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Deuteronomio 2: Los años en el desierto

La guerra contra los amorreos tuvo caracteristicas de destrucción total, en la cual los hombres, mujeres y niños fueron exterminados y sus ciudades fueron destruidas por completo. Esta declaración enfatiza la consecuencia del anatema o herem. La palabra heb. herem significa la separación de algo común para el uso sagrado, algo reservado para Dios. En el contexto de la guerra santa, el herem significa que todas las ciudades de los amorreos, incluso la población fueron consagradas al exterminio, como un sacrificio dedicado a Jehová. El herem es un rito que sirve para separar a Israel como pueblo santo de Dios de la prácticas inmorales e idolátricas de los cananeos. La práctica del herem era común entre las naciones del Antiguo Oriente. En la Estela de Mesha, rey de Moab, Mesha declara que él había conquistado y destruido una ciudad de Israel “matando a todos; a siete mil hombres en pleno vigor, y a viejos, a mujeres en plena juventud, y a las ancianas, a las esclavas, pues las había consagrado como herem (anatema: destrucción total)» a su dios Quemós. (Ver Maximiliano García Cordero, La Biblia y el legado del Antiguo Oriente. La práctica del anatema como parte de la guerra santa produce un problema teológico para los cristianos: la matanza de los inocentes. Los israelitas creían que Jehová era un Dios santo que había escogido a Israel para participar en su propósito redentor. Por lo tanto, al pelear, ellos estaban obedeciendo la voluntad de Dios y luchando la guerra de Jehová. Los habitantes de Canaán y Transjordania son presentados como un pueblo idólatra, inmoral y rebelde. La santidad de Jehová demandaba justicia. Jehová usó al pueblo de Israel como instrumento de sus propósitos divinos para castigar la inmoralidad y la idolatría.

Verdades prácticas La obstinación trae consecuencias funestas.

La actitud del rey Sejón trajo consecuencias funestas para su pueblo. Dios trató con él, ofreciendo una propuesta justa, prometiendo que al pasar por la tierra, no iban a destruir nada. Pero Sejón no quiso aceptar esta propuesta.

A veces nos ofrecen oportunidades para servir al Señor, pero por detalles de menor significado rehusamos tal oportunidad. Después, nos toca esperar largo rato para recibir otra invitación de servir. A veces la obstinación nos lleva al fracaso o a la destrucción total de nuestro ministerio.

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