Además, en el Libro de Henoc encontramos con frecuencia ángeles que se describen como los Ángeles del Castigo. Su misión era desatar a su debido tiempo la ira vengadora de Dios sobre el pueblo. Indudablemente estos cuatro ángeles estaban incluidos entre los Ángeles del Castigo.
A esto tenemos que añadir todavía otro hecho. Hemos visto varias veces que las descripciones de Juan están coloreadas por circunstancias históricas actuales. Los guerreros más temidos del mundo entonces eran la caballería parta; y los partos moraban más allá del Éufrates. Bien puede ser que Juan estuviera visualizando una invasión terrible de la caballería parta sobre la humanidad.
El vidente añade terror sobre terror. El número de los ejércitos de esta caballería terrible es de 200,000,000, lo que simplemente quiere decir que eran innumerables, como los carros de combate de Dios (Salmo 68:17). Parecen estar armados de fuego, porque sus petos son rojos de fuego como el resplandor de un horno ardiendo, azules como el humo que sube de un fuego, y amarillo como el azufre del pozo del infierno. Los caballos tienen cabezas como de leones, y colas como serpientes; exhalan fuego destructivo y humo y azufre, y sus colas serpentinas producen daño y perjuicio. La consecuencia de todo esto es que una tercera parte de la humanidad es destruida.
Habría sido natural esperar que el resto de la humanidad comprendiera la amenaza de esta fatalidad; pero no fue así, y siguieron adorando sus ídolos y demonios, y viviendo tan mal como antes. Los autores bíblicos están convencidos de que el culto de los ídolos era nada menos que el culto al diablo, y que no podía por menos de conducir al mal y la inmoralidad.
La revelación incomunicable
Vi otro ángel, poderoso, bajando del Cielo, vestido de una nube, con un arco iris sobre la cabeza. Tenía el rostro como el Sol, y las piernas como pilares de fuego. Tenía en la mano un librito, abierto. Puso el pie derecho sobre el mar, y el izquierdo sobre la tierra, y clamó a voces como un león cuando ruge; y, después de clamar, rugieron los siete truenos.
Cuando emitieron su voz los siete truenos, yo estaba a punto de escribir cuando oí una voz del Cielo que me decía: -Ponle un sello a lo que han dicho los siete truenos, pero no lo escribas. 10:1-11:14 es una especie de interludio entre los toques de la sexta y de la séptima trompetas. La sexta ya había sonado, pero la séptima no suene hasta 11:15, y entre las dos hay cosas terribles.
El ángel poderoso de este pasaje se describe en términos que muestran que vino directamente de la presencia de Dios y del Cristo Resucitado. Está vestido de una nube, y las nubes son la carroza de Dios, porque «Él hace las nubes Su carroza» (Salmo 104:3). Tiene un arco iris sobre la cabeza, y el arco iris es parte de la gloria del trono de Dios (Ezequiel 1:28). El arco iris lo produce la luz del rostro del ángel al relucir a través de la nube. Su rostro es como el Sol, que es la descripción del rostro de Jesús en el Monte de la Transfiguración (Mateo 17: 2). Su voz era como el rugido de un león, lo que se usa a menudo como descripción de la voz de Dios: «El Señor ruge desde Sión, y lanza Su voz desde Jerusalén» (Joel 3:16; Oseas 11:10; Amós 3:8).
Está claro que este ángel viene de la misma presencia de Dios; algunos creen que no es otro que el mismo Cristo glorificado. El ángel tiene un pie en el mar y el otro en la tierra. Esto muestra su grandeza y poder, porque el mar y la tierra representan la totalidad del universo. También muestra que el poder de Dios permanece tan firme en el mar como en la tierra. El ángel tiene un pequeño rollo en la mano, desenrollado y abierto; es decir: le está dando a Juan una revelación limitada acerca de un período bastante pequeño de tiempo. Cuando el ángel habla, resuenan los siete truenos. Es probablemente una referencia a las siete voces de Dios del Salmo 29.
Naturalmente, cuando el vidente ve el rollo abierto y oye la voz del ángel se prepara para hacer un reportaje de aquello; pero se le prohíbe que lo haga. Es decir, que se le da una revelación que no ha de comunicar de momento. Tenemos exactamente la misma impresión cuando Pablo nos dice que fue arrebatado al Paraíso «donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar» (2 Corintios 12:4). No tenemos por qué ni empezar a especular acerca de lo que era la revelación secreta; sencillamente sabemos que Juan tuvo experiencias que no pudo comunicar a otros. Dios a veces le dice a una persona más de lo que esa persona puede decir o de lo que su generación puede comprender.
