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Tito 1: Las fuentes del apostolado

Esta es una carta de Pablo, esclavo de Dios y enviado de Jesucristo, cuya labor consiste en despertar la fe en los escogidos de Dios y equiparlos con un conocimiento más pleno de la verdad que permite a la persona vivir una vida realmente religiosa y cuya obra total está fundada en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no es posible que mienta, prometió antes que empezara el tiempo. En Su propio buen tiempo Dios presentó Su mensaje de tal manera que todos pudieran comprenderlo mediante la proclamación que se me ha confiado por real decreto de Dios nuestro Salvador. Esta carta es para Tito, su verdadero hijo en la fe que ambos comparten: ¡Que la gracia sea contigo, y la paz de Dios Padre y de Jesucristo nuestro Salvador!

Cuando Pablo llamaba a uno de sus oficiales a una misión, siempre empezaba estableciendo su propio derecho a hablar y, como si dijéramos, echando de nuevo los cimientos del Evangelio. Así es que aquí empieza por decir algunas cosas acerca de su apostolado.

(i) Le colocó en una gran sucesión. En el mismo principio Pablo se llama « esclavo (dulos) de Dios.» En ese título se mezclaban la más auténtica humildad y el orgullo más legítimo. Quería decir que su vida estaba totalmente sometida a Dios; y al mismo tiempo -y aquí es donde entra el orgullo era el título que se daba a los profetas y a los grandes hombres del pasado en Israel. Moisés era el esclavo de Dios (Josué 1: 2); y Josué, su sucesor, no habría aspirado a un título más elevado (Josué 24:29). Era a los profetas, Sus esclavos, a los que Dios revelaba todas Sus intenciones (Amós 3: 7); era a Sus esclavos los profetas a los que Dios había enviado repetidamente a Israel a lo largo de toda su historia (Jeremías 7:25). El título esclavo de Dios era el que le daba a Pablo el derecho de formar parte de una gran sucesión. Cuando uno ingresa en la Iglesia, no entra a formar parte de una institución que empezó ayer. La Iglesia tiene siglos de historia humana en su haber, y se remonta a la eternidad en la mente y el propósito de Dios. Cuando uno se encarga de la predicación, o la enseñanza, o el servicio de la Iglesia, no ingresa en una actividad sin tradición; transita la senda por la que marcharon- los santos.

(ii) Eso le daba una gran autoridad. Era el enviado de Jesucristo. Pablo no consideró nunca que su autoridad procediera de su propia excelencia intelectual, y menos de su bondad moral. Hablaba con la autoridad de Cristo. El que predica el Evangelio de Cristo o enseña Su verdad, si está dedicado de veras, no da sus propias opiniones ni ofrece sus propias conclusiones; trae el mensaje de Cristo y la palabra de Dios. El verdadero enviado de Jesucristo ha pasado la etapa de los quizás y puede que, y habla con la certeza del que sabe.

El evangelio de un apóstol

Además, en este pasaje podemos ver la esencia del Evangelio de un apóstol y las cosas que eran centrales en su misión.

(i) Todo el mensaje del apóstol está fundamentado en la esperanza de la vida eterna. Esta frase, la vida eterna, recorre las páginas de todo el Nuevo Testamento. La palabra griega para eterno es aiónios; y, con absoluta propiedad, la única Persona en todo el universo a la Que se Le puede aplicar correctamente es Dios. Lo que el cristiano ofrece es nada menos que la participación en la misma vida de Dios. Es el ofrecimiento del poder de Dios a nuestra frustración, de la serenidad de Dios a nuestra desazón, de la verdad de Dios a nuestro andar a tientas, de la bondad de Dios a nuestro fracaso moral, de la luz de Dios a nuestra lobreguez. El Evangelio no ofrece en primer lugar a las personas un credo intelectual o un código moral; les ofrece vida, la vida del mismo Dios.

(ii) Para permitir a una persona entrar en esa vida son necesarias dos cosas. El apóstol tiene que despertar la fe en las personas. Para Pablo la fe siempre quiere decir una cosa -confianza absoluta en Dios. El primer paso de la vida cristiana es darnos cuenta de que no podemos hacer nada más que recibir. En todas las esferas de la vida, no importa lo precioso que sea el ofrecimiento, sigue inoperante hasta que se recibe. La primera obligación del obrero cristiano es persuadir a otros de que tienen que aceptar el ofrecimiento de Dios. En último análisis, no podemos convencer a nadie de la verdad del Cristianismo. Lo único que podemos hacer es decirle: « ¡Pruébalo, y verás!»

(iii) También es la misión del apóstol el equipar a otras personas con conocimiento. La evangelización y la educación en el Evangelio siempre tienen que ir de la mano. La fe tiene que empezar por ser una respuesta del corazón, pero debe llegar a ser una posesión de la mente. Hay que pensar a fondo el Evangelio cristiano antes de ponerlo a prueba de veras. No se puede vivir permanentemente en la cresta de una ola de emoción. La vida cristiana debe ser un diario amar a Cristo más y comprenderle mejor.

