lacras. « El monje Telémaco, que se interpone en la arena del circo entre los combatientes y consigue con su sacrificio la proscripción de los juegos de los gladiadores; el eclesiástico que da asilo en el templo al perseguido por la venganza, o a la presunta víctima de error judicial; Francisco de Asís con sus frailes menores, prontos a todo servicio humanitario, sin miras a la recompensa; Bartolomé de las Casas, procurando librar a sus indios de la opresión y la crueldad; Concepción Arenal y Juan Howard, mitigando la suerte de los presos; Josefina Butler, abogando la causa de las mujeres desgraciadas; Lincoln, libertando a los esclavos; el padre Damián, consagrando su vida a los leprosos, todos estos, y muchos más, han buscado el Reino de Dios y aquella pura justicia que le es propia, y han ensanchado los dominios donde la voluntad divina se cumple, si no como en el Cielo, mejor que se cumplía antes. Si no nos está reservado hacer obra tan grande como la de estos héroes, no faltarán a nuestra alrededor cositas pequeñas en las cuales nuestro esfuerzo pueda introducir algo del espíritu y atmósfera del Reino de Dios» (Adolfo Araujo, Cristianidad, pág. 105)

1 Escuchad, Jesús nos dice: – ¿Quiénes van a trabajar? Campos blancos hoy aguardan – que los vayan a segar. Él nos llama cariñoso, – nos constriñe con Su amor.

¿Quién responde a Su llamada: -Heme aquí, yo iré, Señor?

2 Si por tierras y por mares – no pudieres transitar, tu vecino está a tu puerta – a quien puedes auxiliar. Si careces de riquezas, – de lo que tuvieres da: si por el Señor lo dieres, – Él te recompensará.

3 Si cual inspirado apóstol – no te es dado predicar, bien decir a todos puedes – cuánto supo Cristo aMarcos Si el peligro no lograres – que comprenda el pecador, puedes conducirle niños – al divino Salvador.

(Daniel March – traductor: Thomas M. Westrup).

Una reforma tiene que empezar en algún sitio. Puede que no sea en una nación, sino en un hogar o en un trabajo; pero una vez que empiece nadie podrá saber hasta dónde llegará.

(iv) Esta fue una de las parábolas más personales de todas las de Jesús. Algunas veces Sus discípulos tienen que haber estado desanimados. Su compañía era tan reducida, y el mundo tan extenso. ¿Cómo podrían llegar a ganarlo y cambiarlo? Sin embargo, una fuerza invencible había entrado en el mundo con Jesús. Hugh Martin cita lo -que dijo H. G. Wells: « La Suya es con mucho la Figura dominante de la Historia… Cualquier historiador sin anteojeras teológicas tiene que darse cuenta de que no puede representar el progreso de la humanidad sin darle el lugar supremo que Le corresponde a un Maestro sin blanca de Nazaret.» Jesús les estaba diciendo a Sus discípulos, y les está diciendo a Sus seguidores de hoy, que no debe haber desaliento, que deben servir y testificar cada uno en su sitio, que cada uno debe ser el humilde principio desde el que el Reino crezca hasta que todos los reinos del mundo lleguen a ser de nuestro Señor y de Su Cristo (Rev_11:15 ).

EL PODER TRANSFORMADOR DE CRISTO

Mateo 13:33

Jesús les contó también otra parábola:

-El Reino del Cielo se parece a la levadura que las mujeres cogen y meten en tres medidas de harina para que se leude toda la masa.

Lo más significativo de este capítulo son las fuentes de las que dedujo Jesús Sus parábolas: cada una de ellas refleja escenas y actividades de la vida cotidiana. Jesús partía de cosas que les eran familiares a Sus oyentes para conducirlos a otras que no se les habían pasado nunca por la cabeza. Tomó la Parábola del Sembrador del campo del labrador, y la de la Mostaza de la huerta del campesino; la del Trigo y la Cizaña, del eterno problema del agricultor en su lucha con las plagas, y la de la Red Barredera de las orillas del Mar de Galilea. Tomó la Parábola del Tesoro Escondido en el Campo de las labores diarias de la labranza, y la de la Perla de Gran Precio del mundo del comercio y los negocios. Pero en esta Parábola de la Levadura Jesús se introduce más que en ninguna otra en el hogar, porque Se inspira en la cocina de cualquier casa.

En Palestina, como en muchos pueblos de España hasta mediados de este siglo, el pan se hacía en las casas; tres medidas de harina era, como señala Levinson, la cantidad media que se usaría para cocer el pan de una familia numerosa como la de Jesús en Nazaret. Jesús tomó esta parábola del Reino de lo que había visto hacer muchas veces a Su madre María. La levadura era sencillamente un pellizco de la masa de la hornada anterior, que se había fermentado totalmente.

En el lenguaje y pensamiento judíos, la levadura se usa casi siempre en relación con una mala influencia; y esto, porque los judíos identificaban la fermentación con la putrefacción, y la levadura representaba todo lo malo (Cp. Mat_16:6 ; 1Co_5:6-8 ; Gal_5:9 ). Una de las ceremonias de la preparación de la Pascua consistía en buscar y descubrir y quemar todos los restos de levadura o de pan leudado que hubiera en la casa, aunque fueran las miguitas del suelo. Puede que Jesús escogiera deliberadamente esta ilustración del Reino. Produciría un cierto escándalo el oír que el Reino de Dios se comparaba con la levadura; y el escándalo despertaría interés y atención, como suele suscitarlos una ilustración tomada de una fuente peregrina e inesperada.

El detalle de la parábola está en una cosa: el poder transformador de la levadura. La levadura cambiaba el carácter de toda la hornada. El pan sin leudar es duro y seco y nada apetitoso; el que se cuece con levadura es suave, poroso y esponjoso y apetitoso. Al introducir la levadura se origina una transformación en la masa; y la llegada del Reino del Cielo causa una transformación en la vida.

Reunamos las características de esta transformación.

(i) El Evangelio transforma la vida de la persona individual. En 1Co_6:9 s, Pablo agrupa las clases más terribles y repelentes de pecadores, y entonces, en el versículo siguiente, lanza la tremenda denuncia: «Y eso es lo que erais algunos.» Como decía Denney, no debemos olvidar nunca que la función y misión del Evangelio es hacer buenos a los malos. Esta transformación empieza en la vida individual; porque en Cristo, la víctima de la tentación puede llegar a ser el vencedor de la tentación.

(ii) Hay cuatro áreas principales en las que el Cristianismo transformó` la vida de la sociedad.

(a) Transformó la vida para las mujeres. El judío; en sus oraciones matutinas, Le daba gracias a Dios por no haberle hecho ni un gentil, ni un esclavo, ni una mujer. En la civilización griega, la mujer llevaba una vida absolutamente, recluida, sin más responsabilidad que las tareas del hogar. K. J. Freeman describe la vida del niño o del joven griego aun en los grandes días de Atenas: «Cuando llegaba a casa no encontraba nada que se le pareciera a una vida de familia. Su padre rara vez estaba en casa. Su madre era simplemente una figura sin personalidad que vivía en las habitaciones de las mujeres; probablemente tampoco la veía con frecuencia.» En los países orientales se solían ver familias que iban de viaje: el padre iría montado en un asno; la madre iría andando detrás, a menudo encorvada bajo una pesada carga. Una verdad indiscutible de la Historia es que el Cristianismo transformó radicalmente la vida para las mujeres.

