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Los discípulos discuten sobre quién sería el más grande

En esto llegaron a Cafamaum; y estando ya en casa, les pregunta: ¿De qué ibais tratando en el camino? Mas ellos callaban; y es que habían tenido en el camino una disputa ente sí, sobre quién en ellos era el mayor de todos. Entonces Jesús, sentándose, llama a los doce, y les dijo: Si alguno pretende ser el primero, hágase el último de todos y el siervo de todos. Y Jesús, llamando a si a un niño, le coloco en medio de ellos y después de abrazarle, les dijo: En verdad os digo que si no os convertís y hacéis senci­llos como a los niños, no entrareis en el reino de los cielos. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, ese será el mayor en el reino de los cielos. Y el que acogiere a un niño como acabo de decir, en nombre mío, a mí me acoge y cualquiera que me acoge, no tanto me acoge a mí, como al que a mí me ha enviado. Mas quien escandalizare a uno de estos párvulos que creen en mí, mejor le sería que le colgasen del cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en el profundo del mar. Y así, aquel que es el menor entre vosotros, ese es el mayor. Mateo 18: 1-6; Marcos 9: 33-37; Lucas 9: 46-48

Relaciones personales

Mateo 18 es un capítulo sumamente importante para la ética cristiana, porque trata de las cualidades que deben caracterizar las relaciones personales del cristiano. Trataremos en detalle de estas relaciones cuando estudiemos el capítulo sección por sección; pero antes de hacerlo, será bueno que lo consideremos en conjunto. En él se especifican siete cualidades que deben caracterizar las relaciones personales del cristiano.

(i) La primera y principal es la cualidad de la humildad (versículos 1-4). Solo la persona que es tan humilde como un niño es ciudadana del Reino del Cielo. La ambición personal, el prestigio personal, la publicidad personal y el provecho personal son móviles que no tienen lugar en la vida del cristiano.

El cristiano es una persona que se olvida de sí en su devoción a Jesucristo y en su servicio a sus semejantes.

(ii) En segundo lugar está la cualidad de la responsabilidad (versículos 5-7). El más grande de todos los pecados es enseñar a otro a pecar, especialmente si ese otro es .un hermano más débil, más joven, menos experimentado. El juicio más severo de Dios está reservado para los que ponen una piedra de tropiezo en el camino de otros. El cristiano es consciente constantemente de ser responsable del efecto de su vida, sus obras, sus palabras, su ejemplo, en otras personas.

(iii) Les sigue la cualidad de la autorrenuncia (versículos 8-10). El cristiano es como un atleta para el que ningún entrenamiento es demasiado duro si le ayuda a obtener el premio; es como el estudiante que sacrifica el placer y el ocio a alcanzar su meta. El cristiano está dispuesto a seccionar quirúrgicamente de su vida cualquier cosa que le impida rendir una perfecta obediencia a Dios.

(iv) Está el cuidado individual (versículos 11-14). El cristiano se da cuenta de que Dios se cuida de él individualmente, y de que él mismo debe reflejar ese cuidado individual cuidándose de otros.

Nunca piensa en términos de multitudes; siempre en términos de personas. Para Dios no hay nadie que carezca de importancia ni que se pierda en la multitud; para el cristiano todas las personas son importantes e hijas de Dios que, si está perdidas, deben ser halladas. El cuidado individual del cristiano hacia los demás es de hecho la razón y la dinámica del evangelismo.

(v) Está la cualidad de la disciplina (versículos 15-20). La amabilidad y el perdón cristianos no quieren decir que a una persona que esté en el error se le debe permitir hacer lo que le dé la gana.

Hay que guiar y corregir a tal persona y, si fuera necesario, imponerle una disciplina que la haga volver al buen camino. Pero esa disciplina se ha de administrar siempre con un amor humilde, y no con una actitud de condenación basada en una propia justicia. Siempre se ha de administrar por deseo de reconciliación, y nunca por deseo de venganza.