(iv) El resultado de la fe y el conocimiento debe ser una vida realmente religiosa. La fe debe siempre desembocar en la vida, y el conocimiento cristiano no es meramente intelectual, sino saber vivir. Ha habido muchos grandes eruditos que eran verdaderas nulidades en las cosas ordinarias de la vida, y fracasos totales en las relaciones personales. Una vida realmente religiosa es aquella que mantiene una relación real y constante con Dios, con uno mismo y con los demás. Es una vida que puede asumir tanto los grandes momentos como las obligaciones cotidianas. En una vida en la que Jesucristo vive en nosotros. El obrero cristiano está obligado a ofrecer a las personas la vida de Dios, despertar la fe en sus corazones y estimular el conocimiento en sus mentes; permitirles, en fin, vivir de tal manera que otros vean el reflejo del Maestro en ellos.

El propósito y el tiempo de Dios

Este pasaje nos habla del propósito de Dios, y de Su manera de llevarlo a cabo.

(i) El propósito de Dios para el ser humano ha sido siempre de salvación. Su promesa de la vida eterna está en pie desde antes que empezara el mundo. Es importante notar que Pablo aplica aquí el título de Salvador tanto a Dios como a Jesús. Algunas veces se presenta el Evangelio de una manera que parece hacer una distinción entre un Jesús benigno, amoroso y generoso, y un Dios duro, grave y severo. A veces se nos presenta como si Jesús hubiera hecho algo para alterar la actitud de Dios hacia los seres humanos y convencerle para que dejara a un lado Su ira y no los castigara. No tiene justificación bíblica posible esa presentación del Evangelio. Detrás de todo el proceso de salvación está el amor eterno e inalterable de Dios, y fue ese amor el que Jesús vino a revelar a la humanidad. Dios es característicamente un Dios Salvador, Cuyo deseo supremo no es condenar, sino salvar. Es el Padre Que solo desea que Sus hijos vuelvan al hogar para estrecharlos amorosamente contra Su pecho.

(ii) Pero este pasaje habla de algo más que el propósito eterno de Dios; habla también de Su método. Nos dice que El envió Su mensaje a Su debido tiempo. Eso quiere decir que toda la Historia fue la preparación para la venida de Jesús. No podemos ensañar a una persona ninguna clase de conocimiento hasta que esté preparada para recibirlo. En todo conocimiento humano hay que empezar por el principio; así tenía que estar preparada la humanidad para la venida de Jesús. Toda la historia del Antiguo Testamento y toda la búsqueda de los filósofos griegos eran preparativos para ese acontecimiento. El Espíritu de Dios Se estaba moviendo entre los judíos y todos los demás pueblos para que estuvieran preparados para recibir al Hijo de Dios cuando viniera. Debemos ver toda la Historia como el método de Dios para educar a la humanidad.

(iii) Además, el Evangelio vino a este mundo cuando le era posible propagarse. Había cinco elementos en la situación mundial que facilitaron su difusión.

(a) Prácticamente todo el mundo sabía griego. Eso no quiere decir que hubieran olvidado su propio lenguaje tradicional, sino que el griego había llegado a ser la lengua internacional. Era el lenguaje del comercio, de la diplomacia y de la cultura. Si uno iba a tomar parte en la vida y en las actividades públicas tenía que saber griego. Muchos eran bilingües, y la primera etapa del Cristianismo fue extraordinariamente propicia para su extensión porque los misioneros no tenían problemas de lenguaje que resolver.

(b) Para todos los propósitos, no había fronteras. El Imperio Romano coincidía en extensión con el mundo conocido. Dondequiera que fuera un viajero, se encontraba dentro del imperio. Hasta hace muy poco, si uno quería recorrer Europa tenía que tener un pasaporte, y que detenerse en las fronteras… y podía encontrarse ante « telones de acero». En la primera etapa del Cristianismo un misionero podía trasladarse sin dificultades de un extremo a otro del mundo conocido.

(c) Viajar era relativamente fácil. Cierto que era lento, sobre todo si se compara con nuestro tiempo, porque no había tal cosa como vehículos mecánicos, y la mayor parte de los viajes se tenían que hacer a pie, o al paso de animales lentos de transporte o de carga. Pero los romanos habían construido una red extensa de carreteras de unos países a otros, y en general las habían limpiado de bandoleros como a los mares de piratas. Por lo menos podemos decir que el viajar era más fácil de lo que había sido nunca antes.

(d) La primera etapa del Cristianismo fue una de las pocas en que el mundo estuvo considerablemente en paz. Si hubiera habido guerras rugiendo por toda Europa el progreso de la obra misionera se habría hecho imposible. Pero la pax romana se mantuvo, y los viajeros se podían mover por el Imperio Romano con relativa seguridad.

(e) Era un mundo consciente de sus necesidades. Las viejas creencias se habían desmoronado, y las nuevas filosofías estaban por encima de las cabezas de la gente normal y corriente. Se oteaba, como decía Séneca, ad salutem, hacia la salvación. Se era cada vez más consciente de «la debilidad en las cosas esenciales.» Esperaban «una mano que se les tendiera para levantarlos.»

Buscaban «una paz, no de parte del césar, sino de Dios.» Nunca hubo un tiempo en que los corazones estuvieran más abiertos a recibir el mensaje de Salvación que les llevaban los misioneros cristianos.