(b) El Cristianismo transformó la vida para los enfermos y los débiles. En la vida pagana, los débiles y los enfermos eran una molestia. En Esparta, cuando nacía un niño, se le sometía a examen: si era fuerte y sano se le permitía vivir; si era débil o tenía algún defecto se le exponía a la muerte en el monte. El doctor A. Rendle Short refiere que el primer asilo para los ciegos lo fundó Talasio, un monje cristiano; el primer consultorio médico gratuito lo fundó Apolonio, un comerciante cristiano; el primer hospital del que se tiene noticia lo fundó Fabiola, una dama cristiana. El Cristianismo fue la primera fe que se interesó por los destrozados por la vida.

(c) El Cristianismo transformó la vida para los ancianos. Lo mismo que los débiles, los ancianos eran una molestia. Catón, el escritor latino de cosas de agricultura, aconsejaba a los que se hicieran cargo de una granja: «Pasa revista al ganado, y pon a la venta lo que te convenga. Vende el aceite si te lo pagan bien, y lo mismo lo que te sobre del vino y los cereales. Vende los bueyes que estén agotados, el ganado defectuoso lanar y vacuno, la lana, las pieles, los carros viejos, los aperos desgastados, los esclavos viejos y los enfermos y todo lo que sea superfluo.» Los viejos que ya no rendían en el trabajo, ya no servían para nada y se abandonaban en los basureros de la vida: El Cristianismo fue la primera fe que consideró a los ancianos como personas, y no como instrumentos que habían dejado de servir para el trabajo.

(d) El Cristianismo transformó la vida para los niños. in el trasfondo inmediato del Cristianismo, la relación matrimonial estaba deshecha y el hogar en peligro de muerte. El divorcio era tan corriente que no tenía nada de particular ni de reprochar el que una mujer (se supone rica y aristocrática) cambiara de marido todos los años. En tales circunstancias, los niños eran un› desastre; y la costumbre de exponer los bebés a la muerte era trágicamente corriente. Hay una carta muy conocida de una tal Hilario, que se había ido a Alejandría, a su mujer, que seguía en casa: « Bueno, si tienes la suerte de que sea un niño lo que des a luz, déjale que viva; pero si es una niña, tírala.» En la civilización moderna, la vida casi se organiza en torno a los niños; en el mundo antiguo, un niño era corriente que muriera antes de empezar a vivir.

Cualquier oponente que pregunte qué ha hecho el Cristianismo por el mundo, se encuentra desarmado ante la respuesta de un cristiano. No hay nada en la Historia que esté más claro que el poder transformador de Cristo en la vida de la persona y de la sociedad.

LA ACCIÓN DE LA LEVADURA

Sólo nos queda por considerar una cuestión en relación con la Parábola de la Levadura. Casi todos los investigadores estarían de acuerdo en que nos presenta el poder transformador de Cristo y de Su Reino en la vida de la persona y del mundo; pero hay diferencias de opinión en cuanto a cómo actúa ese poder transformador.

(i) Algunas veces se dice que la lección de esta parábola es que el Reino obra de manera imperceptible. No podemos ver cómo actúa la levadura en la masa, lo mismo que no podemos ver crecer una flor; pero la acción de la levadura prosigue hasta conseguir su fin. Así tampoco podemos ver cómo actúa el Reino, pero siempre está actuando y acercando las personas y el mundo a Dios.

Según esto, aquí tendríamos un mensaje de aliento. Querría decirnos que siempre debemos ver las cosas a largo plazo, que no debemos comparar las cosas de hoy con las de la semana, o el mes, o el año pasados, sino que debemos considerar el transcurso de los siglos, y entonces veremos el progreso incesante del Reino. Como dice el poema de A. H. Clough:

No digas que la lucha no valía la pena, que el esfuerzo y las llagas se aplicaron en vano; que el contrario no ceja ni retrocede nunca, y que todas las cosas son lo mismo que siempre.

Si la ilusión se engaña, el miedo es mentiroso; ¿no ocultará esa nube de humo en lontananza a los tuyos que alcanzan al enemigo que huye, y que solo tú faltas por poseer la victoria?

Mientras las olas rompen cansadas en la arena sin parecer ganar ni una sola pulgada, allá atrás la marea entre rocas y riscos avanza silenciosa entrando incontenible.

No sólo las ventanas de Oriente lentamente adivinan la luz conforme el Sol se eleva; sino, ¡mirad!, a Occidente las lomas ya saltan jubilosas reflejando su luz.

Según esto, la parábola enseña que con Jesucristo y Su Evangelio ha inundado el mundo una nueva energía, y que, silenciosa pero inconteniblemente, está obrando a favor de la justicia en el mundo, y Dios está realizando Su propósito conforme cada año sucede al anterior.

(ii) Pero algunos han dicho a veces, C. H. Dodd por ejemplo, que la lección de la parábola es precisamente la contraria; y que, lejos de ser invisible, la acción del Reino está a la vista de cualquiera que tenga ojos para ver. La influencia de la levadura se puede ver claramente. En cuanto se mete en la masa, la transforma de algo insensible e inactivo en algo que burbujea y se hincha. Eso es precisamente lo que quieren decir las palabras levadura y leudar, de leváre, levar, levantar. Así de enérgico e inquietante es el obrar del Reino, y tan a la vista de todo el mundo. Cuando llegó el Evangelio a Tesalónica, sus habitantes decían preocupados: «¡Esos hombres que están poniendo el mundo patas arriba han llegado aquí también!» (Act_17:6 ). La acción del Evangelio es desintegradora, inquietante y violenta en sus efectos.

Hay aquí una verdad indiscutible. Es verdad que los hombres crucificaron a Jesucristo porque desafiaba sus convencionalismos y tradiciones; y una y otra vez es verdad que se ha perseguido a los cristianos porque representaban una fuerza transformadora y renovadora. Es abundantemente cierto que no hay nada en el mundo tan inquietante como el Evangelio; esa es, de hecho, la razón por la que tantas personas lo rechazan y tratan de eliminarlo.

Cuando lo pensamos un poco nos damos cuenta de que no tenemos que escoger entre una de las dos interpretaciones de la parábola, porque ambas son verdaderas. Hay un sentido en el que el Reino, el poder de Cristo, el Espíritu de Dios, siempre está actuando, aunque no lo veamos; y hay un sentido en que está a la vista su acción. Cristo cambia muchas vidas personales e individuales manifiesta y violentamente; y al mismo tiempo hay una operación silenciosa del propósito de Dios a lo largo de la Historia.

Podemos presentarlo de la siguiente manera. El Reino, el poder de Cristo, el Espíritu de.=Dios, es como el Guadiana, que una parte de su curso fluye invisiblemente por debajo de la superficie de la tierra, para surgir otra vez en todo su poder, a la vista de todo el mundo. Esta parábola nos enseña tanto que el Reino está siempre obrando invisiblemente como que hay momentos en la vida individual y colectiva en los que la acción del Reino es tan patente y tan manifiestamente poderosa que todos la pueden ver.

TODO EN LA LABOR DIARIA

Mateo 13:44

También se parece el Reino del Cielo a un tesoro que estuviera escondido en un campo. Va uno, y lo descubre, y lo oculta otra vez; y de la alegría que tiene, va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.

