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Filemón

Un hombre al que era fácil apelar

Esta es una carta de Pablo, preso de Jesucristo, y del hermano Timoteo, a nuestro muy querido Filemón nuestro colaborador, juntamente con la hermana Apia, y Arquipo nuestro compañero de milicia, y la iglesia que está en tu casa: ¡Que la gracia y la paz de nuestro Padre Dios y del Señor Jesucristo sean con vosotros!

Siempre Le doy gracias a Dios cuando te menciono en mis oraciones porque oigo del amor y de la fe que tienes en el Señor Jesús y para con todos los que están consagrados a Dios. Le pido que las obras amables de beneficencia a las que te mueve la fe sean poderosamente efectivas para aumentar tu conocimiento de todo lo bueno que hay en nosotros y que cada vez nos acerca más a Jesucristo. Me has hecho sentir mucho gozo y ánimo; porque, hermano mío, has alentado los corazones del pueblo de Dios.

Esta carta a Filemón es extraordinaria, porque vemos en ella a Pablo pidiendo un favor. No ha habido nadie que pidiera menos favores que Pablo; pero en esta carta está pidiendo uno, no para sí, sino para Onésimo, que se había descarriado y a quien Pablo estaba ayudando a volver al camino. El principio de esta carta también es sorprendente. Pablo se solía identificar como apóstol; pero en esta ocasión está escribiendo como un amigo a otro, y omite el título oficial. No escribe como el apóstol Pablo, sino como Pablo el anciano y preso de Cristo. Desde el principio de esta carta Pablo aparca toda referencia a su autoridad y hace su petición apelando exclusivamente a la simpatía y al amor.

No sabemos quiénes eran Apia y Arquipo, pero se ha sugerido que Apia sería la mujer y Arquipo el hijo de Filemón, porque ellos también tendrían mucho interés en la vuelta de Onésimo, su esclavo fugitivo. No cabe duda que Arquipo había estado en la obra de Cristo con Pablo, porque este le llama su compañero de campaña.

Está claro que Filemón era un hombre al que era fácil pedirle un favor. Todos los creyentes conocían su fe en Jesucristo y su amor a los hermanos, cuya noticia había llegado hasta la misma Roma, donde Pablo estaba preso. Su casa debe de haber sido como un oasis en él desierto, porque Pablo dice que allí recibían aliento los corazones del pueblo de Dios. Es precioso pasar a la Historia como hombre en cuya casa podía descansar y cobrar aliento el pueblo de Dios.

En este pasaje hay un versículo que es muy difícil de traducir, y acerca del cual se ha escrito mucho. Es el versículo 6, que la versión Reina-Valera traduce: « Pido para que la participación de tu fe sea eficaz en el conocimiento de todo el bien que está en vosotros por Cristo Jesús.» La frase la participación de tu fe es muy difícil. En griego es koinónía písteós. Por lo que podemos ver hay tres interpretaciones posibles.

(a) Koinónáa puede querer decir compartir; por ejemplo, puede referirse a compartir un negocio. En ese caso puede que quiera decir tu participación en la fe cristiana; y podría ser una oración para que la fe que comparten Filemón y Pablo conduzca a Filemón a cada vez mayores profundidades de la fe cristiana.

(b) Koinónía puede querer decir comunión; y esto puede ser una oración para que la comunión cristiana conduz-ca a Filemón cada vez más hondo en la verdad.

(c) Koinónía puede querer decir el acto de compartir; en ese caso el versículo querría decir: «Es mi oración que tu manera de compartir generosamente todo lo que posees te conduzca cada vez a mayores profundidades del conocimiento de las cosas buenas que conducen a Cristo.»

Creemos que el tercer sentido es el correcto. Es obvio que la generosidad cristiana era una cualidad de Filemón; tenía amor al pueblo de Dios, y en su casa descansaban y recuperaban fuerzas los hermanos. Y ahora Pablo le va a pedir a este hombre tan generoso que sea aún más generoso. Aquí hay una gran idea, si nuestra interpretación es correcta. Quiere decir que aprendemos más y más de Cristo ayudando a otros. Quiere decir que vaciándonos de nosotros mismos, nos llenamos de Cristo. Quiere decir que el tener las manos y el corazón abiertos es la manera más segura de aprender más y más de las riquezas de Cristo. El que conoce mejor a Cristo no es el investigador intelectual, ni siquiera el santo que pasa la vida en oración, sino el que se conduce en amorosa generosidad para con sus semejantes.

La súplica del amor

Yo podría atreverme a darte órdenes en Cristo en relación con tus deberes, pero por mor del amor prefiero hacerlo en forma de súplica, yo, Pablo, tal como soy, ahora ya un hombre de edad y además un preso de Cristo. Lo que te pido es para el hijo que me ha nacido estando yo preso -quiero decir Onésimo, que te fue inútil una vez, pero que ahora nos puede ser útil a ti y a mí. Te le estoy enviando de vuelta, lo que es para mí como enviarte un trozo de mi propio corazón.