No fue por accidente que el Cristianismo llegara cuando llegó. Llegó en el buen tiempo de Dios; toda la Historia había sido la preparación para él, y las circunstancias eran idóneas para que entrara la marea.

Un fiel lugarteniente

No sabemos mucho de Tito, el destinatario de esta carta; no se le menciona en Hechos; pero de las escasas referencias que se hacen a él surge el retrato de un hombre que era uno de los más fiables y valiosos para Pablo. Pablo le llama « mi verdadero hijo,» porque es probable que fuera uno de sus conversos, tal vez en Iconio.

Tito fue el compañero de Pablo en un tiempo extraño y difícil. Cuando Pablo hizo la visita a Jerusalén, a una iglesia que le miraba con suspicacia, desconfianza y desagrado, fue a Tito al que llevó consigo juntamente con Bernabé (Gálatas 2:1). Decía del famoso escocés Dundas uno de sus amigos: « Dundas no es ningún orador; pero se embarcará contigo en cualquier clase de tiempo.» Así era Tito. Cuando Pablo lo tenía difícil, Tito estaba a su lado.

Tito era el hombre para una misión difícil. Cuando el problema de Corinto estaba en lo más alto, fue a él al que Pablo mandó, con una de las cartas más severas que Pablo escribió nunca (2 Corintios 8:16). Está claro que Tito tenía el equilibrio mental y la firmeza de carácter que le permitían arrostrar y pilotar una situación difícil. Hay dos clases de personas: los que pueden empeorar cualquier mala situación, y los que pueden sacar orden del caos y paz de la pelea. A Tito se le podía mandar adonde había problemas. Tenía el don de la administración práctica. La iglesia debería dar gracias a Dios por personas a las que se puede acudir cuando se necesita un trabajo práctico bien hecho.

Pablo le da a Tito algunos títulos notables.

(i) Le llama su hijo verdadero. Eso debe de querer decir que Tito era su convertido e hijo en la fe (Tito 1:4). No hay nada en el mundo que les dé más gozo a un predicador o a un maestro que ver que alguien a quien han enseñado llega a ser útil en la Iglesia. Tito era el hijo que le producía gozo en el corazón a Pablo, su padre en la fe.

(ii) Le llama su hermano (2 Corintios 2:13) y su colaborador en el trabajo y en la lucha (2 Corintios 8:23). El gran día para un predicador o maestro es aquel en que su hijo en la fe llega a ser su hermano en la fe, cuando uno al que ha enseñado está listo para ocupar su puesto en la obra de la Iglesia, no ya como principiante, sino como responsable.

(iii) Dice que Tito se conducía en el mismo espíritu (2 Corintios 12:18). Sabía que Tito trataría los asuntos como los habría tratado él mismo. Feliz la persona que tiene un lugarteniente a quien puede confiar su trabajo, con la seguridad de que lo hará de la misma manera que ella lo habría hecho.

(iv) Le encarga a Tito una gran tarea: le manda a Creta como ejemplo para los cristianos de allí (Tito 2:7). El mayor cumplido que le hizo Pablo a Tito fue enviarle a Creta, no para que les hablara de cómo tienen que ser los cristianos, sino para que se lo mostrara. No puede haber mayor responsabilidad ni cumplido que ese.
Se ha hecho una sugerencia muy interesante. 2 Corintios 8:18 y 12:18 dicen que cuando Pablo mandó a Tito a Corinto fue otro hermano con él, que se describe en el pasaje anterior como « el hermano que es famoso en todas las iglesias,» y que se suele identificar con Lucas. Se ha sugerido que Tito era hermano de Lucas. Es sorprendente que a Tito no se le mencione ni una sola vez en Hechos; pero sabemos que Lucas fue el que lo escribió, y a menudo cuenta la historia en la primera persona de plural, diciendo: «Hicimos esto» o «Hicimos lo otro.» Y se ha sugerido que en tales situaciones Tito se encontraba con Lucas.

Si fue así o no no lo podemos asegurar; pero Lucas y Tito tienen un parecido familiar en eso de ser hombres aptos para servicios prácticos.

En la iglesia de Occidente se conmemora el día de Tito el 4 de enero, y en la de Oriente el 25 de agosto.

El anciano de la iglesia

La razón por la que te dejé en Creta era para que corrigieras las deficiencias en la organización de la iglesia, y para que nombraras ancianos en cada ciudad como yo te instruí. Un anciano es un hombre cuya conducta debe estar libre de toda crítica, marido de una sola mujer, con hijos que sean también creyentes y que no se puedan acusar de libertinaje ni sean indisciplinados. Porque el que tenga a su cargo la supervisión de la iglesia de Dios debe ser irreprochable, como corresponde a un mayordomo de Dios.

Ya hemos estudiado en detalle las calificaciones del anciano como las presenta Pablo en 1 Timoteo 3:1-7. No nos es necesario examinarlas de nuevo en detalle.

Pablo tenía la costumbre de ordenar ancianos tan pronto como se fundaba una iglesia (Hechos 14:23). Creta era una isla con muchas ciudades. «Creta de las Cien Ciudades» la llamaba Homero. Pablo tenía el principio de animar a las iglesias a mantenerse independientes lo más pronto posible.