Aunque esta parábola nos suena extraña, les sonaría perfectamente natural a los que vivían en Palestina en tiempos de Jesús; y aun en nuestro tiempo, a las gentes del Oriente les parecerá un tema muy actual.

En el mundo antiguo había bancos, pero la gente comente no los podía usar. Lo más frecuente era que usara el campo como el lugar más seguro para guardar sus más preciadas posesiones. En la Parábola de los Talentos, el siervo inútil escondió su talento en la tierra para no perderlo (Mat_25:25 ). Los rabinos tenían un dicho proverbial de que no había más que un lugar seguro para guardar el dinero: la tierra.

Esto era todavía más real en una tierra en la que el jardín de cualquiera podía convertirse en un campo de batalla de la noche a la mañana. Palestina fue probablemente el país en que se dieron más batallas en el mundo antiguo; y, cuando la marea de la guerra amenazaba con anegarla, lo que casi todo el mundo hacía era esconder lo que tuviera de valor en la tierra antes de emprender la huida, con la esperanza de volver algún día y recuperarlo. Josefo menciona «el oro y la plata y todos los muebles valiosos que tenían los judíos, y que depositaron bajo tierra ante las fortunas inciertas de la guerra.»

Thomson nos cuenta en La tierra y el libro, que se publicó por primera vez en 1876, el caso del descubrimiento de un tesoro que él conoció personalmente en Sidón. Había en aquella ciudad una famosa avenida con acacias. Unos obreros, cavando en uno de los jardines de dicha avenida, descubrieron varios cacharros de cobre llenos de monedas de oro. Tenían la intención de quedárselas; pero eran tantos los que se creían con derecho a una parte, y estaban tan indeciblemente emocionados que se descubrió su secreto y el gobierno local se hizo cargo. Todas las monedas eran del tiempo de Alejandro Magno y de su padre Felipe. Thomson sugiere que, cuando Alejandro murió inesperadamente en Babilonia, se recibió la noticia en Sidón, y algún gobernador macedonio enterró aquellas monedas con la intención de apropiárselas en el caos que sin duda seguiría a la muerte de Alejandro. Thomson añade que hay personas que se dedican al negocio de buscar tesoros escondidos; y que viven en una tensión tan constante que se da el caso de que se desmayan cuando encuentran una sola moneda. Cuando Jesús refirió esta parábola hablaba de algo que les sonaría muy familiar e interesante a los habitantes de Palestina y del Oriente en general.

Se podría pensar que Jesús pone como ejemplo en esta parábola a un hombre culpable de una práctica más que dudosa, porque escondió otra vez su hallazgo en vez de dar parte al dueño de la finca o a las autoridades, y dio pasos para quedárselo él. A eso se pueden decir dos cosas. La primera que, aunque Palestina estaba en tiempos de,1esús bajo el dominio de Roma y sus leyes, en las cosas ordinarias, menudas y cotidianas era la ley tradicional judía laque se aplicaba; y, en cuanto a los tesoros escondidos, la ley rabínica judía era muy clara: «¿Qué hallazgos pertenecen al que los encuentre, y de cuáles tiene éste que dar parte? Estos son los que pertenecen al que los encuentra. Si uno encuentra fruta caída, o dinero caído… eso le pertenece al que lo encuentre.» Así que, legalmente, este hombre tenía derecho a lo que se había encontrad.

Y segunda: hasta aparte de eso, cuando se trata de una parábola, no hay que fijarse tanto en los detalles; las parábolas tienen una lección especial, y todo lo demás es secundario. En esta parábola, el tema es el gozo del descubrimiento, que hace que el hombre esté dispuesto a renunciar a todo lo demás para que el tesoro le pertenezca sin lugar a dudas. Ningún otro detalle de la parábola tiene importancia.

(i) La lección de esta parábola es, primero, que el hombre se encontró con algo de valor inmenso, no tanto por casualidad, sino en medio de su trabajo cotidiano. Es verdad que dio con ello inesperadamente, pero fue cuando estaba ocupado en sus quehaceres habituales. Y es legítimo deducir que estaba cumpliendo con su deber con diligencia y eficacia, porque tiene que haber estado cavando bien hondo, y no meramente arañando la superficie, para haberse encontrado con aquel tesoro. Sería una pena que fuera solo en las iglesias, en los lugares que se consideran santos y en las ocasiones que se tienen por religiosas, donde pudiéramos encontrarnos con Dios y sentirnos cerca de Él.

Hay un dicho de Jesús que no se encuentra en los evangelios pero que suena a auténtico: «Levanta la piedra, y Me encontrarás; tala la madera, y estaré en ella.» Cuando el albañil está trabajando la piedra o el carpintero la madera, allí está Jesucristo con ellos. La verdadera felicidad y satisfacción, el sentir a Dios y la presencia de Cristo se han de encontrar en el trabajo cotidiano hecho con honradez y a conciencia. El hermano Lorenzo, gran santo y místico, pasó la mayor parte de su vida laboral en la cocina del monasterio entre cacharros, y pudo decir: «Sentía a Jesucristo tan cerca de mí en la cocina como en el santísimo sacramento.» Y Teresa de Jesús, si no citaba al hermano Lorenzo por lo menos coincidía totalmente con él cuando decía, animando a sus monjas a las labores cotidianas: «También entre los pucheros anda el Señor.»

(ii) La lección de esta parábola es, segundo, que merece la pena cualquier sacrificio para entrar en el Reino. ¿Qué quiere decir entrar en él Reino? Cuando estudiamos la Oración Dominical (Mat_6:10 ), encontramos que podíamos decir que el Reino de Dios es un estado social en la Tierra en el que la voluntad de Dios se hace tan perfectamente como en el Cielo. Por tanto, entrar en el Reino es aceptar y hacer la voluntad de Dios. Así que vale la pena, cualquier pena, hacer la voluntad de Dios. De pronto, como el que descubre un tesoro escondido, puede que se nos presente, en algún momento de iluminación, la convicción de cuál es la voluntad de Dios para nosotros. Aceptarla puede suponer renunciar a algunos objetivos y ambiciones que apreciamos mucho, abandonar ciertos hábitos y maneras de vivir que son difíciles de renunciar, asumir una disciplina y una autonegación que no son fáciles ni mucho menos; en una palabra: tomar nuestra cruz y seguir a Jesús. Pero no hay otra manera de conseguir la paz en la mente y en el corazón en esta vida y la gloria en la vida por venir. Sin duda vale la pena renunciar a todo para aceptar y hacer la voluntad de Dios.

LA PERLA DE VALOR INCALCULABLE

Mateo 13:45-46

El Reino del Cielo se parece también a un comerciante que anda buscando buenas perlas. Cuando encuentra una de gran valor va y vende todo lo que tiene y la compra.

En el mundo antiguo las perlas eran algo especialmente valioso. Muchas personas anhelaban poseer una perla preciosa, no tanto por su valor en dinero como por su belleza. Hallaban un gran placer simplemente tocándola y contemplándola. Encontraban un placer estético en poseer y mirar una perla. Las principales fuentes de perlas eran entonces las orillas del Mar Rojo y de las lejanas Islas Británicas; pero un comerciante se peinaría los mercados del mundo para encontrar una perla que tuviera una belleza extraordinaria.

Hay algunas verdades de lo más sugestivas ocultas en esta parábola.