(vi) Está la cualidad de la solidaridad (versículos 19-20). Se podría decir que los cristianos son personas que oran juntas. Son personas que buscan la voluntad de Dios en compañía, que escuchan y adoran juntas en comunión. El individualismo es lo contrario del cristianismo.

(vii) Está el espíritu de perdón (versículos 23-35); y el perdón del cristiano a sus semejantes se funda en el hecho de que él mismo es una persona perdonada. Perdona a otros de la misma manera que Dios, por causa de Cristo, le ha otorgado el perdón a él.

La actitud de un niño

Aquel día los discípulos se Le acercaron a Jesús, y Le dijeron: -Entonces, ¿quién es el más grande en el Reino del Cielo? Jesús llamó a un chiquillo, y le puso en medio de ellos, diciéndoles: -Os diré la pura verdad: A menos que os volváis y os hagáis como niños, no entraréis en el Reino del Cielo. El que sea tan humilde como este chiquillo, ese es el más grande en el Reino del Cielo.

Aquí tenemos una pregunta muy reveladora, seguida de una respuesta muy reveladora. Los discípulos Le preguntaron a Jesús quién era el más grande en el Reino del Cielo. Jesús tomó a un chico y dijo que a menos que ellos se volvieran y llegaran a ser como ese chiquillo, no entrarían en el Reino de ninguna manera.

La pregunta de los discípulos era: «¿Quién será -el más grande en el Reino del Cielo?» Y el mismo hecho de que hicieran esa pregunta mostraba que no tenían ni idea de lo que era el Reino del Cielo. Jesús dijo: « A menos que os volváis.» Estaba advirtiéndoles que iban en un sentido totalmente equivocado, alejándose en lugar de acercarse al Reino del Cielo. En la vida, todo depende de lo que una persona se proponga; si su meta es el cumplimiento de una ambición personal, la adquisición de poder personal, el disfrutar de prestigio personal, la exaltación del yo, se está proponiendo lo contrario del Reino del Cielo; porque ser ciudadano del Reino quiere decir olvidarse completamente de uno mismo, borrar el yo, consumir el yo en una vida que se propone el servicio y no el poder. Mientras uno considere su persona como la cosa más importante del mundo, está de espaldas al Reino; si quiere alcanzar el Reino debe darse la vuelta y encaminarse en sentido opuesto.

Jesús tomó a un chiquillo. Según una tradición, el chiquillo era Ignacio de Antioquia, que llegaría a ser una gran figura de la Iglesia, un gran escritor y finalmente un mártir de Cristo: Ignacio recibió el apodo de Theóforos, que quiere decir llevado por Dios, y la tradición desarrolló la idea de que había sido porque Jesús le había llevado en brazos o puesto sobre Sus rodillas. Puede que fuera así. Pero puede que sea más probable que fuera Pedro el que hiciera la pregunta, y que fuera su hijo el que Jesús tomó y puso en medio, porque sabemos que Pedro estaba casado (Mateo 8:14; 1 Corintios 9:5).

Así es que Jesús dijo que en un niño vemos las cualidades que deben caracterizar a los del Reino. Un niño tiene muchas cualidades encantadoras: la capacidad de maravillarse, hasta que llega a dar por sentada la maravilla del mundo; la capacidad de perdonar y olvidar, hasta cuando los mayores y aun sus padres le tratan injustamente, como sucede con tanta frecuencia; la inocencia, que, como dice hermosamente Richard Glover, lleva consigo el que un niño no tiene más que aprender, y no que desaprender; solo que hacer, no que deshacer. Sin duda Jesús estaba pensando en estas cosas; pero, con ser tan maravillosas, no eran las principales en Su mente. El niño tiene tres grandes cualidades que le hacen el símbolo de los ciudadanos del Reino.