En esta lista repetida de las calificaciones de un anciano se subraya especialmente una cosa: debe ser un hombre que haya enseñado la fe a su propia familia. Más tarde, el Concilio de Cartago establecería: «Los obispos, ancianos y diáconos no serán ordenados para el ministerio antes de hacer que todos los miembros de sus familias sean miembros de la Iglesia Universal.» El Cristianismo empieza en casa. No es ninguna virtud el estar tan ocupado con el trabajo de fuera que se abandona el de casa. Todo lo que se haga por la iglesia en el mundo no puede expiar el abandono de la propia familia. Pablo usa una palabra muy gráfica. La familia del anciano debe estar libre de acusaciones de libertinaje. La palabra griega es asótía, que es la que se usa en Lucas 15:13 refiriéndose al hijo pródigo que malgastó su dinero viviendo perdidamente. El que es asótos no puede ahorrar; es manirroto y derrochón, y malgasta su hacienda en caprichos personales; destruye su hacienda y acaba por destruirse a sí mismo. Aristóteles, que siempre describía las virtudes como el punto medio entre dos extremos, declara que por una parte está la tacañería, y por la otra la asótía, la extravagancia egoísta y desmadrada; la virtud en este caso es la liberalidad. La casa del anciano no debe nunca ser culpable del mal ejemplo de malgastar desaforadamente en placeres personales.

Además, la familia del anciano no debe ser indisciplinada. No hay nada que compense la falta de control parental. Falconer cita un dicho acerca de la familia de Thomas More: « Controla su familia con la misma mano suave: sin tragedias, sin peleas. Si empieza una discusión, la zanja en seguida. Toda su casa respira felicidad, y no hay nadie que entre que no salga mejor de lo que entró.» El verdadero campo de entrenamiento para el anciano está tanto en casa como en la iglesia.

Cómo no debe ser el anciano

No debe ser obstinadamente testarudo; no debe ser una persona irascible; no debe ser dado a hábitos de bebedor ni pendenciero; no debe ser un hombre dispuesto allegar a las manos; no debe andar buscando dinero de manera deshonrosa.

Aquí tenemos un resumen de las cualidades de las que debe estar libre el anciano de la iglesia; y cada una de ellas se describe con una palabra gráfica.

(i) No debe ser obstinadamente testarudo. La palabra griega es authádés, que quiere decir literalmente que se da gusto a sí mismo. El que es authádés se ha descrito como una persona que está tan contenta consigo misma que no le agrada nada más ni le importa agradar a nadie más. R. C. Trench decía de tal persona que «siempre mantiene obstinadamente su opinión, insiste en sus derechos, mientras es desconsiderado con los derechos, las opiniones y los intereses de los demás.»Los autores éticos griegos tenían mucho que decir de este defecto de la authadeía. Aristóteles colocaba en un extremo al que agrada a todo el mundo (areskós), y en el otro al que no agrada a nadie (authádés), y entre ambos al que se conducía en su propia vida con la debida dignidad (semnós). Decía del authádés que era el que no quería contar ni asociarse con nadie. Eudemo decía que el authádés era « el que regulaba su vida sin tener en cuenta a los demás, a los que despreciaba.» Eurípides decía de él que era «insoportable con sus conciudadanos por falta de cultura.» Filodemo decía que su carácter se componía en partes iguales de presunción, arrogancia y desprecio. La presunción le hacía tener una opinión demasiado alta de sí; el desprecio, ser mezquino en su juicio de los demás, y la arrogancia, actuar en consecuencia. Está claro que el que es authádés es un tipo desagradable: intolerante, condenando todo lo que no puede entender y creyendo que no hay mejor manera de hacer las cosas que la suya. Tal cualidad, como decía Lock, ces fatal en el que ha de gobernar personas libres.» Nadie que sea intolerante, despectivo y arrogante es apto para ocupar un puesto de responsabilidad en la iglesia.

(ii) No debe ser una persona irascible. En griego es orguilos. Hay dos palabras en griego para ira. Está thymós, que es la ira que arde y se apaga como fuego de paja; y está orgué, el nombre relacionado con el adjetivo orguilos, que quiere decir ira inveterada. No es la que se apodera de uno y desaparece de repente, sino la que se abriga para mantenerla caliente. Un momento de rabia es desagradable; pero esta ira de larga vida, mantenida a propósito, es mucho peor. El que abriga la ira contra otro no es apto para ocupar un puesto de responsabilidad en la iglesia.

(iii) No debe ser dado a hábitos de bebedor ni pendenciero. La palabra original es pároinos, que quiere decir dado al uso excesivo del vino; pero amplió su significado para describir la conducta pendenciera. Los judíos, por ejemplo, usaban esta palabra para referirse a la conducta de los judíos que se casaban con mujeres madianitas; los cristianos, para referirse a los que crucificaron a Cristo. Describe el carácter de la persona que, hasta en sus momentos sobrios, actúa tan escandalosamente como los borrachos.

