En el mundo antiguo hubo una línea de pensamiento llamada el gnosticismo, que partía de la base de que solo el espíritu es bueno, y la materia es siempre mala. En ese caso, resulta que.solo hay que valorar el espíritu, y que la materia no es sino despreciable. Ahora bien, una persona se compone de dos partes: es cuerpo y espíritu. Según este punto de vista, el espíritu es lo único que importa; el cuerpo no tiene ninguna importancia. Por tanto, por lo menos algunos de los gnósticos pasaron a defender que no importaba lo que uno hiciera con su cuerpo. No influía para nada el seguir sus caprichos. Los pecados corporales y sexuales no tenían ninguna importancia, porque eran cosas del cuerpo y no del espíritu.
El Cristianismo se enfrentó con esa enseñanza afirmando que tanto el cuerpo como el alma son importantes. Dios es el Creador de ambos, Jesucristo santificó para siempre la carne humana al asumirla, el cuerpo es el templo del Espíritu Santo, y él Cristianismo trata de la salvación de la persona completa, cuerpo, espíritu y alma.
(iii) Ese ataque le llegó a la Iglesia desde fuera; pero otro ataque aún más peligroso vino de dentro. Hubo algunos en la Iglesia que pervirtieron la doctrina de la gracia.
Escuchamos los ecos de la discusión de Pablo con ellos en Romanos 6. La discusión sería algo así:
Objetor.- Acabas de decir que la Gracia de Dios es suficientemente grande para perdonar cualquier pecado.
Pablo.- Y lo mantengo.
Objetor.- Estás diciendo que la Gracia de Dios es la cosa más maravillosa del mundo.
Pablo.- Eso es.
Objetor.- Pues entonces, ¡sigamos pecando! Cuanto más pequemos, más abundará la Gracia. El pecado no importa, porque Dios lo va a perdonar de todas maneras. De hecho, aún podríamos decir más: que el pecado es algo excelente, porque le ofrece a la Gracia una oportunidad de manifestarse. La conclusión de tu razonamiento es que el pecado produce la Gracia; y por tanto tiene que ser una cosa buena, ya que produce la cosa más grande del mundo.
El Cristianismo se enfrentó con ese argumento insistiendo en que la gracia era, no solamente un privilegio y un don; era también una responsabilidad y una obligación. Era verdad que el amor de Dios podía perdonar y perdonaría; pero el mismo hecho de que Dios nos ame nos impone la obligación de hacer todo lo posible por merecer Su amor. El más grave perjuicio que cualquier persona puede hacerle a un semejante es inducirle a considerar el pecado con ligereza. Pablo exhorta a sus conversos a que no se dejen engañar con palabras vacías que despojan al pecado de su horror.
Los hijos de la luz
Porque vosotros erais antes tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Debéis comportaros como hijos de la luz; porque el fruto de la luz consiste en toda clase de benevolencia e integridad y verdad. Debéis decidir lo que es totalmente del agrado del Señor. No debéis participar de las obras estériles de la oscuridad. Más bien debéis exponerlas; porque uno se avergüenza hasta de mencionar las cosas ocultas que hacen en secreto tales personas. Todo lo que se expone a la luz, se ilumina. Y todo lo que se ilumina, se convierte en luz. Por eso se dice: «¡Despierta,
durmiente, y levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo!»
Pablo veía la vida pagana como algo tenebroso; y la vida cristiana, como una vida radiante. Tan claro lo quería poner, que no decía que los paganos son hijos de la oscuridad, y los cristianos hijos de la luz; dice que los paganos son oscuridad, y los cristianos son luz. Tiene ciertas cosas que decir acerca de la luz que Jesucristo trae a las personas.
(i) La luz produce buen fruto. Produce benevolencia, integridad y verdad. La benevolencia (agathósyné) es una cierta generosidad de espíritu. Los griegos definían la integridad (dikaiosyné) como «dar a las personas y a Dios lo que les es debido.» La verdad (alétheia) no es en el pensamiento del Nuevo Testamento meramente algo intelectual que se capta con la mente; es más bien una verdad moral; no solamente algo que se conoce, sino algo que se hace. La luz que Cristo trae nos hace ciudadanos útiles de este mundo; nos hace hombres y mujeres que no faltan nunca a su deber, humano o divino; nos hace fuertes para hacer lo que sabemos que es verdadero.