(i) Lo primero y principales la cualidad que es la clave de todo el pasaje: la humildad del niño. Un niño no quiere pretender; más bien prefiere pasar inadvertido. No desea ser prominente; prefiere más bien quedar en la sombra. Solo cuando ya va creciendo y empieza a iniciarse en un mundo competitivo, con su lucha feroz y competencia por premios y primeros lugares, es cuando deja atrás
su humildad instintiva.

(ii) Tenemos la dependencia del niño. Para el niño, un estado de dependencia es completamente natural. Nunca cree que puede enfrentarse solo con la vida. Está contento con ser totalmente dependiente de los que le quieren y cuidan. Si aceptáramos el hecho de nuestra dependencia de Dios, entrarían en nuestras vidas una nueva fuerza y una nueva paz.

(iii) Está la confianza del niño. El niño es instintivamente dependiente, y instintivamente también confía en sus padres para la provisión de sus necesidades. Cuando éramos niños, no podíamos comprar nuestros alimentos ni nuestra ropa, ni mantener nuestra casa; sin embargo, nunca dudábamos de que podríamos vestirnos y alimentarnos, y que encontraríamos protección y calor y comodidad esperándonos cuando volviéramos a casa. Cuando éramos niños, salíamos de viaje sin dinero para pagar el billete, sin idea de cómo llegaríamos a nuestro destino; y sin embargo nunca se nos ocurría dudar de que nuestros padres nos llevaran y nos trajeran de vuelta a salvo.

La humildad de un niño es el dechado del comportamiento del cristiano con sus semejantes, y la dependencia y la confianza del niño son el dechado de la actitud del cristiano para con Dios, el Padre de todos.

Cristo y el niño

-Todo el que reciba a un niño así en Mi nombre, Me recibe a Mí. Pero todo el que le ponga una piedra de tropiezo en el camino a uno de estos pequeños que creen en Mí, mejor le fuera que se le colgara una piedra de molino al cuello y se le hundiera en lo más profundo del mar. ¡Pobre del mundo por culpa de los tropiezos! Los tropiezos se tienen que producir; pero, ¡ay de la persona que los produce! Guardaos muy, mucho de despreciar a uno de estos pequeños; porque os aseguro que sus ángeles en el Cielo contemplan el rostro de Mi Padre Que está en el Cielo.

Hay una cierta dificultad de interpretación en este pasaje que debemos tener en mente. Como hemos visto a menudo, Mateo tiene la costumbre de reunir la enseñanza de Jesús bajo ciertos grandes epígrafes; la coloca sistemáticamente. En la primera parte de este capítulo, está agrupando la enseñanza de Jesús acerca de los niños; y debemos tener presente que los judíos usaban la palabra niño en dos sentidos. La usaban literalmente de personas de muy poca edad; pero a los discípulos de un maestro se los llamaba corrientemente sus hijos o sus niños. Por tanto, un niño también quiere decir un principiante en la fe, uno que acaba de empezar a creer, uno que no es todavía maduro ni experimentado en la fe, uno que acaba de empezar en el buen camino y que todavía puede que se aparte. En este pasaje, el niño representa muy a menudo al de poca edad, y al principiante en el camino cristiano.

Jesús dice que todo el que reciba a un niño así en Su nombre, Le recibe a Él. La frase en Mi nombre puede querer decir una de dos cosas. (i) Puede que quiera decir por amor de Mí. El cuidado de los niños es algo que se lleva a cabo solamente por amor a Jesucristo. Enseñar a un niño, educar a un niño en el camino que debe seguir, es algo que se hace, no solamente por amor al niño, sino por amor a Jesucristo mismo. (ii) Puede querer decir con una bendición. Puede querer decir recibir al niño y, como si dijéramos, invocar el nombre de Jesús sobre él. El que trae a Jesús y la bendición de Jesús a un niño está haciendo algo conforme al carácter de Cristo.

Recibir al niño es también una frase que puede tener más de un sentido.