(i) Es sugestivo descubrir que el Reino del Cielo se compara con una perla. En el mundo antiguo, como hemos visto, una perla era la posesión más maravillosa; eso quiere decir que el Reino del Cielo es lo más maravilloso del mundo. Recordemos lo que es el Reino: estar en el Reino es aceptar y hacer la voluntad de Dios. Es decir: hacer la voluntad de Dios no es algo hosco, gris y agónico, sino la cosa más maravillosa. Más allá de la disciplina, el sacrificio, la autonegación, la cruz… se encuentra la suprema hermosura que excede -a todas las hermosuras y que no se encuentra en ningún otro lugar. No hay más que una manera de traer paz al corazón, gozo a la mente, belleza a la vida, y es aceptar y hacer la voluntad de Dios.

(ii) Es sugestivo descubrir que hay otras perlas, pero sólo una de valor incalculable. Es decir: hay muchas cosas preciosas en este mundo, y muchas en las que se puede encontrar belleza. Se puede encontrar en el conocimiento y en los horizontes de la mente humana, en el arte y en la música y en la literatura y en todos los logros del espíritu humano; se puede encontrar en el servicio de nuestros semejantes, aun cuando ese servicio surja de motivos puramente humanitarios y no puramente cristianos; se puede encontrar en las relaciones humanas. Todas estas cosas son preciosas, pero tienen un valor inferior. La suprema belleza se halla en la aceptación de la voluntad de Dios. Esto no es minimizar las otras cosas; son también perlas; pero la perla suprema es la obediencia voluntaria que nos hace amigos de Dios.

(iii) Encontramos en esta parábola la misma enseñanza que en la anterior, pero con una diferencia. El hombre que estaba labrando el campo no estaba buscando ningún tesoro; se lo encontró casualmente. Pero este hombre estaba buscando buenas perlas: ese era su negocio.

Pero no es tan importante el que el descubrimiento sea cosa de un momento de suerte o el resultado de la búsqueda de toda una vida; la reacción es la misma: hay que sacrificarlo todo para obtener en posesión lo que tiene un valor incalculable. Una vez más nos encontramos con la misma verdad: que, ya sea . que uno descubre la voluntad de Dios para su vida en el destello instantáneo de un relámpago iluminador, o después de una búsqueda prolongada y concienzuda, vale la pena aceptarla sin dudar a cualquier coste.

LA REDADA Y LA SEPARACIÓN

Mateo 13:47-50

El Reino del Cielo se parece también a una red que se echa a la mar y que recoge toda clase de peces. Cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y recogen lo que vale en cestas y tiran lo que no vale. Así sucederá al final de esta era: vendrán los ángeles, y separarán a los malos de entre los justos y los echarán ad fuego del horno. Allí será el lloro y el rechinar de dientes.

Era la cosa más natural del mundo el que Jesús usara ilustraciones de la pesca cuando estaba hablando con pescadores. Es como si les dijera: «Fijaos en cómo os habla de las cosas del Cielo vuestro diario faenar.»

En Palestina había dos maneras de pescar. Una era con la red arrojadiza, amfibléstron, en castellano atarraya o esparavel, red manual que se lanzaba desde la orilla. Thomson nos describe cómo: «La red tiene la forma un poco como una tienda de campaña redonda, con una cuerda larga atada a la parte de arriba. Se ata al brazo, doblada de forma que cuando se lanza se extiende en toda su forma circular, con pesas de plomo en la circunferencia exterior para que baje al fondo rápidamente. Ahora, fijaos en el pescador: medio doblado y más que medio desnudo, observa atentamente la superficie para descubrir sus presas que se le acercan juguetonas. Salta adelante a su encuentro, lanza la red, que se desdobla en el vuelo y ameriza circularmente llegando al fondo antes de que los inocentes peces se den cuenta de que están atrapados. Tirando tranquilamente de la cuerda, el pescador arrastra la red y los peces hasta la orilla. Este método requiere una vista aguda, una mente rápida y una gran habilidad en el lanzamiento. El pescador tiene que ser paciente, atento, despierto, y con buenos reflejos para lanzar la red en el instante propicio.»

La otra manera de pescar era con la red: barredera, seguéné. De esta se trata en la parábola. La red barredera era grande y cuadrada, con cuerdas atadas a las esquinas y con pesas en uno de los lados para que, en reposo, estuviera colgando verticalmente en el agua. Cuando la barca empezaba a moverse, la red tomaba la forma de un gran cono en el que quedaban atrapados peces de todas clases.

La red se arrastraba entonces a tierra, y se separaban los peces. Los inservibles se tiraban, y los buenos se colocaban en las cestas. Es interesante advertir que a veces se mantenían los peces vivos en cestas impermeables llenas de agua. No había otra manera de transportarlos frescos durante un cierto tiempo y a cierta distancia. Por eso, al pescado fresco se le llama en Israel dag jay, pescado vivo, no congelado.

Hay dos grandes lecciones en esta parábola.

(i) Por naturaleza la red barredera no selecciona ni puede seleccionar los peces. No tiene más remedio que recoger toda clase de cosas en su recorrido por el agua. Su contenido no puede por menos de ser una gran mezcla. Si aplicamos esto a la Iglesia, que es el instrumento del Reino de Dios en la Tierra, quiere decir que la Iglesia no puede ser discriminatoria, sino que tiene que ser una mezcla de toda clase de personas, buenas y malas, útiles e inútiles.

Siempre ha habido dos opiniones de la Iglesia: la exclusiva y la inclusiva. El punto de vista exclusivo mantiene que la Iglesia es para los buenos, para los sinceramente consagrados y para los que son totalmente diferentes de los del mundo. Es atractivo ese punto de vista, pero no es el del Nuevo Testamento porque, aparte de todo lo demás, ¿quién es el que va a juzgar, cuando se nos ha dicho que no juzguemos? (Mateo 7: l). Nadie tiene derecho a decir quién está consagrado a Cristo y quién no. El punto de vista inclusivo siente instintivamente que la Iglesia debe estar abierta a todo el mundo, y que, como la red barredera, en tanto en cuanto es una institución humana, no puede evitar ser una mezcla. Eso es exactamente lo que enseña la parábola.

(ii) Pero también enseña que llegará la hora de separar los buenos de los malos, y de mandarlos a sus respectivos destinos. Sin embargo la separación, aunque es inevitable, no ha de ser obra del hombre sino de Dios. Por tanto tenemos la obligación de recoger todo lo que nos venga, sin juzgar ni separar, dejándole el juicio final a Dios.

DONES ANTIGUOS USADOS DE NUEVO

Mateo 13:51-52

Jesús les preguntó:

-¿Habéis entendido todo esto?

-Sí -Le respondieron. Y Él les siguió diciendo:

-Por eso es por lo que todos los escribas que hayan recibido enseñanza acerca del Reino del Cielo serán como padres de familia que sacan de sus alacenas cosas nuevas y cosas antiguas.

Cuando Jesús acabó de hablar acerca del Reino, les preguntó a Sus discípulos si lo habían entendido. Sí; lo habían entendido, por lo menos en parte. Entonces Jesús pasó a hablarles acerca del escriba versado en el Reino del Cielo, que saca de su depósito cosas nuevas y cosas antiguas. Lo que Jesús estaba diciendo de hecho era: «Vosotros podéis entender porque vinisteis a Mí con una herencia preciosa. Trajisteis toda la enseñanza de la Ley y de los Profetas. Un escriba viene a mí después de toda una vida de estudio de la Ley y de los mandamientos. Ese trasfondo os ayuda a entender. Pero después de recibir Mi enseñanza tenéis el conocimiento, no sólo de las cosas que sabíais antes, sino también de otras de las que no teníais noticias, y el conocimiento que teníais antes se os ilumina ahora con lo que Yo os he enseñado.»

