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2 de Reyes 10: Jehú extermina la casa de Acab

El acuerdo entre Jonadab y Jehú

Jehú seguía hacia Samaria, porque su éxito dependía de su control en esa ciudad capital. En el camino consolidaba su poder sobre el trono aún más por medio de una alianza con Jonadab, hijo de Recab, representante de los fanáticos conservadores y tradicionalistas radicales del país. Jonadab, el fundador de los recabitas, que vivían vidas nómadas, habitando en tiendas de campaña, absteniéndose de vino, rehusando cultivar la tierra y manteniendo una lealtad firme a Jehová, fue un aliado influyente por ser un hombre muy estimado en el país. La invitación de acompañarlo en su carro selló su alianza con un apretón de manos y juntos llegaron a Samaria, donde Jehú exterminó a los parientes y leales restantes de esa ciudad. Jonadab también cooperó en la masacre o la carnicería de los fieles de Baal. Evidentemente, esto representó un esfuerzo para asegurar el apoyo de los elementos conservadores del país.

La masacre de los seguidores de Baal

El sexto paso en su consolidación del poder real fue la masacre de los siervos de Baal. Aunque Acab construyó un templo para la adoración de Baal, probablemente no lo servía de corazón, ya que dio a ambos hijos nombres con raíces relacionadas con Jehová (Joram y Ocozías); estaba completamente dominado por su esposa Jezabel, se arrepintió cuando escuchó el reproche divino y designó como su ministro principal a un siervo leal a Jehová: Abdías. En Samaria, la ciudad capital de Israel, con el fin de exterminar el culto baalista, con hábil engaño Jehú anunció a todo el pueblo que, siendo un fanático de Baal, quería celebrar un sacrificio solemne en grande en la presencia de todos los fieles, incluyendo a sus ministros oficiales. En el día anunciado para la celebración, sus leales de todo el país de Israel llenaron por completo el templo de Baal. Dos veces señala la motivación tramposa de Jehú. Después de asegurarse de que todos en el templo servían a Baal y después de ofrecer él personalmente el holocausto, con espantosa y premeditada frialdad Jehú mandó a los guardias y oficiales que exterminaran a todos. ¡Fue un sacrificio de verdad! También demolieron y quemaron los objetos sagrados y el templo de Baal, y lo convirtieron en una letrina.

Una promesa condicionada de Dios, pero la desobediencia trae sus consecuencias adversas

Todo lo anterior Jehú lo hizo en cumplimiento de la voluntad expresa de Jehová y a la vez para consolidar a su poder real. Pero el paso final era la legitimización de su casa real por Dios. Desde luego el baño de sangre necesario para extirpar la religión de Baal de Israel mereció la aprobación de Dios. La recibió con la promesa condicionada de que sus descendientes reinarían solamente hasta la cuarta generación. Jehú dejó intactas las capillas con sus imágenes en Betel y Dan, donde Jeroboam I había construido los dos becerros de oro para que los israelitas les rindieran culto en vez de viajar al templo en Jerusalén. De ese modo no observaba la ley deuteronómica. Debido a esto, la evaluación del cronista s obre su reinado fue ambivalente. De hecho surge la pregunta: ¿Cómo puede Dios escoger y utilizar a un tirano que derramó tanta sangre como este para lograr sus propósitos? Tal vez lo único que podemos decir es que hombres malvados pueden llevar a cabo tareas necesarias para lograr al final la justicia, aunque ellos mismos no se den cuenta de lo que hacen; tampoco escapan de un juicio justo al final.

Jehú e Israel pagaron un precio alto por el baño de sangre en todo el país; se debilitó el poderío nacional, de manera que durante el reinado de Jehú el país se encontró sujeto a ataques de parte de Hazael de Siria por todos lados, el cual también achicó el territorio de Israel tanto en el oriente como al occidente del río Jordán. Israel se quedó aislado y sin aliados. Se interpretó esto como el castigo de Dios aun durante la vida de Jehú. Este desenlace sugiere que los fines no justifican los medios; aun la violencia más crasa de un baño de sangre para lograr la paz fracasó en su intento. Las decisiones éticas acerca de la violencia (la guerra, la revolución, la pena capital, el aborto) siempre envuelvan acomodos a la situación y nos llevan aun en las mejores circunstancias a una paz parcial, completamente viciada por la violencia que se tiene que emplear para lograrla. Aun la violencia más brutal no logró reformar a Israel en esta ocasión. Se logró una reforma genuina, solo después de la derrota de Hazael, luego la de los asirios y, por fin, luego de la de los babilonios.

Jehová bendijo a Jehú concediéndole cuatro herederos para sentarse en el trono a pesar de no cumplir toda su voluntad. De modo que Dios es fiel a sus promesas aunque nosotros no lo seamos. Durante el reinado de 28 años de Jehú Siria dominaba el territorio al este del río Jordán y esa comarca no se recuperó hasta las conquistas de Jeroboam II a mediados del siglo siguiente. Ya que el baño de sangre debilitó el poderío de su país, no es sorprendente que las dos veces que aparecen inscripciones escritas por Salmanesar III (858-824 a. de J.C.) acerca de él, señalan su pago de tributo. Posiblemente este tributo se trataba de pagos por ayuda recibida para poder defenderse de los ataques de Hazael. Se refiere a Jehú como “hijo de Omri”, pero no estaba ni siquiera emparentado con él.

Esta narración de 59 versículos es la más larga en todo el libro de 2 Reyes; esta dinastía israelita que duró unos 100 años fue la más larga en su historia como nación. El pasaje tiene unidad debido a que los actos de Jehú cumplieron las palabras proféticas de Jehová. De hecho Jehú así lo afirmó tres veces. Varias de las subdivisiones concluyen con afirmaciones del cumplimiento de la palabra profética.

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