(i) Puede que quiera decir, no tanto recibir a un niño como recibir a una persona que tenga esta cualidad infantil de la humildad. En este mundo altamente competitivo es muy fácil prestar la máxima atención a una persona que es luchadora, agresiva y llena confianza en sí misma. Es fácil prestar la máxima atención á la persona que, en el sentido terrenal del término, ha tenido éxito en la vida. Bien puede ser que Jesús estuviera diciendo que la gente más importante no son los que avanzan a empellones y alcanzan la cima arrollando o echando a la cuneta a todos los demás, sino las personas tranquilas, humildes y sencillas que tienen un corazón de niño.

(ii) Puede que quiera decir sencillamente recibir a un niño, darle el cuidado y el amor y la enseñanza que necesita para llegar a ser una persona cabal. El ayudar a un niño a vivir bien y a conocer mejor a Dios es ayudar a Jesucristo.

(iii) Pero esta frase puede que tenga otro sentido muy maravilloso. Puede querer decir ver a Cristo en el niño. El enseñar a niños inquietos, desobedientes y rebeldes, puede ser una tarea agotadora. El satisfacer las necesidades físicas de un niño, lavarle la ropa, vendarle las heridas y hacerle las comidas puede parecer a menudo una tarea nada romántica; la cocina y la pila y la cesta de la ropa no tienen nada de ideales; pero no hay nadie en todo el mundo que ayude a Jesucristo más que el maestro de los párvulos y la madre agotada y oprimida en el hogar. Los tales encontrarán una gloria en la tarea si a veces intuyen en el niño a nada menos que al mismo Jesús.

La terrible responsabilidad

Pero la clave principal de este pasaje está en el terrible peso de responsabilidad que nos deja a cada uno de nosotros.

(i) Subraya el terror de enseñarle a otro a pecar. Es cierto que nadie peca sin que se le invite; y el portador de la invitación es a menudo un semejante. Una persona siempre tiene que enfrentarse con la primera tentación al pecado; siempre tiene que recibir la primera invitación a hacer lo que no debe; siempre tiene que experimentar el primer empujón hacia el camino de las cosas prohibidas. Los judíos tenían el punto de vista de que el más imperdonable de todos los pecados es enseñar a pecar a otro; y por esta razón: porque los pecados de una persona se le pueden perdonar, porque en cierto sentido tienen consecuencias limitadas; pero si enseñamos a otro a pecar, él puede enseñar a otro a su vez, y el tren del pecado se pone en movimiento hacia una meta imprevisible.

No hay nada en este mundo más terrible que destruir la inocencia de alguien. Y, si a uno le queda algo de conciencia, no hay nada que le pueda remorder más.. Alguien cuenta lo que le sucedió a un viejo que estaba muriendo; estaba claro que algo le turbaba profundamente. Por último, consiguieron que dijera qué. «Jugando con otros chicos -dijo-, un día cambiamos la posición de un indicador de direcciones en una encrucijada de manera que señalara en sentido contrario, y no he dejado de preguntarme a cuántas personas haría que tomaran una dirección equivocada.» El pecado más grave de todos es enseñar a otro a pecar.

(ii) Subraya el terror del castigo de los que enseñan a otro a pecar. Si una persona enseña a otra a pecar, mejor le sería que le colgaran al cuello una piedra de molino y la arrojaran a lo más profundo del mar.

La piedra de molino que se menciona aquí es una mylos onikós. Los judíos molían el grano entre dos piedras circulares. Esto se hacía en las casas; y en cualquier cabaña se podía ver un molino así. La piedra superior, que giraba encima de la inferior, estaba equipada con una manilla, y era corrientemente de un tamaño que permitía que el ama de casa la manejara, porque era ella la que molía los cereales para el uso del hogar. Pero una mylos onikós era una piedra de molino de tal tamaño que tenía que moverla un bffrro (onos es la palabra griega para asno, y mydos es la palabra griega para piedra de molino). El mismo tamaño de la piedra de molino muestra lo terrible de la condenación.