Aquí hay algo muy sugestivo: porque quiere decir que Jesús nunca quiso ni pretendió que nadie olvidara todo lo que supiera antes de venir a Él, sino que lo viera en una nueva luz y lo usara en una nueva proyección de servicio. Cuando nos sucede eso, lo que sabíamos antes se convierte en un tesoro mayor del que había sido nunca.

Todos venimos a Cristo con algún don y con alguna capacidad. Jesús no nos pide que renunciemos a nuestro don. Muchas personas creen que cuando se entregan a Cristo tienen que renunciar a todo y concentrarse en los valores llamados religiosos. Pero un investigador no tiene que renunciar a su formación cuando se hace cristiano, sino más bien usarla para Cristo. Un hombre de negocios no tiene que renunciar a su profesión, sino más bien practicarla como cristiano que es. El que vale para cantar, o bailar, o representar, o pintar, no tiene por qué abandonar su arte, sino más bien debe usar su arte como cristiano que es. El deportista no tiene por qué renunciar al deporte, sino practicarlo como cristiano que es. Jesús no vino para vaciar la vida, sino para llenarla; no para empobrecerla, sino para enriquecerla. Aquí vemos a Jesús diciéndonos que no abandonemos nuestros dones, sino que los usemos aún más consagradamente a la luz de Su conocimiento.

LA BARRERA DE LA INCREDULIDAD

Mateo 13:53-58

Cuando Jesús acabó de relatarles estas parábolas, se marchó de allí. Se fue a Su tierra, y se puso a enseñarles en la sinagoga. Su enseñanza era tal que estaban alucinados y decían: -¿De dónde ha sacado Este esta sabiduría y estos poderes? ¿Es que no es el hijo del carpintero? ¿No le dicen a Su madre María, y a Sus hermanos Santiago y José y Simón y Judas? ¿No viven también aquí Sus hermanas? ¿De dónde se ha sacado Él todo esto? Y se escandalizaban de Él. Jesús les dijo: No hay profeta en su propia tierra y en su propia casa. Y no realizó allí muchas obras de poder por culpa de la incredulidad de ellos.

Era natural que Jesús hiciera alguna visita más tarde o más temprano a Nazaret, que era donde se había criado. Pero había que echarle valor. Donde le es más difícil predicar a un predicador es en la iglesia donde todos le conocen desde su infancia; el lugar más difícil para que un médico ejerza su profesión es donde se le conoce desde pequeño.

Y sin embargo Jesús fue a Nazaret.

En el culto de la sinagoga no había una persona encargada de hacer el sermón con carácter permanente. El encargado de la sinagoga podía pedirle que predicara a cualquier extranjero distinguido que estuviera presente, y cualquiera que creyera tener un mensaje se podía aventurar a darlo. No había peligro de que a Jesús se Le negara el derecho de hablar. Pero cuando habló, todo lo que encontró fue hostilidad e incredulidad: no Le prestaron ninguna atención porque conocían a Su padre y a Su Madre y a Sus hermanos y hermanas. No podían concebir que nadie que hubiera vivido entre ellos tuviera derecho a hablar como hablaba Jesús. El Profeta, como sucede a menudo, no recibía honores en Su propia tierra. Y la actitud de ellos para con Él levantaba una barrera que impedía que Jesús ejerciera ninguna influencia en ellos.

Aquí hay una gran lección. En cualquier culto, la congregación predica más de la mitad del sermón. La congregación trae y crea una atmósfera, y esa atmósfera puede ser una barrera que no pueden penetrar las palabras del predicador, o una expectativa que hace que hasta el sermón más flojo sea una llama viva.

De nuevo, no se debe juzgar a una persona por su entorno ni por su familia, sino por lo que es en sí misma. Muchos mensajes se han quedado tan muertos como las piedras, no porque no valiera nada su contenido, sino porque las mentes de los oyentes estaban tan cerradas con prejuicios contra el mensajero que no le dieron ninguna oportunidad.

Cuando nos reunimos para escuchar la Palabra de Dios debemos acercarnos con viva expectación, y pensar, no en la persona que va a hablar, sino en el Espíritu que habla por medio de ella.

Mateo 13:1-58

13.2, 3 Jesús utilizó muchas ilustraciones o parábolas al hablar a las multitudes. En sus parábolas comparaba algo conocido con algo que no lo era. La parábola motivaba al oyente a descubrir la verdad, y al mismo tiempo ocultaba la verdad de los que eran demasiado ociosos o tercos para verla. Debemos tener cuidado de forzar el sentido de las parábolas haciéndolas decir lo que no dicen. Todas las parábolas tienen un significado a menos que Jesús lo haya especificado de otra manera.

13.8 Esta parábola debe animar a los «sembradores» espirituales que enseñan, predican y guían a otros. El agricultor siembra buena semilla, pero no todas le brindan un rendimiento óptimo. Algunas semillas no germinan, y no todas las plantas que crecen ofrecen el mismo resultado. No se sienta desalentado si tiene la impresión de que nadie lo escucha a pesar de predicar con fidelidad la Palabra. La fe no se puede forzar a traer resultados conforme a una fórmula matemática. Más bien uno espera el milagro del Espíritu de Dios de usar nuestras palabras para que otros se acerquen a El.

13.9 Los oídos humanos captan muchos sonidos, pero hay una audición más profunda que resulta en comprensión espiritual. Si usted busca con sinceridad la voluntad de Dios, tiene audición espiritual, y estas parábolas le darán nuevas perspectivas.

13.10 Cuando Jesús hablaba en parábolas, no estaba ocultando la verdad de los buscadores sinceros. Los que eran receptivos a la verdad espiritual comprendían las ilustraciones. Para los demás no eran sino historias sin sentido. Esto permitió que Jesús diera alimento espiritual a los que tenían hambre, a la vez que impidió a sus enemigos hacerle caer en trampas antes de tiempo.

13.12 Esta frase significa que tenemos la obligación de usar bien lo que tenemos. Cuando uno rechaza a Jesús, esa dureza de corazón ciega aun la poca comprensión que se tenga.

13.14-16 Esta profecía se halla en Isa_6:9-10.

13.22 ¡Qué fácil es estar de acuerdo con Cristo cuando no se tiene la intención de obedecerle! Es fácil hablar en contra de las ansiedades de la vida y los engaños de las riquezas y aún así no hacer nada por modificar nuestros caminos. A la luz de la vida eterna con Dios, ¿se justifican las preocupaciones? Si usted tuviera todo cuanto quisiera a cambio de perder la vida eterna con Dios, ¿valdría la pena?

13.23 Los cuatro tipos de terreno representan las diferentes respuestas que podemos obtener al anunciar el mensaje de Dios. Algunas personas están endurecidas, otras son superficiales, otras tienen demasiadas preocupaciones que lo distraen y algunos son receptivos. ¿Cómo está enraizada la Palabra de Dios en su vida? ¿Qué tipo de terreno es usted?

