El amor lo soporta todo con entereza triunfante. El verbo que se usa aquí (hypoménein) es una de las grandes palabras griegas. Se suele traducir por soportar o aguantar; pero lo que realmente describe no es el espíritu que puede sufrir adversidades pasivamente, sino el espíritu que, al soportarlas, las conquista y transforma. Se ha definido como «una constancia viril bajo la prueba.» George Matheson, que perdió la vista y sufrió una desilusión amorosa, escribió en una de sus oraciones que quería aceptar la voluntad de Dios, «no con muda resignación, sino con santo gozo; no sólo sin murmurar, sino con un himno de alabanza.» El amor puede soportar cosas, no meramente con resignación pasiva, sino con entereza triunfante; porque sabe que «la mano de un padre no causará nunca a su hijo una lágrima inútil.»
Una cosa falta por decir: cuando pensamos en las cualidades de este amor tal como nos las retrata Pablo, descubrimos que se hicieron realidad en la vida del mismo Jesús.
La excelencia del amor
En los versículos 8-13, Pablo incluye tres cosas finales que quiere decir acerca del amor cristiano.
(i) Insiste en su absoluta estabilidad. Cuando pasan todas las cosas en que los humanos ponemos nuestra gloria, el amor permanece. En uno de los versículos más maravillosamente líricos de la Escritura, El Cantar de los Cantares (8:7) dice: «Las muchas aguas no pueden apagar el amor, ni las riadas anegarlo.» El amor es la única cosa inconquistable. Esa es una de las razones para creer en la inmortalidad. Cuando se entra en el amor, la vida se enriquece con una relación contra la cual son impotentes los asaltos del tiempo y que trasciende la muerte.
(ii) Insiste en su absoluta plenitud. Como son las cosas, no vemos más que como reflejos en un espejo. Eso resultaría aún más claro para los corintios que para nosotros. Corinto era famoso por sus fábricas de espejos. Pero el espejo moderno tal como lo conocemos, con su perfecta reflexión, no surgió hasta el siglo XIII. El espejo corintio se hacía de metal bien pulimentado y, en el mejor de los casos, no pasaba de una reflexión imperfecta. Se ha sugerido que lo que quiere decir esta frase es que vemos como a través de una ventana hecha de cuerno. En aquellos días, de eso se hacían las ventanas, de forma que lo único que se podía ver a través de ellas eran siluetas imprecisas y sombrías. De hecho, los rabinos tenían el dicho de que era así como Moisés veía a Dios.
En esta vida, Pablo advierte que no vemos más que reflejos de Dios que nos dejan sumidos en misterios y enigmas. Vemos ese reflejo de Dios en la creación, porque lo que han hecho las manos de alguien nos revela algo del artífice; lo vemos en el Evangelio, y lo vemos en Jesucristo. Aunque en Cristo tenemos la perfecta revelación, nuestras mentes inquisitivas sólo la pueden captar en parte, porque lo finito no puede abarcar lo infinito. Nuestro conocimiento es todavía como el de un niño; pero el camino del amor nos conducirá al fin a un día en que el velo se descorrerá, y veremos cara a cara y conoceremos como Dios nos conoce. No podremos alcanzar ese día sin el amor, porque Dios es amor y sólo el que ama Le podrá ver.
(iii) Insiste en su absoluta supremacía. Con ser grandes la fe y la esperanza, el amor es mayor. La fe sin amor es fría, y la esperanza sin amor es sombría. El amor es el fuego que enciende la fe, y es la luz que convierte la esperanza en certeza.