Además, en griego se dice, no tanto que sería mejor para la persona hundirse en las profundidades del mar, sino que sería mejor que le tiraran a uno al fondo en alta mar. Los judíos temían al mar. Para ellos el Cielo era un lugar en el que ya no habría mar (Apocalipsis 21:1). El que enseñaba a otro a pecar estaría mejor si le hundieran en alta mar en el lugar más solitario de todos.

Más aún: La misma imagen de sumergir producía horror a los judíos. Sumergir era a veces un castigo romano, pero nunca judío. Para un judío era el símbolo de la destrucción total. Cuando los rabinos enseñaban que había que destruir completamente los objetos paganos y gentiles decían que había que «tirarlos a la mar salada.» Josefo (Antigüedades de los judíos 14.15.10) tiene un relato terrible de un levantamiento en el que los galileos apresaron a los partidarios de Herodes y los echaron al mar de Galilea. La misma frase contendría para los judíos un cuadro de destrucción total.

Las palabras de Jesús estaban cuidadosamente escogidas para mostrar el fin que aguardaba al que enseña a otro a pecar.

(iii) Contiene una advertencia que silencia toda evasión: Este es un mundo infectado de pecado y un mundo tentador; nadie puede pasar por él sin encontrarse las seducciones del pecado. Esto es especialmente cierto cuando se sale de un hogar protegido, en el que no se ha estado expuesto a ninguna mala influencia. Jesús dice: «Eso es absolutamente cierto; este mundo está lleno de tentaciones; son inevitables en un mundo en el que ha entrado el pecado; pero eso no disminuye la responsabilidad de la persona que es la causa de que haya una piedra de tropiezo en el camino de un joven o de un principiante en la fe.»

Sabemos que este es un mundo tentador; es por tanto el deber del cristiano quitar las piedras de tropiezo, nunca ser el causante de que aparezcan en el camino. de nadie. Esto quiere decir que no es solo un pecado poner una piedra de tropiezo en el camino de otro; también es pecado llevar a otra persona a una situación o circunstancia o ambiente en el que pueda encontrar una piedra de tropiezo. Ningún cristiano puede darse por satisfecho y en letargo en una civilización en la que las condiciones de vida y de hogar en que viven los jóvenes no les dejan posibilidad de escapar a las seducciones del pecado.

(iv) Por último, subraya la suprema importancia del niño: «Sus ángeles -dice Jesús- contemplan siempre el rostro de Mi Padre Que está en el Cielo.» En tiempos de Jesús, los judíos tenían uña angelología sumamente desarrollada. Cada nación tenía su ángel; cada fuerza natural, tal como el viento y el trueno y el rayo y la lluvia, tenía su ángel. Hasta llegaban a decir, muy poéticamente, que todas las hojas de hierba tenían su ángel. Así que creían que cada niño tenía su ángel de la guarda.

Decir que esos ángeles contemplaban el rostro de Dios en el Cielo quiere decir que siempre tenían el derecho de acceso directo a Dios. Se representa el Cielo como una gran corte real en la que solo los más favorecidos cortesanos y ministros y oficiales tienen acceso directo al Rey. A los ojos de Dios, los niños son tan importantes que sus ángeles de la guarda siempre tienen derecho de acceso directo a la presencia íntima de Dios.