13.24ss Jesús da el significado de esta ilustración en los versículos 36-43. Todas las parábolas en este capítulo nos hablan de Dios y su Reino. Explican qué es el Reino en oposición a nuestras expectativas. El reino de los cielos no es necesariamente un lugar geográfico sino un dominio espiritual en el que Dios gobierna y en el que tenemos la vida eterna de Dios. Entramos en ese reino cuando aceptamos a Cristo como Salvador.

13.30 Los cardos verdes y los tallos verdes del trigo tienen un parecido y no pueden diferenciarse hasta que crecen y están listos para la cosecha. Los cardos (los que no creen) y el trigo (los creyentes) deben vivir lado a lado en este mundo. Dios permite que los que no creen permanezcan un tiempo, como el agricultor permite que los cardos permanezcan para no arrancar con ellos el trigo. En la cosecha, sin embargo, los cardos se arrancan y se ponen a un lado. La siega (juicio) de Dios de toda la humanidad se acerca. Debemos prepararnos asegurándonos de que nuestra fe sea genuina.

13.31, 32 La semilla de mostaza es una de las semillas más pequeñas. Jesús empleó esta ilustración para mostrar que el Reino tiene comienzos insignificantes, pero crecerá y producirá resultados notables.

13.33 En otros pasajes bíblicos, la levadura es con frecuencia un símbolo de lo malo o contaminado. Aquí es un símbolo positivo de crecimiento. A pesar de que parece un ingrediente menor, impacta toda la masa. Aunque el inicio del Reino fue modesto, casi imperceptible, pronto crecería y haría un gran impacto en el mundo.

13.40-43 Al final del mundo, los ángeles separarán a los malos de los que no lo son. En las iglesias hay creyentes verdaderos y falsos, pero debemos de ser cautos en nuestro juicio porque solo Cristo está calificado para hacer la separación final. Si usted empieza a juzgar, puede dañar algunas de las «plantas» buenas. Es más importante juzgar nuestra propia situación delante de Dios que estar analizando a los demás.

13.42 Mateo usa con frecuencia estos términos para referirse al juicio venidero. El lloro indica tristeza o remordimiento y el crujir de dientes, ansiedad y dolor extremos. Los que dicen que no les importa lo que suceda después de la muerte no tienen idea de lo que dicen. Serán castigados por vivir en forma egoísta e indiferentes a Dios.

13.43 Los que aceptan el favor de Dios resplandecerán, en fuerte contraste con los que reciben su condena. Una ilustración similar se usa en Dan_12:3.

13.44-46 El reino de los cielos es más valioso que cualquier cosa que podamos tener, de modo que una persona debe estar dispuesta a dar todo lo que tiene para obtenerlo. El hombre que descubrió el tesoro en el campo tropezó con él por accidente, pero notó su valor. El mercader buscaba diligentemente la perla elegida; cuando la halló, vendió todo lo que tenía para comprarla.

13.47-49 La parábola de la red del pescador tiene el mismo significado que la parábola de la cizaña. Estamos para hacer la voluntad de Dios y hablar a otros de su gracia y bondad, pero no estamos en condiciones de decir quién forma parte del reino de los cielos y quién no. Esta separación la harán en el juicio final seres que están infinitamente mejor calificados para hacerlo.

13.52 Hay un beneficio doble en comprender y utilizar el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento señala a Jesús el Mesías. Jesús siempre reconoció la autoridad y relevancia de esta parte de las Escrituras. El Nuevo Testamento revela a Cristo mismo, el que está ahora disponible a todo aquel que acepta su reino espiritual. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento tienen enseñanzas acerca de Dios y ofrecen consejos prácticos para vivir en el mundo. Los líderes religiosos, sin embargo, se estancaron en el Antiguo e ignoraron el Nuevo. Buscaban un reino futuro precedido de juicio. Jesús, en cambio, enseñó que el Reino era en el presente y el juicio en el futuro. Los líderes religiosos buscaban un reino temporal y físico (rebelión militar y gobierno humano) pero no vieron el significado espiritual que el reino de Cristo traía.

NAZARET RECHAZA A JESUS : Cronológicamente, este regreso a Nazaret tuvo lugar después que Jesús estuviera en la región de los gadarenos, donde curó a los hombres poseídos por el demonio (8.28-34). Luego volvió a cruzar el mar con destino a Capernaum. De allí viajó a Nazaret, donde había crecido, para descubrir que la gente rehusaba creer que El fuera el Cristo.

13.55 Los residentes del pueblo donde Jesús creció lo conocían desde niño y habían estado relacionados con su familia, y no podían creer su mensaje. Estaban cerrados. Jesús había ido a ellos como profeta, y los profetas demandaban una respuesta a una verdad espiritual impopular. No prestaron atención al mensaje eterno porque no podían ver más allá del hombre.

13.57 Jesús no fue el primer profeta que fue rechazado en su país. Jeremías experimentó el rechazo de su pueblo natal y aún de su propia familia (Jer_12:5-6).

13.58 Jesús hizo pocos milagros en su propia tierra «a causa de la incredulidad». La incredulidad ciega a las personas a la verdad y hurta sus esperanzas. Este pueblo perdió al Mesías. ¿Cuál es la medida de su fe? Si no puede ver las obras de Dios, tal vez es por su incredulidad. Crea que Dios puede obrar con poder en su vida y esté a la expectativa. Mire con los ojos de la fe.

Mateo 13:1-23

El capítulo que empieza con estos versículos es notable por el número de parábolas que contiene. Nada menos que siete son las símiles que el Jefe de la iglesia tomó del libro de la naturaleza, demostrando así que para comunicar las verdades religiosas puede hacerse uso de todos los objetos de la creación La parábola del sembrador es susceptible de una aplicación muy amplia. Constantemente se está cumpliendo a nuestra vista, pues describe lo que acontece por lo común en todas las congregaciones.

He aquí las principales verdades que nos enseña.

1. Que la tarea del predicador es análoga a la del sembrador.

Á semejanza del sembrador, el ministro del Evangelio debe sembrar buena semilla si desea cosechar frutos; debe sembrar la pura palabra de Dios, y no las tradiciones de la iglesia, o las doctrinas humanas. De lo contrario, por mucho que diga o mucho que haga, sus trabajos serán estériles.

A semejanza del sembrador, el ministro debe ser diligente, es decir no ha de ahorrar esfuerzos de ninguna clase ni desperdiciar ningún medio lícito para promover el progreso de su causa. Es preciso que siembre en diversos lugares y siembre con esperanza, y que no se arredre ante ninguna dificultad-, ante ningún obstáculo. «El que al viento mira,» dice la Escritura, «nunca sembrará.» Cierto es que el buen éxito no depende de un todo de su diligencia y esfuerzos, mas sin diligencia y sin esfuerzos rara vez se logra éxito alguno.

El ministro, como el sembrador, es incapaz de dar vida. Puede esparcir la semilla, mas no puede hacerla germinar con el poder de su palabra. Infundir el principio vivificante es una prerrogativa que pertenece exclusivamente a Dios. «El Espíritu es el que da la vida.»Dios es quien da el crecimiento. Juan 6 2Sa_63:1 Cor. 3.7.