(iv) No debe ser un hombre dispuesto a llegar a las manos. La palabra original es pléktés, que quiere decir literalmente golpeador. Parece que en la Iglesia Primitiva había obispos que se pasaban de celosos y que castigaban a los miembros descarriados de su rebaño con violencia física, porque los Cánones Apostólicos establecen: «Ordenamos que el obispo que golpee a un creyente descarriado sea depuesto.» Pelagio decía: «No debe golpear a ninguno que sea discípulo de aquel Cristo Que, cuando Le golpeaban, no devolvía los golpes.» Los mismos griegos ampliaron el sentido de esta palabra para incluir, no solamente la violencia de hecho, sino también la de palabra. La palabra llegó a designar al que intimida a sus semejantes, y puede ser que así debiera traducirse aquí. El que abandona el amor y recurre a la violencia, en hechos o en palabras, no es apto para ocupar puestos de responsabilidad en la iglesia.

(v) No debe andar buscando dinero de manera deshonrosa. La palabra original es aisjrokerdés, que describe a la persona a la que no le importa cómo hacer dinero con tal de hacerlo. Resulta que esta era la falta por la que eran famosos los cretenses.

Dice Polibio: « Son tan dados a hacer dinero de maneras reprochables y codiciosas que entre los cretenses no se le pone mala cara a ningún negocio sucio.» Plutarco decía que se pegaban al dinero como las moscas a la miel. Los cretenses apreciaban las ganancias más que la honradez y el honor. No les importaba lo que les costaba su dinero; pero el cristiano sabe que hay cosas que cuestan demasiado. La persona cuya única finalidad en la vida es amasar riquezas, sin importarle cómo, no es apta para ocupar un puesto de responsabilidad en la iglesia.

Cómo debe ser el anciano

Por el contrario, lo que debe ser es hospitalario, debe amar todas las cosas buenas y a todas las personas buenas, debe ser prudente, justo, piadoso, controlado, con un buen dominio del mensaje verdaderamente fiable que le confió la enseñanza cristiana, que esté bien capacitado para animar a los miembros de la iglesia con enseñanza salutífera, y para redargüir a los que se oponen a la fe.

El pasaje anterior presentaba las cosas que el anciano de la iglesia no debe ser; este presenta cómo debe ser. Estas cualidades necesarias se distribuyen en tres grupos.

(i) Primero, están las cualidades que debe desplegar el anciano de la iglesia con otras personas. Debe ser hospitalario. En el original griego es filóxenos, que quiere decir literalmente amador de los extranjeros. En el mundo antiguo siempre había gente que se estaba trasladando. Las posadas eran caras, sucias e inmorales; y era esencial que el cristiano forastero pudiera encontrar una puerta abierta en la comunidad cristiana. En nuestro tiempo sigue siendo verdad que nadie necesita tanto la solidaridad cristiana como el que es extranjero en un lugar extraño para él. Debe ser también filágathos, que puede querer decir amador de las cosas buenas o amador de las personas buenas, palabra que usa Aristóteles con el sentido de altruista, es decir, amador de las buenas acciones. No tenemos que escoger uno solo de estos tres significados, porque están incluidos los tres. El pastor debe ser una persona que responda de corazón a la bondad que se pueda encontrar en cualquier persona, lugar o acción.

(ii) Segundo, viene un grupo de términos que nos hablan de las cualidades que debe tener el pastor cristiano para consigo mismo. Debe ser prudente (sófrón). Eurípides llamaba a esta prudencia «el don más precioso que han dado los dioses a los hombres.» Sócrates la llama « la piedra fundamental de la virtud.» Jenofonte decía que era el espíritu que rehuye el mal, no solo el que se puede ver, sino también cuando nadie lo ve. Trench la definía como « el dominio total de las pasiones y deseos, a los que no permite más de lo que la ley y la recta razón admiten y aprueban.» Sófrón es el adjetivo que se debe aplicar a la persona, decían los griegos, cuyos pensamientos son salutíferos.« El pastor debe ser una persona que controla sabiamente todos sus instintos. Debe ser justo (dclzaios). Los griegos definían al justo como el que le da a Dios y a los hombres lo que les es debido. El pastor cristiano debe ser tal que les da a Dios la reverencia, y a las personas el respeto, que les son debidos. Debe ser piadoso (hosios). La palabra griega es difícil de traducir, porque describe a la persona que respeta las decencias fundamentales de la vida, las que van más allá de ninguna ley hecha por los hombres. Debe ser controlado (enkratés). La palabra griega describe a la persona que ha alcanzado un dominio propio completo. El que haya de servir a otros debe antes ser dueño de sí mismo.

(iii) Finalmente está la descripción de las cualidades del pastor cristiano dentro de la iglesia. Debe poder animar a los miembros de la iglesia. La marina tiene una regla que dice que ningún oficial debe hablar despectivamente a ningún otro en el ejercicio de sus deberes. Hay algo que no es como es debido en la predicación o la enseñanza cuyo efecto es desanimar a la congregación. La función del verdadero predicador o maestro cristiano no es sumir en la desesperación, sino elevar a la esperanza.

Debe tener la capacidad para redargüir a los que se oponen a la fe. En griego es elénjein, una palabra henchida de sentido. Quiere decir reprender a una persona de tal manera que se ve obligada a admitir su error. Trench dice que quiere decir «reprender a otro, con tan efectivo manejo de los brazos -victoriosos de la verdad, que la lleva, si no siempre a la confesión, al menos a la convicción de su pecado.» Demóstenes decía que describe la situación en que una persona demuestra incontestablemente la verdad de las cosas que ha dicho. Aristóteles decía que quiere decir probar que las cosas no pueden ser de otra manera que como se han presentado. La reprensión cristiana quiere decir mucho más que lanzarle palabras airadas o condenatorias a otro. Quiere decir hablarle de tal manera que comprende su error y acepta la verdad.