Para nosotros, el gran valor de un niño depende siempre de las posibilidades que encierra. Todo depende de cómo se le enseñe y prepare. Las posibilidades puede que no se hagan realidad nunca; puede que se reduzcan o supriman; que lo que se podría haber usado para el bien se desvíe a los propósitos del mal; o que se desaten de tal manera que inunde la Tierra una nueva marea de poder. Allá por el siglo XI, el duque Roberto de Burgundia era uno de los grandes guerreros y de las grandes figuras caballerescas. Estaba a punto de emprender una campaña. Tenía un hijo que era su heredero; y, antes de partir, hizo que sus barones y nobles vinieran a jurar fidelidad al pequeño infante, en caso de que a él le sucediera algo. Llegaron con sus plumas ondulantes y el estruendo de sus cabalgaduras, y se arrodillaron ante el niño. Un gran barón se sonrió, y el duque Roberto le preguntó por qué, Él le contestó: «¡El niño es tan pequeñito!» « Sí -dijo el duque Roberto-, es pequeño, pero crecerá.» ¡Y vaya si creció! Porque aquel bebé llegó a ser Guillermo el Conquistador de Inglaterra.

En todo niño hay posibilidades ilimitadas para el bien o para el mala Es la suprema responsabilidad de los padres, de los maestros, de la Iglesia Cristiana, ver que se hagan realidad sus posibilidades dinámicas para el bien. Ahogarlas, dejarlas sin explorar, tergiversarlas al servicio del mal, es pecado.

Esto nos muestra claramente lo lejos que estaban los discípulos de comprender el verdadero significado del mesiazgo de Jesús. Les había dicho repetidas veces lo que Le esperaba en Jerusalén, y ellos estaban todavía pensando en Su Reino en términos terrenales, y en sí mismos como los principales ministros del estado. Quebranta el corazón el ver que Jesús iba hacia la Cruz, y Sus discípulos estaban discutiendo cuál de ellos sería el más importante.

Sin embargo, en lo más íntimo de su corazón, se daban cuenta de que no habían hecho bien. Cuando Jesús les preguntó lo que habían estado discutiendo, no se atrevieron a contestarle. Era el silencio de la vergüenza. No tenían defensa. Es curioso cómo una cosa ocupa su lugar y adquiere su verdadero carácter cuando se presenta a los ojos de Jesús. Mientras ellos creían que Jesús no los estaba escuchando y que no los veía, la discusión acerca de cuál de ellos sería el más importante les parecía perfectamente honrada; pero cuando se tenía que plantear en presencia de Jesús, se veía en toda su indignidad.

Si lo tomáramos todo, y lo presentáramos a la vista de Jesús, se producirían los cambios más grandes del mundo. Si preguntáramos acerca de todo lo que hacemos: « ¿Podría yo seguir haciendo esto si Jesús me estuviera mirando?» Si preguntáramos de todo lo que decimos: « ¿Seguiría yo hablando así si Jesús me estuviera escuchando?» Habría muchas cosas que estaríamos a salvo de hacer o decir. Y es un hecho para el cristiano que aquí no es cuestión de « si», sino que todas las obras se hacen en Su presencia. ¡Que Dios nos libre de decir las palabras y de hacer las obras que nos daría vergüenza que Él oyera o viera!

Jesús trató este asunto muy en serio. Se nos dice que Se sentó, y llamó a los Doce. Cuando un rabino tenía intención de enseñar como tal a sus discípulos, cuando estaba realmente haciendo un pronunciamiento, se sentaba. Ese es el origen de la expresión latina « ex cátedra.» Jesús adoptó deliberadamente la postura de un rabino que enseñara a sus discípulos con autoridad. Y, entonces les dijo que si buscaban la grandeza en Su Reino tenían que buscarla, no en ser los primeros, sino en ser los últimos; no en ser los amos, sino en ser los siervos de todos. No es que Jesús estuviera aboliendo la ambición. Más bien estaba recreándola y sublimándola. En lugar de la ambición de gobernar, Él puso la ambición de servir; en lugar de la ambición de que nos lo hagan todo puso la ambición de hacer cosas para los demás.

Lejos de ser esto un idealismo irrealizable es el más sano sentido común. Las personas realmente grandes, las que son recordadas por haber hecho una aportación verdaderamente constructiva a la sociedad, son las que se dijeron a sí mismas, no «¿Cómo puedo yo usar el estado y la sociedad para aumentar mi propio prestigio y mis propias ambiciones personales?»; sino: «¿Cómo puedo yo usar mis dones y talentos personales para servir a los demás?»