2. Que de varios modos puede oírse la palabra de Dios sin recibir provecho alguno.

Algunos oyen predicar con descuido desatención é indiferencia. Aunque se les presente el hecho sublime de la pasión y muerte del Redentor, lo oyen todo con la mayor frialdad como asunto que carece para ellos de interés. Las palabras penetran con rapidez en sus oídos mas el diablo parece arrebatarlas, y regresan al hogar como si no hubieran oído sermón alguno. ¡Ay! por desgracia los oyentes de esa clase son muy numerosos. De ellos puede decirse como de los ídolos de la antigüedad, que tienen ojos, pero no ven; y oídos, pero no oyen. Salmo 135 2Sa_16:17.

Otros oyen predicar con verdadero placer, mas la impresión que en sus pechos hace la palabra es de corta duración. Sus corazones, a semejanza del terreno pedregoso, producen tal vez una cosecha copiosa de deseos vehementes y nobles resoluciones ; mas ni unos ni otras tienen sus raíces en lo más profundo del alma, y se marchitan tan luego como sobre ellos sopla el huracán de la persecución o de las tentaciones. Esa clase de oyentes también es muy numerosa.

Otros oyen predicar y aprueban todo lo que el orador sagrado dice, mas no reciben provecho alguno, a causa de hallarse engolfados en los cuidados del mundo. Quizá les agrade el Evangelio y deseen obedecerlo, mas no lo dejan producir fruto, porque otras cosas atraen sus afectos é insensiblemente les llenan el corazón. Conocen bien la verdad y tienen esperanza de ser algún día cristianos decididos; mas nunca llegan al punto de abandonarlo todo por amor de Cristo. No se resuelven a buscar primeramente el reino de Dios, y así es que mueren en sus pecados.

3. Que solo hay un hecho que pruebe que se ha oído la palabra con provecho. Ese hecho es el de dar fruto.

Fruto decimos con referencia al del Espíritu. El arrepentimiento delante de Dios, la fe hacia nuestro Señor Jesucristo, la santidad de vida, el hábito de orar, la caridad, la humildad, la elevación de espíritu–he aquí lo que prueba que la semilla de la palabra de Dios está produciendo debido efecto en nuestros corazones. Si esos frutos no existen nuestra religión es vana, por mucho que sea lo que profesarnos creer y hacer.

El punto a que nos acabamos de referir es el más importante de la parábola. Jamás debemos contentarnos con una ortodoxia estéril o con la fría profesión de verdaderos principios teológicos, Preciso es que cuidemos de que el Evangelio que hemos abrazado produzca abundantes frutos en el curso de nuestras vidas.

En esto consiste la verdadera religión. Con frecuencia debiéramos repetir las siguientes palabras de Santiago: «Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oyentes, engañándoos a vosotros mismos..

Para llegar al cielo se necesita algo más que concurrir a la iglesia con regularidad todos los domingos, y oír con atención los sermones. Menester es que recibamos en nuestros corazones la palabra de Dios y la hagamos la potencia motriz de nuestra conducta: menester es que esa palabra nos trasforme exteriormente y se manifieste en nuestros actos externos.

Mateo 13:24-43

La parábola del trigo y de la cizaña (De propósito se ha diferido para otra parte de esta obra la consideración de las otras parábolas que el pasaje contiene.) tiene señalada importancia en nuestros días, por cuanto tiende a rectificar las extravagantes esperanzas que se forman muchos cristianos con referencia al éxito de las misiones en el exterior y de la predicación del Evangelio en el interior.

He aquí lo que en ella se nos enseña.

1. Que el bien y el mal se encontrarán siempre juntos en la iglesia visible hasta el fin del mundo.

La iglesia visible es un cuerpo mixto; es una vasta campiña en la cual el trigo y la cizaña crecen a la vez. En toda congregación cristiana hay creyentes é incrédulos, convertidos é impenitentes, «hijos del reino» é hijos del maligno.

La predicación más pura y evangélica no puede impedir que esto suceda. En todos los siglos de la iglesia ha sido lo mismo. Así fue en tiempo de los reformadores; y así es en la época que atravesamos. Jamás ha existido una iglesia visible que se haya compuesto exclusivamente de trigo. El maligno, ese grande enemigo de las almas, no ha dejado nunca de sembrar cizaña.

Tampoco es posible prevenirlo por la disciplina más estricta y prudente. Por mucho que se haga por purificar la iglesia, jamás habrá congregaciones perfectas en cuanto a su religiosidad. La cizaña crece siempre en medio del trigo; muchos hipócritas é impostores se mezclan en las filas de los verdaderos cristianos. Y lo peor es que, si al hacer esfuerzos por purificar la iglesia se emplea demasiada rigidez, se puede causar más perjuicio que provecho; pues hay riesgo de favorecer a muchos Judas Iscariotes y desanimar a muchos cristianos tímidos. En el empeño de arrancar la cizaña se corre el peligro de desarraigar también el trigo. Además, como muy bien dijo Agustín, «Los que hoy son cizaña mañana pueden ser trigo.

Si los escépticos nos atacan con el argumento sarcástico de que el Cristianismo no puede ser la religión verdadera, porque hay muchos cristianos falsos, recordemos esta parábola y no nos alteremos. Digámosles que el hecho del cual ellos hacen irrisión no nos sorprende, pues ya habíamos sido prevenidos por nuestro Maestro respecto de él ochocientos años ha.

2. Que al fin del mundo tendrá lugar la separación de los miembros verdaderos de la iglesia visible de les falsos.

La presente amalgama no va a durar para siempre. El trigo y la cizaña serán al fin apartados. Nuestro Señor Jesucristo enviará sus ángeles el día de su segundo advenimiento, y la muchedumbre de los que hubieren profesado el Cristianismo será dividida en dos grandes cuerpos. Esos esplendentes segadores no cometerán yerro alguno, mas juzgarán con infalible acierto quiénes son los justos y quiénes los réprobos, y darán a cada uno el puesto que le corresponde: los fieles siervos de Cristo recibirán honor, gloria y vida eterna. Los malos, los mundanos y los no convertidos serán arrojados en el fuego y recibirán una condenación eterna.

Que los malos tiemblen al leer esta parábola: En ella encontrarán su propia é indefectible sentencia, a menos que se arrepientan. Que reflexionen que si siguen separados de Dios están labrando su propia desgracia, y serán al fin recogidos como los manojos de cizaña y arrojados al fuego. Importa no tener ideas erradas de la longanimidad de Dios.

Que el verdadero creyente se consuele al leer esta parábola. Ese grande y terrible día del Señor será para él un día de felicidad. La voz del arcángel y el sonido de la trompeta no lo llenarán de espanto. Lo llamarán a que se afilie en lo que por mucho tiempo ha deseado ver: una iglesia perfecta, una perfecta comunión de los santos. ¡Cuan majestuoso no se presentará el cuerpo de los creyentes una vez que hayan sido separados de los malos! ¡Cuan bello no se verá el trigo en el granero de Dios, cuando haya sido separado de la cizaña! ¡Con cuánta brillantez no resplandecerá la gracia cuando ya no la empañe el contacto con los irreligiosos! «Cuando se manifestare Cristo, que es vuestra vida, entonces vosotros también seréis manifestados con él en siglo. Col_3:4.

