Eclesiastés 3:20 Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo.
Eclesiastés 3:21 ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?
El Predicador retorna a su tesis de que un mismo fin aguarda a criaturas desiguales. Tanto el hombre como las bestias mueren de la misma muerte y van al mismo lugar (al polvo).
Eclesiastés 3:22 Así, pues, he visto que no hay cosa mejor para el hombre que alegrarse en su trabajo, porque esta es su parte; porque ¿quién lo llevará para que vea lo que ha de ser después de él?
Otra vez el tema secundario: goza la vida.
Perspectivas diversas sobre la vida
Dios controla el tiempo para todo
La vida del hombre está compuesta de penas y alegrías, de triunfos y fracasos, de trabajos y reposos. El sabio ve que así debe ser. Obtener triunfos sin fracasos haría del hombre un pequeño dios; padecer fracasos sin ningún triunfo de la vida sería una miseria infinita. Lo que caracteriza el trabajo del hombre es un continuo hacer y deshacer lo hecho, cada cosa a su tiempo. Como esos tiempos los fija Dios, para el Predicador la sabiduría del hombre consiste en ponerse en sintonía con Dios para saber qué hacer en cada caso. Dios lo ha dispuesto todo, lo bueno y lo malo, el hacer esto y el hacer aquello, cada tarea tiene su tiempo propicio, cada experiencia humana su razón de ser. El hombre, como ser relativo, se encuentra también ante tareas relativas; ningún momento es absoluto, absoluto es solamente Dios. Esto es lo que nos dice el Predicador.
Veamos un poco más adelante: En el día del bien, goza del bien; y en el día del mal, considera que Dios hizo tanto lo uno como lo otro…. Hoy es tiempo de reír, río con gratitud a Dios; mañana, si es tiempo de llorar, lloraré con esperanza en Dios. El apóstol Pablo se encontró con este problema en su vida y lo solucionó comprendiendo que las “revelaciones” y los “aguijones en la carne” servían ambos al propósito de Dios en su vida y en su ministerio. Hay dos maneras de enfrentarnos con esta realidad de la vida que el Predicador nos presenta: con fe o sin ella. Lo que la vida nos diga dependerá de ese imponderable que llamamos “fe”.
Todo tiene su tiempo (versículo 1). Lógicamente es el tiempo fijado por Dios. No es temor a la fatalidad, la voz de la fe dice: Pero yo he confiado en ti, oh Jehová. He dicho: “Tú eres mi Dios; en tus manos están mis tiempos“ . Tiempo de nacer y tiempo de morir (versículo 2), abarca los dos extremos de la vida humana y los que están más lejos de su voluntad. Entre ellos podemos incluir todas las experiencias de la vida. Tiempo de esparcir piedras: Con una ligera variante en el texto hebreo algunos leen “tiempo de prodigar agasajos y tiempo de guardarlos”; otros, sin recurrir a ningún cambio, lo interpretan como un eufemismo por el trato marital. Generalmente se ha interpretado con referencia a esparcir piedras en el campo enemigo para hacerlo improductivo. A esa acción del enemigo co- rresponde sin lugar a dudas la acción de recoger las piedras para permitir el cultivo del campo. Esto sucedía en las guerras. De todas maneras la intención es clara, se refiere a acciones diametralmente opuestas. Tiempo de romper:, podría referirse a un acto de duelo. Hay evidencias en la literatura posterior judía de que se acostumbraba aconsejar el rasgar la ropa moderadamente de modo que pudiera remendarse y usarse de nuevo. ¿Qué provecho…? es una pregunta retórica; la respuesta es evidente: Ningún provecho, ya que lo que hoy se hace mañana se deshace.
