Te saludan Epafras, mi compañero de cárcel por Jesucristo, lo mismo que mis colaboradores Marcos, Aristarco, Demas y Lucas.
¡La gracia del Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu! Amén.
Es una de las leyes de la vida que alguien tiene que pagar el precio del pecado. Dios puede perdonar, y perdona; pero ni siquiera Él puede librar a una persona de las consecuencias de lo que ha hecho. La gloria de la fe cristiana es que, exactamente de la misma manera que Jesucristo asumió los pecados de todos los hombres, así también hay algunos que, por amor, están dispuestos a ayudar a pagar las consecuencias de los pecados de aquellos que les son queridos. El Cristianismo no ha permitido nunca a nadie no pagar sus deudas.
Onésimo tiene que haberle robado a Filemón, además de escapársele. Si no se había apropiado de algún dinero de Filemón, es difícil comprender cómo consiguió hacer el largo viaje hasta Roma.
Pablo escribe de su puño y letra que se hace responsable de la deuda, y la pagará hasta la última peseta.
Es interesante notar que este es un ejemplo preciso de un jeirógrafon, la clase de recibo que se menciona en Colosenses 2:14. Se trata de un documento autógrafo contra Pablo, de una obligación voluntariamente aceptada y firmada.
Es interesante saber que Pablo podía pagar las deudas de Onésimo. Una y otra vez encontramos sugerencias que nos muestran que Pablo no estaba totalmente falto de recursos económicos. Félix le mantuvo prisionero porque tenía esperanzas de cobrar un rescate (Hechos 24:26); Pablo pudo alquilar una casa el tiempo que estuvo detenido en Roma (Hechos 28:30). Bien puede ser que, si no hubiera escogido la vida de misionero de Cristo, podría haber vivido cómoda y tranquilamente de sus propios recursos. Esta puede muy bien ser otra de las cosas a las que renunció por Cristo.
En los versículos 19-20 escuchamos hablar a Pablo con un destello de humor: «Filemón, tú me debes a mí el alma, porque fui yo el que te trajo a Cristo. ¿Me dejas que me aproveche de ti ahora un poco?» Con una sonrisa afectuosa, Pablo le está diciendo: « Filemón, tú me has sacado a mí un montón. ¡Déjame que saque yo algo de ti!» El versículo 21 es típico de la manera que tenía Pablo de tratar con la gente. Siempre seguía la regla de esperar lo mejor de los demás; no dudó realmente nunca de que Filemón accedería a su petición. Es una buena regla. El esperar lo mejor de otras personas esa menudo encontrarnos a mitad de camino de conseguirlo; y es también ayudar a los otros la mitad del camino a tomar su decisión. Si dejamos suponer que esperamos poco, eso será lo que consigamos, si acaso.
En el versículo 22 tenemos una muestra del optimismo de Pablo. Aun en la cárcel, cree posible que se le devuelva la libertad en respuesta a las oraciones de sus amigos. Ahora había cambiado de plan. Antes de que le metieran preso había tenido la intención de dirigirse a la lejana España (Romanos 15: 24,28). Puede que después de años en la cárcel, dos en Cesarea y otros dos en Roma, Pablo comprendiera que debía dejarles los lugares lejanos a los más jóvenes, y que para él, al acercarse al final de su carrera, el mantener sus contactos con los viejos amigos era lo mejor.
En el versículo 23 hay una lista de personas que mandan recuerdos, que son los mismos camaradas que aparecen en Colosenses, y así se llega al final con la bendición encomendando a la gracia de Diosa Filemón y a Onésimo al mismo tiempo.

2 comentarios
Leticia Pesina
Hermoso artículo! Gracias ?
Ferdinand Velez
Muy interesante .