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Pedro niega conocer a Jesús

El Sanedrín era el tribunal supremo de los judíos, que tenía jurisdicción especialmente en cuestiones religiosas. Lo formaban setenta miembros, entre los que figuraban escribas, rabinos y fariseos, sacerdotes y saduceos, y ancianos. No se podía reunir cuando estaba oscuro; porque, decían, cuando no se puede distinguir un hilo blanco de otro negro, ¿cómo se podrá distinguir la verdad del error? Así es que fue por eso por lo que esperaron a la mañana para llevar a Jesús. El Sanedrín sólo se podía reunir en el salón de la Piedra Tallada, en el recinto del templo. El presidente era el Sumo Sacerdote.

Se han conservado las reglas de procedimiento del Sanedrín, que eran probablemente ideales, aunque no se cumplían nunca del todo; pero, por lo menos, nos permiten conocer lo que los judíos consideraban que debía ser el Sanedrín, y cuánto faltó para que se cumpliera en el juicio de Jesús.

El tribunal se sentaba en semicírculo, para que cada uno pudiera ver a todos los demás. El reo se colocaba enfrente del tribunal, vestido con ropas de duelo. Detrás de él se sentaban filas de estudiantes y discípulos de los rabinos, que podían hablar en defensa del acusado, pero no en contra. Las vacantes que se produjeran entre los miembros del tribunal se permitía que las cubrieran algunos de estos estudiantes. Todas las acusaciones tenían que probarse por la evidencia de dos testigos, examinados independientemente. Estaba permitido que un miembro del tribunal hablara primero en contra del acusado y luego cambiara de parecer y hablara a su favor, pero no viceversa. Cuando se llegaba el momento de dar el veredicto, todos los miembros del tribunal tenían que emitir su juicio individualmente, empezando por los más jóvenes hasta acabar por el más anciano. Para la absolución era suficiente con la mayoría de un voto, pero para la condenación se necesitaban por lo menos dos votos. La sentencia de muerte no se podía ejecutar el mismo día que se pronunciaba; tenía que pasar una noche, para que el tribunal durmiera, y considerara si debía aplicar la piedad. Todo el procedimiento estaba diseñado para que prevaleciera la gracia; y, hasta en el breve relato de Lucas, está claro que el Sanedrín no cumplió sus reglas en el caso del juicio de Jesús.

Hay que notar que el crimen del que se acusaba a Jesús era blasfemia. El pretender ser el Hijo de Dios era un insulto a la majestad de Dios, y por tanto blasfemia, que se castigaba con la muerte.

Es el hecho trágico que, cuando Jesús pidió amor, ni siquiera recibió justicia. Es el hecho glorioso que Jesús, aun saliendo de una noche de interrogatorios maliciosos, burlas y malos tratos, no tenía la menor duda de que se sentaría a la diestra de Dios y su victoria era segura. Tenía una fe que desafiaba a los hechos. Él nunca pensó, ni por un momento, que los hombres podían derrotar el propósito de Dios.

Cuando los otros discípulos abandonaron a Jesús y huyeron, Pedro se negó a hacerlo. Siguió a Jesús, a:m después del arresto, porque no podía hacer otra cosa. Y así llegó a la casa del sumo sacerdote Caifás en compañía de otro discípulo que tenía acceso a la casa porque era conocido del sumo sacerdote.

Ha habido muchas especulaciones acerca de quién era el otro discípulo. Algunos han dicho que sería simplemente algún discípulo desconocido cuyo nombre no sabremos nunca. Otros le han identificado con Nicodemo o con José de Arimatea, que eran miembros del sanedrín y conocerían bien al sumo sacerdote. Una curiosa sugerencia es quesería Judas Iscariote, que habría estado yendo y viniendo bastante para preparar su traición y ya le conocerían la portera y el mismo sumo sacerdote. Pero lo único que parece descartar esta teoría es que, después de la escena del huerto, la participación de Judas en la traición habría quedado clara, y es increíble que Pedro tuviera el menor contacto con él. El punto de vista tradicional es que el discípulo innominado no era otro que el mismo Juan; y la tradición es tan unánime que es difícil descartarla. La cuestión es, en ese caso, cómo es que el galileo Juan era conocido, y al parecer bastante íntimamente, del sumo sacerdote.

Se han hecho dos sugerencias para explicarlo.

(a) Posteriormente, un cierto Polícrates escribió acerca del Cuarto Evangelio. No dudaba que había sido Juan el que lo había escrito, y que era el discípulo amado; pero dice una cosa muy curiosa acerca de él. Dice que Juan era sacerdote de nacimiento y que llevaba el pétalos, una estrecha banda dorada, o el ziz, con la inscripción «Santidad al Señor», que llevaban los sacerdotes en la frente. En ese caso podría ser que Juan fuera conocido del sumo sacerdote; pero es difícil creer que Juan fuera sacerdote, porque en los evangelios sinópticos se le presenta como pescador galileo.