Mateo 13:44-50

Según parece, la parábola del tesoro escondido en un campo, y la del comerciante en busca de buenas perlas, enseñan una misma verdad. Cierto es que se diferencian en un punto muy importante: el tesoro fue hallado por uno que no lo buscaba, en tanto que la perla fue encontrada por uno que andaba en demanda de ellas. Más en ambos casos los que hicieron el hallazgo se condujeron de una misma manera: uno y otro vendieron todo lo que habían encontrado. Y este es precisamente el hecho principal.

Estas dos parábolas nos enseñan que tos hombres que realmente se persuaden de la importancia de la salvación dan lodo lo que poseen con tal de hacerse discípulos de Jesucristo y obtener la vida eterna.

¿Qué hicieron los dos hombres que describió nuestro Señor? Uno de ellos tenia persuasión de que en el campo había un tesoro escondido de tal valor que le tendría cuenta comprar el campo por grande que fuera el precio que tuviese que pagar. El otro estaba convencido de que la perla que había encontrado era de tal valor, que le convendría comprarla a cualquier costo. Ambos, pues, sabían que habían encontrado un objeto valiosísimo, y que valía la pena de hacer grandes sacrificios para posesionarse de él. Acaso los demás hombres se sorprenderían y los tendrían por necios; mas ellos sabían lo que estaban haciendo y tenían seguridad de que el cambio era bueno.

He aquí como se explica la conducta del verdadero cristiano. Lo que es y lo que hace en materias religiosas es debido a la persuasión íntima que tiene de que vale la pena ser y obrar así. Sale del mundo; se-despoja de su naturaleza corrompida; deja a sus antiguos camaradas: a semejanza de Mateo, lo abandona todo, y como Pablo cuenta todo como pérdida por amor de Cristo. Y ¿por qué? Porque sabe que en Jesucristo encontrará algo que vale más de lo que haya perdido.

He aquí también como se explica la conducta de muchas impenitentes. Lo que motiva su indiferencia en materias religiosas es la falta de una convicción íntima de que vale la pena cambiar de vida. En el momento de elegir un partido los abandonan las fuerzas; no se atreven a tomar sobre sí la cruz; no dan paso alguno decisivo; no se declaran abiertamente discípulos de Jesucristo. Y ¿por qué? Porque no están íntimamente convencidos de que es para su bien. Ignoran que ante ellos hay «un tesoro;» dudan que la perla sea de gran valor; les es imposible aún venderlo todo a fin de hacerse discípulos de Jesucristo. Así es que muy a menudo perecen eternamente. Cuando un hombre no arriesga nada por amor de Cristo, fuerza es inferir, por triste que ello sea, que no posee la gracia divina.

La parábola de la red arrojada en el mar es semejante en algunos puntos a la del trigo y la cizaña. Tiene por objeto darnos a conocer un asunto de grande importancia, es a saber: la verdadera naturaleza de la iglesia visible de Cristo.

La predicación fue el arrojar de una gran red en medio del mar. Las congregaciones que había de reunir serian cuerpos mixtos. Dentro de las mallas de la red se encontrarían peces de todas especies, buenos y malos: dentro del gremio de la iglesia se encontrarían cristianos de diversas clases, impenitentes y convertidos, falsos y verdaderos; y la separación de los buenos y los malos habría de tener lugar algún día; pero no antes del fin del mundo. Tal fue el bosquejo que el Maestro hizo ante sus discípulos de las iglesias que estos habían de fundar.

En esta parábola se nos enseña, pues, que las iglesias son cuerpos mixtos. Decirles, en vista de ella a todos los que han sido bautizados, que poseen el Espíritu y han nacido de nuevo, es cometer un desatino. Con semejantes palabras se agrada y se lisonjea, mas no se produce bien a nadie, a nadie se salva.

Finalmente, no nos contentemos con ser miembros de la iglesia de una manera externa. No todos los que están dentro de la red son verdaderos discípulos de Jesucristo. Muchas personas que reciben las aguas del bautismo jamás reciben las de la vida. Muchos que participan del pan y el vino en la Cena del Señor jamás se alimentan del cuerpo de Cristo por medio de la fe. ¿Os habéis convertido, amados lectores? ¿Os contáis en el número de los peces buenos? Esta es una cuestión de grande trascendencia, pues pronto se sacará la red a la playa y se efectuará la separación de los peces.

Mateo 13:51-58

Lo primero que es de observarse en estos versículos es la notable pregunta con la cual puso término nuestro Señor a las siete parábolas de este capítulo. Dijo: «¿Habéis entendido todas estas cosas?.

Se ha llamado la aplicación el alma de la predicación. Un sermón sin aplicación es como una carta sin sobrescrito. Bien que esta esté escrita de acuerdo con todas las reglas, que tenga la fecha corriente y está firmada debidamente: es inútil, porque jamás llegará a su destino. La pregunta de nuestro Señor nos ofrece el ejemplo de una aplicación que conmueve lo más profundo del corazón.

De nada sirve oír un sermón si no se comprende lo que significa: es como oír el toque de una corneta o el redoblar de un tambor, o como asistir a una misa católica leída en latín. Es preciso que se despierte la actividad de la mente, y que el corazón reciba impresiones: es preciso percibir ideas y recibir el germen de nuevos pensamientos. Si así no fuere, se oye en vano.

Relativamente a este asunto es preciso que tengamos cuidado. Cuando concurramos a la iglesia no apliquemos los sentidos corporales solamente, sino también la mente, el corazón, la razón, la conciencia.

Lo segundo que es de notarse en estos versículos es lo extraño de la acogida que se le hizo a nuestro Señor en su patria.

Vino al pueblo de Nazaret, donde se había criado, y enseñaba en la sinagoga. Sus preceptos eran, sin duda, los mismos que había proclamado en otros lugares.

Más no hizo impresión alguna en medio de los Nazarenos. Se pusieron fuera de sí; mas su corazón no se conmovió. Decíanse entre sí: «¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María?» Y fue porque lo conocían tan de cerca que le despreciaron y se escandalizaron de El. Por esto nuestro Señor observó: « No hay profeta sin honra sino en su tierra y en su casa..

En esta corta narración se nos despliega ante la vista una página sombría de la historia de la raza humana. Por lo común estamos los hombres inclinados a despreciar las bendiciones que recibimos con frecuencia y con prodigalidad. Es doloroso el decirlo, pero es cierto, que en la religión, más que en ninguna otra cosa, se cumple el adagio ingles: «La familiaridad es causa del desprecio..

¿Os imagináis que si hubierais visto a nuestro Señor Jesucristo, y hubierais oído sus palabras, habríais sido leales discípulos suyos? ¿Pensáis que si hubierais vivido cerca de él y hubierais sido testigos oculares de sus hechos, no seríais vacilantes é indecisos en materias religiosas? Acordaos de los habitantes de Nazaret.

Lo último que puede observarse en estos versículos es cuan perniciosa es la incredulidad. El capítulo termina con estas terribles palabras: «No hizo allí muchas maravillas a causa de la incredulidad de ellos..

¡Esa sola palabra expresa la causa de la pérdida de millares de almas! Perecen para siempre, porque no quieren creer. No hay ninguna otra cosa en los cielos o en la tierra que impida su salvación. Por muchas que sean sus culpas pueden obtener el perdón. El Padre está pronto a recibirlos con amor; el Hijo está pronto a limpiarlos con su sangre; el Espíritu está pronto a renovarlos. Más existe un grande obstáculo y es el de que no quieren creer. «No queréis venir a mí,» dice Jesús, «para que tengáis vida..

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