Micaías, al igual que miles de creyentes antes y después de él, fue perseguido por su fe. El cuadro muestra que la persecución proviene de una variedad de personas y se da en diversas formas. Algunas veces Dios nos protege de ella, otras no. Pero mientras permanezcamos fieles únicamente a Dios, debemos esperar la persecución. Además parece que Dios tiene una recompensa especial para los que resisten dicha persecución
En el capítulo 20:, el cronista vuelve a encontrar un paralelo con la narrativa tocante al padre de Josafat. Su intención es presentar principios que gobiernen las buenas actitudes de los hombres en cualquier circunstancia de la vida. Tal como Asa, Josafat se enfrentó a una invasión inesperada del este. Era una alianza de moabitas, amonitas y meunitas o también amonitas. Los meunitas eran gente proveniente del monte Seír en Edom. Este relato difiere de la guerra con Moab descrita en 1 de Reyes 3:4-27. Esa guerra fue un ataque a Moab por Joram, hijo de Acab, con el fin de conquistar a Moab para Israel. Para esta campaña, Joram buscó ayuda de Josafat. En este capítulo, el cronista se refiere a un ataque por la alianza de estas naciones al sur de Judá, por el lado del mar Muerto.
El cronista pasa a describir la reacción de Josafat ante el ataque. En lugar de confiar en su ejército que según el 17:14-19 sobrepasaba el millón, Josafat reaccionó de otras maneras: Primera, tuvo temor; segunda, se propuso buscar al Señor; tercera, pregonó ayuno en todo Judá. El ayuno no era algo oficial en la religión del pueblo hebreo antes del exilio; pero, desde los días de Samuel, se practicaba para indicar la sinceridad de las oraciones dirigidas a Dios en tiempos de necesidad. Las oraciones se hacían en el templo, según la promesa de Dios a Salomón, desde el cual Dios estaría listo a escuchar al corazón del arrepentido y penitente.
El rey se puso en pie delante del atrio nuevo para hablar a Judá y a Jerusalén. El atrio nuevo era una de las modificaciones en la estructura del templo de Salomón, quien lo separó del atrio de los sacerdotes. En su clamor, Josafat deja notar su percepción histórica de lo que Dios había hecho en favor de su pueblo. Confesó su creencia en un Dios que era capaz de ayudar, porque ya lo había demostrado con anterioridad desalojando de la tierra a los cananeos para dársela a Israel.
Al ver que el enemigo contaba con más soldados que Judá, el rey se esmera en depositar toda su confianza en Jehová, cuando dice: No sabemos qué hacer, pero en ti ponemos nuestros ojos. ¡Qué hermoso ejemplo para el espíritu, cuando el creyente se vea asaltado por la confusión! El apóstol Pablo supo lo que esta verdad significa para el que confía en Dios: “Porque andamos por fe, no por vista”. Es más, Josafat había aprendido esta lección de su padre.
La respuesta de Dios no se hizo esperar. El profeta Yajaziel fue el portador de las buenas nuevas: Así ha dicho Jehová: No temáis ni desmayéis delante de esta multitud tan grande, porque la batalla no será vuestra, sino de Dios. Estas palabras reflejan el tenor del mensaje de Moisés frente al mar Rojo, cuando Israel era perseguido por faraón. El mensaje profético para su pueblo es: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu” . Todo lo que el pueblo de Dios tenía que hacer era ubicarse sobre los fundamentos de la fe para observar la gran victoria de Dios.
En respuesta al anuncio, Josafat y el pueblo inclinaron el rostro y adoraron a Jehová. Los levitas se pusieron a alabar a Dios. Al siguiente día, el rey y el pueblo se ubicaron en sus lugares señalados, animados por el rey, quien los instaba a continuar creyendo en Dios y a aceptar el mensaje de sus profetas. La serenidad que se desprende de esta actitud mantiene a los creyentes firmes en medio de las crisis, y el espíritu se fortalece.