Los falsos maestros de Creta

Hay muchos que son indisciplinados, charlatanes hueros, farsantes. Especialmente los que son de la circuncisión. Habría que ponerles un bozal. Son la clase de gente que trastorna casas enteras enseñando lo que no conviene solamente para obtener una ganancia de vergüenza.

Aquí tenemos el retrato de los falsos maestros que causaban problemas en Creta. Los peores parece ser que eran los judíos. Trataban de convencer a los conversos cretenses de dos cosas. Trataban de persuadirlos de que la simple historia de Jesús y de la Cruz no era suficiente, sino que, para ser realmente sabios, necesitaban todas las historias sutiles y las largas genealogías y las elaboradas alegorías de los rabinos. Además trataban de enseñarles que la gracia no era suficiente, sino que, para ser realmente buenos, tenían que asumir todas las reglas y normas acerca de los alimentos y de los lavatorios que eran tan características del judaísmo. Los falsos maestros estaban tratando de persuadir a las personas de que necesitaban más que a Cristo y más que la gracia para salvarse. Eran intelectualistas para quienes la verdad de Dios era demasiado buena y sencilla para ser verdad.

Una tras otra desfilan ante nosotros las características de estos falsos maestros. Eran indisciplinados; eran como los soldados desleales que se niegan a obedecer la palabra de mando. Se negaban a aceptar el credo o el control de la Iglesia. Es absolutamente cierto que la Iglesia no trata de hacer pasar a nadie por el rasero de una uniformidad de creencias; pero hay algunas verdades que uno debe creer si realmente quiere ser cristiano, la mayor de las cuales es la todosuficiencia de Cristo. La disciplina no se elimina totalmente ni siquiera en las iglesias protestantes. Eran charlatanes hueros; la palabra griega es mataiológoi, formada por el adjetivo mátaios, vano, vacío, inútil, que se aplicaba al culto pagano. La idea era que era un culto que no producía ninguna bondad de vida. Aquellas personas de Creta podían hablar con mucha pretendida elocuencia, pero que no servía para acercarle a uno ni un paso a la bondad. Los cínicos solían decir que el conocimiento que no sirve para fomentar la virtud es vano. El maestro que no hace más que ofrecerles a sus discípulos un foro de agradable discusión intelectual o especulativa, enseña en vano.

Eran farsantes. En lugar de conducir a las personas a la verdad, las alejaban de ella. Su enseñanza trastornaba casas enteras. Aquí hay que notar dos cosas. Primera, su enseñanza era fundamentalmente inquietante. Es verdad que la verdad tiene que hacer a menudo que una persona repiense sus ideas, y que el Cristianismo no camufla las dudas ni las preguntas sino las encara lisa y limpiamente; pero también es verdad que la enseñanza que no conduce más que a dudas y preguntas es una mala enseñanza. En la verdadera enseñanza, de la inquietud mental se debe llegar a una nueva y mayor certidumbre. Segunda, trastornaba los hogares. Es decir, producía un mal efecto en la vida familiar. Cualquier enseñanza que tiende a desarticular la familia es falsa, porque la Iglesia Cristiana está edificada sobre la base de la familia cristiana.

Su enseñanza estaba diseñada para obtener una ganancia vergonzosa. Tenían más interés en lo que podían sacarle a la gente que en lo que les podían aportar. Parry ha dicho que esta es de hecho la tentación básica del maestro profesional. Cuando considera su enseñanza simplemente como una carrera designada para su promoción y provecho personal, se encuentra en una situación peligrosa.

A esas personas habría que ponerles un bozal. Eso no debe implicar que hay que silenciarlas mediante la violencia o la persecución. El original (epistomízein) quiere decir amordazar, pero se usaba corrientemente con el sentido de hacer callar con la razón a una persona. La manera de combatir la falsa enseñanza es ofreciendo la auténtica, y lo único realmente incontestable es la enseñanza mediante una vida cristiana.

Una mala reputación

Uno de ellos, profeta de su pueblo, ha dicho: «Los cretenses son unos embusteros, salvajes y malas bestias, vagos triperos!» Si ellos lo dicen… Los cretenses tenían asegurado el premio limón entre todos los pueblos. El mundo antiguo hablaba de las tres C›s como lo peor de lo peor: Cretenses, Cilicios y Capadocios. Los cretenses eran famosos por borrachos, insolentes, infiables, embusteros y glotones.

