El amor no sabe de envidia. Se ha dicho que no hay más que dos clases de personas en el mundo: «Los que son millonarios, y los que querrían serlo.» Hay dos clases de envidia: la que codicia lo que tienen otros, que es muy difícil de erradicar a fuer de humana; y otra peor, que se reconcome de que otros tengan lo que la persona envidiosa no tiene. No es tanto el querer las cosas para sí como el querer que ningún otro las tenga. La mezquindad de espíritu no puede caer más bajo.
El amor no es fanfarrón. El amor, antes se quita los moños que se los pone. El amor verdadero siempre se da más cuenta de sus deméritos que de sus méritos. En la historia de Barrie, Sentimental Tommy solía llegar a su madre en casa después de algún éxito en el cole diciendo: «Mamá, ¿verdad que soy estupendo?» Algunas personas otorgan su amor como si estuvieran haciendo un favor. Pero el verdadero amor no acaba nunca de sorprenderse de ser amado. El amor se mantiene humilde porque se da cuenta de que nunca puede ofrecer a la persona amada nada que sea bastante bueno.
EL amor no se pavonea de su propia importancia. Napoleón siempre abogaba por la santidad del hogar y la obligación de cumplir con la iglesia -para los demás. De sí mismo decía: « Yo no soy un hombre como los demás. Las leyes morales no se me pueden aplicar.» La persona realmente grande nunca tiene presente su propia importancia. Carey, que empezó su vida como zapatero, llegó a ser uno de los mayores misioneros y uno de los mayores lingüistas que ha habido en el mundo. Tradujo por lo menos partes de la Biblia a no menos de treinta y cuatro lenguas de la India. Cuando llegó a la India, se le miraba con desagrado y desprecio. En una comida, un esnob dijo para humillarle en un tono que todos pudieran oír: « Entiendo, mister Carey, que usted trabajaba antes de fabricante de calzado.» « No era fabricante -respondió Carey-; sólo zapatero remendón.» No pretendía haber hecho zapatos; solamente remendarlos. A nadie le gustan las personas « importantes». El tipejo «revestido de una breve y pequeña autoridad» es de pena.
El amor jamás pierde la gracia en el camino. Es un hecho significativo que en griego la misma palabra quiere decir favor inmerecido y encanto, como en español. Hay un cierto tipo de cristianismo que se complace en ser hosco y casi brutal. Tiene fuerza, pero no atractivo. Lightfoot de Durham decía de Arthur F. Sim, uno de sus estudiantes: < Dejadle que se vaya adonde quiera, porque su cara es ya un sermón en sí.» Hay una gracia en el amor cristiano que nunca se olvida de que la cortesía, el tacto y los buenos modales son hermosos.
El amor no reclama sus derechos. En último análisis, no hay más que dos clases de personas en el mundo: los que no hacen más que insistir en sus privilegios, y los que siempre tienen presentes sus responsabilidades; los que siempre están pensando en lo que les debe la vida, y los que nunca se olvidan de lo que le deben a la vida. Sería la clave de la solución de casi todos los problemas que se nos presentan hoy el que todos pensáramos menos en nuestros derechos y más en nuestros deberes. Siempre que nos ponemos a pensar en «nuestro puesto», nos vamos alejando más y más del amor cristiano.
El amor no se inflama de ira. El sentido verdadero de esta frase es que el amor cristiano no se pone furioso nunca con la gente. La irritación es siempre una señal de derrota. Cuando perdemos los estribos, lo perdemos todo. Kipling decía que la prueba de un hombre era si podía mantener la cabeza cuando todos los demás la perdían y le echaban a él la culpa, y el no ceder al odio cuando se es objeto de odio. El que está en control de su genio puede estar en control de cualquier cosa.
El amor no almacena recuerdos de ofensas recibidas. La palabra que traducimos por almacenar (loguízesthai) es un término de contabilidad. Se usa para archivar algo para que no se olvide. Eso es precisamente lo que hacen muchos. Una de las grandes artes de la vida es aprender a olvidar lo que es mejor olvidar. Un escritor nos cuenta que < en Polinesia, donde los nativos pasan casi todo el tiempo de pelea o de fiesta, es costumbre el guardar algún recuerdo del odio. Se cuelgan artículos de los tejados de las cabañas para mantener viva la memoria de las ofensas recibidas, reales o imaginarias.» Eso es lo que hace mucha gente: abrigan rencores para mantenerlos calientes; rumian las ofensas hasta que se les hace imposible tragárselas. El amor cristiano ha aprendido la gran lección del olvido.