Cuando Lord Curzon murió, Stanley Baldwin le dedicó un noble tributo en el que dijo: «Quiero, antes de sentarme, decir una o dos cosas que no puede decir ningún otro. Un primer ministro ve la naturaleza humana pelada hasta los huesos, y tuve la oportunidad de verle dos veces cuando sufrió grandes desencantos -cuando se me prefirió a él como primer ministro, y cuando tuve que decirle que podía prestar un servicio mayor al país como presidente del Comité de Defensa Imperial que como ministro de Asuntos Exteriores. Cada una de estas ocasiones fue para él un desencanto profundo y amargo; pero nunca ni por un momento mostró con palabras, gestos o reacciones, o por ninguna referencia al tema después, que no estuviera satisfecho. No guardaba rencor, ni siguió ninguna línea de acción distinta de la que yo esperaba de él: la de cumplir con su deber donde se había decidido que podía prestar un mejor servicio.» Aquí tenemos a un hombre cuya grandeza no consistía en el hecho de que hubiera escalado los puestos más altos del estado, sino en el hecho de que siempre estaba dispuesto a servir a su país como fuera.

La verdadera generosidad de espíritu es rara, y se hace memorable cuando se encuentra. Los griegos contaban la historia de un espartano que se llamaba Pedareto. Había que escoger trescientos hombres para que gobernaran Esparta, y Pedareto era uno de los candidatos. Cuando se dio a conocer la lista de los que habían sido elegidos, su nombre no estaba en ella. «Lo siento -dijo uno de sus amigos-,pero tú no has sido elegido. La gente debiera haber sabido lo bueno que hubieras resultado como ministro del estado.» «Yo me alegro -dijo Pedareto- de que haya en Esparta trescientos hombres que son mejores que yo.» Aquí tenemos a un hombre que llegó a ser una leyenda, porque estaba dispuesto a dejarles a otros el primer lugar sin sucumbir a la envidia o al rencor.

Cualquier problema económico se podría resolver si todos viviéramos para lo que pudiéramos hacer por los demás, y no para lo que pudiéramos sacar para nosotros mismos. Cualquier problema político se podría resolver si la ambición de la gente fuera solamente la de servir al estado, y no la de encumbrarse por encima de los demás. Las divisiones y las discusiones que rasgan la Iglesia en tiras no ocurrirían en su mayor parte si el único deseo de sus responsables y de sus miembros fuera servir sin prestar atención a la posición que se ocupa. Cuando Jesús habló de la suprema grandeza y valía de una persona cuya ambición fuera ser un servidor, estableció uno de los grandes principios y verdades prácticas del mundo.

Ayudar al necesitado es ayudar a Cristo

Jesús tomó a un chiquillo y le puso en medio de ellos. Luego le tomó en brazos, y les dijo a Sus discípulos: -Cualquiera que reciba a un chiquillo como este en Mi nombre, Me recibe a Mí; y cualquiera que Me reciba a Mí, no Me recibe sólo a allí, sino también al Que Me envió. Jesús sigue tratando aquí de la ambición digna y de la ambición indigna. Tomó a un niño, y le puso en medio. Ahora bien, un niño no ejerce ninguna influencia; un niño no puede hacer prosperar en su carrera a un hombre o elevar su prestigio; un niño no puede darnos cosas. Es al revés: un niño necesita cosas, y que se le hagan cosas. Así que Jesús dice: « Si uno recibe a la gente pobre, corriente, que no tiene influencia ni riqueza ni poder, la gente que necesita que se la ayude, está recibiéndome a Mí. Y todavía más: está recibiendo a Dios.» En niño representa a la persona que necesita algo, y a la sociedad de esa persona, y es- la sociedad de la persona que necesita cosas la que debemos buscar y con la que nos debemos asociar.