Su avaricia era proverbial. Polibio decía: «Los cretenses, a causa de su avaricia innata, viven en perpetuo estado de peleas privadas y contiendas públicas y conflictos civiles… y no sería fácil encontrar en ninguna otra parte personajes más tramposos y falsos que los de Creta.» Y escribía de ellos: « Aprecian tanto el dinero que su posesión se considera, no solo necesaria, sino altamente acreditada; y de hecho la avaricia y la codicia son tan naturales del suelo de Creta que son el único pueblo del mundo entre los que es sin tacha cualquier forma de hacer dinero.»
Polibio habla de un cierto convenio que hizo el traidor Bolis con el gobernador Cambylus «con toda la sutileza de un cretense.» «Eso llegó a ser tema de discusión entre ellos en un espíritu verdaderamente cretense. Nunca tuvieron en consideración el salvar a una persona en peligro, ni sus obligaciones de honor para con los que les habían confiado la empresa, sino limitaban la discusión enteramente a cuestiones de su propia seguridad y ventaja. Como eran los dos cretenses no tardaron en llegar a un acuerdo unánime.»

Tan notorios eran los cretenses que los griegos inventaron el verbo krétizein, cretizar, que quería decir mentir y engañar; y tenían un refrán: Krétizein pros kréta, «cretizar contra un cretense,» que quería decir oponer mentiras con mentiras, como el diamante se corta con el diamante.

La cita que hace Pablo está tomada de un poeta griego llamado Epiménides, que vivió hacia el año 600 a.C. y era uno de los Siete Sabios de Grecia. La primera frase, «Los cretenses son mentirosos crónicos,» la había hecho famosa un poeta posterior e igualmente famoso llamado Calímaco. Había un monumento en Creta que se llamaba La tumba de Zeus. Se suponía que el más grande de los dioses sería inmortal, y Calímaco citaba esto como el ejemplo perfecto de las mentiras cretenses. En su Himno a Zeus escribió: Los cretenses son embusteros crónicos, porque edificaron una tumba, oh Rey, y la llamaron tuya; pero tú no mueres, sino que vives para siempre.

Los cretenses eran famosos mentirosos y tramposos y glotones y traidores, pero aquí está lo maravilloso. Sabiendo aquello, y hasta habiéndolo comprobado, Pablo no le dice a Timoteo: « Abandónalos a su suerte. No tienen remedio, como todo el mundo sabe.» Dice: «Son malos, y todo el mundo lo sabe. Ve a convertirlos.» Pocos pasajes muestran más a las claras el optimismo divino del evangelista cristiano, que se niega a considerar a ninguna persona un caso desesperado. Cuanto mayor es el mal, mayor es el desafío. El cristiano está convencido de que no hay pecado demasiado grande para que lo conquiste la gracia de Jesucristo.

Los puros de corazón

Por esa misma razón corrígelos con severidad para que crezcan sanos en la fe y no presten atención a fábulas judías ni a reglas y normas hechas por los hombres que se empeñan en volver la espalda a la verdad. «Todas las cosas son limpias para los limpios.» Pero a los que están contaminados por la incredulidad nada les es limpio, porque tienen contaminadas la mente y la conciencia. Profesan conocer a Dios, pero lo desmienten con sus obras, porque son repulsivos y desobedientes e inútiles para ningún trabajo.

La peculiaridad de la fe judía era la multiplicación de reglas y normas. Esto, lo otro y lo de más allá estaban catalogados como inmundos; este, ese y aquel alimentos se mantenía que eran tabú. Cuando se aliaban el judaísmo y el gnosticismo, hasta el cuerpo se volvía inmundo, y los instintos naturales del cuerpo se tenían por malos. El resultado inevitable era que se estaban creando constantemente listas interminables de pecados. Era pecado tocar esto o aquello; o comer este o aquel alimento; hasta casarse y tener hijos era pecado. Cosas que eran buenas en sí mismas o completamente naturales se consideraban inmundas.

Así es que Pablo acuña el gran principio: « Todas las cosas son limpias para los limpios. » Ya había dicho eso, hasta más enfáticamente, en Romanos 14:20, cuando dijo a los que estaban discutiendo interminablemente acerca de alimentos limpios e inmundos: «Todas las cosas son limpias.» Puede que esta frase no sea sólo un proverbio, sino un dicho de Jesús. Cuando estaba hablando de las innumerables reglas y normas de los judíos dijo: «Nada hay fuera de la persona que la pueda contaminar entrando en ella; pero lo que sale de la persona, eso es lo que la contamina» (Marcos 7:15).

Lo que cambia las cosas es el corazón. Si uno es puro de corazón, todas las cosas le son puras; si es inmundo de corazón, entonces hace inmundo todo lo que piensa o dice o toca. Este es un principio que expresaron a menudo los grandes autores clásicos. « A menos que el vaso esté limpio -decía Horacio-,todo lo que eches en él se corromperá.» Y Séneca decía: «Lo mismo que un estómago enfermo altera la comida que recibe, así una mente tenebrosa convierte todo lo que le confías en su propia carga y ruina. Nada puede venirle a las personas que son malas que sea un bien para ellas; no, ni nada puede venirles que no les haga daño. Vuelven de su misma naturaleza todo lo que los toca. Y hasta las cosas que serían de provecho a otros, les resultan dañinas.» El que tiene una mente sucia lo ve todo sucio. Puede tomar las cosas más inocentes, y cubrirlas de tizne. Pero el que tiene la mente limpia, encuentra limpias todas las cosas.