Yo habría querido seguir teniéndole a mi lado, para que me sirviera en tu lugar en el encarcelamiento que me ha venido por causa del Evangelio; pero no quise hacer nada sin tu consentimiento, para que no te sintieras obligado a hacerme el favor que te pido, sino me lo concedieras de buena gana. Puede que se apartara de ti por un tiempo para que le recuperaras para siempre; y no ya como esclavo, sino como un hermano querido, especialmente para mí, y aún más para ti, tanto como hombre como cristiano. Si me tienes por colega, recíbele como me recibirías a mí.

Pablo, por ser Pablo, podía haberle exigido a Filemón lo que hubiera querido; pero prefiere pedírselo hun-ffidemente. Un regalo tiene que darse con libertad y de voluntad; si se da por obligación, ya no es un regalo.

En el versículo 9 Pablo se describe a sí mismo. La versión Reina-Valera -que seguimos aquí- traduce « Pablo, ya anciano, y ahora, además, prisionero de Jesucristo.» Buen número de expertos proponen sustituir por otra la palabra anciano. Se arguye que Pablo no podía realmente describirse como anciano. Seguramente todavía no tenía ni sesenta años. Se encontraba entre los cincuenta y cinco y los sesenta. Pero sobre esa base, los que objetan a la traducción anciano están equivocados. La palabra que se aplica Pablo es presbytés, y el gran escritor médico griego Hipócrates dice que un hombre es presbytés desde los cuarenta y nueve hasta los cincuenta y seis años de edad; y solo después llegaba a ser un guerón, la palabra griega para viejo.

Pero, ¿qué otra traducción se sugiere? Hay dos palabras que son muy semejantes; sólo se diferencian en una letra, y se pronunciaban exactamente igual. Son presbytés, anciano, y presbeutés, embajador. Es el verbo correspondiente a esta última el que usa Pablo en Efesios 6:20, cuando dice: «Yo soy un embajador en cadenas.» Si creemos que la palabra original sería presbeutés, Pablo está diciendo: «Soy un embajador, aunque soy un embajador en cadenas.» Pero es mucho más probable que debamos retener la traducción anciano porque Pablo está apelando en esta carta todo el tiempo, no a ningún puesto que ocupara o a ninguna autoridad que poseyera, sino solamente al amor. No es un embajador el que está hablando, sino un hombre que ha llevado una vida dura, y ahora se encuentra solo y cansado.

Pablo hace su petición en el versículo 10, y es por Onésimo. Advertimos cómo difiere el pronunciar-el nombre de Onésimo, casi como si quisiera evitarlo. No presenta ningunas disculpas por él; admite abiertamente que era un tipo inútil; pero hace la salvedad de que ahora es útil. El Cristianismo, como solía decir James Denney, es el poder que hace buenos a los malos.

Es significativo notar que Pablo pretende que en Cristo la persona inútil se hace útil. La última cosa que el Cristianismo está diseñado para producir es gente indiferente e ineficaz; produce personas que son útiles y que pueden hacer un trabajo mejor de lo que habrían podido hacerlo si no conocieran a Cristo. Se decía de Alfonso X el Sabio que «de mirar tanto al cielo se le cayó la corona.» El verdadero Cristianismo produce personas que asuran al Cielo para ser útiles en la Tierra.

Pablo llama a Onésimo el hijo que le ha nacido en la cárcel. Un dicho rabínico decía: « Si uno le enseña la Ley al hijo de su prójimo, la Escritura le considera lo mismo que si le hubiera engendrado.» El llevar a una persona a Jesucristo es por lo menos tan importante como el haberla traído a este mundo. ¡Felices los padres que le dan la vida de este mundo a sus hijos, y también los conducen a la vida eterna; porque entonces son los padres de sus hijos por partida doble!

Como ya hemos advertido en la introducción a esta carta, el versículo 12 tiene un doble sentido. Pablo escribe: «Estoy enviándotele de vuelta.» Pero el verbo anapémpein no quiere decir solamente enviar de vuelta, sino también elevar un caso a la autoridad competente; y Pablo le está diciendo a Filemón: « Te remito este caso de Onésimo a ti, para que des sobre él el veredicto que esté de acuerdo con el amor que debes tener.» Onésimo debe haberle llegado a ser muy querido a Pablo en aquellos meses de prisión, porque le hace el elogio de decirle a Filemón que se le envía como si se tratara de un pedazo de su propio corazón.

Y entonces llega la súplica. Pablo habría querido quedarse con Onésimo, pero se le devuelve a Filemón para no hacer nada sin su consentimiento. Aquí volvemos a tener otro detalle significativo. El Cristianismo no pretende ayudar a una persona a escapar de su pasado y huir de él, sino permitirle a uno arrostrar su pasado y elevarse por encima de él. Onésimo se había fugado. Pues bien, entonces tenía que volver atrás, asumir las consecuencias de lo que había hecho y elevarse por encima de ellas. El Cristianismo no es nunca una evasión; es siempre una conquista.

Pero Onésimo vuelve atrás con una diferencia. Se escapó como esclavo pagano; vuelve como hermano en Cristo. Va a serle difícil a Filemón el ver en el esclavo fugitivo a un hermano; pero eso es precisamente lo que le pide Pablo: « Si estás de acuerdo en que tú y yo somos socios en la obra de Cristo, y en que Onésimo es mi hijo en la fe, debes recibirle como me recibirías a mí.»

