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1 Timoteo 6: El peligro del amor al dinero

(ii) Se le recuerda que ha hecho la misma confesión de su fe que hizo Jesús. Cuando Jesús se encontró ante Pilato, Pilato le preguntó: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» Y Jesús contestó: « Tú lo has dicho» (Lucas 23:3). Jesús había testificado que Él era un Rey; y Timoteo siempre había testificado el señorío de Cristo. Cuando el cristiano confiesa su fe, hace lo que ya hizo su Maestro; cuando sufre por su fe, pasa por lo que pasó su Maestro. Cuando estamos comprometidos en alguna gran empresa, podemos decir: «Hermanos, estamos recorriendo el camino que anduvieron los santos,» pero cuando confesamos nuestra fe delante de los hombres, podemos decir aun más; podemos decir: «Estoy con Cristo;» y esto debe elevar nuestros corazones e inspirar nuestras vidas.

(iii) Ha de recordar que Cristo viene otra vez. Ha de recordar que su vida y obra han de ser dignas de que Él las contemple. El cristiano no trabaja para satisfacer a los hombres; trabaja para satisfacer a Cristo. La pregunta que debe hacerse siempre no es: « ¿Es esto suficientemente bueno para recibir el aprobado de los hombres?» Sino: « ¿Es esto bastante bueno para recibir la aprobación de Cristo?»

(iv) Por encima de todo ha de recordar a Dios. ¡Y qué recuerdo es este! Ha de tener presente al Que es Rey de todos los reyes y Señor de todos los señores; el único que posee el don de la vida eterna para dárselo a los hombres; el único Cuya santidad y majestad son tales que ninguna persona puede nunca osar mirarlas. El cristiano debe recordar siempre a Dios y decir: «Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros?»

Consejos a los ricos

Encarga a los que son ricos en los bienes de este mundo que no sean orgullosos, y que no pongan sus esperanzas en la incertidumbre de las riquezas, sino en el Dios que les da abundantemente todas las cosas de que disfrutan. Encárgales que hagan el bien; que encuentren su riqueza en acciones nobles; que estén prontos a compartir todo lo que tienen; que sean hombres que no olvidan nunca que son miembros de una fraternidad; que atesoren para sí el tesoro de un buen cimiento para el mundo por venir, que tomen posesión de la vida verdadera.

Algunas veces pensamos que la Iglesia Primitiva estaba formada exclusivamente por pobres y esclavos. Aquí vemos que ya entonces tenía miembros ricos. No se los condena por ser ricos, ni se les dice que renuncien a sus riquezas; pero se les dice lo que deben hacer con su riqueza y lo que no.

Su riqueza no debe hacerlos orgullosos. No deben creerse mejores que los demás porque tienen más dinero que ellos. Nada de este mundo le da a una persona derecho a mirar a los demás por encima del hombro, ni siquiera todas las posesiones de riqueza. No deben poner sus esperanzas en la riqueza. En los azares y avatares de la vida uno puede que sea rico hoy y pobre mañana; y sería locura poner la esperanza en lo que se puede perder tan fácilmente.

Se les dice que deben usar su riqueza para hacer bien; que siempre deben estar dispuestos a compartir; y que deben recordar que el cristiano es miembro de una fraternidad. Y se les dice que el uso sabio de la riqueza les proveerá de un buen cimiento en el mundo por venir. Como ha dicho alguien: « Lo que me guardo, lo pierdo; lo que doy, lo tengo.»

Hay una famosa historia rabínica judía. Un hombre llamado Monobaz había heredado una gran riqueza, pero era un hombre bueno, amable y generoso. En tiempo de hambre dio toda su riqueza para ayudar a los pobres. Sus hermanos se dirigieron a él y le dijeron: «Tus padres hicieron un capital, y se lo añadieron a lo que habían heredado de sus padres, ¿y vas a desperdiciarlo todo?» Él respondió: «Mis padres hicieron un tesoro aquí abajo; yo lo he hecho arriba. Mis padres reunieron un tesoro de Mammon; yo he hecho un tesoro de almas. Mis padres hicieron un tesoro para este mundo; yo he hecho un tesoro para el mundo por venir.»

Cada vez que podemos dar algo y no lo damos restamos a la riqueza que se nos guarda en el mundo por venir; cada vez que damos aumentamos la riqueza que se nos guarda para cuando esta vida llegue a su fin.

La enseñanza de la ética cristiana es, no que la riqueza es un pecado, sino que es una grandísima responsabilidad. Si la riqueza de una persona no contribuye a nada más que a su propio orgullo y no enriquece a nadie más que a ella misma, se convierte en su ruina, porque empobrece su alma. Pero si la usa para aportar ayuda y bienestar a otros, al hacerse más pobre, realmente se hace más rico. En las cosas del tiempo y en las de la eternidad «es más bienaventurado el dar que el recibir.»

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