Se dice de aquellos hombres que tenían contaminadas tanto la mente como la conciencia. Una persona llega a sus decisiones y conclusiones usando dos facultades. Una, la inteligencia, para pensar las cosas; y otra, la conciencia, para escuchar la voz de Dios. Pero si tiene la inteligencia pervertida hasta tal punto que no ve más que el lado sucio de todo, y si tiene la conciencia oscurecida y enmudecida por consentir continuamente el mal, no puede tomar ninguna decisión correcta.

Cada uno tiene que mantener limpio el escudo blanco de su inocencia. Si deja que la impureza le infecte la mente, lo verá todo a través de una niebla sucia. La mente le ensuciará todos los pensamientos que entren en ella; la imaginación le llenará de concupiscencia todas las imágenes que forme; malentenderá todos los motivos; le dará un doble sentido a todo lo que se diga. Para huir de esa impureza debemos caminar en la presencia purificadora de Jesucristo.

La vida fea e inútil

Cuando una persona cae en ese estado de impureza, puede que conozca a Dios intelectualmente, pero su vida desmiente ese conocimiento. Aquí se especifican tres cosas acerca de esa persona.

(i) Es repulsiva. La palabra original es bdelyktós, que se usa especialmente para caracterizar las imágenes y los ídolos paganos. Es la palabra de la que se deriva bdélygma, abominación. Hay algo repelente en la persona que tiene una mente obscena, que hace chistes lascivos y es un maestro en insinuaciones sucias.

(ii) Es desobediente. Una persona así no puede obedecer la voluntad de Dios. Tiene la conciencia entenebrecida. Se ha hecho tal que ya apenas si puede oír la voz de Dios, así es que mucho menos obedecerla. Una persona así no puede ser más que una mala influencia, y está descalificada para ser un instrumento en las manos de Dios.

(iii) Eso es otra manera de decir que se hace inútil para sus semejantes y para Dios. La palabra que se usa para inútil es interesante, adókimos. Se usa para describir una moneda falsa que no tiene el peso ni el metal debidos. Se usa para describir a un soldado cobarde que falla a la hora de la batalla. Se usa para un candidato que se rechaza para un puesto, alguien a quien sus conciudadanos consideran un inútil. Se usa de una piedra que rechazan los edificadores. (Si tenía un defecto se la marcaba con la letra A de adókimos, y se la dejaba a un lado como inservible para ser colocada en el edificio). La prueba definitiva de la vida es la utilidad, y la persona que tiende siempre a lo inmundo no le sirve para nada a sus semejantes ni a Dios. En vez de ayudar a la obra de Dios en el mundo, la entorpece; y la inutilidad invita al desastre.

El carácter cristiano

(i) Los hombres de edad

Debes hablar como corresponde a la sana doctrina. Debes exhortar a los de edad avanzada a que sean sobrios, serios, prudentes, sanos en la fe y el amor y la firmeza. Todo este capítulo trata de lo que podríamos llamar El carácter cristiano en acción. Considera a las personas por edades y condiciones, y establece cómo deben ser en el mundo. Empieza por los hombres de edad. Deben ser sobrios. La palabra original es néfálios, que quiere decir literalmente sobrio en contraposición a dado a excesiva indulgencia en cuanto al vino. Lo importante es que cuando un hombre ha llegado a la edad de la madurez debe ya haber aprendido cuáles son y cuáles no son los verdaderos placeres. Los hombres de edad deben haber aprendido que los placeres de indisciplina personal cuestan mucho más de lo que valen.

Deben ser personas serias. La palabra original es semnós, que describe al que es serio en el buen sentido. No se refiere a ser un lúgubre aguafiestas, sino a que sea una persona que sepa que vive a la luz de la eternidad, y que no pasará mucho tiempo antes que pase de la compañía de las personas a la compañía de Dios.

Deben ser prudentes. La palabra original es sófrón, que describe al hombre que lo tiene todo bajo control. Con los años, la persona de edad debe haber adquirido ésa fuerza de la razón purificadora y salvadora que ha aprendido a gobernar todos los instintos y las pasiones para que ocupen su lugar adecuado y no más. Tomando las tres palabras juntas se obtiene el sentido de que la persona de edad debe haber aprendido lo que puede llamarse la seriedad de la vida. En la juventud se puede perdonar una cierta medida de precipitación y de improvisación, pero los años deben contribuir a la sabiduría. Una de las cosas más trágicas de la vida es la persona que no parece haber aprendido nada con los años.

Además, hay tres grandes cualidades en las que un hombre de edad debe ser sano. Debe ser sano en la fe. Si uno vive realmente cerca de Cristo, el paso de los años y las experiencias de la vida, lejos de quitarle la fe se la harán más fuerte. Los años nos deben enseñar, no a confiar menos en Dios, sino a confiar más en Él. Debe ser sano en el amor. Bien puede ser que el mayor peligro de la edad sea que nos arrastre al critiqueo y la hipercrítica. Algunas veces los años se llevan la simpatía. Desgraciadamente es posible que uno se afinque en sus maneras hasta tal punto que lleguen a fastidiarle todas las cosas y las ideas nuevas. Pero los años deberían aportar, no una intolerancia creciente, sino una creciente simpatía hacia los puntos de vista y los errores de otros. Debe ser sano en la firmeza. Los años debieran templarle a uno como al acero, capacitándole para soportar más y más, y surgir más y más como vencedor de las pruebas de la vida.

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