Cuando el príncipe Charlie iba huyendo de la muerte, ocho hombres de Glenmoriston le ofrecieron refugio. Estaban fuera de la ley y eran todos criminales; se le había puesto precio a la cabeza de Charlie, 30,000 libras esterlinas de entonces; aquellos hombres no tenían ni un chelín entre todos, pero le escondieron varias semanas, y le mantuvieron a salvo, y ninguno de ellos le traicionó. Fueron pasando los años, y la rebelión no llegó a ser más que una vieja y triste historia. Uno de aquellos ocho que se llamaba Hugh Chisholm consiguió llegar a Edimburgo. La gente estaba interesada en lo que contaba del príncipe, y hablaba con él. Era pobre, y a veces le ofrecían dinero; pero Hugh Chisholm siempre daba la mano izquierda: decía que, cuando se marchó el príncipe Charlie, les había dado la mano a los ocho, y él había jurado que no le daría nunca a nadie la mano que le había dado a su príncipe.
Era verdad en Corinto, y es verdad ahora y dondequiera, que la persona que ha tocado las cosas santas de Cristo no puede manchárselas después con cosas mezquinas e indignas.
Los límites de la libertad cristiana
Todo me está permitido, pero no todo me hace bien; todo vale, pero no todo edifica. Que no piense nadie sólo en lo que le conviene a él personalmente, sino también en lo que les hace bien a los demás. Comed de todo lo que se vende en el mercado sin hacer preguntas rebuscadas por causa de la conciencia; porque «del Señor es la Tierra y todo lo que contiene.» Si algún pagano os invita a comer y tenéis voluntad de ir, comed de todo lo que os sirva sin hacer preguntas por causa de la conciencia. Ahora bien, si alguien os dice: «Esta carne procede de un sacrificio, » no la comáis, por causa del que os lo dijo y por causa de la conciencia. No me refiero a vuestra conciencia, sino a la del otro. Pero, ¿por qué mi libertad ha de estar sujeta al juicio de la conciencia de otra persona? Si yo participo de algo después de darle gracias a Dios, ¿cómo se me puede criticar injustamente por comer algo por lo que he dado gracias? La cosa es que, ya sea comer, beber, o hacer cualquier otra cosa, ha de hacerse para la gloria de Dios. Vivid de tal manera que no hagáis tropezar ni a judíos ni a griegos ni a miembros de la iglesia; como yo trato en todo de merecer la aprobación de todas las personas, porque no estoy en este trabajo para obtener ganancia material, sino para traer bendición a muchos y que se salven. Así que, dad señales de seguir mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.
Pablo concluye esta larga discusión del tema de la carne ofrecida a los ídolos con unos cuantos buenos consejos.
(i) Su consejo es que el cristiano puede comprar de todo lo que se venda en las tiendas. Es verdad que la carne podría haber sido parte de un sacrificio, o haberse matado en el nombre de algún dios; pero también uno se podría pasar de escrupuloso y crear problemas donde no los había. Después de todo, en último análisis, todo pertenece a Dios.
(ii) Si el cristiano aceptaba la invitación de un,pagano, que comiera lo que le sirvieran sin hacer preguntas. Pero, si se le informaba expresamente que la carne procedía de un sacrificio, que no la comiera. Se supone que el que se lo diera sería uno de esos hermanos que no habían podido librar su conciencia del sentimiento de que comer esa carne era malo. Antes que preocuparle, mejor abstenerse.
(iii) Así es que, de una cuestión trasnochada surge una gran verdad. Muchas cosas que uno puede hacer sin el menor riesgo por lo que a él respecta, no debe hacerlas si van a causar escándalo a otro. La libertad cristiana es lo más real del mundo; pero debe usarse para ayudar, no para ofender a los demás. Tenemos obligaciones para con nosotros mismos; pero las más sagradas son las que afectan a los demás.