(b) La segunda explicación es más verosímil. Está claro que el padre de Santiago y de Juan, Zebedeo, tenía un negocio de pesca lo bastante floreciente como para tener empleados (Marcos 1:20). Una de las industrias galileas era la del pescado salado. El pescado fresco era un gran lujo, porque no había manera de transportarlo con los medios de entonces. Por otra parte, el pescado salado era uno de los artículos de alimentación más corrientes. Se ha sugerido que el padre de Juan estaba bien introducido en el negocio del pescado salado, y que era uno de los proveedores de la casa del sumo sacerdote. En ese caso, Juan sería conocido porque a menudo vendría con provisiones. En la leyenda hay algo que confirma esta suposición. H. V. Morton cuenta que, visitando las calles traseras de Jerusalén, encontró un pequeño edificio que era entonces un café árabe. Había en él algunas piedras y arcos que en tiempos habían pertenecido a una iglesia cristiana muy antigua que había estado alojada en la casa de Zebedeo, el padre de Juan. La familia, dicen y creen los franciscanos, eran mercaderes de pescado galileos con una sucursal en Jerusalén que proveía de pescado salado a la casa del sumó sacerdote Caifás, y por eso Juan tenía entrada en aquella casa.

Sean como fueren estas cosas, Pedro fue introducido en el patio de la casa del sumo sacerdote, donde negó por tres veces a su Señor.

Hay aquí un detalle muy interesante. Jesús había dicho que Pedro Le negaría tres veces antes del canto del gallo. Esto es difícil de comprender. Según la ley ritual judía, no estaba permitido tener aves de corral en la santa ciudad, aunque no podemos estar seguros de que se cumpliera esa ley. Pero los romanos tenían una cierta práctica militar: la noche se dividía en cuatro vigilias -de 6 a 9, de 9 a 12, de 12 a 3 y de 3 a 6. Después de la tercera vigilia, el cambio de la guardia se anunciaba con un toque de trompeta a las 3 que se llamaba en latín gallicinium y en griego alektorofónia, que quieren decir las dos el canto del gallo. Puede que lo que le dijo Jesús a Pedro fuera: «Antes que suene el toque de trompeta del canto del gallo Me habrás negado tres veces.» Todos los residentes de Jerusalén conocerían ese toque de trompeta de las 3 de la madrugada. Cuando sonó por toda la ciudad, Pedro se acordó.

El héroe y el cobarde

Así es que Pedro, en el patio de la casa del sumo sacerdote, negó a su Señor. No ha habido nadie que haya sido tan cruel -mente tratado como Pedro por comentaristas y predicadores. En lo que siempre se hace hincapié es en su fracaso y vergüenza.

Pero hay otras cosas que debemos recordar.

(i) Debemos recordar que todos los demás discípulos excepto Juan, si era él el discípulo anónimo, abandonaron a Jesús y huyeron. Pero pensad en lo que hizo Pedro: sólo él desenvainó la espada en notoria desventaja en el huerto, y sólo él siguió a Jesús, aunque fuera sin ser reconocido, a ver lo que sucedía. Lo primero que debemos recordar de Pedro no es su fracaso, sino el valor que le mantuvo lo más cerca posible de Jesús cuando los demás habían huido. Su fracaso sólo le podía ocurrir a una persona de valor superlativo. Cierto que falló; pero en una situación que ninguno de los otros discípulos se atrevió a arrostrar ni de lejos. Falló, no por ser un cobarde, sino por ser un valiente.

(ii) Debemos recordar lo mucho que Pedro amaba a Jesús. Los otros habían abandonado a Jesús; sólo Pedro se mantuvo lo más cerca posible. Amaba tanto a Jesús que no podía separarse de Él. Cierto que falló; pero falló en circunstancias que sólo uno que amara entrañablemente tendría que arrostrar.

(iii) Debemos recordar hasta qué punto Pedro se redimió a sí mismo. Las cosas no le podían haber resultado fáciles. La historia de su negación correría maliciosamente de boca en boca. Puede que la gente, como cuenta la leyenda, imitaran a su paso el canto del gallo. Pero Pedro tenía la constancia y el coraje necesarios para redimirse, para empezar desde el fracaso y llegar hasta la victoria.

La clave del asunto es que fue el auténtico Pedro el que hizo protestas de lealtad en el aposento alto; fue el auténtico Pedro el que desenvainó su solitaria espada en el huerto a la luz de la luna; fue el auténtico Pedro el que siguió a Jesús, porque no podía dejar que se Le llevaran solo; no fue el auténtico Pedro el que se quebró ante la tensión y negó a su Señor. Y eso era lo que sólo Jesús podía ver. Lo tremendo de Jesús es que, por debajo de todos nuestros fallos, Él ve a la persona auténtica. Él comprende. Él nos ama, no por lo que somos, sino por lo que tenemos posibilidad de llegar a ser. El amor perdonador de Jesús es tan grande que ve nuestra personalidad auténtica, no en nuestros fracasos, sino en nuestra lealtad; no en nuestras caídas, sino en nuestro esfuerzo por alcanzar la bondad, aun cuando seamos vencidos.

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