Aquí hay una seria advertencia. Es corriente cultivar la amistad de los que nos pueden hacer favores, cuya influencia nos puede ser útil. También es igualmente corriente evitar el asociarse con los que nos son una molestia porque necesitan nuestra ayuda. Es corriente el buscar el favor de , la gente influyente e importante, y despreciar a la gente sencilla, humilde y corriente. Es comente buscar la relación con alguna persona distinguida, y que nos tenga en cuenta, y evitar al pariente pobre. En efecto: Jesús dice aquí que deberíamos buscar, no a los que nos pueden hacer favores, sino a los que se los podemos hacer nosotros; porque de esta manera nos estamos relacionando con Él. Esta es otra manera de decir: « Como os portasteis con uno de mis hermanos pequeñitos, os portasteis conmigo» (Mateo 25:40).

Mientras los Doce siguieran pensando que el Reino de Jesús era de este mundo, era inevitable que se disputaran los puestos más altos. Hace mucho tiempo, el historiador inglés conocido como el venerable Beda sugirió que esta pelea surgió porque Jesús se había llevado a la cima del monte a Pedro, Santiago y Juan, y los otros estaban celosos. Jesús sabía lo que estaban pensando. Tomó a un chiquillo y le puso a su lado; es decir, en el lugar de máximo honor. Seguidamente les dijo que el que recibiera a un chiquillo, le recibía a Él, y el que le recibía a Él, recibía a Dios. ¿Qué quería decir? Los Doce eran los lugartenientes de Jesús; pero ese chico no ocupaba ninguna posición oficial. Jesús estaba diciendo: «Si estáis dispuestos a pasaros la vida sirviendo, ayudando y amando a personas que a los ojos del mundo no tienen ninguna importancia, estáis sirviéndome a mí y a Dios. Si estáis dispuestos a pasaros la vida haciendo cosas que parece que no tienen ninguna importancia, sin proponeros ser lo que el mundo llama grande, seréis grandes a los ojos de Dios.»

Hay muchos que están dispuestos a prestar servicios por razones falsas.

(i) Por el deseo de prestigio.

A. J. Cronin habla de cierta enfermera que conoció cuando era médico rural. Aquella mujer llevaba veinte años al servicio de un distrito de quince kilómetros a la redonda, ella sola. «A mí me admiraba su paciencia, su resistencia y su alegría. Nunca estaba demasiado cansada para levantarse a media noche cuando tenía una llamada urgente.

Ganaba el sueldo base, y una noche, a las tantas, después de un día especialmente agobiado, me atreví a preguntarle por qué no pedía que la pagaran más, porque Dios sabía que se lo merecía. Y me contestó que si Dios sabía que se lo merecía, eso era lo único que le importaba a ella.» No trabajaba para los hombres, sino para Dios; y cuando trabajamos para Dios, el prestigio es lo último que se nos ocurrirá pensar, porque sabemos que Él se lo merece todo.

(ii) Por el deseo de una posición. Si se le da a una persona una tarea o una posición o un puesto en la iglesia, debe considerarlo, no como un honor, sino como una responsabilidad. Hay quienes sirven en la iglesia, no pensando realmente en aquellos a los que sirven, sino en sí mismos. A cierto primer ministro inglés le estaban felicitando por su elección, y dijo: «Lo que necesito no son vuestras felicitaciones, sino vuestras oraciones.» El ser elegidos para un cargo es serlo para un servicio, no para
un honor.

(iii) Por el deseo de prominencia. Muchas personas están dispuestas a servir o a dar siempre que se les reconozca el servicio o la generosidad. Las instrucciones de Jesús son que no debemos dejar que nuestra mano izquierda sepa lo que hace la derecha. Si damos o hacemos algo sólo para recibir algo para nosotros, eso no tiene ninguna gracia (Lucas 6:32-34).

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