Eliseo fue Sucesor de Elías como profeta de Dios; Tuvo un ministerio que duró aproximadamente cincuenta años; Tuvo un gran impacto en cuatro naciones: Israel, Judá, Moab y Siria; Fue un hombre íntegro que no trató de enriquecerse a costa de los demás; Realizó muchos milagros para ayudar a los necesitados
A los ojos de Dios, la medida de nuestra grandeza es la disponibilidad para servir al pobre así como al poderoso
Un sustituto eficaz no sólo aprende de su maestro, sino que además edifica sobre los logros de su maestro
La sanidad de Naamán de la lepra
En medio de la grandeza de Naamán, un comandante del ejército de Siria, cuyo nombre quiere decir «agradable, afable, favorable», existía la tragedia conmovedora de su condición de leproso. Como un hombre muy importante ostentaba una alta posición social que le permitía asociarse con el rey; como tenido en gran estima era de gran influencia y respetado por todos, aun el rey; como guerrero valiente era dueño de tierras y propiedades cuyo comportamiento, riqueza y valor personal lo destinaban para un puesto alto en el servicio militar de su país. Como jefe del ejército llevaba a Siria de victoria en victoria bajo la soberanía de Jehová.
En el AT había una variedad amplia de enfermedades clasificadas como lepra. La de Naamán era una de las que creaba menos barreras para el intercambio social. Evidentemente, se trataba de una enfermedad temporaria de la piel que no le exigía cuarentena.
Una de las criadas de la esposa de Naamán, probablemente una prisionera de guerra o guerrilla fronteriza, le comentó a su ama de un profeta en Samaria que podría curar a Naamán.
Naamán comunicó esta esperanza al rey de Siria, quien indicó su disposición de ayudarle por medio de una carta dirigida al soberano de Israel. En seguida, Naamán emprendió un viaje llevando consigo la carta y una fortuna millionaria para el profeta por su sanidad. Dar obsequios a un profeta era una práctica frecuente. El rey en Samaria se asustó al recibir la orden de sanidad e interpretó todo como un acto destinado a provocar una confrontación bélica, ya que la carta no mencionaba a un profeta. Atribuía falsas motivaciones al otro. Su mala interpretación consistía en torcer la intención y motivación benéfica y buena de Benhadad en algo despiadado. No vio la ocasión como una oportunidad sino como algo oneroso y amenazante. Pero cuando Eliseo se dio cuenta del dilema del rey, le comunicó su disposición como profeta de socorrerlo y a la vez así el rey aprendería de la existencia de un profeta en Israel. No es muy frecuente que el texto sagrado en heb. llame a Eliseo profeta, pero aquí lo hace dos veces. Es muy notable que una pequeña prisionera en el extranjero sabía más de los profetas de Jehová en Israel y tenía más fe que el mismo rey.
Al llegar Naamán a la casa de Eliseo, en vez de recibirlo personalmente, el profeta envió a un mensajero con órdenes para que Naamán se lavara o se sumergiera siete veces en el río Jordán (comp. el uso del número siete en 4:35). Estas simples instrucciones demostraron con claridad que no era Naamán quien controlaría su liberación de la lepra aun con todo su gran poder, influencia y riqueza, sino Dios. Las leyes sobre la lepra en Levítico 13-14 se reflejan más en el vocabulario aquí que en las instrucciones, aunque el lavado era parte de una limpieza ritual y simbólica, mientras aquí su baño aceleró o apresuró la limpieza. Tanto las órdenes del profeta como la falta de protocolo en el recibimiento de un alto funcionario con caballos y carrozas enfurecieron al rico guerrero valiente. Después de todo consideraba al profeta como uno inferior en lo social. De momento perdió esperanzas y creyó que todos sus planes cuidadosamente formulados habían sido frustrados o malogrados sin suficiente explicación. Esperaba que el profeta actuara como un mago o exorcista que en su presencia pronunciara unos encantamientos, pero al no hacerlo se sintió ofendido y como buen patriota pensó en los ríos cristalinos de su propio país. El flujo del río Abana atravesaba la ciudad de Damasco, y el Farfar fluía paralelo a una corta distancia al sur. Por otro lado, las aguas del río Jordán, normalmente de color oscuro, corrían llenas de lodo entre barrancas lodosas. Su primera objeción fue egocéntrica y la segunda etnocéntrica o nacionalista.
