No hay una visitación más destructiva en el mundo que la de las langostas, y esta es la terrible devastación que ve Juan, aunque las langostas demoníacas del abismo son diferentes de las que se conocen en el mundo.
Las langostas demoníacas
En hebreo hay bastantes nombres diferentes para designar la langosta, que revelan su poder destructor. Se la llama gazam, desmochador o esquilmador, describiendo cómo cercena toda la vegetación de la tierra; se la llama arbel, enjambre, tropel, describiendo la inmensidad de su número; hasil, consumidor o consumador, describiendo la devastación total que produce; solam, engullidor o aniquilador; hargol, galopante, describiendo su rápido progreso por la tierra; tselatsel, crujiente, por el sonido que hace al volar o al comer.
En este pasaje no es la vegetación de la tierra lo que van a atacar las langostas; de hecho, se les ha prohibido que lo hagan (versículo 4); su ataque va dirigido a las personas que no tengan el sello de Dios en la frente.
Las langostas ordinarias devastan la vegetación, pero no son peligrosas para las personas; pero las langostas demoníacas tienen el aguijón de un escorpión, uno de los azotes de Palestina. De forma, el escorpión es como un cangrejo de río pequeño, con pinzas para sujetar sus presas. Tiene una cola larga, que curva adelante por encima de la cabeza, y en su extremo hay una pinza curva con la que ataca, y que segrega un veneno cuando pica. El escorpión puede llegar a los quince centímetros de largo; abunda en las grietas de los muros, y literalmente debajo de todas las piedras. Los que van de campada nos dicen que hay que levantar todas las piedras cuando se pone la tienda para cerciorarse de que no hay escorpiones. Su picadura es peor que la del avispón; no es fatal de necesidad, pero puede causar la muerte. Las langostas demoníacas tienen adicionalmente el poder de los escorpiones.
Su ataque durará cinco meses. La explicación de esto de los cinco meses es muy probablemente que la vida de una langosta, desde que nace, luego como larva, y hasta la muerte, dura cinco meses. Es como si dijéramos que la tierra sufrirá el ataque lo que dura una generación de langostas.
El sufrimiento que causarán las langostas será tal que la gente querrá morirse, pero no podrá. Job habla de la miseria suprema de los que ansían la muerte, pero no les llega (Job 3:21); y Jeremías habla del día cuando se preferirá morir a seguir viviendo (Jeremías 8:3). Un escritor latino, Comelio Gallo, dice: « Peor que ninguna herida es desear la muerte y no poder morirse.»
El rey de las langostas satánicas se llama Abadón en hebreo y Apolión en griego. Abaddón quiere decir en hebreo destrucción; sale con la mayor frecuencia en las frases « muerte y destrucción,» e « infierno y destrucción» (Job 26:6; 28:22; 31:12; Salmo 88:11; Proverbios 15:11; 27:20). Apollyón es el participio de presente del verbo griego apollyein, destruir, y por tanto quiere decir El Destructor. Es apropiado que el rey de las langostas demoníacas se llame Destrucción o Destructor.
Los jinetes de la venganza
El sexto ángel lanzó un toque de trompeta, y oí una voz que salía de los cuatro cuernos del altar diciéndole al sexto ángel que tenía la trompeta: – ¡Desata los cuatro ángeles que están atados en el gran río Éufrates! Así es que vinieron los cuatro ángeles que estaban preparados para matar a una tercera parte de la humanidad el año A, el mes M, el día D, la hora H. El número de los jinetes del arma de caballería era doscientos millones. Yo oí el número, y vi en visión a los caballos y a los que los montaban: tenían corazas rojas de fuego, y azul ahumado, y amarillo de azufre. Las cabezas de los caballos eran como de leones, y les salía de la boca fuego y humo y azufre. Con estas tres plagas mataron a la tercera parte de la humanidad, con el fuego y el humo y el azufre que les salían de la boca; porque los caballos tienen el poder en la boca y en la cola, porque sus colas son como serpientes con cabeza, y es con lo que dañan. El resto de la humanidad, los que no murieron con las plagas, aun a pesar de esto no se arrepintieron de las obras que habían ejecutado para dejar de dar culto a los demonios y a los ídolos de oro y de plata y de bronce y de piedra y de madera, que ni oyen ni ven ni se mueven; ni tampoco se arrepintieron de sus crímenes y hechicerías e inmoralidad y robos.
El horror de la escena va en aumento. Las langostas demoníacas tenían permiso para torturar, pero no para matar; pero ahora vienen los escuadrones de la caballería demoníaca para aniquilar a la tercera parte de la humanidad. Este es un pasaje cuya imaginería es misteriosa y cuyos detalles no se han podido explicar nunca satisfactoriamente. No se sabe realmente quiénes eran los cuatro ángeles atados al río Éufrates. Solo podemos aportar lo que sabemos y lo que podemos suponer. El Eufrates era el límite ideal del territorio de Israel. Dios prometió a Abraham: « A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el Éufrates» (Génesis 15:18). Los ángeles, por tanto, venían de tierras lejanas, de los lugares ajenos y hostiles de los que habían venido en el pasado los asirios y los babilonios con destrucción sobre Israel.