Aquí encontramos otra cosa muy significativa. El cristiano siempre debe recibir a la persona que vuelve atrás después de cometer una equivocación. Demasiadas veces miramos con suspicacia a la persona que se ha descarriado, y le hacemos ver que no estamos dispuestos a otorgarle otra vez nuestra confianza. Creemos que Dios puede perdonarla, y que la perdona; pero a nosotros nos resulta demasiado difícil. Se ha dicho que lo más alentador de Jesucristo es que confía en nosotros en el mismo terreno en que hemos sido derrotados. Cuando una persona ha cometido una equivocación, la vuelta atrás le puede ser muy dura; y Dios no puede perdonar a la ligera a la persona que, pagada de su propia justicia o carente de simpatía, le hace todavía más difícil la rehabilitación al que vuelve arrepentido.

Última petición y bendición final

Si Onésimo te ha perjudicado de alguna manera o te debe algo, ponlo en mi cuenta. Yo, Pablo, lo escribo de mi puño y letra, y yo lo pagaré. Por no decirte que eres tú el que te me debes a ti mismo. Sí, hermano mío, déjame aprovecharme de ti cristianamente. ¡Anímame el corazón cristianamente! Te escribo con absoluta confianza en tu buena disposición, porque sé muy bien que harás más de lo que te pido.

Al mismo tiempo, ve preparándome alojamiento; porque espero que por vuestras oraciones se os concederá el que vaya a visitaros.

Te saludan Epafras, mi compañero de cárcel por Jesucristo, lo mismo que mis colaboradores Marcos, Aristarco, Demas y Lucas.

¡La gracia del Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu! Amén.

Es una de las leyes de la vida que alguien tiene que pagar el precio del pecado. Dios puede perdonar, y perdona; pero ni siquiera Él puede librar a una persona de las consecuencias de lo que ha hecho. La gloria de la fe cristiana es que, exactamente de la misma manera que Jesucristo asumió los pecados de todos los hombres, así también hay algunos que, por amor, están dispuestos a ayudar a pagar las consecuencias de los pecados de aquellos que les son queridos. El Cristianismo no ha permitido nunca a nadie no pagar sus deudas.

Onésimo tiene que haberle robado a Filemón, además de escapársele. Si no se había apropiado de algún dinero de Filemón, es difícil comprender cómo consiguió hacer el largo viaje hasta Roma.

Pablo escribe de su puño y letra que se hace responsable de la deuda, y la pagará hasta la última peseta.

Es interesante notar que este es un ejemplo preciso de un jeirógrafon, la clase de recibo que se menciona en Colosenses 2:14. Se trata de un documento autógrafo contra Pablo, de una obligación voluntariamente aceptada y firmada.

Es interesante saber que Pablo podía pagar las deudas de Onésimo. Una y otra vez encontramos sugerencias que nos muestran que Pablo no estaba totalmente falto de recursos económicos. Félix le mantuvo prisionero porque tenía esperanzas de cobrar un rescate (Hechos 24:26); Pablo pudo alquilar una casa el tiempo que estuvo detenido en Roma (Hechos 28:30). Bien puede ser que, si no hubiera escogido la vida de misionero de Cristo, podría haber vivido cómoda y tranquilamente de sus propios recursos. Esta puede muy bien ser otra de las cosas a las que renunció por Cristo.

En los versículos 19-20 escuchamos hablar a Pablo con un destello de humor: «Filemón, tú me debes a mí el alma, porque fui yo el que te trajo a Cristo. ¿Me dejas que me aproveche de ti ahora un poco?» Con una sonrisa afectuosa, Pablo le está diciendo: « Filemón, tú me has sacado a mí un montón. ¡Déjame que saque yo algo de ti!» El versículo 21 es típico de la manera que tenía Pablo de tratar con la gente. Siempre seguía la regla de esperar lo mejor de los demás; no dudó realmente nunca de que Filemón accedería a su petición. Es una buena regla. El esperar lo mejor de otras personas esa menudo encontrarnos a mitad de camino de conseguirlo; y es también ayudar a los otros la mitad del camino a tomar su decisión. Si dejamos suponer que esperamos poco, eso será lo que consigamos, si acaso.

En el versículo 22 tenemos una muestra del optimismo de Pablo. Aun en la cárcel, cree posible que se le devuelva la libertad en respuesta a las oraciones de sus amigos. Ahora había cambiado de plan. Antes de que le metieran preso había tenido la intención de dirigirse a la lejana España (Romanos 15: 24,28). Puede que después de años en la cárcel, dos en Cesarea y otros dos en Roma, Pablo comprendiera que debía dejarles los lugares lejanos a los más jóvenes, y que para él, al acercarse al final de su carrera, el mantener sus contactos con los viejos amigos era lo mejor.

En el versículo 23 hay una lista de personas que mandan recuerdos, que son los mismos camaradas que aparecen en Colosenses, y así se llega al final con la bendición encomendando a la gracia de Diosa Filemón y a Onésimo al mismo tiempo.

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